Portada del relato Los Abismos de Inquilinato
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Fragmento:


La puerta al sótano cedió con un gemido de escarcha arrancada a la piedra y me vi envuelto en una oscuridad viscosa, todo el haz de mi linterna abortado por nieblas de impureza mineral. Descendí cada peldaño como si mi voluntad menguara con ellos, hasta que mis zapatos chapotearon en una charca helada. El eco amplificaba el temblor de mi respiración. El sótano era amplio, perdido en sombras, y de sus paredes llovizna un sudor constante que nutría charcos inquietos. Pero lo que me llevó a arrodillarme y examinar el piso fue una grieta amplia, una ranura desquiciada por donde la linterna iluminó algo imposible.

Duración: 09:23

Los Abismos de Inquilinato
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Texto de ajuste de pausa.

A menudo he sido acusado por mis colegas de tentar en exceso los infiernos líquidos de la imaginación y por ello me veo en la obligación de advertir que lo que sigue, extraído con terribles reservas del goteante costado de mi memoria, no es leyenda ni fábula infantil, sino la exposición fría y progresiva de un suceso que, aun hoy, amenaza con rebasar el frasco sellado de mi cordura. Si hablo, lo hago por egoísmo, en la incierta esperanza de que la transcripción del horror alivie de algún modo su peso estancado en mi pecho. Lo que vi, sentí y supe –lo que aún presiento– está allí, esperando con paciencia abisal en los oscuros repliegues del mundo, bajo la película engañosa de lo que llamamos civilización.

Fue hace dos veranos, durante mi retiro en Innsmouth, ese hálito apagado de villa costera, donde las piedras exhalan sal desde la raíz y los cangrejos rehúyen la sombra de los acantilados como si temiesen algo más audaz que ellos. Iba yo, entonces, con el ánimo que sólo concede el desarraigo voluntario: un viajero de libros y cuadernos, deseoso de convertir impresiones en ensayos, tal vez en relatos. Innsmouth se me presentó, en sus primeros días, como una reliquia húmeda, condenada y arrogante, rehuyendo el olvido a fuerza de ocres lupanares y el silencio mugriento de sus habitantes. Pero mi maldición nunca se halla en lo superficial.

La posada donde hube de establecerme era el “Viejo Mártir”, nombre que hoy repudio incluso recordar, atendida por un hombre pequeño, enjuto hasta la transparencia, de labios arrugados y ojos peregrinos como los de algún soldado perdido tras muchas derrotas. Se llamaba Abel Marsh y hablaba poco; su rara hospitalidad consistía en servir a sus huéspedes una cena de pescado tibio a la que acompañaba, invariablemente, una jarra de cerveza local, tan amarga como el mar tras una tempestad. Era sabido –o se susurraba con sorna por los parroquianos más avezados– que el “Viejo Mártir” conservaba en sus cimientos antiguos túneles forjados por contrabandistas o cultistas de siglos pasados, y que en las noches sin luna podía oírse un leve chapoteo en las piedras húmedas del sótano.

En la tercera noche de mi estancia, acompañado solo del zumbido persistente de un farol de aceite y el arrullo insomne de mis pensamientos, observé que las losas de mi habitación parecían, a ratos, palpitar bajo la humedad nocturna. El sonido era sutil, como el eco distante de burbujas ascendiendo a la superficie, interrumpido apenas por una suerte de arrastramiento viscoso que helaba la médula de mis huesos. Supuse que mi fatiga reconstituía antiguos temores de la infancia. Sin embargo, la curiosidad pudo más que el recelo y decidí investigar el origen de aquellos rumores de agua viva.

Vestí una camisa liviana, anudé mis zapatos y, blandiendo la linterna como único talismán, descendí con sigilo la crujiente escalera hasta el vestíbulo. Marsh dormitaba, inclinado sobre el mostrador, un hilo de saliva mojando la libreta de cuentas. Aprovechando su sopor, crucé hacia la puerta trasera y penetré en el corredor que conducía a los sótanos. Era un lugar mil veces más antiguo que la vida misma de la posada, donde el aire olía a roca corroída, esporas y ese indefinible aroma marino que no pertenece al mar superficial sino a sus abismos.

La puerta al sótano cedió con un gemido de escarcha arrancada a la piedra y me vi envuelto en una oscuridad viscosa, todo el haz de mi linterna abortado por nieblas de impureza mineral. Descendí cada peldaño como si mi voluntad menguara con ellos, hasta que mis zapatos chapotearon en una charca helada. El eco amplificaba el temblor de mi respiración. El sótano era amplio, perdido en sombras, y de sus paredes llovizna un sudor constante que nutría charcos inquietos. Pero lo que me llevó a arrodillarme y examinar el piso fue una grieta amplia, una ranura desquiciada por donde la linterna iluminó algo imposible.

En ese breve instante, vislumbré un ojo. Un ojo de iris diluido y párpado traslúcido, mirando desde la negritud líquida del subsuelo. Parpadeó con lentitud antediluviana y, horrorizado, retrocedí, por poco resbalo en el escurridizo moho. La mirada de aquella criatura –si acaso era criatura– carecía de hostilidad; era un mirar yacente, paciente y remoto, de una inteligencia distinta a la nuestra, mantenida en animación larguísima bajo la costra del mundo, prisionera quizá de otras edades, otros pactos.

