Fragmento:
Me atrevo a escribirte con la mayor premura y, permíteme decir, zozobra; las noches recientes me han robado el sosiego y he hallado en los escritos privados mi única compañía. Pido a Dios que este carta, aunque confeccionada a la luz vacilante de una lámpara tenue, ande celosa de la atención de ojos simuladamente amistosos.
Duración: 10:38
12 de octubre de 1922
Kingsport, Massachusetts
Mi estimado Charles,
Me atrevo a escribirte con la mayor premura y, permíteme decir, zozobra; las noches recientes me han robado el sosiego y he hallado en los escritos privados mi única compañía. Pido a Dios que este carta, aunque confeccionada a la luz vacilante de una lámpara tenue, ande celosa de la atención de ojos simuladamente amistosos.
Todo comenzó la pasada semana, cuando mi viejo amigo y colega de estudios, Herbert Ellsworth, me visitó al caer la noche. Lo encontré aguijoneado por esa mezcla de ansiedad y determinación que siempre lo ha distinguido, aunque en esta ocasión lucía tanto pálido como demacrado, las venas azules bajo sus sienes palpitando como si advirtiesen de inminente ruina. Traía consigo un voluminoso diario de encuadernación oscura, cuyas páginas amarillentas, trasmirando una fragancia arcana, dejaba entrever un terrible secreto.
“He cometido un error, William”, fueron sus primeras palabras al cerrar frenéticamente la puerta. “Un error que me persigue hasta en sueños.” Confesó que, durante su reciente periplo por el extranjero, se vio tentado por un librero ciego y lóbrego del viejo barrio judío, en Praga. Fue ahí donde adquirió este cuaderno —que pronto descubriríamos rebosaba relatos de atrocidades y misterios, pero que a su vez parecía servir de puerta o constelación a un horror mayor.
Acepté quedarme con el diario por breves días, bajo su sincero ruego, hasta que él regresara de Arkham, donde debía consultar ciertos volúmenes resguardados en la biblioteca de la Universidad Miskatonic. De él, no supe más: ni telegramas, ni carta, ni noticia alguna. Bajo la opresiva bruma de mi estudio en Kingsport, hoy me he dispuesto a leer el diario de cabo a rabo, certificando así si el conocimiento oculto puede no sólo trastocar la razón, sino extinguir el alma.
Primera Entrada — 3 de septiembre de 1922
“Llegué esta tarde a la morada Appleton, según los términos del testamento de mi tío, el Reverendo Josias Appleton. Hay en la alfombra un hedor indefinible y pútrido, resultado de la humedad y el encierro, una fragancia que parece emanar de la propia piedra, no de los objetos perdidos entre el polvo. La noche me resulta pesada y mi pensamiento se ve frecuentemente perturbado por la cadencia de pasos apenas audibles provenientes del desván.”
Segunda Entrada — 4 de septiembre de 1922
“La lámpara se extinguió la madrugada, empujándome a una esquina de la biblioteca. En algún momento de la noche, los ventanales comenzaron a temblar a pesar de la ausencia de viento. Descubrí, con sensación de repugnancia, que dos libros marcados con el ex libris familiar contenían citas y fragmentos en latín, cuya traducción procuro a través del diccionario que poseo. Cierto pasaje menciona un ‘ser que acecha más allá del umbral’; me estremezco. Me parece oír mi nombre silbado, muy despacio, por una voz vieja y sofocada, proveniente —juro que no ha de ser alucinación— del viejo retrato del Reverendo.”
Tercera Entrada — 6 de septiembre de 1922
“Los sueños que ahora me asaltan no admiten palabras. Sufro de un insomnio tortuoso, envolvente, y entre fragmentos de vigilia veo a la anciana sirvienta de mi niñez, la señora Weir, que murió hace tantos años, sentada al borde de mi cama; la luz la atraviesa, y pronuncia mi nombre cortado por sollozos que se convierten en chillidos inhumanos. En el sótano, detrás de la puerta trancada, creo escuchar un goteo persistente, como de agua corrosiva que no da descanso alguno.”
A medida que avancé entre estas entradas, sentí un cosquilleo creciente en la médula. El autor —cuya caligrafía vacilante presagiaba su destino— habla entonces de cartas extraviadas, de símbolos garabateados en papeles encontrados por accidente entre las tablas del suelo y la pared, de sonidos de pasos en el ático, todos, sin duda, elementos clásicos del horror. Pero yo, William Derby, al sumirme en estas líneas, percibí otro horror que escapa a las palabras, una amenaza que parece germinar no sólo en la mente, sino en la materia más íntima de las cosas.
Cartas encontradas en el diario:
Querido Josias,
Que Dios perdone a nuestra familia por el papel que hemos desempeñado en la perpetuación de lo que acecha bajo las piedras de Kingsport. No es hombre ni bestia, ni recuerdo, ni soledad labrada en la bruma. El círculo se cierra y sólo nos resta sellar la trampilla y no mirar atrás. Si caen voces por el hogar, guarda silencio. Si oyes tu nombre, no contestes jamás. La piedad yace en el fuego de la ignorancia.
Tu hermana,
Annabelle
A partir de aquí las entradas y las cartas se confunden, las fechas no parecen lineales, y algunos párrafos están llenos de tachaduras, como si el autor temiera registrar de forma permanente ciertas palabras o invocaciones. Otro pasaje singular me detuvo por largo rato:
(La siguiente carta carece de fecha; la tinta parece haber resbalado por la humedad, pero destila un hálito de terror aún palpable.)
