Fragmento:
Recuerdo, como aquel que rememora un sueño febril, el momento en que el telegrama llegó a mis manos. Llevaba el membrete de la Real Sociedad Geográfica y aunque el destinatario era el profesor Nathaniel Wormald, yo, su asistente y amanuense, fui quien lo abrió, pues Wormald solía recelar de la banalidad de la comunicación moderna. El mensaje era perentorio, tocando una inquietud ancestral en mi pecho: insistía en la importancia de una inminente expedición al remoto extremo sur del globo, más allá de las lindes conocidas del continente antártico, a una región que ni siquiera los cartógrafos más avezados lograban ubicar con exactitud.
Duración: 09:27
El corazón del hombre tiende hacia el misterio. Hay quienes, al borde de la desesperación o la demencia, buscan con ahínco aquello que la luz de la razón nunca podrá revelar plenamente. Otros aún, con la mente forjada en acero y el alma embotada por la incredulidad posmoderna, se embarcan en empresas científicas únicamente para hallar, al final de su jornada, que el verdadero horror es el reconocimiento de una realidad que no acepta la negación ni el consuelo.
Recuerdo, como aquel que rememora un sueño febril, el momento en que el telegrama llegó a mis manos. Llevaba el membrete de la Real Sociedad Geográfica y aunque el destinatario era el profesor Nathaniel Wormald, yo, su asistente y amanuense, fui quien lo abrió, pues Wormald solía recelar de la banalidad de la comunicación moderna. El mensaje era perentorio, tocando una inquietud ancestral en mi pecho: insistía en la importancia de una inminente expedición al remoto extremo sur del globo, más allá de las lindes conocidas del continente antártico, a una región que ni siquiera los cartógrafos más avezados lograban ubicar con exactitud.
El texto mencionaba descubrimientos recientes entre los archivos polvorientos de un monje jesuita, descritos en dialectos deformes, que relataban expediciones del siglo XVII hacia “las Tierras Bajo el Rey Azul del Hielo”, cuentos que siempre habían sido descartados por los expertos como meras leyendas. Mas una serie de extraños sismos, captados por estaciones sismográficas experimentales, y una inexplicable fluctuación en el magnetismo terrestre habían obrado lo suficiente para estimular la avidez de Wormald. Yo, intrigado por la posibilidad de ricas descripciones para mis futuros escritos y, lo admito, por una sensación de fatalismo irresistible, no dudé en embarcarme junto a él.
Teníamos a nuestra disposición un rompehielos noruego, el “Vidar”, cuya tripulación, en su mayoría supersticiosos hombres del norte, murmuraban oraciones contra el Mjoed y temían pronunciar el nombre del objetivo. La expedición era una amalgama de científicos, psicólogos clínicos, naturalistas y sacerdotes exorcistas de la vieja escuela, pues los rumores sobre los delirios y desapariciones de expediciones predecesoras se habían filtrado hasta las altas esferas. Nuestra ruta nos llevaba más allá del Mar de Weddell, en una dirección marcada por coordenadas incompletas y fragmentos de mapas que se desvanecían bajo la tinta corroída.
Durante semanas, avanzamos entre los témpanos, rodeados de un silencio solo quebrantado por el crujir del hielo y el zumbido de la maquinaria. El brillo anómalo del sol polar desdibujaba los contornos, y la noche, cuando finalmente caía, era absoluta y opresiva, como si en su seno habitase un poder inconmensurable. De tanto en tanto, veíamos aves que no deberían haber estado allí, criaturas blancuzcas y deformes que huían, chirriando, ante nuestra aproximación. Uno de los naturalistas, el doctor Varis, aseguró haber visto una bandada de seres voladores que no se correspondían con ninguna especie conocida; dibujó bocetos de plumas traslúcidas y ojos enormes orientados hacia delante, unos signos anatómicos que trastornaron a muchos.
Al cabo de un mes de avance penoso, los sensores sísmicos a bordo del “Vidar” comenzaron a registrar temblores en intervalos extrañamente regulares. Los gráficos parecían adoptar un patrón, una especie de código. El magnetómetro se volvía loco al pasar cierta latitud, y las brújulas giraban sobre sí mismas sin cesar. Pronto, el hielo cedió, revelando una vasta meseta de piedra negra, como si la mismísima tierra hubiese sido desgajada de todo verdor y calidez. Allí, bajo un cielo auroral que arrojaba extraños tonos violeta, la expedición desembarcó, erigiendo un precario campamento.
Las excavaciones comenzaron bajo la supervisión frenética de Wormald, quien parecía poseído por un entusiasmo febril, muy distinto a su habitual desapego académico. Cavando bajo el viento glacial, hallamos restos pétreos: columnas talladas con símbolos aparentemente arcaicos pero que, según nuestros conocimientos, carecían de parentesco con cualquier civilización humana conocida. El exorcista Wilkins, una figura hosca de mirada ardiente, murmuraba palabras en latín cada noche, convencido de que los grabados ofrecían protección frente a algo ajeno a nuestro mundo.
