Portada del relato No abras esa carta
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Fragmento:


Ansioso y algo mortificado por mi reacción anterior —pues los nervios me estaban traicionando—, abrí el sobre, esperando encontrar más tonterías. Adentro sólo dos frases, cada palabra como un clavo oxidado:

Duración: 07:28

No abras esa carta
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Mi querido viejo amigo,

Permíteme la torpeza de mi caligrafía; los dedos tiemblan al apretar la pluma, sea por el frío o por el presagio de lo que narro. He recurrido a escribirte porque eres el único hombre cuya sensatez he respetado siempre, y porque estas palabras, temo, son mi único salvavidas ante la locura que acecha tras cada sombra de mi estudio.

Si alguna vez albergaste alguna simpatía por este amigo caído en desgracia, escúchame ahora: lee hasta el final, aunque tus instintos te pidan abandonar estas páginas. Te escribiré tanto como la vela lo permita, pues presiento que al apagarse, no me quedará cosa viva –o cuerda– en este cuarto.

Comenzó hace un mes, la noche del solsticio de invierno, cuando la soledad y la distancia de la ciudad realzaban cada crujido de la madera bajo mis botas. Recibí un sobre grande, sin remitente, su sello inquietantemente viejo, como de cera cuarteada. Lo encontré en el alféizar de la ventana, como si hubiese sido dejado por manos que preferían evitar el umbral. El papel era áspero, amarillo, desprendía ese olor a polvo rancio que sólo poseen los objetos que han permanecido demasiado tiempo ocultos.

Dentro, sólo una carta: "No abras la próxima carta. Si lo haces, algo tuyo no volverá". Esa línea. Ni fecha, ni firma, ni ciudad. Sólo esa admonición en una letra larga y nerviosa, como escrita con prisa bajo una amenaza inminente. Es natural, supongo, que la desestimara. Vivimos rodeados de bromistas y supersticiones. Tomé ese papel y lo arrojé a la chimenea, mirándolo arder hasta quedar en cenizas, y me obligué a sonreír a la sombra trémula que proyectaba la lumbre.

Esa fue la última noche en que dormí sin sobresaltos.

**

Tres días después, una segunda carta llegó, ésta a través del cartero, que juró no haber visto a nadie acercarse a mi puerta —y, sin embargo, ahí estaba, el sobre tan pálido como una mortaja, con mi nombre completo y su dirección correcta, y ninguna pista del remitente.

En el reverso, sólo una "M" temblorosa.

Ansioso y algo mortificado por mi reacción anterior —pues los nervios me estaban traicionando—, abrí el sobre, esperando encontrar más tonterías. Adentro sólo dos frases, cada palabra como un clavo oxidado:

"Te advertí. La próxima carta será tuya. Cuando la recibas, no la abras. Por lo que más quieras en este mundo. No la abras".

No soy un hombre dado a sobresaltos. Pero esa noche, la neblina que ascendía fuera de mi ventana tomó formas que creía imposibles: afiladas y expectantes, como dedos que rascaban el cristal, esperando mi respuesta. La vieja casona parecía más húmeda que nunca, los muros sudaban gotas y el frío se escurría como una serpiente por cada rendija.

**

Perdóname si esta confesión parece caótica, pero preciso relatar cada detalle, aunque mi cordura tiemble al hacerlo, pues, conforme avanza la noche, más me acosa la certeza de que algo se desgarra en los límites de lo real.

Empecé a notar cosas extrañas. Papeles que se movían de lugar, mensajes a lápiz en los márgenes de mis libros: “No la abras.” El reloj de la torre, que veía desde mi escritorio, comenzó a andar hacia atrás una hora cada amanecer, y los espejos de mi casa me devolvían una imagen que tardaba un segundo más de lo natural en moverse cuando yo lo hacía.

