Portada del relato La Puerta Susurrante
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Fragmento:


Dentro, el aire olía a sudor y almizcle, a incienso de raíces antiguas, a vino dulce y sangre seca. Un susurro constante, como el eco de voces unidas en oración blasfema, flotaba desde rincones ocultos. Mis ojos tardaron en acostumbrarse a la penumbra, y sólo entonces comencé a distinguir las figuras que se desplazaban entorno a mí: hombres y mujeres con máscaras de animales, cuerpos serpenteando en ropajes translúcidos, gestos de deseo, dolor y placer entrelazados en una danza cuya coreografía sólo los dioses antiguos conocerían.

Duración: 08:48

La Puerta Susurrante
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Texto de ajuste de pausa.

En la penumbra, donde la ciudad moderna devora los viejos barrios y los hombres deambulan sumidos en la mortecina luz de las tabernas nocturnas, encontré un edificio tan antiguo que parecía rechazar la misma idea del tiempo. Su puerta, bajo un dintel ennegrecido y guarnecido de hiedra podrida, era de madera maciza, cubierta de símbolos apenas descifrables, como si la lluvia y el pasar de infinitos inviernos no bastaran para borrar del todo los vestigios de un saber prohibido. Todo comenzó una noche cuando la desesperación me llevó, más allá de la cordura y la racionalidad, a buscar experiencias enraizadas en lo más profundo de la humanidad: aquellas emociones extremas que sólo el umbral de la razón, o tal vez de la muerte, nos permite vislumbrar.

Era yo un hombre erosionado por sus propios deseos, la carne marcada por el tedio de la cotidianidad y el alma envejecida por un hambre insaciable de lo desconocido. Había escuchado rumores —en círculos selectos, en las palabras entrecortadas de ciertos poetas y la risa ahogada de las prostitutas viejas— acerca de ciertos clubes nocturnos donde se llevaban a cabo celebraciones ajenas a las leyes, la moral y quizás también al universo conocido. Dirigí mis pasos a una dirección escrita de puño y letra temblorosa en una nota arrugada, apenas unclara, deslizada en mi bolsillo por un desconocido con ojos de sombra.

La casa —no podía llamársele bar, antro, ni siquiera burdel— era un monstruo de piedra entre edificios de ventanas cegadas por el polvo. Ante la puerta, dos figuras sin rostro claro custodiaban el acceso. Un ligero asentimiento bastó, y se apartaron como fantasmas. Controlé el temblor de mis manos y, empujando la pesada hoja, me sumergí en la oscuridad apenas disipada por velas rojas esparcidas entre bronce y cristal, cuya luz titilante bailaba sobre retratos antiguos y espejos cubiertos de polvo.

Dentro, el aire olía a sudor y almizcle, a incienso de raíces antiguas, a vino dulce y sangre seca. Un susurro constante, como el eco de voces unidas en oración blasfema, flotaba desde rincones ocultos. Mis ojos tardaron en acostumbrarse a la penumbra, y sólo entonces comencé a distinguir las figuras que se desplazaban entorno a mí: hombres y mujeres con máscaras de animales, cuerpos serpenteando en ropajes translúcidos, gestos de deseo, dolor y placer entrelazados en una danza cuya coreografía sólo los dioses antiguos conocerían.

Me invitaron a un círculo —no, a un ritual—. Todo era dispuesto con precisión ritualista: una alfombra negra bordada con vetas plateadas en cuyo centro descansaba una mesa baja repleta de extraños instrumentos: látigos de cuero curtido, esferas de cristal ahumado, cuchillos con empuñaduras de marfil. No sabría decir si las reglas eran establecidas en voz alta o si las percibía yo directamente en mi mente, como si la casa misma impusiera su voluntad.

Una sacerdotisa —alta, esbelta, con un antifaz en forma de carnero— me extendió la mano, y sentí una descarga que no lograba distinguir si era de miedo o ansia. Juguetearon en mi piel puntas de metal frío, el roce de lenguas húmedas, caricias demasiado hábiles; el cuerpo y la mente vibraban en un limbo donde lo sensual y lo terrorífico se confundían, como si un antiguo dios del deseo y el miedo dirigiera el festín.

Atravesábamos los límites del dolor dulce y el placer repulsivo, del éxtasis y el pavor que sólo el contacto con lo antinatural puede conferir. Una copa de vino negro giró entre las manos de los presentes y sentí mi voluntad desvanecerse, como si una fuerza ajena a mi ser me empujara a entregarme. En medio del círculo, una muchacha fue conducida al altar, su piel blanca contrastaba grotescamente con la negrura de la alfombra. Los cánticos ascendieron; palabras en un idioma imposible resonaban en el aire. Era una letanía dedicada a un ser cuyo nombre se adhería como una garra a mi conciencia, un nombre que mi boca no podía sino temblar al intentar pronunciar.

