Portada del relato La casa del susurro espectral
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Fragmento:


Aquellas palabras alimentaron mi morboso interés. Supe que, hace un siglo, la iglesia de San Judas sufrió un incendio, pero nadie recordaba con exactitud la causa; y ninguna construcción reemplazó a la quemada. Había una grieta profunda, afirmaban, un abismo a los pies del altar, tapado con piedras, y las cabras no pastaban cerca ni de día ni de noche. Pero la característica que más me perturbó fue un murmullo, un susurro que a veces se oía, sobre todo cuando la niebla descendía al atardecer.

Duración: 07:34

La casa del susurro espectral
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Texto de ajuste de pausa.

Permítaseme advertir al lector rigurosamente científico: si espera discutir aquí las leyes familiares de la física y la biología, quedará defraudado. No habrá explicaciones en términos meramente del saber humano, porque la historia que a continuación relato ha visto cruzados tales límites; y me estremezco aún al escribir, por la facilidad con que uno puede traspasar la frontera invisible entre la razón y el terror absoluto, como si solo la niebla y el mimbre separaran ambos mundos en las colinas de Dunwich.

No nací en Dunwich y jamás anhelé viajar hasta aquel rincón polvoriento de Massachusetts, azotado por los vientos y cubierto de la sombra de antiguas supersticiones. Sin embargo, mi pasión por la investigación folclórica me llevó allí en busca de testimonios sobre un viejo rito perdido, una de esas liturgias rurales que sobreviven en la memoria y el murmullo, más que en texto alguno. Aún me maldigo por no abandonar la empresa cuando noté, al llegar el tercer día de estancia, que todos evitaban ciertos senderos serpenteantes y miraban de reojo la colina tras la iglesia hundida, cuyos cimientos luchaban contra la creciente invasión de zarzales.

Mis anfitriones, la pareja Harmon, me recibieron en su humilde pero sólida casa de tablas, al margen sur del pueblo. Gente recia y callada, apenas toleraban a forasteros. Apenas inicié mis preguntas sobre la colina y la iglesia, sentí su disgusto, advertido en la manera cortante en que la señora Harmon apartaba los ojos y el señor Harmon apretaba los dientes. Pero obtuve el rumor: “Hay algo ahí… algo que no se debe mirar. Mejor manténgase alejado, muchacho. Esa iglesia ya no bendice a nadie.”

Aquellas palabras alimentaron mi morboso interés. Supe que, hace un siglo, la iglesia de San Judas sufrió un incendio, pero nadie recordaba con exactitud la causa; y ninguna construcción reemplazó a la quemada. Había una grieta profunda, afirmaban, un abismo a los pies del altar, tapado con piedras, y las cabras no pastaban cerca ni de día ni de noche. Pero la característica que más me perturbó fue un murmullo, un susurro que a veces se oía, sobre todo cuando la niebla descendía al atardecer.

No pude resistir la curiosidad. La tercera noche, cuando la luna apenas era una uña entre las nubes, tomé mi linterna y ascendí la colina venciendo mi propio miedo. Pasado el cementerio —donde las lápidas, torcidas, parecían resistirse al tiempo que estiraba y agrietaba todas las cosas— llegué a la ruina. La fachada ennegrecida de la iglesia, con la madera carcomida, semejaba la boca abierta de una criatura devoradora. Avancé; mis pisadas crujieron sobre los restos de un tapiz y entre tablones húmedos. El hedor era insoportable: a moho, tierra removida y algo más, azufroso e hiriente. Del altar solo quedaba la sombra de una forma, y allí comencé a oírlo. Sé que no fue sugestión: un murmullo real, anhelante, triste, o acaso enfurecido.

Me sentí observado. Giré la linterna y el haz de luz barrió la pared trasera, destacando símbolos borrosos, runas de una lengua que ningún clérigo cristiano hubiera aceptado en su casa. Entonces, estalló en mi cabeza la noción del abismo: vi donde el altar se curvaba, las piedras sueltas que cubrían una negrura mayor que la noche circundante. Me incliné y retiré una de las piedras, el murmullo aumentó, hubieron matices; voces, risas de niños, lamentos apagados y, en lo hondo, una cadencia que no era humana.

