Fragmento:
Durante el día, los pescadores evitaban incluso mirar hacia el promontorio. Sus barcas describían un arco prudente alrededor de la formación rocosa; un anciano, de nombre Hezekiah Marsh, me advirtió con su voz de arena que “en esas piedras nunca debes pararte, ni siquiera si llamas al viento por un nombre que no sea tuyo”. Encontré tal consejo inquietante. Fue a la medianoche cuando, incapaz de refrenar mi curiosidad, caminé hacia la roca, armado con el Libro de Eibon y una linterna eléctrica cuyo débil haz apenas domesticaba la negrura.
Duración: 08:58
La Procesión de las Caracolas Negras
El Último Breviario de Yhe
En la plenitud de una noche sin luna, cuando el mar parecía retirarse de todo común acuerdo con la cordura del mundo, me introduje en una costumbre prohibida. No puedo decir si fue una pesadilla nacida de la lectura del execrable Libro de Eibon, el volumen que llega a las manos de los desesperados sólo bajo la promesa de tragedia, o si la mano invisible de una fuerza más antigua me empujó hacia el abismo donde la realidad y el pánico se entrelazan. Pero sé que había cosas en el mar que no conocía, voces en la oscuridad salina de la que el hombre ha blasfemado por siglos mediante antiguos sacrificios y ritos impíos. Y ahora, escribiré exactamente lo que presencié —tal vez para encontrar asilo en la razón, tal vez para no perecer en la locura.
Era la segunda semana tras mi llegada al aislado promontorio de Graymarsh, donde el lenguaje de la ola era más viejo que el recuerdo. Mi propósito era, en apariencia, el estudio de los antiguos rituales atávicos consignados en el Libro de Eibon, cuyo fragmento incompleto había adquirido en una subasta oculta en Boston, y que —decían algunos entre sombras— era la edición que había sido copiada con sangre durante las grandes pestes, adornada con marginalia descendida de los sueños de los pecadores.
Desde la ventana de la ruinosa casa donde me alojé, vi la curvatura absurda de las rocas contra un mar siempre persistente; había allí en la proa de la costa una piedra de peculiar configuración, que sugería una horrible naturaleza cilíndrica, como si hubiera sido extraída de los cimientos de algún templo no humano. Era en ese lugar donde, según descripciones apenas veladas en el grimorio, los moradores antiguos ofrecían “La Sangre de la Tierra a la Sal del Vacío”, una liturgia cuyo símbolo —la caracola negra abierta de par en par— aún se hallaba entre los acantilados, aguardando el retorno de la luna afín.
Durante el día, los pescadores evitaban incluso mirar hacia el promontorio. Sus barcas describían un arco prudente alrededor de la formación rocosa; un anciano, de nombre Hezekiah Marsh, me advirtió con su voz de arena que “en esas piedras nunca debes pararte, ni siquiera si llamas al viento por un nombre que no sea tuyo”. Encontré tal consejo inquietante. Fue a la medianoche cuando, incapaz de refrenar mi curiosidad, caminé hacia la roca, armado con el Libro de Eibon y una linterna eléctrica cuyo débil haz apenas domesticaba la negrura.
Me detuve ante la piedra, que tenía surcos antiguos y líquenes verdes como veneno fosilizado. Abrí el volumen, y releí los pasajes por los que había venido hasta allí. Decían, si la traducción del Antiguo Hyborio no me había traicionado, lo siguiente:
“Cuando la marea sea rehén de las estrellas, y el umbral salino se exponga ante el vacío, el Hierofante de los Hombres debe sangrar en costra viridiana y entregar su voz, no al verbo, sino al susurro, pues sólo así el Mar Mirante romperá la cerca del afán y traerá su herencia desde la cámara sin luz de las profundidades”.
Como todo autómata del nihilismo ritual, lo leí en voz baja, a pesar de la advertencia intrínseca de las palabras. Hubo un temblor sutil en el viento, como el suspiro de algo inmenso y durmiente. El Libro, ahora, parecía calentarse en mis manos, como si contuviese dentro una savia espantosa arrancada de seres cuyo recuerdo sería en sí mismo un sacrilegio.
No había terminado la salmodia cuando el mar, bajo mis pies, se replegó como si las aguas contestaran un mandato. Vi cómo varias formas alargadas y aceitosas emergían desde la sima subterránea descubierta por la marea afluente; al principio supuse que eran columnas de alga, pero la viscosidad de sus superficies y la asimetría grotesca de sus cabezas me convencieron de otro linaje. Sonaban como el soplo asmático de un anciano ahogado y sus bocas estaban llenas de pequeñas perlas negras que destellaban en la oscuridad.
