Fragmento:
La lámpara chisporroteaba bajo el azulado fulgor de un anochecer aguardando tormenta cuando me decidí, animado por tenebrosas lecturas y relatos susurrados entre las tablas del pueblo costero, a aventurarme por el paseo marítimo de Kingsport, ese reducto de casas aletargadas y malecones podridos donde el salitre lo emponzoña todo: madera, mortero, alma. Era septiembre, la época en que las aguas parecen murmurar con voces distintas y el viento arrastra ecos que hacen temblar las persianas carcomidas.
Duración: 09:23
La lámpara chisporroteaba bajo el azulado fulgor de un anochecer aguardando tormenta cuando me decidí, animado por tenebrosas lecturas y relatos susurrados entre las tablas del pueblo costero, a aventurarme por el paseo marítimo de Kingsport, ese reducto de casas aletargadas y malecones podridos donde el salitre lo emponzoña todo: madera, mortero, alma. Era septiembre, la época en que las aguas parecen murmurar con voces distintas y el viento arrastra ecos que hacen temblar las persianas carcomidas.
Había venido buscando algo, aunque sería incapaz de precisar si era conocimiento, olvido, o mero desafío a impulsos supersticiosos. Los viajeros —forasteros y lugareños por igual— solían evitar hablar del extremo norte de la ciudad, donde el océano lame antiguas rocas, y donde, más allá del alcance del faro, las sombras parecen moverse aunque la luna esté alta. Pregunté en la taberna acerca de una figura esculpida en piedra, de la que había oído vagos rumores. Algunos decían que era un simple mojón de los viejos fareros, otros desviaban la mirada sin responder, y unos pocos, los más beodos o temerarios, me advirtieron de “la marca que llama a la marea”.
Esa noche, tras ver desaparecer la última silueta humana tras las cortinas, arropado solamente por mi gabán y una linterna rechinante, avancé hacia donde el empedrado moría en una calzada de fango y algas. El aire olía a promesas de tormenta y carne muerta, y al acercarme al promontorio señalado por mis vagas pesquisas, creí escuchar un canto que el viento arrastraba hasta mis oídos.
La oscuridad se agarraba al espigón como un tumor, haciéndome sentir que realmente traspasaba el umbral de lo permitido. Al llegar, me detuve. Ante mí, parcialmente sumergida en un charco viscoso, se elevaba una abominación de piedra que no correspondía a nada humano que mi mente pudiera catalogar. Tenía la forma de un torso hinchado, cubierto de relieves y crestas escamosas, con apéndices tentaculares extendiéndose por la base y una cabeza monstruosa, mezcla impía de batracio y pez, de cuyas fauces abiertas brotaba un grito mudo e infinito. La talla, erosionada y musgosa, parecía haber sido esculpida en una sola noche de insania por manos no humanas.
Pero lo que heló mi sangre con un terror ácido fue el brillo húmedo de la roca bajo la luna: parecía rezumar su propia humedad, como si respirara, latiendo bajo el azote del oleaje, y pulsando a ritmo distinto al de la marea. Dicen que el saber abre puertas, pero sólo entonces entendí cuán profundamente pueden cerrarse en torno a quien mira demasiado. Sentía que algo detrás de mí se había puesto en marcha, como si los sonidos del océano adquirieran un tono más grave y reverberante. Reinaba ahora un silencio expectante, cortado apenas por la resaca y el lejano clamor de los truenos.
Como atrapado en una penosa ensoñación, me acerqué al ídolo. Descubrí surcos y hendiduras a su alrededor, demasiado regulares para proceder de la erosión natural. Al palpar la roca, mi mano tocó de repente algo frío y filoso. Oscuro y liso, era un fragmento de un collar partido, engarzado en torno a la base de la idolatría. No era de metal ni de piedra conocidos, sino una sustancia negra y compacta que parecía absorber la luz. Mi pulso aumentó al recordar los relatos de los pescadores viejos sobre “nidos de las profundidades” y “joyas de ultratumba” que aparecían de tanto en tanto tras las tormentas.
Recordé entonces las palabras de aquel tabernero borracho, hinchado de mil saberes y terrores: “…si la ves, vuelve la vista. Y si la tocas… ruega que la marea te lleve, antes que ellos lo hagan.” Yo, insensato, no aparté la vista ni huí; al contrario, seguí escrutando la monstruosidad, tratando de descifrar los símbolos tallados alrededor del ídolo.
E invierno se desató súbitamente. Las nubes taparon la luna, los truenos se convirtieron en explosiones de ira y la marea golpeó los roquedales con espuma negra. Fue en ese caprichoso instante cuando lo sentí: una vibración en la roca, un enjambre de formas deformes trepando desde las profundidades. No las veía, pero sus sombras se deslizaron bajo mis pies, como espectros sobrealimentados sujetos a una fuerza ancestral.
