Fragmento:
De entre pañuelos amarillentos, Lady Carrowgrave extrajo un cuadernillo cubierto en piel de cabra, con filigranas que se retorcían bajo la mirada, como si no quisiesen permanecer quietas. Al abrir el volumen, una oleada de aire frío manó de sus páginas. Los caracteres no se parecían a ningún alfabeto conocido, pero los ojos de Samuel, entrenados por años de lexicografía comparada, creyeron ver en ellos ecos de las escrituras aklíticas que algunos cronomantes aseguraban haber encontrado – aunque tales relatos siempre terminaban con sus autores condenados por locura o muerte prematura.
Duración: 11:04
Era una noche de esas en las que las ventanas tiemblan con el bramido del viento, y la niebla envolvía cada piedra de la ciudad de York como una mortaja. El otoño victoriano se extendía sobre el asfalto húmedo, y los faroles de gas titilaban, lanzando sombras espectrales en los callejones. Samuel Bothamley apretaba los puños en los bolsillos de su capa, con los nervios chamuscados por una urgencia que él mismo no lograba razonar. Sus pisadas resonaban monótonas, y mentalmente repasaba la invitación que esa misma mañana lo había sacado de su rutina empolvada en la Universidad de Durham: “Se requiere de su presencia, pues ciertos textos han sido hallados que pudiera ser de su interés académico – Lady L. Carrowgrave, 6 Inverness Road”.
El nombre de Lady Carrowgrave evocaba rumores: una dama rica, excéntrica y de ascendencia escocesa, famosa por coleccionar grimorios y fetiches prohibidos. Rara vez aceptaba visitas, y menos aún la compañía de académicos, a quienes tildaba de “sepultureros de misterios muertos”. No obstante, la tantalizadora mención de textos antiguos había despertado en Samuel la vieja fiebre arqueológica, esa hambre por los vestigios de saberes que la historia oficial prefería negar o quemar.
El número 6 de Inverness Road se alzaba como un grumo de arquitectura rechazada por sus vecinos. Era una mansión de piedra ennegrecida y gárgolas de alas atrofiadas, con un jardín descuidado y puertas de hierro retorcidas en arabescos imposibles. Un criado de rostro funesto lo condujo a un salón de paredes revestidas en terciopelo sombra, coronado por una lámpara de gas que chisporroteaba nerviosa, como si tuviese miedo de la penumbra.
Lady Carrowgrave aguardaba en un sillón, envuelta en un vestido de seda negra, su piel tan pálida como ceniza bajo la luz incierta. Sus ojos – un mar tempestuoso bajo arcos de cejas finísimas – escrutaron a Samuel con ese tipo de atención que uno esperaría de un cirujano o de un devorador. “Antes de mostrarle el hallazgo, señor Bothamley, quisiera preguntarle si tiene fe en la existencia de mundos superpuestos bajo el nuestro”, susurró con una voz que brotó sólida, ajada por el tiempo.
Samuel carraspeó, los dedos apretando la libreta al punto del dolor. “Esta época… no es amiga de credulidades", replicó, "Pero los textos siempre hablan en dobleces. Estoy aquí para escucharlos.”
Un enigmático brillo cruzó los labios de Lady Carrowgrave. “Aquí las palabras no siempre emplean la boca humana”, contestó, y dio una palmada. El criado regresó arrastrando un baúl que olía a moho, a sal y a horrores húmedos.
De entre pañuelos amarillentos, Lady Carrowgrave extrajo un cuadernillo cubierto en piel de cabra, con filigranas que se retorcían bajo la mirada, como si no quisiesen permanecer quietas. Al abrir el volumen, una oleada de aire frío manó de sus páginas. Los caracteres no se parecían a ningún alfabeto conocido, pero los ojos de Samuel, entrenados por años de lexicografía comparada, creyeron ver en ellos ecos de las escrituras aklíticas que algunos cronomantes aseguraban haber encontrado – aunque tales relatos siempre terminaban con sus autores condenados por locura o muerte prematura.
