Portada del relato Los alados del arroyo sin fin
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Fragmento:


No era la primera vez que recorría esas sendas. A medida que nos internábamos en el bosque, veía claramente que el tiempo allí no transcurría siquiera a la manera humana. Un silencio cóncavo, como el que pesa sobre los cementerios imperturbados, flotaba sobre la senda. Solo Basatan hablaba, a veces en voz baja, a veces en un grito casi animal, repitiendo nombres, fechas, letanías crípticas, hasta que alcanzamos la cabaña. La puerta, antes pintada de rojo, estaba dibujada con franjas verticales en blanco y negro, y un símbolo triangular –idéntico al del manuscrito de Vermont– colgaba sobre la jamba.

Duración: 08:37

Los alados del arroyo sin fin
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Texto de ajuste de pausa.

Es curioso –o debería decir, ominoso– el modo en que ciertas voces, enteramente ajenas a las facultades conocidas del hombre, arrastran consigo el aroma penetrante de la podredumbre y el hielo. Los lectores asiduos de Wyvelley Record estarán familiarizados con los escasos artículos que he firmado bajo mi conocido seudónimo. Y pese a esa apariencia de intelectual imparcial que las circunstancias me obligaron a mantener, debo confesar aquí, en la oscuridad de mi estudio en Arkham, que ni la razón ni la lógica me han asistido completamente en ciertas investigaciones.

Lo sucedido en las laderas que bordean el río Blackwell hace ya tres años, sigue negándose a disolverse como un mal sueño. Los nombres que aparecen en mis notas: Basatan, indómito desde la infancia, y los indescriptibles Mi-Go, tal como los designa ese execrable manuscrito de Vermont que ahora reposa envuelto en sedas entre mis papeles menos usados, prometen a mi memoria una noche más de insomnio.

Quizá este humilde lector quiera saber por qué, siendo yo bien conocido por mi escepticismo universal, estoy dispuesto a arriesgar mi reputación repitiendo estas cosas. La respuesta es sencilla: hay advertencias tan vívidas, tan punzantes, que sacrificarlas en el altar de la incredulidad sería traicionar el propio instinto de supervivencia. Por eso cuento mi historia. Por eso, al oír nuevamente el rumor de alas membranosas arrastrándose entre los abetos, trazo estas líneas en la ruinosa media luz.

Basatan Malbrey, apodado por los vecinos “el bardo del hediondo arroyo”, era el último portador de una errática sangre húngara mezclada con la moribunda aristocracia de Dunwich. Era un hombre pleno, por lo menos según los criterios rurales: fornido, gran bebedor, gran amante de presencias inusuales, enemigo de los evangelizadores y de aquellos que discuten como rémoras en los bares. Con todo, el genuino misterio de Basatan residía en su dedicación a la música: llevaba siempre a la espalda un laúd envejecido y lleno de grietas, mientras que en sus bolsillos uno podía hallar hojas de abedul sobre las cuales había garabateado himnos y salmos en una lengua indescifrable.

Pero Basatan tenía también una propiedad, heredada de un tío desaparecido entre los cerros, más allá del viejo puente de piedra. Allí, junto al arroyo donde el granito se vuelve verde de humedad y los helechos parecen crecer incluso sobre la corteza de los árboles, Basatan construyó una cabaña doble, de tejados cruzados y muros de corteza. Una noche de julio, cuando los grillos aún no rebosaban de ese espanto atenazante que anuncia el otoño, Basatan me invitó a ir allí. “He encontrado algo”, fue todo lo que dijo al ofrecerme su hospitalidad. Nunca he olvidado la temperatura de su mirada, el temblor de su mano.

No era la primera vez que recorría esas sendas. A medida que nos internábamos en el bosque, veía claramente que el tiempo allí no transcurría siquiera a la manera humana. Un silencio cóncavo, como el que pesa sobre los cementerios imperturbados, flotaba sobre la senda. Solo Basatan hablaba, a veces en voz baja, a veces en un grito casi animal, repitiendo nombres, fechas, letanías crípticas, hasta que alcanzamos la cabaña. La puerta, antes pintada de rojo, estaba dibujada con franjas verticales en blanco y negro, y un símbolo triangular –idéntico al del manuscrito de Vermont– colgaba sobre la jamba.

El interior del refugio no ayudaba a olvidar la presencia de fuerzas desconocidas. Había fósiles de trilobites, huesos humanos lacados en brea, y un sinnúmero de gorros hechos de la extraña cera rosada que, según se rumorea, es afín a la sustancia usada en rituales prehumanos.

No permitió que durmiera enseguida. “Hay cosas que no entenderás si te abandonas al sueño”, murmuró. Así, entre sorbos de whisky y música —esa música suya que parecía hablar a nervaduras secretas del oído—, Basatan me mostró su hallazgo: una piedra lisa, del tamaño de una nuez, cubierta de una pátina iridiscente y tallada con signos erráticos. “La encontré cerca del manantial, donde crecen los hongos violetas”, dijo. “¡Los oí! Por las noches, rascan sobre el cristal. Pronuncian mi nombre.”

