Fragmento:
No soy el primero ni el más valiente: otros hombres sueñan con expediciones, garabatean cartas a la cúpula universitaria y enloquecen a la tercera semana de privaciones. Yo iba armado con el escudo de la academia, convencido de que leer, clasificar, observar y notar ponía distancia segura entre los horrores y la carne. El año en que abandoné la vida, anduve en compañía de Magers, un geógrafo bostoniano de mirada oblicua y pocas palabras, y Hefzibah, mi asistente, mujer pertinaz de proveniencia incierta, labios hendidos permanentemente en un rastrojo de sonrisa y opiniones delicadamente atroces.
Duración: 08:20
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Las tierras de Leng son el delirio de cartógrafos cuerdos y el ansia susurrante de cualquier mente sensible. No hay brújula que marque el curso, y ningún sol que oriente los días. Y sin embargo, cada ciclo, los leprosos errantes cruzan los glaciares, hijos de una raza degenerada y fundadora, arrastrando viejas cargas en saquillos que nunca se abren. Ningún mortal con esperanzas de lógica podría catalogar el frío vibrante, líquido como tiempo vuelto barro, que sopla desde el borde de las montañas sin nombre, ni resistir las punzadas que la ventisca insidiosa deja en los recovecos de la mente. Pero aún así, uno puede adaptarse, aunque sólo por un tiempo.
Mi nombre poco importa ya, mas fui llamado en la Universidad de Ulthar “Ezra Parmely”, filólogo y excéntrico por adopción, con pasión entonces por los misterios del continente gris que la gente civilizada ni siquiera osa estudiar, pensando quizá que de no dar nombres, las cosas dejan de existir. Pero las cosas existen, y en la Llanura de Leng no sólo existen, acechan.
No soy el primero ni el más valiente: otros hombres sueñan con expediciones, garabatean cartas a la cúpula universitaria y enloquecen a la tercera semana de privaciones. Yo iba armado con el escudo de la academia, convencido de que leer, clasificar, observar y notar ponía distancia segura entre los horrores y la carne. El año en que abandoné la vida, anduve en compañía de Magers, un geógrafo bostoniano de mirada oblicua y pocas palabras, y Hefzibah, mi asistente, mujer pertinaz de proveniencia incierta, labios hendidos permanentemente en un rastrojo de sonrisa y opiniones delicadamente atroces.
Llegamos tras semanas de caravanas, cruzando la Cordillera del Sueño, siguiendo el rastro de manuscritos arrancados de los monasterios absortos sobre la Meseta de Tsang. Aquello que buscábamos eran los vestigios de los “templos inmóviles”, estructuras a veces vistas en la bruma de cuentos ebrios, a veces sólo en sueños, pero que sin duda existieron. De los sacerdotes, de las liturgias, sólo los ecos; del Dios, un nombre impronunciable, un rasgo geométrico apenas.
No pretendo dar crónica exacta de nuestro viaje hasta el sitio; los detalles se me vuelven neblina. Lo que importa, por el peso que aún recae sobre mi memoria, es la noche en que acampamos junto al ziggurat abandonado, sobre el cual -según tradiciones- el viento nunca reposa y el polvo crece más pálido que el hueso. Desde el ocaso, nuestros arrendadores –criaturas cuyos rostros sólo toleran verse de reojo, según la costumbre de Leng– nos advirtieron con gestos de no acercarnos: “No entréis, ni toméis, ni miréis cuando las lunas estén juntas”.
Pero el deseo de saber era lumbre y enfermedad. El círculo de piedra, rematado en líneas de vetas negras retorcidas, atraía. Sentíamos algo ajeno empujar y hurgar en el centro mismo del pecho, como las extrañas corrientes bajo el hielo. A media noche, desoyendo lo improbable y lo unánime de las advertencias, nos adentramos.
En la cima del ziggurat hallamos un disco metálico, ennegrecido por los siglos, apoyado sobre una estructura labrada, plagada de símbolos enrevesados y geomancias que se retorcían a la luz. Lo que nos detuvo, sin embargo, fue el sonido: un latido bajo, inmenso, tan persistente como el propio pulso, cuyas vibraciones no eran tanto oyentes del oído sino de la piel. Magers, siempre hostil a lo poético, dijo: “Cualquier cosa puede ser sólo la brisa”. Pero nadie creyó esa mentira.