La visión me sobrevino como un relámpago: detrás de las paredes yacía un ser agazapado, vasto, inmaterial, con ojos multiplicados, miles de bocas recitando liturgias de dolor y placer. Era el Amo del Umbral, el coleccionista de sensaciones humanas extremas, una entidad para la cual el sexo era sacrificio y la tortura, comunión. Ése era el verdadero secreto del lugar: más allá del juego de cuerpos, existía una transgresión elementa —no simplemente moral ni carnal, sino ontológica. Allí la humanidad era arrancada de su pedestal y forzada a ver su reflejo monstruoso, el reverso negro de todos nuestros impulsos.

El éxtasis de la noche pronto se tornó en asco. Las máscaras se caían, pero los rostros no eran humanos: allí donde debía haber piel surgían tentáculos, ventosas, fragmentos de concha, ojos de pez. Los besos se volvieron mordeduras, los abrazos garras, y la comunión era un sacrificio. Las sombras se estiraban sobre mí y sentí en mi interior la mirada de aquel dios oculto, como si pesara mi alma y encontrara en ella un hambre parecida a la suya.

Intenté huir, pero la puerta no respondía. Mis piernas cedieron y mi mente giró en espiral: susurraron los presentes, con voces que parecían la amalgama de muchas gargantas, narrando tentaciones y horrores, llamándome por mi verdadero nombre, ese nombre que había olvidado desde la infancia y que los adultos prefieren ignorar para sobrevivir.

En algún punto del delirio, la sacerdotisa me susurró al oído, con voz como agua sobre piedras milenarias: «Aquí los límites se desvanecen; somos carne, somos deseo, pero ante todo, somos presa». El ritual llegó a su clímax; me sentí desgarrado por mil sensaciones, rozando la locura absoluta entre el placer insoportable y el miedo que paraliza cuerpos y pensamientos. Toda la asamblea cayó, y las figuras comenzaron a licuarse en la penumbra, fusionándose en una ameba de cuerpos, extremidades, sexos y ojos que rodaban como canicas por el suelo. Sus voces se descomponían en un murmullo distinto, una nota grave que hacía vibrar los cimientos mismos del mundo.

En el trance sublime y aterrador de aquella orgía espectral, vi descomponerse los significados, supe que ni siquiera la muerte sería escape. El dios invisible apartó un instante el velo y me mostró otras puertas; cada una conducía a ritos distintos en otras ciudades, en otros tiempos, replicando la misma danza mortífera de deseo y corrupción. Comprendí, entonces, que la humanidad había alimentado a esa cosa desde tiempos prehistóricos; que cada forma de pasión desbordada era su tributo, y que las casas como aquella existían en todos los rincones del globo, disfrazadas entre bares de moda, residencias elegantes o cubiles nauseabundos de suburbio.

No recuerdo cómo conseguí escapar. El alba me encontró arrojado en una calle húmeda de llovizna, las ropas rasgadas, la piel marcada por moretones y cortes cuyas formas se negaban a ser racionalizadas. El sabor del vino negro calaba aún mi garganta, y una añoranza perversa se mezclaba con el alivio y la repulsa. No podía olvidar la sensación: el vértigo de tocar una realidad más vasta y cruel que todo cuanto hubiera imaginado, la certeza de que el deseo humano es apenas una sombra sobre el tapiz de fuerzas inmemoriales.

Noté en mi bolsillo un objeto frío: la sacerdotisa debía de haberlo deslizado sin que yo lo advirtiera. Era una llave antigua, de hierro retorcido y dientes imposibles que jamás abrirían una puerta mortal —y sin embargo, sentí su peso como una promesa y condena a la vez. Desde entonces, cada noche sueño con corredores blandos como entrañas, con velas que titilan sobre charcos de sangre y vino, con voces que susurran mi nombre en lenguas olvidadas… y cuando el deseo me devora, sé que sólo tendré que buscar la puerta correcta para entrar de nuevo en la casa donde el poder de la carnalidad es apenas un peón en el tablero de lo innombrable.

En las pausas que otorga la vigilia, intento advertir a otros sobre el peligro de buscar experiencias extremas sin entender que en el límite, donde el placer y el terror se abrazan, aguardan entes que se alimentan de más que carne y espíritu. Pero mis advertencias se desvanecen en la incredulidad, arrastradas por el río de deseos humanos que, como un sacrificio sin fin, nutre desde las sombras al Amo del Umbral. Así, cada noche, los susurros crecen y la llave pesa un poco más —hasta el día en que la voluntad ceda y me encuentre, ya sin remedio, cruzando otra vez esa frontera donde la experiencia adulta no es sino la antesala de una eternidad de padecimientos deliciosos y abominables.

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