“Este libro”, murmuró Lady Carrowgrave, “proviene de la biblioteca de Leng, extraído de los cimientos bajo el monasterio de Sankt Moritz antes de que desapareciera bajo la tormenta eterna. Dicen que solo puede leerse tras medianoche, y sólo si uno tiene hambre por perderse. ¿Se atreve?”
Samuel dudó, el instinto luchando contra el ansia. Tomar ese volumen era admitir la posibilidad de una verdad enterrada y venenosa. Pero la promesa de un vestigio de la legendaria Leng, el espacio entre espacios, pudo más. “Sí, lo haré”, respondió, con voz apenas audible.
El criado, como si comprendiera el peligro, acercó una carpeta lacrada. Lady Carrowgrave la abrió, extrayendo una sóla llave de bronce. Con ella, señaló una puerta al fondo del pasillo, una puerta de madera sangrante, tan vieja como las raíces del país. “No puede leerlo aquí. La casa tiene oídos indiscretos. Use la cámara del segundo piso”, ordenó, “y, pase lo que pase, no pronuncie palabra. Algunos fonemas… abren más de lo que cierran”.
Samuel trepó la escalera, con el libro bajo el brazo, envuelto en un bramido creciente del viento. La puerta cedió ante la llave, dejando al descubierto una pequeña biblioteca, con estanterías atiborradas por grimorios, mapas y bestiarios polvorientos. Una única vela de sebo ardía sobre el escritorio, lanzando penumbras que jugaban con las telarañas. Samuel se sentó, conteniendo el temblor visceral de su columna, y abrió el libro.
Al principio, los glifos parecían deslizarse y retorcerse por voluntad propia sobre las páginas. Samuel dejó correr su dedo sobre la tinta, y, sin querer, murmuró un par de sílabas. El aire se tensó, como si el cuarto exhalara. Recordó la advertencia, pero era tarde. Los símbolos vibraban, martilleando en el fondo de sus sienes con un eco de otro mundo. Las páginas siguientes estaban cubiertas en una caligrafía aún menos humana: fragmentos de silabarios que evocaban tanto el ulular del viento como el cacareo de bestias invisibles, fonemas imposibles de articular por traqueas humanas.
La luz de la vela pareció doblarse. Samuel sintió una presión en la nuca, un susurro que llegaba al oído interior, no al común. Por un instante, el mundo a su alrededor giró como visto desde fuera de su propio cráneo. Distantes, en alguna profundidad bajo la piel de la realidad, algo le respondió. No era un idioma —era una herida abierta en el lenguaje mismo.
“La Cuarenta y Una Palabra”, dijo una voz tras el cuello de Samuel, aunque él seguía solo. Quiso girarse, mas algo bloqueaba su voluntad. La atmósfera se volvía densa, como si el oxígeno se hubiera transformado en marea de pánico. Una reminiscencia de magia profana vibraba en la estancia: los sonidos resonaban como quijadas de bestias arcaicas comiéndose los cimientos del idioma.
Samuel, como un autómata, pasó la página. El texto brillaba: un mapa de Leng, con sendas sinuosas y nombres imposibles: Ulthar’ren, Ywylliax, y cerca del borde, una espiral trazada en tinta negrísima que, al mirarla, parecía crecer y encogerse, sugiriendo la forma de una garganta devoradora.
Quiso dejar el libro. No pudo. Una clase de hambre distinta lo gobernaba ahora —no deseo, sino un vacío que clamaba ser llenado por las palabras que la página ocultaba. Atravesó los párrafos, su boca moviéndose sin sonido, recitando sílabas que no podía recordar. En aquella sucesión de sílabas, una palabra pareció coagular: *Tsath-Yra-Legn*. Al pronunciarla, la vela aulló y la ventana tembló, el aire se llenó de un olor acre, familiar a la vez que ajeno: antigüedad, hongo, tumba y salitre.
