Fragmento:
Zarpamos al alba; la goleta era sólida y los hombres de mar rudos. Pero en la tercera noche los cielos se oscurecieron más allá de lo natural, y el mar rugió con una fuerza antediluviana. Las olas, negras y pesadas como brea, desgarraron nuestra embarcación. Fui arrojado a un mundo sin tiempo, flotando a la deriva sobre restos, arrastrado hacia latitudes no marcadas en carta alguna. Recuerdo poco de aquello; el agua salada en mis pulmones, el frío que me calaba hasta los huesos y, sobre todo, un silencio tan absoluto que mis oídos chillaron con el propio pulso.
Duración: 09:45
Muchos me han advertido que cuente mis días en la oscuridad, que renuncie al insensato impulso de liberar el aullido que ha estado supurando en mi espíritu desde aquella madrugada inconcebible. Pero como todo aquel maldito por los recuerdos de los abismos —los más allá de lo nombrable y humano—, no temo a otra condena mayor que la soledad de mi mente, infestada de garras húmedas y pupilas blanquecinas, anhelantes como la orilla desierta donde fui a perder la razón.
El acontecer inicial parece trivial para quienes no han sido testigos del abismo que aguarda más allá de las apariencias terrenales. Yo era, y aún simulo ser, un hombre de ciencia y de disciplina. No tenía temple para el misticismo ni respeto alguno por las narraciones febriles de quienes, en los albores de la guerra, aseguraron haber afrontado horrores en las trincheras más allá de las balas mortales. Era mi destino embarcarme como encuestador de meteorología, espectador de profecías marinas mientras la guerra gemía en la superficie. Me reí cuando me hablaron de “Dagon” en el bar portuario de Cardiff, viendo a aquellos ancianos desdentados hacerse cruces y repetir letanías en viejas lenguas que olían a algas y hambre. La superstición, supuse, era la única herencia digna de tales puertos olvidados.
Zarpamos al alba; la goleta era sólida y los hombres de mar rudos. Pero en la tercera noche los cielos se oscurecieron más allá de lo natural, y el mar rugió con una fuerza antediluviana. Las olas, negras y pesadas como brea, desgarraron nuestra embarcación. Fui arrojado a un mundo sin tiempo, flotando a la deriva sobre restos, arrastrado hacia latitudes no marcadas en carta alguna. Recuerdo poco de aquello; el agua salada en mis pulmones, el frío que me calaba hasta los huesos y, sobre todo, un silencio tan absoluto que mis oídos chillaron con el propio pulso.
No sé cuánto tiempo pasó antes de que me hallara en una costa arrasada, viscosa de limo y esqueletos de peces imposibles. La aurora era gris y el horizonte, una línea hostil e irreal, llena de picos fósiles y arrecifes retorcidos como extremidades mutiladas. El terreno bajo mis pies era una amalgama blanda de ceniza y membrana mortecina donde pisar era romper la quietud ancestral de criaturas sumidas en eras previas al hombre.
No había vegetación; sólo el hedor pestilente de corrupción prehumana. Mis ropas se secaron al sol muerto y avancé, temblando, en busca de agua dulce o de un sendero que me devolviera a la cordura de la civilización. Caminé, pues, durante horas, que bien pudieron ser días o segundos, ya que el cielo no alteró su fulgor opaco y estático en ningún momento discernible.
La pesadilla comenzó al descubrir los restos de una civilización subhumana, un cementerio ciclópeo de piedras dispuestas en patrones que el ojo se negaba a reconocer. Jeroglíficos agotados del tiempo, pasto de líquenes sobrenaturales y, aún más inquietante, monumentos con hocicos y tentáculos entrelazados en una orgía perenne de desesperación mineral. Algo acechaba bajo las piedras y el lodo; sentía su vibración, un zumbido grave que taladraba mi cráneo cada vez que aspiraba la atmósfera empapada de iodo.
Desfallecí, vencido por la extenuación y el miedo, junto a una enorme losa vertical donde el limo caía en cascadas nerviosas. Su fondo estaba cubierto de relieves retorcidos: hombre-pez, sacrificio, monstruosidad. Creí advertir el desenfrenado reinado de una deidad de abismo cuya mirada nunca rozó las de los hombres sin que en ellos anidara el horror. Me forcé a dudar de mi percepción —¿no era acaso el eco de una mente al límite, enfrentada a la soledad, y a los desvaríos de la privación sensorial?
No supe cuánto tiempo dormitaba cuando un sonido detonó bajo mi cabecera. El mar, oculto tras una colina fangosa, se me hacía ahora mucho más cercano, trayendo a su seno una vibración de órgano subterráneo. El estrépito se intensificó, creciendo como el corazón de un volcán pronto a estallar, hasta que la superficie del fango se agrietó como si un monstruo, atado a la corteza misma del plano, estuviera luchando por liberarse. Una grieta grotesca se abrió ante mis ojos y del lodo emergió la enormidad de una figura que no puedo intentar describir sin que mis manos titubeen aún esta noche, sobre estas páginas.
