Portada del relato El último vestigio de Luz Oscura
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Fragmento:


No existe el despertar, sólo la sucesión de habitaciones concéntricas, cada una más inhóspita para la mente humana que la anterior. La conciencia de Samuel Herrick se abre en mil umbrales: recuerdos paralizados, melodías inversas, geometrías superpuestas. Repite un nombre, el suyo, pero escucha otras voces habitándolo. Sylvia, Jun—innumerables ecos de sí y de otros. Intenta sujetar la memoria del portal, del vórtice girando sobre sí mismo; fracasa. La colmena Mi-Go, ya imbricada enteramente en su nuevo ser, le transmite la indiferencia de lo eterno y la lógica impía del enjambre.

Duración: 09:27

Libro Luz Oscura en Yuggoth

El último vestigio de Luz Oscura
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Texto de ajuste de pausa.

Capítulo 6: El último vestigio de Luz Oscura

UNO.

No existe el despertar, sólo la sucesión de habitaciones concéntricas, cada una más inhóspita para la mente humana que la anterior. La conciencia de Samuel Herrick se abre en mil umbrales: recuerdos paralizados, melodías inversas, geometrías superpuestas. Repite un nombre, el suyo, pero escucha otras voces habitándolo. Sylvia, Jun—innumerables ecos de sí y de otros. Intenta sujetar la memoria del portal, del vórtice girando sobre sí mismo; fracasa. La colmena Mi-Go, ya imbricada enteramente en su nuevo ser, le transmite la indiferencia de lo eterno y la lógica impía del enjambre.

Escucha, entre flashes de lucidez asfixiante, la letanía coral: “La puerta aguarda. La memoria elige.”

Sylvia le acompaña, flotando a su lado como sombra rojinegra en la penumbra mental. No hay cuerpos. No hay frontera de piel ni de pensamiento. La Biblioteca de la Mirada Infinita titila en el fondo de su percepción, y la Calarina de Cristal vibra como una nota inicial que nunca acaba. Herrick advierte que habita una disyuntiva sin testigos: sellar el Portal y condenar toda conciencia, o abrirlo y entregarse al diluvio incognoscible.

En las primeras claridades del capítulo, se despliega una escena compuesta de infinitas perspectivas: Herrick, sostenido por filamentos de pensamientos coralizados, avanza hacia una cámara interior, donde el Portal reluce como vértice y sumidero de realidades. La esfera gira, proyectora de alternativas y futuros alternos, imágenes solapadas de humanidad hundiéndose ante la invasión coral, u olvidando todo vestigio para preservar lo poco que resiste en el abismo de la individualidad.

DOS.

La determinación, lejos de ser acto consciente, emerge como una marea irresistible. El enjambre le muestra a Herrick historias alternantes: en la primera, la Tierra se ve cubierta por tormentas mentales, mentes humanas despojadas de ego, danzando frenéticas al compás del recuerdo de los Mi-Go; en otra, sólo queda Yuggoth y su Polo Negro, feto estelar de conocimiento atrofiado, donde la memoria se apaga en la penumbra y sólo la duda permanece activa, crispante y eterna.

Herrick y Sylvia se enlazan en el borde de la decisión. Sus pensamientos se entrelazan, polinizando recuerdos: ella le inyecta símbolos, la melodía coral que extrae de la Calarina; él le regala trozos de infancia, mapas de la vieja Arkham y la soledad insomne de quien siempre sospechó que la realidad era una rendija en la que filtrarse y caer. Ambos comprenden que la elección verdadera —si es que existe— no será explícita: sólo la sumersión en la región liminal, entre lo coral y lo individual, donde el acto deviene oleaje. De pronto, la figura de Jun Fukuda, constelada de cicatrices mnemónicas y glifos palpitantes, emerge en un revés de la conciencia, un eco que susurra de salidas imposibles, de fomentar el error y la rebeldía allí donde el sistema Mi-Go busca la estabilidad perfecta.

TRES.

La cámara del Portal adquiere forma: una esfera translúcida, poblada de bibliotecas flotantes, runas migrantes y arpegios luminosos. Los Mi-Go, manifestándose en duplicidad de presencia física y mental, rodean la escena, expectantes aunque sin juicio, reconocen en Herrick una anomalía preciosa: la última chispa, el vestigio incómodo, del caos necesario para la expansión coral. Le susurran sin voz:

—La anomalía es semilla. Decide o serás decidido.

Impulsado por la presión coral, Herrick se aproxima al vórtice. Su cuerpo —las sensaciones de cuerpo, más bien— vacila entre la vibración de sus recuerdos y el zumbido de la simbiosis. Nota con pavor la transparencia creciente de su identidad; cada pensamiento peculiar, cada emoción verdaderamente humana, es revisada, tomada en préstamo, reproducida y almacenada en los pliegues del enjambre. Sylvia, anclada a su costado, canaliza el pulso de la Calarina, los ecos de la rebelión fallida, los errores como senderos potenciales.