El silencio que siguió resultó más horroroso que cualquier voz. Notó cómo, al volver la página, las estanterías de la habitación parecían inclinarse, como si estuvieran escuchando, como si las decenas de libros quisieran abrirse para susurrar sus propios síntomas de terror. Los glifos comenzaron a abandonar su cárcel de papel: reptaban por la superficie del escritorio, colgándose de la tinta de la vela, replegándose en el aire en una danza pétrea y sibilante.
Un zumbido se apoderó del cráneo de Samuel, trayendo imágenes: paisajes de hielo agrietado, torres retorcidas bajo lunas dobles, seres de piel flácida arrodillados ante zigurats que silbaban plegarias que agujereaban el cielo. Sintió un horror primitivo ante la evidencia de que lo que había considerado “lengua muerta” era, en realidad, larva de algo mucho más antiguo: el idioma como parásito, como entidad alimentada del miedo del lector.
Entonces, la biblioteca susurró. No fue ruido alguno hecho por viento o madera. Fue el eco de docenas de gargantas – humanas y no humanas – repitiendo los versos del libro sin que labios mortales se moviesen. Pronto, el propio Samuel sintió su glotis vibrar. Quiso retener la lengua, pero su cuerpo obedecía órdenes antiguas, como si aquellas sílabas le hubieran injertado una marioneta invisible en el espíritu.
Descendió, de rodillas, al suelo. Las palabras – su propio idioma – se quebraban como huesos en una prensa. El horror no residía en el dolor, sino en la constatación de que aquellas sílabas no buscaban significar, sino sembrar. Era un sembradío de sombras, de ecos, de mandatos olvidados en glaciares y abismos a los que los hombres no debían regresar.
El libro volvió a cerrarse solo, aunque las voces no cedían. Desde el pasillo, Samuel escuchó pasos. Un haz de luz asomó bajo la puerta y sobresalió la figura de Lady Carrowgrave, algo más siniestra y menos humana que antes, su sombra estirándose y contorsionándose, como guiada por otra geometría. “¿Ha leído demasiado?”, preguntó, su voz distinta, llena de ecos, de otros labios y otras bocas.
Samuel no pudo contestar, su lengua hecha un nido de sonidos extraños. Sin embargo, algo en él entendía la respuesta: el libro había hecho en él lo que el hielo hace a las montañas, erosionando la voluntad y reemplazando la identidad. Era ahora un huésped, una hebras de carne destinada a incubar esas sílabas antiguas, a soltarlas al mundo bajo la máscara de la humanidad.
Lady Carrowgrave se acercó, alzando la lámpara con un gesto. Él distinguió, en la quemadura amarilla de la luz, motas que eran en realidad diminutas letras girando, colonizando el aire de la estancia. “Bienvenido. Ahora podrá oír los sueños de Leng. No son para nosotros – pero tampoco somos ya nosotros”.
En ese instante, Samuel vio – y sintió – cómo las paredes vibraban, dejando entrever fisuras por las que asomaban ojos sin párpados y dientes de obsidiana. La geometría del lugar se invertía; las sombras se alargaban, arrastrando versos insurgentes que reptaban como serpientes. Desde la biblioteca ancestral, ecos de la palaba fatal – *Tsath-Yra-Legn* – se arremolinaban, convocando resonancias que cruzaban épocas, invocando la memoria atemorizada de todas las lenguas rotas.
La última imagen que Samuel pudo reconocer como suya fue la de sus propias manos garabateando sobre la alfombra, trazando símbolos oscuros con sangre arrancada de su propia boca, mientras la risa de Lady Carrowgrave – o lo que fuese bajo esa piel – flotaba entre los aullidos de viento y la lengua recién sembrada en sus entrañas.
Lejos, en los pasillos de la mansión, las gárgolas giraron la cabeza. En algún punto remoto de la ciudad, un reloj dio la medianoche y la niebla se espesó hasta silenciar la voz de Samuel Bothamley para siempre.
Y bajo la luz temblorosa de la lámpara, la puerta roja selló de nuevo el secreto de Leng, esperando su próxima cosecha.
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