Debo confesar, antes de comenzar con el relato de mis experiencias en la colonia septentrional de Beaulac, que mucho ha cambiado en mi percepción del tiempo y la muerte desde aquel invierno perpetuo cuando el doctor Laroque me llamó, urgido por ci...
En la memoria más abismal de Aserion, cuya calidez de juventud fue evaporada por la severidad antipática del mundo, pervive la noche en que mis pasos me llevaron, medio pidiendo, medio huyendo, hasta las puertas acechantes de la Hermandad Fuligino...
El jardín de las pesadillas se extendía hasta donde la vista alcanzaba, más allá de los vitrales grotescamente pulidos del palacio de Cyralis, cuyos domos brillaban como colmenas llenas de incandescentes zafiros bajo una luna eternamente lívida...
En las ruinas de una comarca despoblada de Hyperbórea, donde el viento cruje a través de columnas carcomidas y los líquenes fungen de alfombra con sus filamentos azul-verdosos, mi destino fue sellado en las primeras sendas del crepúsculo. Yo, Er...
Despertar es siempre una equivocación en noches como estas, cuando la bruma ceñida al acantilado de Garviel parece tan tangible como un sudario, y los relojes marchan hacia atrás, o se detienen simplemente, como si les resultase absurdo pasar el ...
I
En la opaca soledad que precede al alba, donde la neblina parece no solo ocultar sino devorar el contorno de las cosas, existe, para quien sabe percibirla, una música tan lejana y abismal como el aullido del primer ser consciente surgido de la n...
Cuando las últimas nieblas de marzo descendieron como un sudario sobre las calles viejas y desiguales de Arkham, solo los más imprudentes permanecieron sin refugio tras la medianoche. La Miskatonic arrastraba por esos días aguas espesamente oscur...
A la entrada del invierno, cuando las noches se alargan tanto que solo la memoria les resiste, Horacio Lornat llegó en un tren de mercancías que no registraba ningún horario y cuyos vagones, añosos y resquebrajados, iban atestados de sombrías y...
Había pasado un mes desde la muerte de mi tío, Ambrose Varwick, y, sin embargo, yo seguía temblando ante la sola idea de dormir en su descomunal mansión de girones victorianos, perdida entre pantanos insalubres al extremo norte de Arkham. De niÃ...
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No puedo decir con certeza qué fue lo que me llevó aquel verano a las colinas próximas a Dunwich. Tal vez la culpa todavía roía mis sueños, o simplemente el ineludible magnetismo del dolor—propio y ajeno—que uno siente cuando converge...
No pretendía encontrar nada en las tierras derruidas de Kalasha. Solo el polvo y las cicatrices de la roca entre promontorios calcinados, donde según los mapas antiguos un río se deslizaba murmurando bajo la luna; pero para la mente inquieta del ...
En mi madurez, tras décadas estudiando lenguas muertas y civilizaciones arrasadas, comprendí que el saber es en sí mismo una forma de ruina. La Universidad de Arkham me había empapado del olor a bibliotecas húmedas y sílabas olvidadas, hasta q...
Las ciudades nacen y perecen. Pero hay lugares donde la muerte es más antigua que la vida; donde ni siquiera el viento osa rozar los polvorientos umbrales de lo inimaginable. Por azares de la carne y el cansancio, vine a parar a uno de esos sitios,...
Había cierto silencio mineral aquella noche en Dinas Maud, un antiguo pueblo perdido en las llanuras galesas. Era el silencio de la piedra, el eco de eras tan viejas que el recuerdo no alcanzaba, salvo quizás, por un parpadeo atávico en la mente ...
Era aquella noche idéntica en extensión obscura y silencio que tantas otras, fría y sin luna, la brisa trayendo ocasionales ráfagas de olor a tierra removida y vegetación enmohecida. Los trabajos de campaña arqueológica en ese paraje –el pÃ...
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Aún hoy, a más de treinta años del suceso, mi mano tiembla mientras escribo. La lámpara jade de mi escritorio, tan semejante en perversidad a lo que iluminó mi descenso, apenas exorciza las sombras que me asombran. La mayoría de quienes a...
He vivido siempre a la sombra de mis propias obsesiones. Durante años, entre los papiros disecados de la biblioteca de mi familia, creí haber visto la totalidad de lo que el hombre podría temer. Imágenes de bestias carnavalescas, de furias núbi...
Uno aprende a escuchar el silencio como quien aprende a caminar sobre hielo: despacio, sin confianza, temiendo siempre el crujido que preanuncia la caída. Para Sylvia Le Blanc, el mundo no sólo era demasiado ruidoso; era una melodía pulsante de gr...
En noches tapiadas de tormenta, cuando el trueno parece ser un antiguo lamento y la lluvia produce sonidos semejantes a antiguos murmullos, Horacio Mallard se encuentra en su despacho, obsesivamente revisando cartas y cuadernos polvorientos. Tras aÃ...
Era una noche como pocas recordaba Arkham, encajada entre las paredes empapadas de la primavera y el olor mohoso de los sótanos ocultos tras los cimientos de la historia local. Las primeras lluvias arremolinaban el fango en la ribera del Miskatonic...
A mis diecisiete años, jamás creí que las arenas de la costa sur de Arkham albergaran colores tan infieles a la razón ni que pudieran ser testigos de mi lenta condena. Había ido en busca de paz, deseo vano de quien huye de la decadencia de sus p Leer más...
Las aguas de Innsmouth susurraban bajo la luna menguante, y esa noche, la bruma que se ceñía al puerto era más espesa y acuática de lo habitual, cargada de un olor aceitoso y ancestral. El viejo puerto de la ciudad, con sus embarcaderos podridos Leer más...
En los años indescifrables en que las largas sombras caían sobre una Nueva Inglaterra jadeante, existía un hombre llamado Halsey Ward. Su oficio era anodino –profesor de lenguas muertas en la Universidad de Arkham–, aunque su vida interior dis Leer más...
Su nombre era Leland Sorrento y trabajaba como entropista en el Anillo Cuarenta-y-Nueve, una colección de satélites-hogar, laboratorios agrícolas y archivos históricos en la frontera de la Zona Periférica del Sistema HK-39. Había llegado allí Leer más...
Nunca he creído que el saber pueda ser demasiado peligroso; siempre me ha parecido que las sombras, cuando se enfrentan a la lumbre vacilante de la razón, no tendrían más remedio que retroceder. Pero aquel otoño perpetuo, con la grácil neblina Leer más...
La noche caía sobre Kingsport arrastrando densas lenguas de niebla marina, y desde mi ventana podía ver el reflejo esmerilado de la luna en el oleaje; pero yo, como siempre, leía. Mi tío, el doctor Samuel L. West, había fallecido hacía quince d Leer más...
Al principio, todo parecía una broma de mal gusto. Cuando el viejo Anastasios Vrellis llegó a mi estudio, desaliñado y con la mirada abrasada por el insomnio, pensé que se trataba de uno de esos excéntricos coleccionistas que frecuentan los merc Leer más...
Providence, Rhode Island.
16 de septiembre de 1927.
Estimado Dr. Harold Winslow:
Le ruego perdone mi súbita reanudación del contacto tras quince años de absoluto silencio; sin embargo, las circunstancias de mi actual vida me obligan a buscar c Leer más...