Una noche, a la semana exacta de la segunda carta, el cartero llegó tarde, jadeando, pálido, con la mirada perdida. Extendió un sobre aún más amarillento, el papel casi deshaciéndose, y la cera de un rojo apagado. Respondí a su saludo, pero se alejó tropezando antes de que pudiera devolverle una palabra. En el sobre sólo mi nombre, en tinta tan pálida que casi no se discernía.

No lo abrí. No podía. Lo dejé junto a la entrada, sintiendo que la gravedad de su presencia impregnaba la casa. Desde esa noche, los sueños se volvieron una extensión de la pesadilla: veía sombras que arrastraban cadenas de cartas, voces de gentes sin rostro que susurraban: “No la abras. No la abras”.

**

En esos días, la realidad se volvió más tenue, como un telón de teatro a punto de descorrerse, revelando una escena vedada a los hombres. Empecé a oír susurros detrás de las puertas cerradas, a percibir un cántico sordo que surgía desde el suelo de madera, bajo mis pies. A veces encontraba pequeñas cenizas donde no debían estar: en la palma de mi mano, en la almohada, incluso dentro de mi taza de té.

Decidí guardar ese sobre en el antiguo escritorio de mi tío, el que tenía cerradura; no quería verlo, no quería sentirlo cerca. Pero cada mañana la carta aparecía en sitios distintos: sobre mi pecho al despertar, sobresaliendo del pan recién cortado, en el umbral de la puerta del baño, como si estuviera siendo movida meticulosamente por una presencia impaciente.

Desesperado, fui al pueblo, a preguntar a un anciano sabio en cosas antiguas, el librero MacCarthy. Él me escuchó, entornando la mirada, y sólo me preguntó: “¿Sientes como si algo ya te hubiera robado el sosiego?” Asentí, y luego él musitó: “Hay cartas cuyo destinatario está escrito con sangre en sitios donde la tinta jamás llega.” Tomó mi brazo y me hizo jurar que no la abriría. No supe qué responder.

**

La carta empezó a oler cada vez más fuerte: a tierra húmeda, a madera quemada, a moho, a pelusa de ataúd. Empecé a temer las noches, pues en sueños, una figura encorvada se sentaba a mis pies, repitiendo una sola palabra: “Ábrela”.

El aislamiento me hirió más de lo que creí posible. Dejé de recibir correo alguna vez más, excepto por ese sobre repitiéndose, multiplicándose en mi imaginación. Al séptimo día, la carta tuvo compañía: en la mesa de la cocina, otra carta, igual de antigua, pero esta con tu nombre, mi querido amigo, y tu dirección.

No pude resistir. La abrí yo mismo, y dentro... sólo estaba mi propia letra: "Ahora entiendes. Solo somos cartas escribiéndose a sí mismas, esperando no ser leídas".

Lleno de horror, miré el sobre. El tuyo no lo había enviado nadie. No había sellos, ni marcas de recorrido postal. Entonces supe… no podía haber otra explicación: alguien, o algo, utiliza nuestras vidas para contarse a sí mismo sus horrores, y cada carta abierta nos ata un poco más a su negrura.

**

Sigo aquí, escribiéndote bajo la débil luz de una vela que parpadea. No sé cuánto tiempo me queda antes de que la carta venga a buscarme en persona, porque esta noche la oí rasgarse a sí misma dentro del cajón, como si unos dientes invisibles la estuvieran liberando.

Al acabar estas líneas, solo te pido una cosa: cuando recibas el sobre —porque lo recibirás, estoy seguro—, no lo abras. Hazle caso, aunque la curiosidad te desgarre. ¡No abras esa carta! Quemarla no bastará, esconderla menos. Hay mensajes que están escritos en el reverso de nuestra piel, y abrirlos nos despoja de una fracción de nuestra alma, hasta que nada queda para cerrar los ojos.

Me despido, temiendo que al terminar este párrafo deje de ser yo. Que la presencia tras la carta cruce el umbral y, finalmente, me escriba en sus páginas.

Por última vez, con el temblor de quien sabe que ya no será,

S.

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