Cuando salí de ese sótano, el aliento de la noche ya era ácido, y la silueta de Marsh se irguió exangüe contra la pared. Nada dijo, tampoco yo, pero sus ojos mutaron en dos charcos de un mito prohibido y sentí que, por fin, la historia comenzaba a sustituirme a mí por otro narrador más tembloroso. Fingí dormir, pero el sueño es enemigo del que conoce.

Aquella misma noche, los ruidos se tradujeron en palabras. Voces ululantes, casi cantadas, se colaron entre los tablones de mi habitación. “Tekeli-li, tekeli-li”, decían, o quizás interpreté susurros ancestrales según mis miedos. A la mañana siguiente, el mar estaba gris y agitado, y los pocos habitantes del pueblo permanecían escondidos, los niños ausentes, las ventanas selladas. Caminé la playa y hallé huellas que sólo un ciego o un necio llamaría humanas: dedos palmeados, el talón extendido en una curvatura irregular como la de las focas o ciertos peces.

Tenía mis reservas; todavía la mente, con su apego a lo ordinario, insistía en aferrarse al escepticismo. Así transcurrí el día, dudando si partir, si confiarle a Marsh mi hallazgo o perderme en el bullicio de Arkham. Pero la tarde trajo nubarrones pesados, y con ellos, rumores lejanos de tambores sordos, pulsando bajo la piel del mar. En una taberna, dos pescadores murmuraban, cambiando miradas cargadas de resignación:

–Esta será una noche larga –dijo uno, de rostro carcomido–. Ya reclaman sus ofrendas.

Esa frase, escapada sin querer, prendió en mi ánimo una mecha inevitable. Volví a la posada y, buscando distraerme, fingí escribir a la luz de la lámpara, pero los minutos chuparon mi valor junto con el crepúsculo. Hacia medianoche, los sonidos emergieron del suelo como un coro enfermo de la tierra: un arrullo de gules, un sonido graso, arrastrado, interrumpido por borbotones de agua y un hedor irrespirable de bodega invadida por algo sin cuerpo fijo. Apagué la lámpara y me aposté junto a la entrada de la escalera, linterna de nuevo en mano.

Esperé largo, gélidamente, hasta que oí el crujir de la puerta del sótano y el rezumar de algo que no era hombre ni animal. Bajé de puntillas, dominado por el delirio de la verdad fatal o la muerte instantánea. El sótano era un reino de penumbra infectada, y desde la grieta, más profunda ahora, asomaba un peñasco cubierto de algas fosforescentes y una membrana palpitando en el aire; luego, un brazo asquerosamente largo, dotado de tres dedos palmeados, se extendió hacia la pared, tanteando, sondeando, respirando. Un lamento, como el silbido de una caracola antigua, inundó el espacio y me vi pegado a la pared, paralizado.

Entonces, surgió. La criatura era amorfa, una amalgama de anfibio y simio, recubierta de escamas centelleantes de limo, sin boca visible pero respirando a través de agallas que vibraban hipnóticamente. Su cabeza era un cono desplomado, coronado de filamentos y antenas y, donde deberían danzar pensamientos, sólo flotaba una insondable espera. Extinguió su mirada en mi linterna y, por respuestas que nunca debí buscar, sentí que su mente buscaba invadir la mía. Imágenes de ciudades sumergidas, columnas ciclópeas, danzas obscenas bajo estrellas muertas se impusieron en mi cráneo; y flotaban también, como medusas, las promesas de un futuro donde estas criaturas retomarían las playas, de donde fueron expulsadas sólo temporalmente por humanos codiciosos y crueles.

Cuando el frío del vértigo me venció, estaba en el suelo. Las horas se sucedieron sin sentido. Amanecí en mi cama, bañado en sudor y con una fiebre tenaz abrasando mi lengua. Marsh me sirvió agua y, por primera vez, esbozó una media sonrisa. En sus labios temblaba el secreto de todos los nacidos en Innsmouth. No pregunté nada y él tampoco.

Han pasado dos años. Jamás supe bien si aquella visión fue real o fruto de un estado hipnagógico causado por el moho, la humedad y la soledad. Pero ahora, en las noches más oscuras, oigo bajo el suelo de mi nueva casa en Arkham los mismos chapoteos, la misma cadencia sorda, idéntica a la que reinaba en el pozo de los profundos abismos marinos. Y entonces me estremezco, porque sé que no soy sino huésped accidental en este mundo que ellos habitan desde antes de nuestra memoria, y que pronto saldrán, arrastrando con ellos todo vestigio de cordura.

Tal vez, mientras escribo estas palabras, una de esas criaturas ascienda los peldaños de mi sótano con su letal paciencia. Mas no me importa: hace tiempo que la razón quedó sepultada bajo el limo y las algas de la certidumbre. Si alguien halla este relato, huya tierra adentro y nunca vuelva a mirar una sombra moviéndose en el fondo de una grieta. Porque allí, esperando, están los Profundos… soñando, despiertos, sintiendo y, cuando menos lo espere, regresando.

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