Fragmento:
En ese momento, la mente de Roderick se sumergió en un abismo de visiones: vio torres ciclópeas que no respetaban ninguna geometría posible, desiertos donde los vientos llevaban nombres prohibidos y eruditos de arco y hueso, inclinados ante un altar hecho de dientes humanos fundidos y amalgamados. Sobre todo, vio una grieta: una fisura que palpitaba y temblaba con la promesa de algo colosal y hambriento, dormido sólo al azar de otros mundos, pero prestando atención a cada reverberación de su nombre.
Duración: 09:22
La noche caía sobre la ciudad de Arkham como un sudario vivo, dotado de un extraño pulso y un frío que no se disipaba ni bajo la protección supersticiosa de velas ni tras el cristal groseramente emplomado de los ventanales. Muchos hombres han soñado con parajes donde las sombras poseen peso, donde la razón es sólo una delgada membrana sobre un foso sin fondo. Mas sólo unos pocos han decidido buscar el sendero a tales reinos. Uno de esos insensatos era Roderick Fenley, doctor en remotísimas lenguas y portador de una curiosidad que rozaba la demencia.
Roderick, obsesionado por los textos recónditos y los sueños persistentes de torres alienígenas y desiertos sin término, había localizado un pergamino cuyo contenido, sospechaba, guardaba la clave para abrir senderos más allá de Ulthar, incluso más allá de Kadath en la fría desolación. La Biblioteca de la Universidad Miskatonic había procurado ocultar la existencia de tales documentos, pero un informante de costumbres dudosas y sonrisa desdentada se los había conseguido tras unos tratos realizados en los márgenes del raciocinio.
El pergamino, de una tétrica textura semejante al cuero malamente curtido, rezumaba el inconfundible hedor de los objetos antediluvianos, y su caligrafía, una mezcla impía de pictogramas nakal y caracteres que sólo la desventurada Abadía de Sarnath empleaba, describía los tránsitos y sellos que llevaban a quien los descifrara desde el reino de lo concreto hacia los precintos exteriores donde arden los fuegos invisibles. Fenley, acostumbrado a la penumbra, estudió el texto durante meses, extrayendo un sentido de pesadilla sólo equiparable a las leyendas susurradas en los burdeles de Innsmouth; mas aún así, su anhelo por el conocimiento prevaleció, y decidió que esa misma noche celebraría el rito sugerido en la cuarta columna del pergamino.
Roderick dispuso las piezas según la tradición: una daga de obsidiana, dos cráneos de roedores roídos por gusanos, y una campanilla forjada en cobre rojo, pintada con sigilos que sólo veían los afligidos por la locura. Las instrucciones, vagas y fragmentadas, requerían recitar versos en una lengua que no era de esta Tierra ni sería jamás de ningún otro paso del cosmos, pues sus fonemas parecían conspirar unos contra otros. No obstante, Roderick, valiéndose de la erudición y una pasión que sólo el terror puede infundir, articuló los fonemas prohibidos.
Al principio la habitación pareció quedarse sin aire, una sequedad inconcebible que no era simple asfixia sino la sensación de haber pasado a un lugar donde nunca existió el hálito de la vida. Las velas palidecieron y, en su flaqueza, comenzaron a emitir un humo verdoso y aceitoso que se retorcía formando siluetas que recordaban a pájaros ciegos y ancianas acechantes. De improviso, la campanilla cobró vida y emitió un tañido que, en vez de rebotar en las paredes, pareció curvarlas, afilándolas con aristas quebradas.
En ese momento, la mente de Roderick se sumergió en un abismo de visiones: vio torres ciclópeas que no respetaban ninguna geometría posible, desiertos donde los vientos llevaban nombres prohibidos y eruditos de arco y hueso, inclinados ante un altar hecho de dientes humanos fundidos y amalgamados. Sobre todo, vio una grieta: una fisura que palpitaba y temblaba con la promesa de algo colosal y hambriento, dormido sólo al azar de otros mundos, pero prestando atención a cada reverberación de su nombre.
Los símbolos del pergamino, reconfigurándose a cada parpadeo, celebraban un convite de luces que no eran luz y sonidos que ningún oído humano debió escuchar. Roderick, en una mezcla de arrobo y pavor sagrado, sintió cómo era arrancado de su cuerpo para ser engullido sin violencia a un otro-lugar de infinitas escaleras y pasajes, al borde del gran desierto donde la nieve cae desde estrellas apagadas hacía eones.
Allí comprendió la arrogancia de los hombres al soñar siquiera con acercarse a Kadath; pues no había aquí reyes ni dioses conocidos, sino entidades cuya mera existencia era una contradicción para todo lo que él creía entender. Fenley vio cúmulos de materia fibrosa, ojos de muaré que se abrían y cerraban sin patrón ni emoción, sonido que se materializaba en tentáculos y tentáculos que se disolvían en pensamiento puro.