Durante la tercera noche acampados sobre la meseta, las cosas empezaron a sucederse con una celeridad malsana. Unas vibraciones oscuras se esparcieron por el suelo al caer la noche. El geólogo Brynner, un escéptico empedernido, fue el primero en notar el leve murmullo en el aire. Corrientes subterráneas, sugería. Pero el murmullo pronto se tornó en un coro de voces bajas, una lengua irreconocible aunque temblorosamente comprensible, como si supiera acariciar las fibras más arcaicas de la memoria humana.
El pánico se apoderó de la tripulación. A la mañana siguiente, el campamento estaba desierto en partes. Hallamos huellas que se alejaban hacia lo más profundo de una grieta recién abierta, huellas humanas y, junto a ellas, otras indescriptibles: zarpas palmeadas demasiado grandes para cualquier animal del continente. Wormald y el resto de los científicos más osados nos armamos y, tras debatir acaloradamente, descendimos al abismo.
La grieta parecía no tener fin. Bajábamos en cuerdas anudadas, y a cada metro, la temperatura disminuía, hasta que finalmente el sudor se congelaba en nuestra piel. Los muros rezumaban humedad y extraños brillos fosforescentes; surgían relieves esculpidos en mineral, reconocibles como verdaderos bajorrelieves representando seres de formas aberrantes, torcidas, presas de movimientos inhumanos. Yo, guiado no tanto por el coraje sino por la resignación, anotaba descripciones que mi mano temblorosa apenas era capaz de plasmar.
No sabría decir cuánto tiempo descendimos, pero las leyes del espacio parecieron volverse irreales. Al llegar a una gruta amplia, iluminada por lo que sólo puede ser descrito como luminiscencia antinatural, y cuyas paredes vibraban con el mismo murmullo de la superficie, hallamos a los tripulantes desaparecidos, alineados en silencio ante lo que parecía ser un altar negro, hendido en millares de símbolos, todos ellos titilando con una luz malsana. Los hombres yacían de rodillas, ojos en blanco, sus labios balbuceando las mismas sílabas guturales que resonaban en las profundidades.
Wormald, temerario por el peso de la academia o el delirio, se adelantó hasta el altar, donde sobre una roca circular brillaba un objeto de imposible geometría, reflejando la luz de tal modo que mis ojos eran incapaces de fijar una forma precisa en él. Un susurro glacial me indicó palabras que no debería recordar, y sentí en mi pecho la semilla del pánico absoluto. Era como si una inteligencia primordial aguardase, paciente, el desgaste de toda resistencia humana.
De pronto, un temblor convulsionó la bóveda. Los gritos estallaron por todas partes, los hombres arrojándose unos sobre otros, algunos huyendo hacia el túnel, otros desplomándose en extraños éxtasis. Y entre el caos, del altar surgió una sombra intangible, pero tan tangible como el frío extremo: un no-ser, que se deslizaba reptando entre los presentes, robando el calor, sustrayendo los últimos jirones de cordura. Vi a Wormald, con el rostro desgarrado por el horror absoluto, intentando cerrar el libro en que anotaba los símbolos que danzan y se retuercen a su propia voluntad.
Traté de escapar, pero las paredes parecían respirar, estirándose, disgregándose y recomponiéndose en formas nuevas que, por breves instantes, sugerían escenas imposibles, ciudades ciclópeas sumergidas en mares de tinieblas, seres reptilianos que danzaban en círculos ante un trono vacío. Por fin, cuando creí que no resistiría más, sentí cómo la propia gruta se desplomaba y el mundo caía conmigo hacia otro mundo aún más oscuro y ancestral.
Desperté, ignoro cuánto tiempo después, en la superficie, cubierto de escarcha y rodeado de un silencio de tumba. Del campamento –y del “Vidar”– apenas quedaban residuos, fragmentos arrastrados por el viento. Arrastrándome a través de la nieve, guiado solo por el instinto de supervivencia, hallé a algunos otros miembros de la expedición. Nadie podía hablar de lo ocurrido con coherencia; algunos han permanecido desde entonces en instituciones donde los médicos sólo pueden especular sobre la naturaleza de su psicosis. Wormald jamás apareció, y del altar, los bajorrelieves y la sombra bajo el hielo, sólo quedan los delirios ajados de los sobrevivientes y, bajo mi piel, un temor olvidado por la especie.
El mundo, he comprendido, sólo es un frágil velo sobre regiones de memoria y materia no destinadas al hombre. Y en el fondo de los hielos, donde las brújulas enloquecen y el frío no es sino el aliento de aquello que nunca fue humano, el horror espera, paciente, susurrando a aquellos lo bastante imprudentes para escucharlo. No sé si me consumirán cualesquiera abismos de locura en el futuro, o si los viejos dioses y seres congelados volverán a reclamar su trono sobre la tierra. Todo lo que puedo decirle a quien, por destino o imprudencia, lea estas palabras, es lo siguiente:
Cuando la tierra tiembla bajo el hielo, y los murmullos del abismo resuenan en la noche polar, resista la tentación del misterio. No existen descubrimientos dignos de aquellos ecos del olvido, de aquellos que nunca debieron ser despertados, bajo la sombra de la aurora y el lamento de los que nunca regresan.
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