Portada del relato Las bocas innombrables de Innsmouth
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Fragmento:


Un estrépito estremeció la casa. Los candelabros ardieron más intensamente y Gillman ahogó un grito. Sharpe retrocedió, aferrando el libro; la habitación, un instante antes apacible, se tornó tumba de ecos añejos.

Duración: 10:25

Las bocas innombrables de Innsmouth
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Texto de ajuste de pausa.

La niebla que esa noche abrazaba el puerto de Kingsport tenía la textura de una tela marchita y malsana, como si hubiera sido tejida por criaturas que aborrecían el día y la pureza. Faroles mortecinos oscilaban sobre el muelle, más como antorchas fúnebres que como guías para marineros. Nadie en su sano juicio habría salido en busca de misterios; pero el Dr. Reynold Sharpe, extrañado profesor de lenguas muertas, nunca se había considerado un hombre cuerdo desde que la fiebre de lo innombrable se había instalado en sus venas.

Se hablaba, en círculos cerrados y por temor velados, de las razas que precedieron al hombre. No dioses, ni demonios de los que la cristiandad advertía, sino criaturas antiguas, tan indiferentes a los designios humanos como una marejada ante una simple brizna. Los pescadores de la zona lo sabían con susurros: ciertos pactos profanaron la línea costera y, desde entonces, nada prosperó sin un precio terrible.

Sharpe llegó al puerto por invitación de Herbert Gillman, un estirado descendiente de marinos envuelto en secretos y apellidos oxidados por la humedad salina. “He encontrado el códice de Marsh”, le había escrito en nerviosas y temblorosas líneas. Un libro que, según la leyenda, era un espejo hacia la mente de aquellos seres, los que vinieron de las estrellas y hundieron sus sueños en el océano Atlántico hace eones.

Al llegar a la casa Gillman, descubrió la puerta apenas entornada. El aire rezumaba una peste húmeda y añeja, como la de un sótano que nunca vio la luz. El vestíbulo crujía bajo sus pisadas, decorado apenas con tapices desteñidos que exhibían formas indecibles, contornos de criaturas que no eran del todo peces ni del todo seres humanos.

Gillman apareció tras una cortina raída, su piel tersa pero con un brillo anómalo, los ojos todavía humanos pero en pelean contra la sombra de una oscura herencia.

—El códice está aquí —susurró, con un acento que parecía no sólo extranjero sino procedente de otra era. —Pero le advierto, doctor Sharpe, que no todo lo que reside en la memoria de este pueblo debe ser recordado. El que busca el secreto de los profundos, termina perdido para siempre.

Pero la advertencia sólo aceleró el pulso de Sharpe, más por miedo que por asombro. Siguió a Gillman hasta una sala franqueada por estanterías repletas de objetos aberrantes: caracolas de espirales imposibles, estatuillas talladas en piedra de un verde abisal, dagas con empuñaduras de oro cubiertas de algas secas.

Sobre la mesa, bajo el débil fulgor de una lámpara de aceite, reposaba el objeto de la discordia: el códice de Marsh. Era un libro grueso, encuadernado en piel de tiburón. Su cubierta tenía un símbolo que retorció los ojos de Sharpe, como si al mirarlo viese la silueta de una boca abierta y voraz enredándose con otras bocas, hasta borrar cualquier frontera entre los carnívoros y los devorados.

Gillman extendió una mano temblorosa. —¿Quiere leerlo, doctor? ¿O prefiere quedarse con la memoria intacta?

Sharpe, empujado más por la desesperación de la ignorancia que por el coraje, asintió. Al abrir las páginas, las palabras, escritas en una amalgama de lenguas muertas y signos proto-humanos, parecían cambiar ante sus ojos, como olas movidas por una tormenta invisible. Lo primero que leyó, casi por accidente, le heló la sangre:

“Y así descendieron de las estrellas. Seres cuyo aliento engendra el oleaje, cuyas bocas jamás encuentran quietud. Ellos esperan bajo el coral, en las ciudades ignotas, y lamentan el silencio de los que olvidan los pactos.”

Un estrépito estremeció la casa. Los candelabros ardieron más intensamente y Gillman ahogó un grito. Sharpe retrocedió, aferrando el libro; la habitación, un instante antes apacible, se tornó tumba de ecos añejos.

—¿Ha oído eso? —preguntó, con apenas un hilo de voz.

—Están inquietos —continuó Gillman, evitando encontrarse con su mirada. —El códice a veces… llama a los antiguos. Y algunos ya no duermen.

Los dos hombres cruzaron la estancia hacia la ventana, y fue entonces cuando Sharpe vio la figura. Era imposible fijar la vista en la silueta, pues cada vez que creía comprenderla, ésta se derretía y se extendía en convergentes líneas de lodo y escama. Era como si la propia mente se rebelase ante la comprensión de ese ser, y todo pensamiento racional se resquebrajaba en su presencia.

Gillman rompió el hechizo con su voz quebrada:

—No lo mire más, o se llevará con usted la semilla del delirio.

Con el corazón latiendo como una campana de funeral, Sharpe desvió la vista. Pero entonces, un sonido surgió de la criatura: no era realmente una voz, sino una confluencia de todas las voces ahogadas que alguna vez tingieron la marea. Palabras en una lengua a la cual la garganta humana no está destinada.

“SHOGGOTH… PH’NGLUI!”

