Portada del relato La Sombra bajo Vevey
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Fragmento:


Esa advertencia, lejos de enfriar mi espíritu, lo inflamó hasta el frenesí. En las madrugadas, al escrutar los anaqueles más antiguos, percibí una regularidad laboriosa entre los libros; un hueco, quizás una diferencia apenas perceptible, delataba la falta de un volumen entre Paracelso y Wierus. El borde de polvo rememoraba la huella de un libro grueso recién removido.

Duración: 09:00

La Sombra bajo Vevey
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Texto de ajuste de pausa.

El invierno suizo había roto su gélida lanza contra los muros del viejo monasterio donde yo, Léonard Duvivier, me hallaba confinado por cuestiones de estudio. Había venido hasta Vevey —una ciudad pequeña a la orilla del lago Léman— en pos de manuscritos oscuros, rumores de lo impío, rastros de aquel saber prohibido que, desde mi adolescencia inquieta, me había perseguido en sueños y pesadillas. La biblioteca particular del Conde de Rochez, según se susurraba en los cenáculos de París, contenía no sólo los trabajos de Agrippa y Saint-Germain, sino el ejemplar único, manchado y carcomido, de cierto libro prohibido que los sabios de la Santa Inquisición llamaron en otros siglos Cultes des Goules.

Era el cuadro de la noche el que me dominaba entonces, cuando por vez primera el hielo crujió en las vidrieras y mi lámpara chisporroteó ante el soplo de un aire helado que no tenía entrada visible. Nada fuera de lo común, aunque mi corazón se alegró al recordar que el vigilante del monasterio, un monje ruinoso de nombre Barthélemy, gustaba de bromear con los visitantes asustados. Sin embargo, ante el silencio imperturbable, reinicié mi tarea; tenía ante mí cartas y facturas, registros toscos en papel amarillento que documentaban el movimiento de libros entre el conde y diversos anticuarios de París y Lyon. No hallé ahí sino los nombres de obras menores, y sólo una fecha —1721— y un nombre —Duplessis— parecían repetirse con ese temblor de significado inabarcable que acompaña las verdaderas revelaciones de la noche.

Durante los días que siguieron, mi obsesión creció. Por los corredores revestidos de tapices apolillados, hurgué, escudriñando las sombras y tratando a cada paso de captar susurros tras el eco de mi propia respiración. Los otros habitantes del monasterio, retirados y reacios, esquivaban mi mirada y, en ocasiones, parecían murmurar entre sí frases en dialectos extraños de la Suiza más profunda, frases que incluían la palabra “goule”.

Solo el solitario Barthélemy conversaba conmigo y, siempre entre risas irónicas, me previno acerca de “esas noches negras”, sobre “el saber que sólo los muertos deberían buscar”. En una de esas conversaciones, movido por el vino y la desesperación, le rogué que me hablara sobre Duplessis y el legendario Cultes des Goules. Fue entonces cuando sus manos temblaron y su rostro se tornó mortecino, hasta que en voz baja —como si temiera ser escuchado por entidades invisibles— murmuró:

“Duplessis era un abate, antiguo dueño de esta casa cuando era una abadía. Su vida era doble: en la luz defendía a los hombres de las tinieblas, pero en secreto estudiaba y practicaba cosas… cosas que es mejor no nombrar. El libro, ese libro, ha dormido entre estos muros. No lo busque, señor Duvivier. Los que lo leen no vuelven a dormir.”

Esa advertencia, lejos de enfriar mi espíritu, lo inflamó hasta el frenesí. En las madrugadas, al escrutar los anaqueles más antiguos, percibí una regularidad laboriosa entre los libros; un hueco, quizás una diferencia apenas perceptible, delataba la falta de un volumen entre Paracelso y Wierus. El borde de polvo rememoraba la huella de un libro grueso recién removido.

La oportunidad definitiva se presentó en una noche de ventisca, cuando Barthélemy, tras escuchar un rumor sordo de ultratumba, corrió a la cripta susurrando letanías. Aproveché su ausencia, iluminado solo por la luz vacilante de mi candil, y avancé hacia la galería inferior, más allá del vestíbulo donde aún se veían los relieves de santos exorcizando demonios.

Allí, tras una puerta de hierro oxidado que cedió ante mi hombro y el ansia de mi brazo, hallé la estancia: bajísima, cubierta por telarañas, apestando a polvo y humedad. Era una simple celda de piedra, pero en su centro, sobre un atril sostenido por garras grotescas, yacía un libro encuadernado en cuero rugoso, tan viejo como la memoria, con letras apenas legibles: Cultes des Goules.

