Fragmento:
Todo empezó con una carta enviada desde la desolada Innsmouth por mi viejo amigo y confidente universitario, Jonathan Mather. Sus líneas temblorosas, manchadas de una pigmentación verdosa y húmeda, hablaban de horrores indescriptibles que asolaban su mente y le robaban el sueño. Me rogaba que fuera en su ayuda, que solo yo –por nuestro conocimiento compartido de las leyendas cthulhianas y los pergaminos prohibidos de la biblioteca de la Universidad de Miskatonic– podría comprender lo que había descubierto. El tono desesperado me obligó; nunca había visto a Jonathan, hombre de imperturbable racionalidad, sucumbir al pánico.
Duración: 06:38
Nunca olvidaré la noche en que mi vida quedó para siempre marcada por el hedor salino y la inenarrable monstruosidad acechando bajo la superficie del mar. Antes de los eventos que narraré, mi nombre apenas tenía peso fuera de los registros del College de Arkham: Eliot Warnock, profesor auxiliar de literatura tan ajeno al terror como cualquier académico. Pero el mes de octubre de 1923 cambiaría mi destino y, quizás, el futuro de todos los que se atreven a merodear la costa sombría de Massachusetts.
Todo empezó con una carta enviada desde la desolada Innsmouth por mi viejo amigo y confidente universitario, Jonathan Mather. Sus líneas temblorosas, manchadas de una pigmentación verdosa y húmeda, hablaban de horrores indescriptibles que asolaban su mente y le robaban el sueño. Me rogaba que fuera en su ayuda, que solo yo –por nuestro conocimiento compartido de las leyendas cthulhianas y los pergaminos prohibidos de la biblioteca de la Universidad de Miskatonic– podría comprender lo que había descubierto. El tono desesperado me obligó; nunca había visto a Jonathan, hombre de imperturbable racionalidad, sucumbir al pánico.
Llegué a Innsmouth la noche del 17 de octubre, tras un tortuoso viaje en el desvencijado tren costero. El pueblo se presentaba como un cadáver gris bajo la lluvia, con edificios carcomidos por la humedad y calles desiertas. Una niebla densa y antinatural parecían engullir las pocas luces titilantes de faroles obsoletos.
Jonathan me recibió en la puerta de una espaciosa pero arruinada pensión junto al puerto. Su aspecto me sobresaltó: la piel adquiría tonos cenicientos, sus ojos se veían hinchados, y su voz, antes melodiosa, parecía teñida de una ronquera opresiva.
—Eliot, pase —me dijo en un susurro urgente y quebrado—, la noche es peligrosa aquí afuera.
Pronto, en la seguridad precaria de su habitación, me habló de la extraña secta que florecía entre los pescadores y los lugareños degenerados, gente que evitaba la luz y no se dejaba ver más allá del crepúsculo. Murmuró sobre “rituales antiguos en la costa” y “la Voz del Mar”, un culto atávico que nunca había muerto pese a los esfuerzos de la civilización.
—No es solo superstición —me aseguró—. Lo que he visto… no pertenece a este mundo.
Me mostró su diario. Entre las páginas húmedas y pegajosas, garabateadas con letra temblorosa, encontré relatos de hombres que nadaban mar adentro y regresaban cambiados, mucho más callados, con la piel surcada de agallas apenas disimuladas detrás de las orejas. Una noche, había atisbado entre la niebla antorchas titilando en la lejanía, seguidas de cánticos guturales en una lengua imposible. Los remanentes de una población que antaño pactó con fuerzas abisales a cambio de prosperidad y cuyas consecuencias aún acechaban en los muelles y sótanos inundados.
El día siguiente, empujado tanto por la curiosidad académica como por la preocupación por mi amigo, recorrí el pueblo. Cada esquina parecía vigilada, y los pocos rostros que atisbé llevaban una cadavérica indiferencia. Los ojos—Dios nos asista—destilaban un fulgor húmedo, amarillo en algunos casos. Innsmouth era una herida secreta sobre la costa, rebosante de deliciosas y pestilentes aguas negras.
No obstante, la verdadera pesadilla aguardaba en la noche del 19 de octubre. Jonathan, impulsado por un crescendo de histeria, me abalanzó sobre un mapa rugoso de la costa, señalando un punto llamado Devil’s Rock. “Van a sacrificar a una de las suyas al Amo”, susurró, “y entonces... entonces surgirán ellos.”
A pesar de mi negativa inicial y mi deseo de informar a las autoridades, el temor de que Jonathan enloqueciera —o escapara él mismo hacia las aguas— me obligó a acompañarlo a través de la bruma, por calles abandonadas, hacia el escarpado borde costero. Nos ocultamos en una hondonada, resguardados por afloramientos de piedra resbaladiza.
Fue breve, pero imborrable. El culto, unas dos docenas de personas, emergió desde la niebla portando linternas manchadas de sal, vestidas con túnicas arruinadas por el moho. En el centro arrastraban a una joven amordazada. Los cánticos se elevaron, guturales y burbujeantes como si emanaran de gargantas más próximas al abismo que al hombre. Invocaban a Dagon, El Gran Padre de las Profundidades.
Resultó difícil describir lo que siguió. Mi mente rechaza toda evocación visual y aún tiemblo al recordar el eco sordo de las blasfemias que elevaron con las manos hacia el mar. El sacrificio fue brutal: la joven retorcida y desgarrada por brazos que parecían multiplicarse y aumentar en viscosidad a medida que la ceremonia alcanzaba su clímax. El mar, entonces, pareció abrirse y una silueta titánica, recubierta de lodo y escamas, emergió entre burbujeantes exhalaciones putrescentes. Fue Dagon, y su sola visión fundió mi razón con el horror más absoluto.
Jonathan gimoteaba, y no logré impedir que se lanzara hacia adelante, llamando a gritos a la entidad. La multitud lo recibió con júbilo, cubriéndolo con algas y limo, hasta que perdió su individualidad y fue arrastrado, casi feliz, bajo el agua mientras la monstruosidad emitía un rugido gutural, apenas humano. Miserable, paralizado por el terror y la repugnancia, apenas supe cómo logré arrastrarme lejos y huir entre la niebla, sin pensar en nada salvo la necesidad ciega de escapar.
Mi regreso a Arkham fue un borrón de pesadillas. Quemé la ropa y el calzado, pero el hedor marino y la viscosidad parecían haberse incrustado en mi carne. No hablé en semanas; mis palabras murieron ante la mirada incrédula de los médicos. Solo ahora, al relatar esta experiencia, logro recobrar cierta cordura, aunque no duermo ni un minuto sin despertar entre sudores y visiones de profundidades que nunca verán la luz del sol.
Aun así, sé que la devoción no ha cesado. Innsmouth persiste, su población enraizada en la corrupción y la promesa de una inmortalidad imposible. He visto hombres, en la ciudad, con el extraño brillo en los ojos, decadente pero envalentonado, y sé que la sangre de Dagon fluye fuerte y espera, vítor a vítor, su día de volver a sumergir al mundo en la putrefacción oceánica.
Si este testimonio llega a tus manos, huésped ignorante de la costa, apártate de Innsmouth, huye del susurro apremiante bajo las olas. Porque la fe de los Profundos permanece, y solo el mar sabe cuántas ofrendas más necesita Dagon antes de reclamar la Tierra entera como suya.
He sido testigo. El sacrificio nunca termina.
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