Todo en mí gritaba para huir, pero una fuerza mayor que mi voluntad me mantuvo allí, asido a esa frontera entre el arriba y el abajo, la superficie y las mismas raíces del miedo. Mi linterna titubeó y cayó, rebotando hasta el fondo del abismo, iluminando por un breve instante lo indescriptible: masas que no deberían tener forma, ojos, colmillos sin boca, y algo que vibraba como membranas húmedas o alas atrofiadas. Vi, por un aterrador parpadeo, criaturas no pertenecientes a región ni tiempo alguno, quizás larvas eternas agitándose entre raíces de robles muertos.

El murmullo se propagó en mi mente. Sentí el frío del suelo. Grité, aunque el sonido jamás abandonó mi garganta. Vi más aún: una procesión de figuras encapuchadas, de rostros pálidos alzados, danzando alrededor del altar, y los cuerpos de animales sacrificados a aquella abertura negra; y entendí, de forma abyecta, que lo que alimentaba aquel abismo no era solo carne, sino miedo, anhelo, invocación.

No sé cómo logré huir. Tropecé con algo blando y resbaloso, y por un prodigio de pánico recorrí a ciegas el pasillo hundido, las tablas podridas, el sendero de hierbas heladas alumbrado tan solo por la luz mortecina de la luna. No podía respirar ni dejar de correr y, ya en casa de los Harmon, vomité y lloré, incapaz de articular palabra alguna.

Esa noche los Harmon me velaron sin hablar. Cuando el alba pintó de gris la ventana, apareció la señora Harmon con una taza de tisana y murmuró: “Ahora sabe por qué no preguntamos.” Noté el pánico esculpido en las arrugas de su rostro y me estremecí. Si supo qué vi, no lo dijo, pero oí el tono de quien conoce, a través de generaciones, la ruina que pende sobre Dunwich.

Quise marcharme, pero los caminos parecían curvarse en círculos. Durante dos días aguardé, presa de migrañas, pesadillas y una fiebre lacerante. Soñé cosas imposibles. Cuando, al fin, un coche de caballos pudo llevarme a la estación, sentí la mirada de aquel abismo prendida en la nuca, una garra invisible.

Al regresar a la ciudad, quise racionalizar. Lo intenté, Dios sabe que lo intenté. Analicé mi linterna, buscando manchas, pelos, cualquier prueba tangible. Mandé mis ropas a lavar, pero el mal olor permanecía. Y no podía pensar en otra cosa más que en esa fosa: un conducto entre mundos. ¿Qué horrores espera, pacientemente, bajo los cimientos de esa iglesia quemada? ¿Qué apacigua a las criaturas entre susurros, y qué ocurre sino cuando no reciben lo que desean?

Con los meses, logré recuperar en parte la calma. Volví a mi oficio, aunque mi mano titubeaba en cada hoja escrita y la noche me era odiosa. La ciencia me instaba a olvidarlo; pero en el umbral del sueño a veces oigo, renovados, los susurros, y despierto con la certeza de que son más fuertes, más persistentes. Una vez incluso creí oírlos en la calle misma, lejos ya de Dunwich; y comprendí que quizás, una vez abierto, cierto abismo no vuelve a cerrarse.

Hace poco recibí una carta, sin remitente. Dentro, una hoja con una sola frase: “El abismo devora lo que mira.” Eso era todo, pero temblé de tal forma que la taza de té se escurrió entre mis dedos.

Siento que he sido marcado, contaminado, hecho parte de un círculo antiguo cuya finalidad escapa la razón. Me turba pensar que otros puedan, también, oír ese murmullo y ceder al impulso de retirar las piedras prohibidas. Si usted mismo lee esto, sepa que lo hace bajo la sombra de la colina de Dunwich.

Quizás no haya vuelta atrás. Quizás ese abismo no espera ofrecernos conocimiento, sino tan solo devorarnos, uno por uno, generación a generación, hasta que la última voz de lamento ahogue a la especie entera en su negrura. Y si, en la medianoche, o en un día sin sol, usted llegase a escuchar ese susurro, no busque nunca la iglesia de San Judas.

No repita mi locura. No trate de saber. Porque hay criaturas y fuerzas en la tierra —y, peor aún, bajo ella— para las cuales nuestro miedo es apenas un eco. Y ellos siempre, siempre, escuchan.

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