Entre tales horrores, destacaba una presencia inmensamente mayor, cuyo rostro era una incógnita fluctuante de mandíbulas invertidas y lenguas enrolladas como estandartes que colgaban pesados desde ventanas ciegas. Una voz –¿o un aroma?– le habló, ofreciéndole secretos anteriores al tiempo, corrientes que cruzan la sustancia misma del sueño hasta las vetas glaciales donde duerme el Caos primigenio. Fue entonces cuando Roderick comprendió que la realidad, en su burda simetría, no era más que el reflejo pálido y fragmentado de un orden atrozmente superior, uno donde los hombres eran larvas que se arrastran por centímetros, ignorando agujas cósmicas prestas a desgarrar sus sueños.
El rito, o quizás sólo la voluntad inexplicable de esas entidades, le arrojó de nuevo al estudio desmadejado de Arkham. Sudaba frío, y su corazón martilleaba en una música irregular, como siguiendo un compás extraño dictado por lenguas que circundan Kadath. El pergamino ya no yacía sobre la mesa, sino que flotaba a medio metro de altura, girando suavemente, exudando un miasma acre y dulzón que hizo que la atmósfera del cuarto se volviera aún más irrespirable.
"Todos los sellos han sido rotos," murmuró una voz que no era la suya, resonando en su pecho con la firmeza de un dictamen judicial. En los días siguientes, Roderick supo que los límites de su mundo se deshilachaban: notó cómo las sombras se demoraban al caer, deviniendo filamentos persistentes, observando con insidiosa paciencia desde los rincones. A intervalos irregulares, oyó pasos húmedos y arrastrados emanar de la buhardilla, y vio a través de las rendijas criaturas delgadísimas, de cuero y ojos sin fondo, que se detenían un instante a cuchichear antes de perderse en las fracturas de la madera.
La enfermedad se instaló en él como una segunda alma. Se miraba al espejo y, en los filos de su reflejo, notaba una vibración oscura, una sucesión infame de siluetas que pugnaban por emerger y cobrar control. Roderick intentó resistirse, leyendo oraciones de libros sagrados, apenas recordando palabras comunes de consuelo. Mas la presencia crecía, devorando los contornos de su propia identidad.
Pero peor que el deterioro físico era la certeza que poco a poco iba carcomiéndole la razón: sus sueños ahora no eran ya travesías a otros lugares, sino viajes regresivos hacia la plena materialización de los dioses y horrores externos. Cada noche, se sumergía en una visión de la gran hondonada tras los muros de Kadath, donde los Primordiales –designados con nombres impronunciables en toda lengua humana– se debatían en pulsaciones y cánticos, anhelando desgarrar el velo que los confinaba.
Y en cada sueño, una figura se hacía notar: la presencia cuyo rostro había divisado en el otro-lugar, incitándole, susurrándole que el rito había sido sólo una invitación, y que el verdadero banquete comenzaría pronto. Las señales eran inequívocas: alfileres de hielo recorrían la columna vertebral de Fenley cada vez que desfallecía; pájaros sin sombra graznaban nombres litúrgicos en el ocaso, y a veces, mientras escribía, su caligrafía se desdoblaba, formando versos en idiomas de pesadilla que ningún alfabeto humano podía contener.
A medida que el tiempo transcurría y las estaciones se volvieron erráticas en su discurrir –llovía donde el calendario afirmaba sequía; el sol se ocultaba en pleno mediodía, obedeciendo geometrías extradimensionales–, Fenley entendió al fin lo que el rito había desatado: había roto la compuerta a una grieta sigilosa, una que unía su insulso mundo con el profundo vacío de la Noche sin Nombre. Lo peor, sin embargo, no era el terror directo de los Primordiales, sino la paulatina y definitiva transformación de su propia subjetividad.
Una tarde, en el crepúsculo imposible de una primavera donde la escarcha florecía sobre los vidrios, Roderick fue reclamado. No sintió dolor ni horror, sólo una vasta resignación. El suelo se abrió bajo sus pies, mostrando no tierra, sino el atajo viscoso hacia un laberinto de piedra líquida y mármol fusionado con carne. Bajó y bajó, escuchando el eco de susurrantes plegarias pronunciadas por gargantas que jamás fueron concebidas para el habla.
Allí, encadenado en lo profundo de la grieta infinita, vio el desfile interminable de los devoradores de sueños: entidades consteladas de ojos móviles, serpenteando sobre tronos de sal húmeda, acompañadas por una orgía de sonidos y aromas que le corroían no sólo el pensamiento, sino la identidad. De su boca emergió –autónoma, rebelde– una letanía blasfema, cuyo eco recorría túneles y cámaras, abrazando y llamando a los innombrables desde sus tumbas cósmicas.
El ciclo era perfecto; el hombre había abierto camino para la furia de lo Ilimitado y, a cambio, su esencia pasaba a alimentar las pulsaciones de la grieta, un recordatorio de que ni las piedras, ni la historia ni los sueños son seguro bastión ante el eructo informe de la Noche. En algún lugar, tras los muros de Kadath, una campanilla repicó sin gracia y los Primordiales sonrieron, conscientes de que otra fisura había cruzado el umbral y su aliento tortuoso llegaría pronto a la carne de los que aún sueñan.
En la casa de Fenley la campanilla seguía tañendo, invisible para los curiosos, pero audible en los corazones de los temerosos. Y en cada rincón del mundo surgía una nueva grieta, y por cada grieta susurraban los nombres que, una vez pronunciados, no pueden olvidarse jamás.
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