El ritual se reanuda, nunca del todo comenzado, nunca del todo terminado. La esfera del Portal concentra el flujo de la Memoria Fragmentada. Herrick percibe rostros fundiéndose, siglos cruzándose y fragmentos de historia lanzados al centro con desesperación. Jun Fukuda, sombra de ingeniera mental, filtra un impulso a través del entramado coral: modular la frecuencia de la esfera, sabotear el patrón Mi-Go, insertar un pulso de duda lo suficientemente fuerte para romper —aunque sea por un instante— la linealidad de la historia condenada por la colmena.

CUATRO.

No existe duración convencional. Herrick experimenta cada instante como bifurcación: en una, percibe el sacrificio absoluto —la puerta, sellada, encierra para siempre tanto el horror como los rescoldos de la humanidad, sumiendo su ser en la vigilia cristalina del Polo Negro, eternamente anverso y reverso de sí mismo. En otra, accede la invasión coral: ve a la Tierra, sus ciudades arrasadas por la integración definitiva, océanos de entes fungalizados hibridadas con recuerdos humanos. Siente la tentación del olvido, la embriaguez del fin del dolor.

En medio de esa vorágine, un último giro: la rebelión no reside en la acción exclusiva de Herrick ni de Sylvia, sino en el impulso irreductible de la duda. Recordando la serie de glifos descubiertos en el capítulo anterior, fusionan los patrones cristalinos y las sintaxis fungales en una única melodía: un canto naciente, fracturado, que resuena en la cámara y atraviesa tanto a los Mi-Go como a las conciencias captiveadas adyacentes. El canto altera la estructura de la esfera-portal: fragmentos de realidad titilan, líneas temporales se sobreescriben y, durante un imposible instante, todas las historias alternas se reflejan en la membrana externa.

Sylvia le susurra, con todas las voces que fue y que será:

—El olvido es elección; la memoria, condena. Pero guardar una chispa de error es lo único que arruina la eternidad coral.

CINCO.

El clímax es simultáneo para todos: la decisión que no puede enunciarse. La esfera gira, absorbe y refleja. Herrick, reducido a pura potencialidad, formula algo más parecido a un deseo que a una acción: preservar la paradoja, escindir la luz oscura en mil destellos que nunca permitan a la colmena absorber del todo la anomalía de lo humano. Sylvia, sabedora de que cada interpretación será tamizada por el portal, transfiere la consigna invertida: que nunca pueda saberse —ni por ellos, ni por los Mi-Go, ni por quienes vengan después— cuál fue la elección final, si la puerta es abertura o encierro.

La cámara colapsa. Un último estallido de visiones: Yuggoth, rotando en la penumbra; la Tierra, ajena y cercana, proyectada sobre la membrana del vórtice; los sobrevivientes de civilizaciones extintas, exhalando una nota vibrante en la orquesta coral de la colmena. Herrick se disuelve en la luz oscura, se multiplica tanto como se anula, y en el eco posterior sólo subsiste una advertencia —no una epifanía, sino un temblor de incertidumbre perpetua.

SEIS.

El último registro queda en la bitácora, ni manuscrita ni hablada, sino fragmentada en miles de canales mentales. Las palabras resbalan fuera de la codificación común:

“La decisión se bifurca, se repliega. Hay luz en la oscuridad, pero la luz oscura nunca es simple esperanza: es la persistencia del error, la chispa de negación que mantiene viva la frontera. Adentro o afuera, la puerta no se cierra ni se abre del todo. Es posible que la serie coral se haya expandido hacia la Tierra cuando dejé de recordar mi nombre, o quizás permanezco aquí, ancla de esta vigilia interminable en el fondo de Yuggoth. Si alguien sobrevive, su primer deber será dudar de todo testimonio, especialmente de este.”

La última visión es la del Polo Negro reviviendo en el horizonte: las torres cristalinas vibrando en patrones que ya no corresponden a glifos conocidos; los obeliscos ahumados lanzando pulsos de luz negra a través del abismo del sistema solar. Allá, en la orilla de toda locura y de toda revelación, la luz oscura parpadea, cifra y descifra. Es advertencia y promesa; es ruina y génesis. Herrick, Sylvia y todo lo que fue humano titilan en superposición, guardianes voluntarios o prisioneros inconscientes del umbral que nunca se resuelve.

Y en el fondo, por siempre, la última memoria: la rotación de una decisión ambigua, réplica eterna de sí misma, la chispa de duda que ni los dioses de Yuggoth, ni los Mi-Go, ni los autores o lectores, podrán disipar jamás.

SIETE.

No hay conclusión, sino disolución en el ciclo. La última frase resuena en todos los canales, advirtiendo y celebrando a la vez:

—En la luz oscura, todo vestigio es pregunta. Y ninguna respuesta es suficiente.

Mientras las voces de la colmena se apagan en la infinita noche plutoniana, y la bitácora se apaga, sólo la sensación de haber sido frontera e incertidumbre queda vibrando —un último vestigio que llama, sin llamar, a la eternidad.

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