Temblé ante la sola visión de aquel objeto. Lo tomé dudoso; el peso era desproporcionado, parecía contener no sólo papel, sino algo más denso, casi orgánico. Mientras hojeaba, las palabras —en francés arcaico, latín corrompido y ocasionales párrafos en griego mezclado con jerga piamontesa— desgranaban su letanía infernal sobre los ritos de los “hijos de la tumba”, los respectivos cultos de necrofilia y canibalismo practicados desde Cartago hasta Arras, costumbres que, según el libro, nunca fueron extirpadas del todo sino solamente apartadas de la mirada de los vivos para renacer, cada siglo, en lugares como Vevey, en noches de tormenta.

Recordaba entonces el rostro de Barthélemy, sus frases de advertencia. Mas la curiosidad era un poder mayor, y continué. Pero el libro, al airearse, dejó escapar un hedor tan terrible que me vi obligado a alejar la cara. Traté de ver si había algo oculto entre sus páginas y, efectivamente, una hoja doblada cayó en el suelo: era un pergamino con la caligrafía de Duplessis, anotando fechas y nombres… y uno de esos nombres era el del actual guardián del monasterio.

El sudor me perlaba la frente, la cabeza me giraba. Fue entonces cuando escuché el murmullo. En un rincón de la celda, una puerta baja que suponía falsa, empezó a gemir bajo el peso de una fuerza invisible. Apreté el libro contra mi pecho y avancé, creyéndome afortunado y seguro en mi ignorancia.

La puerta cedió. Tras ella, una escalera descendía aún más: el abismo de la cripta, sellada por siglos, envolvía el aire en un vaho salobre y repulsivo. Bajé, tragando mi propio miedo, siguiendo el rastro de una música atonal, de golpes secos y suspiros húmedos. El suelo de la cripta era de tierra removida, surcada aquí y allá por zarpazos recientes.

En el extremo más bajo, mis ojos se acostumbraron a la negritud. Vi figuras arrodilladas en torno a una piedra y, en la penumbra, el fulgor de una lámpara de aceite marcaba perfiles inhumanos. No era fantasía, no era eco de mis delirios: vi a Barthélemy, el supuesto monje, depositando sobre esa extrañeza pétrea los restos putrefactos de una osamenta humana recién exhumada. Lo vi, aunque enloquezca al admitirlo, roer esos fragmentos como un animal sagrado, con los dientes limados, bañado en la sangre coagulada del difunto.

No era sólo él: alrededor, otras figuras cubiertas por hábitos monásticos participaban del banquete hediondo. Reían con bocas demasiado grandes, reían lascivamente mientras carcomían los huesos de los muertos.

Un coro de carcajadas me heló la sangre; el suelo vibró bajo mis pies. El abismo pareciera abrirse bajo mis botas. Traté de retroceder, pero un brazo brutal me sujetó. Barthélemy me miró con ojos plateados, vacíos. “Has leído, has visto. Eres uno de nosotros”, susurró, y el círculo de monjes se apretó en torno a mí.

En ese instante supe que no era prisionero de la locura: el mal, encarnado en aquella secta de necrofagos, dormía siglos hasta que la avidez de un curioso —yo, Léonard Duvivier— lo despertaba.

Traté de zafarme. Grité, luché, invoqué santos y exorcismos que mi padre me enseñara en mi niñez atea. La fuerza sobrehumana de los monjes-goule fue abrumadora, y el hedor de su aliento me sumía en la inconsciencia. Sin embargo, en el envite, mi codo golpeó la lámpara de aceite y las llamas lamieron el manto carcomido de uno de ellos.

El fuego, la enemiga primordial de toda criatura de las sombras, se propagó rápidamente. Los gritos se mezclaron con el graznido de la cripta colapsando, y yo, en un trance de horror y rabia, trepé de vuelta a la celda, aún aferrando el Cultes des Goules.

No recuerdo más que la niebla de mi huida, la nieve manchada de sangre, el hielo fundiéndose al contacto de mi cuerpo febril bajo la luz agonizante del amanecer. El monasterio se consumía tras de mí, y los chillidos de las bestias privadas de su cubil resonaban entre las montañas heladas.

Los días siguientes son sólo fragmentos: un hospital suizo, los rumores de un incendio inexplicado y, finalmente, la confirmación de que el manuscrito desapareció en las cenizas.

Hoy, años después, escribo esto desde el asilo de Charenton, donde —según los doctores— puedo descansar de mis pesadillas. Dicen que el mal está en mi mente, y que la nevada quietud de Suiza no puede engendrar monstruosidades tan antiguas como la noche de los tiempos. Pero yo sé lo que vi. Sé también que hay otros monasterios, otros registros, otros abates dispuestos a transmitir el libro y el rito.

A veces, en el rumor del viento, reconozco el eco de las risas de los goules. Sé que volverán a llamar, quizás cuando las estrellas estén alineadas, quizás cuando un joven imprudente se asome demasiado a las sombras de la curiosidad. Y entonces no habrá fuego ni fuga, sólo un descenso perpetuo bajo la tierra, a ritmo de carcajadas hambrientas y dientes limados.

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