Mi alma está rota, mi querido Josias,
Vinieron por la trampilla a medianoche. Yo vi, con mis propios ojos que aún arden, la figura delgada y elástica que emergió como un humo viscoso, sin sonido pero con mil ojos apagados. Inhalé un aire que no era de este mundo y vi cómo el tiempo titubeaba y la casa misma se encogía, como si quisiera dejar de existir bajo el peso de aquel ser. Cuando todo acabó, la trampilla había desaparecido, pero en mi brazo tatuaron, en sangre y frío, la marca que me retirará la vida por las noches.
Sella los papeles. Quema todo. ¡No los dejes ver!
A partir de la lectura de este documento, confieso a ti, Charles, que la atmósfera de mi propio estudio ha cambiado. El aire es otras veces denso como brea, las sombras titilan aunque no hay brisa posible, y el sonido de los pasos de la casa me resultan más próximos, más insistentes. Esta noche, finalmente, he decidido hacer una prueba. Hay una tabla suelta en el suelo, como menciona el diario, junto a la repisa de la chimenea. La removí con palanca y, tras apartar polvo y telarañas, hallé un paquete de cartas atadas con hilo negro. La carta que se hallaba arriba concentra la sustancia misma del horror:
(Sin fecha, tinta carmesí y letra descompuesta.)
No escribas.
No nombres.
Todo nombre pronunciado acerca la cosa.
Las palabras no valen.
Los recuerdos son puertas.
No abras.
No pienses.
Las demás cartas son fórmulas, letras incomprensibles, glosas y salmodias en lenguas extrañas, palabras cuyo intento de pronunciación lastiman la garganta y la memoria. Una carta parece redactada justo antes de la demencia final:
Josias,
No he podido dormir. Los sueños no cesan; las siluetas al pie de la cama se hacen densas, insisten. En la sala vieja oigo el eco de la voz de mi padre, fallecido hace más de treinta años, repitiendo una única palabra, percutiente y hueca: “GAH’NARL.” Sospecho que si la escribo tres veces más, ya no podré dejar de oírla. Por favor, rompe esto. Préndelo fuego, olvida lo que te he contado. Si te llama, no acudas.
No puedo más,
Annabelle
Testigo de semejantes horrores escritos, sentí que una presión invisible oprimía mi interior. Tuve la sensación de que las paredes de mi estudio vibraban minúsculamente, y un viento gélido, no de la calle sino surgido del mismísimo corazón de la casa, rozaba mis tobillos. Anoche, intenté dormir, pero no logré cerrar los ojos sin ver tras mis párpados la sombra informes que relataba el diario. La marca, buscada y temida, no apareció aún en mi piel, pero algo late bajo la superficie, una punzada apenas perceptible, como si una parte de mí despertase a la existencia de otras leyes, otras presencias, más allá del tiempo humano.
Hoy, temblando cada vez que el viento se arremolina junto a la chimenea, me atreví a abrir una última carta, la única sellada con cera negra, oculta bajo un doble fondo en la caja. En su interior, el mensaje era breve, pero definitivo:
A aquel que lea esto:
Ya no vale la negación. No sigas estas líneas. No intentes comprender. El horror que acecha sabe ahora que existes, porque las palabras pronunciadas o escritas no son más que invocaciones. Guarda silencio. No escribas más. Prende fuego a este diario; o, si no, será demasiado tarde.
Al cerrar el diario, mi lámpara osciló y las sombras se hincharon en ángulos imposibles. Juraría que los tablones del suelo gingen una melodía siniestra, como si en lo profundo alguien o algo se arrastrara. Fui presa de una súbita convicción: la solución —si acaso existía— era destruir el diario.
Pero las palabras, una vez leídas (tal como advirtió Annabelle), no podían desleerse. Hice una pila con los papeles hallados y me dispuse a quemarlos, pero por tres veces la llama se apagó sola, como si una fuerza sutil y burlona impidiera el acto. Finalmente, los arrojé junto con el diario entero en la chimenea y prendí el fuego más vigoroso que pude. El humo que subió tenía un aroma insidioso y antiguo; alcancé a percibir, entre las llamas, figuras imposibles y, en los bordes consumidos de una hoja, el nombre “GAHNARL” repetido una y otra vez, como un eco monstruoso.
Cierro esta carta en la madrugada, mientras en el quintal la niebla se arremolina y me parece distinguir, entre los pliegues translúcidos, el alargado y ondulante contorno de alguien —o algo— que me contempla. Juro que dejo de escribir, Charles, y si regresas a Kingsport, no busques en el suelo junto a la chimenea; no estés en esta casa cuando la noche caiga y el viento cese, porque he aprendido que los diarios no sólo guardan recuerdos, sino abren las mismas puertas que separan a la razón del abismo.
Adiós,
W.P. Derby
(En el sobre sellado con la inicial de Charles, hay una última posdata, escrita con pulso trémulo:)
Si alguna vez oyes pasos tras de ti y no encuentras a nadie, no contestes si te llaman por tu nombre. Las palabras son la llave y el candado, ay de quien los confunde. Creo escuchar voces ascendiendo desde el suelo… Mi vista oscurece… ya no escribo… ya no…
[Fin de los documentos recuperados del estudio de la Calle Tremont, Kingsport.]
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