Portada del relato El códice de sangre y penumbra
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Fragmento:


Ahora, casi oigo su voz como si volviese a entrar en mi despacho, aquella tarde al filo del equinoccio, con su sombrero polvoriento y sus gafas redondas enteladas, lo alto de sus pómulos como cuchillas excavadas por privaciones innombrables. Lo siguió un porteador que arrastraba una caja de madera bajo la capa chirriante del crepúsculo. No diré el verdadero nombre de Marthelius, que era extranjero, los andares cetrinos de la vieja Europa y los gestos inconexos de quien ha explorado recodos vetados al entendimiento.

Duración: 10:52

El códice de sangre y penumbra
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Texto de ajuste de pausa.

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No sé por qué he decidido dejar esto por escrito. Quizá sea un afán absurdo por exorcizar los fantasmas que me atenazan, o tal vez la esperanza pueril de que alguien, en algún recodo del tiempo, pueda refugiarse en mi testimonio, y librarse de la suerte que está siempre al acecho, conspirando desde que abandoné la extraña quietud de mi consultorio en Providence. He dejado de preguntarme si mis pesadillas muerden porque he leído demasiado, o si las palabras del Doctor Marthelius son verdad sólida, fría, y no mero vértigo de la mente. Pero no pretendo que crean nada. Quiero sólo dejar huella de unos hechos cuyo horror roza el universo de lo imposible y lo innombrable.

Marthelius llegó a mi vida en el preciso instante en que el tedio y la sospecha de la impostura empezaban a minar los despojos de mi carrera. Siendo especialista en filología antigua, había pasado los últimos años identificado manuscritos –mayoría falsos– para un puñado de anticuarios codiciosos o coleccionistas que preferían la antigüedad sin el hedor genuino de los siglos. No era vida que imaginara digna para un hombre como yo, pero la duda sobre mis propios logros académicos me mantenía flotando en esa laguna sin sentido.

Ahora, casi oigo su voz como si volviese a entrar en mi despacho, aquella tarde al filo del equinoccio, con su sombrero polvoriento y sus gafas redondas enteladas, lo alto de sus pómulos como cuchillas excavadas por privaciones innombrables. Lo siguió un porteador que arrastraba una caja de madera bajo la capa chirriante del crepúsculo. No diré el verdadero nombre de Marthelius, que era extranjero, los andares cetrinos de la vieja Europa y los gestos inconexos de quien ha explorado recodos vetados al entendimiento.

Vino a buscarme, dijo, porque sólo yo podría examinar un códice cuya existencia no figuraba en las bibliografías académicas, ni era conocido, salvo entre una hermandad dispersa de buscadores del crepúsculo: “Los hermanos de la noche”, susurró, y su lengua se arrastró por ese nombre como una aflicción antigua. Nunca había escuchado el término pese a mi afición a los grimorios y las leyendas oscuras.

“Es una traducción. No la versión latina… Un extracto debidamente copiado, de una vieja ciudad entre las lomas bávaras”, murmuró mientras desenrollaba telas y envoltorios. El nombre grabado en la primera página, ‘Magistri Ludovicus Artaud: De Vermis Mysteriis’, me provocó un estremecimiento involuntario. Al principio lo atribuí a su pronunciación extraña, pero en cuanto mis ojos reconocieron la caligrafía enloquecida y los diagramas sobresaliendo de la grieta del cuero, supe que esto no era como los demás ejemplares que, esporádicamente, cruzaban mi escritorio. Los laterales estaban manchados de una sombra aceitosa y la tinta —que nunca parecía permanecer quieta del todo— remitía a formas repulsivas, apenas reconocibles como letras bajo la luz trémula de mi lámpara.

“Quiero que lo traduzca. Yo… veo cosas a través de sus páginas, sueños que persiguen mi vigilia”, explicó Marthelius. Me pagaría lo suficiente para redimir mis deudas, y más, pero puso como condición no consultar a nadie. “Nada de copias. Ningún segundo par de ojos, ningún eco de esta escritura fuera de su mente y la mía. Es por seguridad. Por las noches.”

