Portada del relato Los susurros del ópalo negro
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Fragmento:


La mansión era amplia, de muchos salones vacíos y corredores tapizados con moho; pero el ambiente no era solo de abandono, sino de expectante intolerancia, como si la casa aguardara nuestra marcha para respirar de nuevo su aire antediluviano. No se oía nada salvo el crujir de la madera y, a veces, un tintineo apenas sugerido por el viento en las ventanas.

Duración: 10:02

Los susurros del ópalo negro
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Texto de ajuste de pausa.

Durante los primeros años de mi vejez, abrumado ya por esa somnolencia improductiva que suele arrastrar al cuerpo cansado después de una vida de inquietudes, di con memorias que, hasta ahora, creía sepultadas bajo la hojarasca de falsas certidumbres. Lo que a continuación relataré jamás lo oirá esté quien esté dentro de mi círculo social, pues, de hacerlo, me ganaría la risa o el desprecio de todos ellos. Se trata de hechos atrozmente ciertos, que tienen relación con uno de los más execrables cultos jamás ideados por la mente humana, y que solo los más oscuros coleccionistas de rarezas habrán oído mencionar en grimorios manchados y cartas ya descompuestas por el tiempo: el culto de Ukthâra.

Sea el miedo mi disculpa y el temblor de mis manos la única garantía de honestidad que puedo ofrecer ahora, cuando casi todo parece haberse desvanecido salvo la atroz certeza de que lo imposible irrumpe, a veces, con pies suaves y lenguas hambrientas.

Todo comenzó en el otoño de 1931, cuando recibí una carta de Albert Fenwick, un conocido anticuario de Providence, cuyo gusto por los objetos antiguos y la correspondencia con otras mentes ávidas de secretos le había ganado una reputación a la vez respetada y temida. Había heredado, de un recién fallecido familiar, una extraña casa de campo en las inmediaciones de las quebradas colinas de Arkham, aislada entre encinas y sauces cuyas ramas parecían adelante contorsionarse en gestos de amenaza apenas la brisa de la tarde sonaba entre ellas.

La misiva de Fenwick era urgente y breve: “Acude, por favor. La casa necesita testigos. Trae luz, de cualquier clase. No me dejes solo”. Tal era su mensaje, acompañado por unos renglones de incoherencias, en los cuales palabras antiguas y símbolos extraños asomaban entre temblores de tinta. Sentí un escalofrío al leer aquello; sin embargo, la curiosidad ganó y preparé mi viaje.

El trayecto hasta Arkham fue largo, particularmente por la densa niebla de aquel octubre. Cuando por fin llegué a la mansión —más ruinosa de lo que habría esperado incluso de los relatos de Fenwick— caía una lluvia fina y constante, sumergiendo el mundo en un gris lóbrego. Me recibió, en el porche de madera podrida, el propio Fenwick: pálido, estremecido, y con los ojos enrojecidos —el semblante de quien no conoce el descanso.

“No has traído luz suficiente”, murmuró de inmediato sin saludarme. Su voz era apenas audible, como si no quisiera despertar algo adormecido en los muros de la casa.

La mansión era amplia, de muchos salones vacíos y corredores tapizados con moho; pero el ambiente no era solo de abandono, sino de expectante intolerancia, como si la casa aguardara nuestra marcha para respirar de nuevo su aire antediluviano. No se oía nada salvo el crujir de la madera y, a veces, un tintineo apenas sugerido por el viento en las ventanas.

Fenwick me llevó, sin permitir casi que comprobara mis alrededores, hasta la biblioteca, el único espacio cálidamente iluminado por varios candiles de aceite. Sobre la mesa de ébano reposaba un objeto singular: un ópalo negro, de tamaño considerable y tan pulido que la luz parecía desaparecer en su interior. Por momentos, juraría que el ópalo absorbía las miradas, reflejando en su superficie sombras y figuras desvaídas, jamás del todo definidas. Fenwick, notando mi atención, balbuceó: “Es la clave. Me la dejó mi tío, con terribles advertencias. No debes mirarlo mucho tiempo”.

Le exigí explicaciones. Se abrazó a sí mismo y jadeó: “Esta casa perteneció a una rama excéntrica de mi familia. He encontrado cartas y diarios. Hablan de un culto que se reunía aquí… Los ‘Segundos Ocultos de Ukthâra’, así los llaman. No imaginas los horrores practicados. Sacrificios… ritos recién susurrados en lenguas antediluvianas. Y está el ópalo: siempre en el centro. Una puerta hacia algo más”.

Quise tranquilizarlo. Le aseguré que esas cosas serían, en el peor de los casos, fruto de supersticiones degeneradas. Pero, tras hojear los documentos que me puso en las manos, tuve que admitir que la fría racionalidad perdía, poco a poco, su fortaleza ante la acumulación de detalles: grabados horribles de hombres y mujeres desnudos en círculos, marcos de carne y símbolos cicatrizados, banquetes en los que lo prohibido era ley y el dolor, placer.

Esa noche, al querer descansar en uno de los dormitorios del piso superior, me descubrí inquieto. Soñé con figuras encapuchadas que, iluminadas por la luz moribunda de velas negras, se despojaban de su piel como si de abrigos se tratara, y danzaban en torno a una piedra reluciente sobre la cual sentía pulsar algo repugnante, como si la esencia de toda corrupción se hubiese reunido allí. Me desperté bañado en sudor, con náuseas y una opresión terrible en el pecho, sintiendo que el sueño era más que un aviso: una advertencia directa.