Los ojos de lo innombrable no reflejaban luz alguna, pero sí me devolvieron mi propio pavor amplificado. Su piel era una textura entre la serpiente y el molusco; su gran cráneo coronado de protuberancias y resquicios, enredado en algas y gemas de eras arcaicas. Brazos membranosos, palmeados y con garras de pesadilla, le pendían escurridizos, mientras su torso se contraía en palpitaciones que resoplaban la esencia de pesadillas. La monstruosidad, digna de los balbuceos oscuros de los profetas delirantes de culturas olvidadas, se postró ante la losa y, en ese instante, el aire se cargó con un susurro polifónico imposible de reproducir —vocablo de océanos, promesa y condena fundidas en una sola vibración.
Lo vi —¡por todos los dioses muertos, lo vi!— alzar los tentáculos en oración a una deidad invisible, progenitor de su horroroso linaje: Dagon. El propio, el titán de los abismos, señor de la vida anfibia primordial. Mi cuerpo se heló en un espasmo entre la fiebre y el pánico, disuelto en el hedor de la corrupción de eras. La visión de ese ritual blasfemo, ejecutado en la aurora de los tiempos, trajo consigo recuerdos que no son míos, sino que emanan en mi mente como oleaje vulgar y violento: multitudes reptando en los fondos marinos, deidades convocadas en templos erigidos antes de la primera célula terrestre, liturgias de carne y escama.
Dagon bebía, Dagon devoraba, Dagon fecundaba los pantanos desde donde surgirían las razas que un día llamaríamos monstruos. No podía dejar de mirar. No podía ni parpadear ante la impía representación del ciclo eterno del horror. Los ojos de Dagon, rebosantes de inteligencia antediluviana, cruzaron con los míos y supe —tal y como uno sabe que va a morir, tal y como uno siente el frío de la guadaña antes del toque— que yo era, a partir de ese instante, portador de la semilla del abismo.
No fui consciente de mi huida; por el contrario, la imagen de esa figura pseudoantropomórfica, de escamas malditas, me sostuvo en pie mientras corría por el barro, mis pies hundiéndose entre cadáveres de animales imposibles, mis pulmones rebosando miasma y lluvia radiactiva. Atrás, los cantos guturales y húmedos de la deidad restallaban en mis tímpanos como látigos invisibles.
No encuentro palabras humanas para detallar cómo escapé, arrastrándome sobre la grava hasta las aguas, devorado por la certeza de que Dagon se arrastraba tras de mí, invisible pero palpable, dueño y señor de los terrores que habitan todos los sistemas nerviosos de las especies vivas.
Ignoro cómo llegué a la civilización; desperdigado en una orilla al sur, rescatado por pescadores que alzan la vista nerviosos cuando les pregunto si conocen el nombre de Dagon. Mis días han estado plagados de angustia paralizante, mis noches infestadas de elipsis febriles: el monstruo surge, mi cuerpo es arrastrado otra vez a aquel lodazal, las piedras y las garras rodean mi cuello. ¿Fue un delirio? ¿Un espejismo de un cerebro devastado por la soledad y el trauma? No lo creo. Mi memoria es fidedigna por dolorosa.
Los sueños han ido consumiéndome. He aprendido que los que rezan en la costa a Dagon continúan la liturgia, esperando el retorno del gran señor del abismo. Se han multiplicado los rumores sobre extrañas criaturas capturadas en redes sagradas, peces con ojos humanos y extremidades palmeadas que mueren en silencio bajo la luna llena. Por las noches, el ruido persistente del mar se convierte en promesa y amenaza. No sé cuánto tiempo me queda antes de que los brazos pantanosos del dios retornen por lo que es suyo, por el testigo indeseado que ha visto lo que la mente humana no debe siquiera concebir.
Mi cuerpo se está transformando, lo siento bajo la piel cada vez que el agua fría me llama. Mi aliento, en ocasiones, se vuelve denso y lento. En los espejos, percibo algo hinchado en mis ojos, una palidez membranosa extendiéndose por mis venas como una algarabía de protozoos reptando a la superficie.
Sé que ya no pertenezco al mundo de los hombres. Sé que la liturgia continúa en el fondo de los océanos y que, alguna noche, la marea me envolverá y arrastrará a los salones de piedra negra donde los descendientes de Dagon me reconocerán como uno de los suyos. Intenté destruirme, ahogar el terror con drogas y alcohol, pero los ecos regresan, insistentes, tenaces.
Por eso escribo este testimonio, bajo una lámpara temblorosa, antes de que la noche y el agua cierren mi garganta para siempre. Nadie creerá mi relato, y si lo hiciera, ¿qué podría hacer ante la vastedad de la marea que se avecina? Escuchen, no ignoren las viejas leyendas; no se aproximen a los lugares donde el limo huela a tumba fresca y el mar susurre nombres innombrables.
Ya escucho el rumor en la puerta, como si dedos membranosos rasparan el umbral. El mar llama, y Dagon tiene hambre. Si has leído hasta aquí, reza porque tu sangre siga fiel al sol y tu memoria no reconozca nunca las palabras sagradas bajo la luna negra. Por mi parte, sólo me queda esperar el abrazo húmedo que, tarde o temprano, aguarda a todos los que miran demasiado hondo en las aguas insondables. Entonces conoceré, en la disolución final de todo lo humano, la verdad detrás de cada miedo que el hombre ha conocido desde el alba del tiempo:
Dagon vive.
Y espera.
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