La extraña reticencia con la que el doctor se retiró me dejó perturbado. Pero el hambre de redención, la angustia de mi declive, me hicieron empezar la traducción la misma noche, olvidando la precaución de limitarme a unas pocas páginas. El español tosco de mi propio pensamiento comenzó como un asalto sordo, intentando capturar la atmósfera del texto: “Misterios del Gusano”, la sombra reptante que desde épocas cimerias había tejido pactos con fuerzas antiguas, a través de sacramentos que se hacían eco de las profundas simas del sueño.

Las primeras páginas parecían simples, aunque llenas de cosmogonías arcaicas y rituales de invocación, fragmentos de conjuros, promesas de poder a cambio de sangrientas vigilias. Sin embargo, algo en la redacción de Artaud vibraba bajo la piel, como si las oraciones estuvieran compuestas no sólo de palabras sino de una materia primordial, melaza oscura, resbaladiza, inexorable. Al llegar al tercer capítulo, sentí que mi cuarto se hallaba anegado en una temperatura antinatural, como si la noche hubiese dilatado sus venas dentro de aquel espacio.

Luego, entre las fórmulas y los nombres impronunciables, empezó a repetirse un símbolo: círculos entrelazados, distorsionados, de cuyo centro partían líneas finísimas, enmarañadas como la tela de una criatura arácnida. El llamado “Laberinto de la Dama Tejedora”, que comenzaba en la página sesenta y tres, era descrito como un santuario más antiguo que el tiempo, una suerte de madriguera de seres que sobrevivían al ocaso de las eras bajo la tutela de Atlach-Nacha, la gran araña estelar. El texto especificaba cómo ciertos neófitos buscaban penetrar la trenza del laberinto para alcanzar la visión que permite sobrevivir a la noche interminable.

Mis sueños empezaron a poblarse de hilos, túneles y voces entrechocando en lenguas ignotas. Soñé con un valle negro, donde cientos —o miles— de figuras envueltas en túnicas roídas permanecían de pie alrededor de un pozo circular, recitando letanías a un núcleo de sombra entretejida que respiraba, palpitaba y destilaba la esencia del miedo puro. Por la mañana, el manuscrito menguaba su peso en mis manos, y la tinta negra se mostraba más densa, como si aun estuviera mojada.

Una noche oí ruidos secos y crujientes tras la puerta. Al acercarme, sentí como si hilos invisibles colgaran desde el techo, rozando apenas mi rostro, pero tuve la prudencia de no encender la luz, y el silencio volvió tan denso como antes.

En la siguiente sección traducida descubrí la mención directa a los “Hermanos de la Noche”: una secta escindida de los adoradores clásicos del Gusano, que según Artaud, intercambiaba sus cuerpos mortales en un ayuno ritual que les permitía oscilar entre planos de realidad. El texto sugería una comunión en la que los hermanos encarnaban por turnos entidades arácnidas, tejían parte del laberinto de la Dama, y luego ayunaban hasta adelgazar la línea que separa lo humano de lo monstruoso. La ceremonia, llamada “La Penitencia Cíclica”, era realizada en anillos concéntricos –un eco del símbolo que plagaba los márgenes del códice– y sólo unos pocos lograban regresar con mente y carne intactas.

La traducción ocupó las siguientes semanas, pero mi percepción del espacio y del tiempo comenzó a deteriorarse. Empecé a ver, tras las hendiduras de las paredes, siluetas de hombres con las órbitas repletas de dentro de filamentos grises y bocas selladas por seda negra. A veces, mientras intentaba dormir, sentía el roce de patas diminutas en mis párpados, y por la mañana, hallaba extraños nudos en las sábanas, imposibles de haber hecho con mis manos.

Marthelius volvía a visitarme cada tantos días, o más bien, noches; su piel se volvía progresivamente traslúcida, y su andar cada vez menos humano. “No lea el capítulo final, por nada del mundo”, susurró la tercera visita, acercándose a mi oído como un insecto que deslizara su mandíbula por mi tímpano. Pero el veneno de la curiosidad había arraigado en mi carne.