Sharpe cayó de rodillas, las palabras retumbando en su cráneo. El códice, aún en sus manos, vibraba con la urgencia de algo vivo.

Detrás de ellos, las maderas crujieron otra vez y Gillman se desplomó en convulsiones. Mientras Sharpe intentaba arrastrar el cuerpo de su anfitrión, su sombra se proyectó extrañamente contra la pared, volviéndose líquida y elongada, y por un parpadeo, pudo jurar que la silueta de Gillman tenía branquias en el cuello y membranas en los dedos.

El viento aullaba del exterior; la casa era una isla asediada por demonios; y Sharpe sólo tenía el libro, el miedo, la certeza de que la razón jamás volvería a habitar su mente si cruzaba la puerta.

Desesperado, recorrió las páginas del códice en busca de un hechizo, una oración, tal vez una cláusula de rescate. Pero las palabras eran veneno, y sus ojos sangraban lágrimas oscuras mientras leía los pactos de los Marsh, los sacrificios en piedra húmeda en noches sin luna, y las bocas: la mención constante de bocas innombrables, abiertas en lo profundo, esperando el retorno de sus hijos terrenales.

Gillman, medio consciente, deliraba sobre “el Abismo” y el “Padre Dagon”, nombres que enloquecían a cualquier sensato en Innsmouth y arrojaban sombras sobre Kingsport.

Sharpe, tembloroso, puso la mano sobre el pecho del hombre moribundo —que ya no parecía del todo humano—, y súbitamente cesaron los temblores. El cuerpo de Gillman se distendió, alzándose en el aire como aupado por garras invisibles, la mandíbula extendiéndose hasta dejar ver una doble hilera de dientes, no humanos sino idénticos a los de ciertas criaturas de las fosas marinas.

Con un chasquido, la figura se desmoronó en una nube densa de vapor fétido, y de entre la neblina Sharpe sintió, sin ver, el palpitar de muchas bocas, susurros en idiomas aún no nacidos, promesas de hibridación para quienes osan llevar el saber más allá del umbral. Entendió, sin ningún margen de duda, que le permitirían escapar, pero sólo para que pudiera difundir la podredumbre, abrirle puertas a lo que ha estado esperando, y alimentar los pactos con carne fresca.

Huía de la casa Gillman mientras la niebla burbujeaba a su alrededor y sobre la playa, allende el malecón, unas formas triangulares, brillantes y letales se deslizaban entre las olas. Los aldeanos miraban desde las ventanas, ojos redondos reflejando su incipiente locura, y las bocas —casi todas demasiado grandes, demasiado húmedas— esbozaban sonrisas oblicuas, en una acogida silenciosa y ancestral.

Sharpe corrió por las calles de Kingsport, el códice aún caliente en las manos, mientras la noche rugía tras él. Los ladridos de los perros, antaño guardianes, eran ahora lastimeros, y cada rincón de la ciudad parecía doblarse bajo el peso de un pacto reactivado. Por un instante, la luna pareció brillar con la intensidad de un faro, y las aguas del puerto bulleron con cientos de ojos amarillos, aguardando —siempre aguardando— el retorno de sus vástagos perdidos.

En la confusión, el profesor se precipitó hacia el único refugio que le prometía distancia: la iglesia abandonada sobre la colina. En su apogeo, había servido para resistir los cultos de los Marsh; ahora, se erguía como la última frontera entre la razón y los horrores que migraban desde el abismo. Entró jadeando, y tras encender una vela, contempló los frescos del techo: criaturas marinas y seres informe, devorando hombres bajo el caprichoso ojo de un dios inconcebible.

Las puertas temblaban bajo golpes acompasados y húmedos, cada sonido replicando la respiración de algo mucho más vasto que la humanidad. Desesperado, Sharpe hojeó el códice y halló un último recurso: un conjuro en una lengua imposible de pronunciar. Pero debían intentarlo; era eso, o ser consumido.

Al alzar la voz, creyó sentirse desdoblar, como si una fuerza invisible tirase de sus costillas. La iglesia se estremeció; de la piedra brotó sudor salado y las sombras crecieron. Por las grietas del suelo, bramaban voces acuosas: promesas de inmortalidad y perdición.

En la última línea del hechizo, la tempestad de afuera pareció devorar el mundo. La iglesia colapsó en una implosión de piedra y algas, y Sharpe, en el silencio subsecuente, notó que los golpes habían cesado. Ni rostros en las ventanas, ni cánticos apagados… solo un océano lúgubre, aún dormido pero expectante.

Amanece. La marea baja revela la forma ruinosa de la iglesia y el cuerpo de Sharpe, aún aferrado al terrible códice. Pero en su boca —que alguien encontró entreabierta, como a punto de gritar o devorar— algo parecía moverse. La ciencia, en su arrogancia, no puede explicar por qué de su garganta emergen con cada respiro burbujas saladas llenas de diminutas y carnosas bocas que nunca se cierran.

Y donde alguna vez hubo miedo, ahora sólo queda la promesa de una nueva simiente: la de los hijos del océano, listos para reclamar el mundo que un día les perteneció y que, bajo la mirada ausente de los dioses, vuelve inexorablemente a sus insondables profundidades.

Así, entre el silbido de la marea y la podredumbre de las algas, los pactos consuman su círculo y los hombres sólo pueden esperar —oír el susurro de las bocas innombrables, y descubrir demasiado tarde que pocas voces son tan dulces como la del abismo cuando llama por sus hijos extraviados.

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