Portada del relato La casa tras los sauces
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Fragmento:


“Dicen que perteneció a los discípulos de Tru’nembra —pronunció el nombre, no sin vacilación—, uno de los más antiguos y peligrosos.” Intenté desviar mi atención, pero el cuadro parecía ceñirse a mi percepción, entretejiendo su sed contra mi voluntad.

Duración: 09:53

La casa tras los sauces
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Texto de ajuste de pausa.

Mi buen amigo Jonathan,

Espero que esta carta te encuentre en posesión de mente lúcida y en el refugio seguro de tu estudio, lejos de las sombras cambiantes que, desde hace un tiempo, parecen abrazar mi cuerpo y espíritu. Me resulta difícil poner en palabras lo que me ha ocurrido en estos últimos días, como si mi mente rehusara ceder al pánico, obligándose a vestir de racionalidad lo que sólo puede ser descrito como una gradual disolución de todo aquello que llamamos razonable o seguro.

Recibí la invitación del Dr. Harlow hace apenas una semana. Sabes cuánto anhelo las rarezas y secretos ancestrales, por lo que comprenderás lo vivo de mi emoción al leer aquellas breves líneas en su caligrafía enmohecida, invitándome a examinar, en lo íntimo de su mansión, una nueva pieza adquirida para su colección. Aunque no lo mencionaba abiertamente, sus palabras sugerían algo más: cierta premura, un velo tras el cual se adivinaba la congoja de un hombre que ha visto demasiado.

La mansión Forrester se alza a las afueras de Arkham, a orillas de un río adormilado, justo donde los sauces, exuberantes y de follaje mórbido, bordan de sombras el camino al atardecer. Al llegar, fui recibido por el propio Harlow, demacrado y encorvado, pero aún poseedor de esa altivez académica que lo distingue. Me condujo salones adentro, y no pude evitar observar cómo sus ojos se desperezaban, alerta a cada rincón, como si en cualquier momento fuese a brotar de las paredes alguna amenaza innombrable.

Su biblioteca, la joya de la casa, había cambiado: la polvorienta colección de grimorios había sido desplazada para hacerle sitio a una extraña pintura, apenas más grande que una puerta, cubierta por un paño de terciopelo negro. “He soñado con ella antes de encontrarla, Michael”, musitó Harlow, su voz temblorosa. Con un ademán casi sacrosanto, retiró la tela y dejó la obra al descubierto. No era un óleo al uso, sino algo más: un mandala de obsesiva complejidad, trabajado en pigmentos terrosos y resinas que brillaban con la inquietante humedad del ciénago. Su centro parecía absorber la luz, hipnotizándome con un vértigo interior, y lo que vi allí, sólo alcanzaría a definirlo como un ojo, o, más exactamente, una consciencia abisal, apenas velada tras la superficie.

“Dicen que perteneció a los discípulos de Tru’nembra —pronunció el nombre, no sin vacilación—, uno de los más antiguos y peligrosos.” Intenté desviar mi atención, pero el cuadro parecía ceñirse a mi percepción, entretejiendo su sed contra mi voluntad.

“¿No notas ese… murmullo?” inquirió. “Desde que traje este objeto, la casa no duerme, y yo tampoco. Hay voces en la noche, Michael. Frases balbuceadas en una lengua imposible. Quizás sólo estoy cansado. O quizás me he asomado a una rendija que jamás debí abrir”.

Aquella noche acepté su hospitalidad. Me asignó la habitación del torreón, y aunque intenté distraerme, no pude evitar sentirme acosado por una atenta vigilancia. El viento, al pasar por los sauces, traía no solo el susurro de las hojas, sino lamentos mucho más profundos, ecos de algo que aguardaba despertar. Dormité a intervalos, acosado por sueños de horror: una asamblea de figuras envueltas en sudarios, círculo tras círculo, danzando alrededor de una losa que vibraba con un fulgor opalino. Alguien —o algo— entonaba un canto áspero, imposible de reproducir más allá de la pesadilla.

Desperté, bañado en sudor. Una fuerza irresistible me impulsó a bajar las escaleras, dirigirme donde el cuadro permanecía oculto en la biblioteca. Allí los murmullos eran reales, se deslizaban con la textura de un liquen, húmedos, oscuros, llenando el aire de promesas imposibles de descifrar. La obra parecía haberse desplazado; juraría que la dimensión del ojo había crecido, que su negrura palpitaba; era menos pintura y más umbral. Fui incapaz de acercarme más. Di media vuelta y me atrincheré en mi habitación hasta que la luz devolvió algo de cordura al mundo exterior.

A la mañana siguiente, encontré a Harlow hecho un escombro de hombre. Insistió, pese a todo, en mostrarme unos manuscritos que había encontrado tras el lienzo. Eran cartas, con membrete de la Universidad de Miskatonic, fechadas en 1877, y firmadas por un tal P. Cartwright. Detallaban una expedición a una aldea perdida en la Siberia profunda, Morozova, cuyos habitantes practicaban un culto “a la sombra madre que reside entre el pulso del tiempo y la cáscara de los sueños”. Las descripciones hacían referencia a sacrificios de sangre bajo lunas negras y a un cerco de pinturas, cada una custodiando un fragmento del verdadero rostro de Tru’nembra, El Que Reteje las Noches.