Paralizado, observé cómo deformaban la piedra, desplazando el lodo salino con movimientos lentos y graves. Entonces, uno de los seres alzó un apéndice contranatura y me señaló. Hubo una convulsión en mi mente, una brusca invasión de imágenes como si me forzaran a ver a través de ojos submarinos, y entonces vi. Vi visiones de una ciudad sumergida, que irradiaba líneas y ángulos imposibles bajo un cielo verde de pesadilla, sus pirámides invertidas y sus obeliscos que no correspondían a geometrías sanas. Vi, en la médula de la ciudad, una cúpula trasluciente donde una entidad palpitaba al ritmo errático de las mareas. Vi hombres —y mujeres, y criaturas que trascendían esos nombres— arrastrándose en procesión silente hacia el corazón de ese laberinto de coral muerto; y entendí, con horror, que uno de los nombres de la ciudad era R’lyeh.
La visión persistió. Vi un altar de basalto, cubierto de incrustaciones con runas que giraban como seres vivos; allí, un hombre era colocado, todavía consciente, mientras le arrancaban no el corazón, sino la voz —lo que hacía que su grito fuera eterno, descomponiéndose en la sal, alimentando a la cosa que anidaba bajo la cúpula. Era el sacrificio primordial: el tributo de la respiración mortal a la voracidad inmortal del mar profundo.
Una vez que el trance se descorrió, reconocí que los seres ante mí aguardaban algo. Uno de ellos se desmembró, dejando al descubierto un extremo membranoso que contenía, dentro de una ranura húmeda, una caracola negra idéntica a la que describía el Libro de Eibon. Me la entregó, y aunque todo mi ser gritaba en horror, lo tomé. El apéndice me indicó el libro, y comprendí que debía agregar mi propia palabra, mi propio nombre, al texto, sellando el ciclo de la tradición impía.
Con temblorosos dedos, apreté el estilógrafo y marqué mi nombre y la fecha —el 18 de octubre de 1926— bajo el pasaje sacrificial. La caracola emanó de inmediato un silbido sordo, un retumbar que no era sonido, sino la misma vibración del miedo. De inmediato, sentí la presión del mar bajo la tierra, una vastedad abisal que presionaba contra la fina membrana de la realidad. Los seres se agruparon y entonaron una melodía de notas inhumanas, una letanía que invocaba a nombres que chirriaban dentro de mis huesos: Dagon, Cthulhu, Zoth-Ommog, todos entrelazados por la ancestral jurisprudencia de la sangre y la sal.
Me arrastraron hacia la roca, y allí la marea empezó a subir otra vez, cubriéndonos apenas mientras los cuerpos resbalosos danzaban en torno a mí. Uno de ellos, más grande que los otros, me rozó la frente y sentí el frío letal de los océanos primordiales; vi, en un impacto instantáneo, los miles de sacrificios que se habían realizado a lo largo de milenios, cada uno añadiendo una grieta más en la prisión de lo que duerme, lo innombrable, en la ciudad sepultada.
Ellos no buscaban quitarme la vida —no de inmediato, al menos— sino consumir mi alteridad, mi individualidad, hacerme eco de su lenguaje. Arrojaron mi cuerpo a la marea, mientras sostenía la caracola y el libro. El agua me cubrió, y entonces, milagrosamente, desperté jadeando en la ruina de la casa, como si todo hubiera sido un sueño. Pero, sobre mi pecho mojado reposaba la caracola negra, fresca como la sangre, y el libro zumbaba con mi nombre adosado entre los versos.
Pasaron días en que no pude distinguir la realidad de las visiones. Cada vez que intentaba dormir, oía la letanía bajo el susurro de las olas, la melodía de una ciudad extraviada donde algo grande espera, pulsando detrás de puertas que sólo la saliva de los antiguos puede abrir. Las gentes de Graymarsh me miraban con desdén y pavor, y nadie volvió a dirigirme la palabra. Supongo que adivinaban lo que había hecho, lo que había liberado, lo que podría convocar si la marea baja otra vez durante el ciclo lunar adecuado.
Fui tentado, muchas veces, a arrojar la caracola al mar, a destruir el Libro de Eibon página por página; pero un instinto horrible me impide hacerlo, como si una fuerza más allá de mi voluntad exigiera que conserve esas reliquias, que custodie la grieta abierta en esa noche. Cada vez que miro la caracola, siento cómo la presión de las aguas abisales roza mi mente, y cuando abro el libro, el nombre de R’lyeh pulsa en el papel con fosforescencia verde.
Sé que algo espera. Sé que no soy el último. La finalidad del sacrificio no era mi muerte, sino convertirme en señal, en heraldo, en partitura de carne de una música que se repite bajo los océanos desde hace eras sin crónica. Aquí escribo mi confesión, quizás para prevenir a otros de buscar conocimiento donde sólo mora la decadencia y el rugido. Las palabras del Libro de Eibon resuenan eternamente: “Pues quien llama al mar, en lengua olvidada, debe estar preparado para escuchar cómo el mar responde”.
Y yo... ya escucho la marea que sube otra vez.
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