El aire se enlenteció, llenándose de un hedor asfixiante, mezcla de cieno podrido y agua estancada bajo el sol de milenios. Apreté el misterioso fragmento. Sentí que mi piel bullía, que las yemas de mis dedos se recalentaban como ante una presencia invisible que escudriñaba mi alma. Una voz, imposible de diferenciar entre mi mente o entre el rugido de la tempestad, comenzó a martillar palabras que no tenían eco en ninguna lengua conocida: “El pacto no ha muerto. El mar reclama. El linaje llama.”
Cayeron las primeras gotas gruesas de lluvia; sentía que allí en la noche, entre el ídolo y yo, algo esperaba. Sabía —a un nivel visceral, atávico— que cada ola, cada remolino sobre los abismos, era el eco de pactos obscenos sellados mucho antes de que los hombres soñaran levantar aldeas en esa costa. La piedra no era un simple objeto, sino un faro, una baliza para lo no nacido o lo olvidado. Imaginería de roca, sí, pero también de carne y voluntad desviada, mantenida viva por sacrificios que rechinaban en lo más negro de la noche.
Torpe, resbalando ya, me aparté del ídolo. Bajo el salitre y la lluvia, la playa parecía bullir de formas que hasta entonces sólo existieron bajo las superficies insomnes de los mares. Algunas, apenas perceptibles, reptaban entre las algas fósiles. Otras resoplaban, garabateando rugosos surcos en la arena. Todas tenían los ojos opalescentes, reflejos de la luna escondida, y todas observaban al que había perturbado su santuario.
Corrí, pero el fango no distingue entre cuerdo y poseído, y pronto caí de bruces. El fragmento, aún entre mis dedos, latía con renovado vigor. Quise soltarlo; fue imposible. Se adhería a mi mano como la garra de un ahogado. Perdí la noción del tiempo y del espacio, pero durante ese descenso borroso recuerdo claramente los cantos surgidos de las bocas batracias al pie del ídolo, voces que no eran de la tierra, ni del aire, sino de un abismo de ecos y de sal.
Me arrastré hasta lo alto del promontorio, sintiendo el suelo blando bajo mis rodillas y, al voltear, vi un mar de ojos: las criaturas prosternadas ante el ídolo, echando espuma y ululando cantos anti-naturales, ritmos que deformaban toda geometría de la razón. Alguien o algo, desde la base de la roca, avanzó hacia mí. Era alto, corpulento y envuelto en un manto de algas y escamas; su rostro era la negación de todo lo humano, mezcla de ranura, branquias y colmillos. Extendió una mano membranosa, demandando el fragmento. Sentí que, si no lo entregaba, sería desmenuzado y absorbido en la masa palpitante que oscilaba tras él.
Resistí, y solo el pánico puro me concedió la claridad para lanzar la joya al corazón del correteo de monstruosidades. El ídolo emitió un zumbido profundo, una vibración tan intensa que sentí que mi cuerpo se descomponía en ondas de enfermedad. Todo cuanto vivía —o soñaba que vivía— en la playa se abalanzó sobre la piedra, en busca de aquello que les era sagrado. Aproveché ese frenesí para descender, resbalando, hasta las primeras casas abandonadas del muelle. No miré atrás, no quise ver si era seguido ni qué ritual impío se oficiaba aquella noche.
Pasé el resto de la noche atrincherado en un cobertizo abandonado, temblando de fiebre y terror, el amargor salino en la boca. Al amanecer, cuando el sol se abrió camino entre nubes enfermas y me atreví a salir, no hallé rastro del ídolo o de las criaturas. Sólo quedaban huellas resbaladizas ahí donde la arena tocaba la roca, y un perfume acre y antinatural flotando en el aire, que ningún viento, ni de esa mañana ni de días posteriores, logró limpiar.
No regresé nunca a Kingsport, pero la visión del ídolo me persigue en cada pesadilla de aguas negras y bocas sin lengua. Los médicos lo llaman “paranoia obsesiva”, pero nada puede convencerme de que la marea no arrastró algo más esa noche: un fragmento de mi cordura. Algunas veces, en noches de tormenta, juro oír ese canto grave, ese coro de vozes que brama antiguo dominio bajo las olas. Mi experiencia me ha enseñado a no mirar nunca largos minutos la superficie del agua, y a jamás recoger objeto alguno que el mar escupa en la orilla y que no tenga recuerdo humano.
Porque, aunque ninguna policía podría hallar pruebas, yo sé cuán fácil es para los dioses primigenios borrar sus huellas. Mientras quede memoria en la piedra y en la sal, seguirán llamando, esperando el descuido del hombre, el olvido de la cautela, para reclamar lo que por derecho —y terror— les pertenece.
Hay puertas que no deben abrirse, pactos que nunca han de recordarse, y costas en las que el sol jamás alcanza a disipar lo que anida bajo las olas. Yo, que vi el ídolo, no preciso de más pruebas. Y si alguna vez, lector, crees distinguir en el oleaje una forma que no es pez ni hombre, no te acerques. Cruza la vista, huye y no mires atrás, porque el mar —y todo lo que esconde— jamás olvida.
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