El propio Cartwright, en su última carta —la más desquiciada y manchada de todas—, confesaba: “la pintura mira atrás, te sueña cuando crees soñarla; su superficie es sólo el envoltorio de una presa infinita, donde cada pincelada oculta un centinela que aguarda el desgarro de la tela”. Harlow, con un gesto desesperado, me imploró que lo ayudase a destruir el cuadro. Pero algo en mi interior comenzaba a resistirse: la mera idea de la destrucción era dolorosa, como si una porción de mi alma ya hubiese sido incrustada en el vórtice central del mandala, girando allí sin poder ser arrancada.

Aquella noche ya no intenté dormir. Deambulé por la casa, atisbando los filos de las sombras. Descubrí a Harlow postrado ante el cuadro, sus labios moviéndose en un balbuceo inaudible, un hilillo de baba resbalando por la comisura de su boca. Me miró y dijo: “Michael, ella mendiga sueños. Si la miras, saborea tu miedo, y si insistes, será dentro de ti donde termine colgando”. Sus ojos sangraban. Juro que aquello no era herida: era una sustancia viscosa, negra como la tinta sepulcral. Me aparté horrorizado, huyendo del lugar, pero la casa entera se estiraba, los corredores prolongándose antinaturalmente, las estancias doblándose unas sobre otras.

Logré encerrar a Harlow en su estudio y, presa de terror, regresé a la torre. Afuera, los sauces ya no se mecían: sus ramas arañaban los muros como dedos hambrientos y el cielo parecía haber retrocedido, convirtiéndose en un sudario informe, surcado de cicatrices grises. Oí gritos ahogados, prolongados más allá de cualquier garganta humana, y supe —por un instinto primigenio— que no estaban confinados a la casa, sino que trepaban por la columna de la noche, dispersándose por la ciudad entera.

Los días siguientes, Jonathan, me convertí en testigo y prisionero de un drama cuyo guion me resultaba cada vez menos comprensible. La realidad, en los linderos de la mansión, se disolvía: los relojes no coincidían jamás en la hora; mis propios movimientos dejaban una estela borrosa, como si mi cuerpo titilase a diferentes niveles del mismo instante. Harlow desapareció por completo. Pasé horas aporreando la puerta de la biblioteca, escuchando susurros que no eran los suyos, sino los del cuadro, elado en el centro del silencio, y de algo más, reptante, que transitaba a su alrededor.

Cometí el error, lo admito, de asomarme otra vez al lienzo. Esta vez, el ojo me invitó, no ya a observar, sino a fundirme; a ser arrastrado por su corriente, a dejarme nutrir del hambre de Tru’nembra. La pintura se tornaba cada vez menos material y más perspectiva; vi entonces lo que sospecho que era la verdad: un océano, constelado de luces apagadas, donde dioses sin rostro arrastraban sus lomos duros, reptando juntos en un mismo éxtasis de disolución. Tru’nembra era allí la madre del insomnio, la herida primordial. Comprendí que cada uno de nosotros es sólo materia de ensueño para Ella. Fuí consciente, por un segundo, del diluvio de mentes humanas arrastradas dentro, inmortalizadas en fragmentos de la obra: cientos, quizás millones de almas, retorcidas en el espiral del olvido.

Me arranqué de ese trance, empapado en lágrimas; sangraba por la nariz, y mi visión era una maraña de filamentos. Con cada noche, las sombras de los sauces se acentuaban. Los espejos —he dejado de mirarlos— devuelven rostros que no reconozco. Si salgo a caminar, caras conocidas me rehuyen, y, cuando trato de hablar, sólo consigo exhalar ecos de palabras que no inventé.

Te escribo esto entre intervalos de lucidez que asumo pronto serán reemplazados por el desvarío. He intentado incendiar la biblioteca, pero el fuego no prende en la estancia del cuadro; la humedad, o acaso algo más profundo, apaga cualquier llama en contacto con la tela. Ahora entiendo lo que decía Cartwright: “El umbral no es el cuadro, sino la mirada”. Cada vez que alguien lo contempla, es ese alguien quien bifurca el sendero, quien arrastra a su realidad la semilla de Tru’nembra. Sé que, de manera inevitable, acabaré siendo parte del mandala, una pincelada más, un suspiro dentro de una pesadilla interminable.

Desconfía del cuadro, Jonathan. Si algo llegara a ocurrirme y esta carta llega a tus manos, haz lo que sea para evitar que la pintura sea vista, compartida o expuesta. Si el cuadro desaparece de la mansión Forrester, sabrás que fui consumido o que logré destruirlo, aunque esto último temo cada vez más improbable. He sentido la presencia de Ella en mis sueños: no hay refugio, sólo demoradas repeticiones de su nombre, tan antiguo, tan vasto.

Recuerda lo que aprendimos en la juventud: algunos misterios, Jonathan, están vivos y muerden cuando los miramos demasiado de cerca. Guárdate bien de la sombra entre las cosas, y si alguna vez crees ver en un reflejo un ojo demasiado profundo, aléjate —y olvida.

Tu amigo,

Michael Eddington

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