Hefzibah fue la primera en mirar tras la losa, y lo que vimos entonces trastocó las reglas de cualquier naturaleza. El disco cubría una cavidad, un pozo de dimensiones engañosas, imposible de recorrer con la mirada. Había huecos y recovecos a lo largo de su perímetro, y por ellos escapaba una bruma de imposible negrura, más negra que cualquier tiniebla natural, una negritud que parecía, inexplicablemente, húmeda. De pronto, cada recodo del aire se distorsionó, y el viento detuvo su lamento. Se hizo un mutismo tan total que hasta la sangre temía circular.
No puedo decir cuánto tiempo pasamos pendientes del pozo. El frío era tan intenso que ardía, y yo sentía cómo mi cuerpo, y el de mis compañeros, se crispaba y al mismo tiempo parecía hundirse. Entonces la bruma se elevó, lento al principio, modelando columnas tenues y evocando formas etéreas en la pared. Hefzibah retrocedió, gesto que no logré imitar. La bruma –puedo jurarlo– comenzó a compactarse, a dar cuerpo primero a un contorno de simetrías blímeras, luego a ese aspecto propio del terror: múltiples ojos horizontales, abiertos en paralelo, pero sin pupilas, mirándonos desde la negrura infinita.
No huimos. Un horror extremo puede inmovilizar tanto como cautivar. El aire estalló en una fragancia empalagosa, amarga y salina a la vez, como si todas las sales y frutos de un abismo hubieran colapsado en mi paladar. Del corazón de la bruma, un susurro, primero sin palabras, luego cuajado en lenguaje, irrumpió en la mente y la piel. Cada idea tembló en la nuca, como si osara analizarme y contarme.
El susurro dijo:
“¿Por qué llamáis, si sólo miráis? ¿Por qué tomáis, si sólo olvidáis?”
No fue voz pronunciada, sino un eco rebotando entre costillas y nervios. Magers gritó –no hay vergüenza, lo escuché hasta sentir hervir mis orejas– soltó una carcajada insana y se arrojó hacia la escalera. Lo último que vi de él fue su bulto retorcido al pie del ziggurat, después de tropezar en pánico. Hefzibah, sin embargo, no tembló. Atrajo la mirada de la entidad y con un giro resultó rodeada por el vapor oscuro, hasta que sólo vi su silueta borrosa en la neblina. Unos ojos la espiaron desde el otro lado, y entonces, tan súbitamente como comenzó, se hizo el silencio, sólo roto por mi respiración descompasada.
No sé cómo volví a la tienda, ni cómo pasaron los días siguientes. No vi a Hefzibah ni a Magers de nuevo, aunque en las noches yacía convencido de oír pasos blandos fuera del círculo, el rumor de sonrisas esquinadas, y una síncopa lejana como de tambores. El resto del grupo, al encontrarme arrastrándome fuera de la tienda, pensaron en enfermedades de clima, y maldijeron en la lengua áspera de la llanura. Nos marchamos, pero la marca quedó.
Pasé semanas tambaleando en los recodos de mi mente y mi habitación, y en ciertas madrugadas, tan lívidas como las de Leng, percibía, en cada espejo, la sombra de ojos adicionales, observando desde la negrura a mis espaldas. En sueños, la bruma invadía las aulas de la universidad, devorando alumnos y profesores, dejando sólo sus voces susurrantes. Las cartas que me envió la madre de Magers nunca las contesté. Respecto a Hefzibah, nadie encontró rastro ni en los registros de Ulthar ni en las aduanas del puerto de Dylath-Leen: como si nunca hubiera existido.
El terror de Leng no es sólo el de monstruos innombrables ni arquitecturas absurdas, sino el lento derrumbe de la certeza. Lo que vi –sea dios, espectro o molécula insana de la tierra– se llevó parte de mi memoria, y a cambio dejó restos de otra cosa que, en noches como esta, aún florece dolorosamente bajo mis párpados cerrados. He viajado, he investigado, he quemado mis notas. Ahora sé lo que temen los propios habitantes de Leng cuando las lunas se superponen: no sólo extraños o la muerte, sino el resurgir de antiguas promesas, y los ojos que vigilan desde todos los pozos –incluso los abiertos en la mente.
He escrito esto porque en ocasiones, el acto mismo de transcribir fija los contornos y aleja a la negrura. Pero sé que hay noches en las que el eco del ziggurat retorna, y la bruma cruza hasta mi lecho. Anoche sentí otra vez el susurro, insistente, bajo la almohada. Sólo ahora me atrevo a responder a la pregunta del ser: no quiero mirar, no quiero tomar, no quiero saber. Pero, ¿quién puede elegir la ceguera cuando habita en la llanura de Leng, cuando la mirada de lo Impronunciable atraviesa los límites de la carne, y la ignorancia es el primer paso, y el último, de la condena?
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