El capítulo final, titulado “La Comunión de la Red”, hablaba de una puerta que no es tal, sino un paso, una permutación a través del ayuno y la repetición: El neófito debía caminar el anillo hilado por sus predecesores, y el ciclo de privación extendía sus sentidos hasta que el mundo físico se fragmentaba, descomponiéndose en hilos y espacios intersticiales. Allí, la Dama aguardaba, no como deidad o visionaria, sino como destino: un cruce de caminos entre el principio y el fin de todas las consciencias. Los que regresaban de su abrazo ya no eran humanos, sino portadores de la marea de la noche, seres hambrientos de tiempo y disolución.

Al cerrar el manuscrito aquella noche, oí por primera vez el rumor insistente dentro de mis propios oídos, como si un millar de patas recorriesen el interior de mi cráneo, tejiendo una suerte de red. Empapado de sudor, cubrí el códice y decidí dormir en otro cuarto. Pero el sueño fue imposible. Los hilos invisibles se enredaban en torno a mi cama, la seda delgada cubría mi boca al intentar gritar.

Mi terror se desplazó entonces al ámbito de la vigilia: las noticias traían casos de desapariciones en las zonas industriales de la ciudad, testigos hablaban de hombres pálidos observando desde los callejones, envueltos en túnicas antiguas. Una noche, bajo un anhelo suicida de saber, abrí una última vez el manuscrito para cotejar los símbolos: el círculo, el anillo, los hilos, la caligrafía ondulante. Los noté en la polvorienta esquina de mi biblioteca, y en la escayola resquebrajada, y los mismos motivos reaparecían en mis sueños.

Finalmente, una noche, vertido a la extenuación, me venció el sueño. No sé si dormí o fui transportado, pero desperté en una cripta imposible: largas hileras de figuras encapuchadas desfilaban en silencio, cada una atada por hilos que trepaban hasta el techo abovedado de roca viscosa, y al centro, un anillo rodeaba un abismo del que manaba un vaho frío, indescriptible. Sabía —como se sabe en las pesadillas profundas— que esa era la comunión de la que hablaba Artaud, y que yo, por haber leído hasta el final, debía ocupar el lugar del iniciado.

Vi entonces a Marthelius de pie en la penumbra, el rostro ya irreconocible: una máscara vacía enhebrada de filamentos, debajo de la cual sólo asomaba la promesa del olvido. Se inclinó, y pronunció palabras que sólo entendí como “ahora conoces la trenza, ahora eres uno con la noche”.

Fui conducido, por manos invisibles, a la orilla del anillo. Un coro de murmullos ascendía por las paredes, invocando a la Dama Tejedora. Y cuando miré hacia arriba vi, entre los hilos, el cuerpo monumental de la araña cósmica, sus patas tan extensas que no era posible medirlas y sus ojos, infinitos, reciclando los miedos de todas las criaturas que alguna vez osaron mirar donde no debían.

Sentí la carne separarse del espíritu. Mi lengua se secó en un ayuno litúrgico. La conciencia se deshilachó entre los filamentos, y la historia de mi existencia se redujo al ciclo interminable del hambre y la vigilia. La trenza, el laberinto, el anillo: todas las rutas conducen al borde del abismo, donde uno espera sólo a ser devorado o, peor aún, devorar por vez primera.

Hoy escribo estas últimas líneas mientras el sol se disuelve tras los cristales. Los hilos ya cuelgan de mi techo. Mi cuerpo obedece la quietud de la noche, y en los espejos ya no reconozco mi rostro. Sé que pronto saldré por las calles en busca de neófitos, que pronto yo mismo —sin nombre, sin hambre, sin miedo— buscaré a los que aún no han leído, pero desean ignorar.

Si alguna vez el De Vermis Mysteriis llega a sus manos, quémelo sin leer. Si la noche se hace demasiado espesa y oye el susurro de hilos en la penumbra, rece por no recordar estas páginas. Pues en el laberinto de Atlach-Nacha, bajo los designios de la Hermandad, la vigilia y el ayuno jamás terminan: sólo los hilos perduran, tejiendo, desgarrando, y aguardando, eternos, a la siguiente Penitencia en el anillo.

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