Dormimos (o intentamos hacerlo) entre sonidos oscuros y la persistente sensación de que algo merodeaba por los aleros. En la madrugada, Basatan me despertó sobresaltado. “Debes verlo”, insistió. Salimos afuera, bajo una luna rugosa y fétida, y entonces comprobé —lo juro por mi vida— que las sombras entre los árboles no eran de este mundo.

Al principio fue solo un parpadeo verde entre la niebla. Luego, una silueta, más parecida a un cangrejo translúcido que a cualquier criatura reconocible. Por último, un aleteo viscoso y el inconfundible sonido de zarpas recorriendo la hojarasca. Basatan no se inmutó; tomó el laúd y comenzó a tocar aquellos acordes que rebosaban una alegría espectral. Las criaturas, atraídas quizá por la música o quizá por la piedra, se arrimaron en silencio, y vi lo que ningún hombre civilizado debería ver jamás: sus pinzas, sus esporas fosforescentes, el modo en que sus cerebros parecían palpitar con cada arpegio.

Basatan les habló —lo juro, aunque avergonzado de mi propia cordura— en la lengua de los manuscritos, y los seres respondieron con una melodía terrible, un lamento coreado en capas, que aún hoy reverbera en mis pesadillas. Supe entonces, con la certeza absoluta de los condenados, que entre Basatan y los seres existía un pacto, un rito prehumano de cesión y usufructo: la piedra se ofrecería, la melodía se interpretaría, y algo a cambio, cualquier cosa, sería concedida.

Atrás, el arroyo parecía henchirse de reflejos mortecinos; las piedras emitían un brillo glauco. Basatan se acercó a la mayor de las criaturas —cuyo caparazón era el negativo de una noche sin estrellas— y colocó la piedra en una de sus cavidades. No se oía ni viento ni voz. Todo era expectación.

El horror, no obstante, no reside únicamente en lo que se ve, sino en lo que se presiente. Mientras observaba este pacto antediluviano, mi atención se rompió por el sonido sutil de algo abriéndose paso entre las cortezas: una luz más blanca que cualquier otra, acompañada del hedor frío del ozono y amoníaco. Allí supe, sin necesidad de más raciocinio, que los Mi-Go no son meros animales, sino entes que no tienen parangón en nociones usuales de biología, física o religión. Un lenguaje pictográfico cruzó la superficie del bosque, inscribiéndose en la corteza, en las hojas secas, y en la propia carne de Basatan, que sonrió con una resignación atávica.

No recuerdo nada después. Ni la música, ni los gritos, ni la manera en que el bosque se tragó la cabaña en cuestión de segundos. Desperté unas horas más tarde solo, cubierto de rocío y fango, con las huellas de pinzas en torno a mis tobillos. La piedra había desaparecido. Del laúd no quedaba ni astilla. Y Basatan… Basatan, cuyo destino es ahora materia de inenarrables elucubraciones, no dejó más rastro que un eco sordo, un rumor miope entre los álamos muertos.

En los días siguientes, los periódicos locales atribuyeron la desaparición de Basatan a las habituales leyendas de “los locos de los cerros”, y, si he de ser absolutamente sincero, no hice nada ni por desmentir ni por confirmar esas hipótesis. Pero en las noches húmedas, cuando el viento atraviesa al modo de un tropel de pequeños huesos las contraventanas de mi estudio, siento de nuevo que Basatan –o lo que fue Basatan– no está lejos; que, por medio de aquel pacto innombrable, ha ingresado en un dominio distinto. Quizá fue “absorbido”, por así decirlo, por esa cónclave de crustáceos alados, transportado a una tierra donde el tiempo, la identidad y la razón humana carecen de todo significado.

Solo me queda advertir al lector —aunque mis palabras parezcan hijas de la locura— que allí, donde los helechos se arquean con un lustre púrpura y el arroyo Blackwell se hincha en las noches sin luna, hay fuerzas cuyo precio supera con creces la utilidad de cualquier ciencia, pacto o artefa cto. Hay tierras donde la melodía es carta de cambio y el hombre corriente es apenas una nota fugaz en la sinfonía de horrores ulteriores; y quienes bailan con esos seres pagarán inevitablemente con el alma.

Por eso he sellado mi ventana, dispuesto trampas y jurado no dejar jamás, ni por un instante, que el eco de la música de Basatan siga reptando por mis sueños. Seguiré escribiendo, para advertir, para purgar, con la esperanza insensata de que, allá donde la escarcha inquieta se condensa sobre mi alféizar, los alados del arroyo sin fin no sepan aún cómo deletrear mi nombre.

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