A las pocas horas, Fenwick llamó a mi puerta. “Ven. Hay algo… bajo la casa”.

Lo seguí, sin protestar. Bajamos por una escalera secreta oculta tras un panel de la biblioteca. El aire se tornó denso y húmedo, cargado del aroma a descomposición e incienso peleando por la supremacía. El pasadizo desembocó en una cripta, abovedada y cubierta de extraños símbolos pintados con una materia viscosa, negras motas brillando bajo la luz de una linterna. Lo que vi entonces permanece anclado en mi alma.

En el centro del cuarto, sobre un pedestal pétreo, reposaba de nuevo el ópalo. Pero ahora, vistas a la luz directa y profunda de la linterna, las sombras parecían animarse en su interior, danzando y deformándose. Fenwick se arrodilló frente a ella y comenzó a murmurar en un idioma que mi mente rechazaba —palabras glutinosa, disonantes, imposible de haber aprendido en libro alguno. Una corriente helada recorrió mi columna: sentí una presión en mi propio cráneo, como si dedos fríos amenazaran con penetrar y rasgar mis pensamientos.

Fue entonces que lo vi: al pronunciar aquel nombre maldito —Ukthâra— las piedras de los muros vibraron, y una segunda voz, de tono abismal y viscoso, contestó desde algún sitio más allá del cuarto. La superficie del ópalo burbujeó, mostrando la silueta de un rostro andrógino y corrupto, cuyos ojos destellaban con avidez malsana. Aquello no era humano. De sus labios sin carne surgió un susurro:

“Abre. Abre la carne y la luz. Déjala entrar y no mirarás jamás el día puro”.

Fenwick temblaba, y en sus ojos vi la desintegración de su mente. “Debemos irnos”, logré gritarle, forzando mis piernas entumecidas y arrastrándolo escaleras arriba, lejos de aquella cripta y del ópalo negro. Los susurros parecían seguirnos, reptando por el aire como dedos esquivos. Ya en la biblioteca, cerramos la trampilla y la aseguramos con un pesado mueble.

Nos miramos, pálidos; Fenwick con lágrimas de terror descendiendo por sus mejillas. Trató de explicarme que él no había estudiado, sino soñado aquel idioma, y que cada noche nuevas palabras le surgían, hasta sentirse forzado a probar… Las consecuencias le eran desconocidas, pero lo impulsivo de su voz me convenció de que no era dueño ya de su voluntad. Me senté con él, los dos tomando whisky sin delicadeza, mirando hacia la trampilla por la cual creímos, en vano, haber huido definitivamente de cuanto nos acechaba.

Me vi forzado a dormir en un sillón aquella noche. A medianoche, una vibración sorda recorrió toda la casa. Desperté con la certidumbre absoluta de estar rodeado; de ser observado no solo por presencias físicas, sino por algo intangible y viscoso. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Al mirar por la ventana vislumbré, a la distancia, antorchas que serpenteaban entre los árboles. Me pregunté si serían aldeanos, o acaso miembros del maldito culto —¿seguiría existiendo, en los márgenes fangosos de la realidad, una hermandad consagrada al dios del ópalo? Por un momento, sentí la certeza de que el ritual continuaba, de forma subterránea, en relatos, linajes, o pesadillas.

Por la mañana, Fenwick había desaparecido. Solo encontré, sobre la mesa, una carta temblorosa:

“Perdóname. He visto a Ukthâra. No soy ya uno de vosotros. No busques el ópalo; cuando llegue la luna llena, entrará de nuevo en la carne del sacrificio. Si alguna vez me oyes hablarte en sueños, ignórame. No soy yo”.

Mi sentido de la realidad se fracturó. Abandoné la mansión, huyendo a la luz del día, con el aire pesado por el silencio y la sensación claustrofóbica de ser perseguido, incluso a pleno sol. Nadie me creyó, por supuesto. El sheriff local no encontró traza de Fenwick ni del ópalo; la cripta, según aseguraron, era solo una bodega de carbón vacía. Semanas después, escuché rumores: extrañas desapariciones, ruidos de pasos en los sótanos de los graneros, gemidos en la foresta nocturna.

Volví a Providence, pero los sueños no me han abandonado. Círculos de rostros descarnados me aguardan cada noche, extendiendo manos lánguidas y repitiendo palabras de una lengua que ahora reconozco a mi pesar. Hay algo, bajo todas las estructuras humanas, que aguarda; un culto de la carne y el éxtasis doloroso, de la luz devorada por una oscuridad palpitante.

No hay redención para quien ha visto al dios del ópalo negro. Por eso escribo este testimonio, en el umbral de la locura y a punto de perder lo poco que queda de mi identidad. Si acaso alguien lo lee, si los Segundos Ocultos de Ukthâra aún prosiguen su danza entre sombras y corrompen la semilla humana con sus ritos voluptuosos, solo puedo rogar: no respondas jamás al susurro. Si un día, bajo escalones o tras el umbral de tu casa, descubres una piedra tan oscura que la luz parece ahogarse en su interior, huye. Huye sin mirar atrás. Porque hay cosas que, una vez vistas, desgarran la mente y disuelven el alma, y su culto, por prohibido que sea, nunca duerme.

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