Fragmento:
Durante mi segunda jornada, resolví desafiar las advertencias y ascender a la dichosa colina. Los lugareños apenas disfrazaban su desaprobación; algunos niños, con rostros tan pálidos como el mimbre y ojos de irisación púrpura, se ocultaban tras portales mientras pasaba. El sendero a la colina, más un rastro de fragmentos azulados que un camino definido, se abría como una lengua fría entre la vegetación. Cuando alcancé la cima, lo que vi desató mi atracción y mi repulsión irracional.
Duración: 08:11
Mi querido Jonathan,
La tinta se desliza temblorosa mientras narro la inusitada secuencia de horrores que me ha acontecido desde mi llegada a este pueblito ignoto, encaramado sobre la ladera azulada de alguna geografía que los mapas comunes rehúyen nombrar. Prometí escribirte sobre mis progresos con el estudio de la arquitectura onírica, pero los motivos de esta misiva trascenderán, temo, cualquier excentricidad académica y borrarán la seguridad de los límites entre lo soñado y lo real.
Llegué a Louthmere tras un viaje insomne, guiado por recurrentes fragmentos de sueños cuya insistencia sólo hacían eco de nombres que hasta entonces no había escuchado: Vhalarion, el azul del lapislázuli, el lago de aguas iridiscentes con brumas de violeta. La carta de un tal Doctor Althaus —y tú recordarás la excéntrica colección de cartas que exhuman archivos universitarios olvidados— me sirvió de precario pasaporte. Él insistía en que visitara el pueblo antes del ecuador del mes, pues un fenómeno solo visible entonces tenía el poder de clarificar "el peso y la porosidad de la realidad."
No te miento, Jonathan, cuando afirmo que todo allí rezumaba el aroma de los sueños, sueños lúcidos de belleza quebradiza y, por momentos, retorcidas sugestiones de amenaza. El sol parecía velado constantemente por nieblas azulinas y, tanto el musgo en los cipreses como la piedra cuarteada de los caminos, exhibían reflejos fantasmales, irisaciones que no sabría reproducir con el pincel ni la pluma. Pronto, la arquitectura misma me sobresaltó: estrechas mansiones de guijarros, torres puntiagudas cubiertas de vidrios morados, y puentes de cristal, demasiado frágiles para soportar peso humano... excepto que los aldeanos cruzan sobre ellos como si ejercieran una presión casi nula sobre el suelo.
Me alojé en la posada de la familia Malvine, cuya hospitalidad, aunque cortés, era vigilante, y cuyas preguntas eran escasas y cuidadosamente modeladas para ocultar una secreta inquietud. "Si desea usted pasear", me decía la joven Clara, "evite la Colina de Vhalarion, especialmente cuando la niebla azul baja desde el lago". Ella cambiaba el tema antes de que yo pudiera interrogarla.
La primera noche, los sueños me acosaron aún más vívidamente; sentí la presencia de figuras etéreas andando por los campos, conversando en lenguas suaves y acuchilladas por fonemas imposibles. Observé desde una ventana de caracol —material imposible, ni piedra ni madera— cómo las sombras se desplazaban hacia el lago. Allí se reunían, y un brillo violáceo, recortado bajo la luz de una luna deformada, recubría el agua. Cuando desperté, el hedor dulzón de algas muertas saturaba el ambiente, aunque la posada estaba mucho más lejos de la orilla.
Durante mi segunda jornada, resolví desafiar las advertencias y ascender a la dichosa colina. Los lugareños apenas disfrazaban su desaprobación; algunos niños, con rostros tan pálidos como el mimbre y ojos de irisación púrpura, se ocultaban tras portales mientras pasaba. El sendero a la colina, más un rastro de fragmentos azulados que un camino definido, se abría como una lengua fría entre la vegetación. Cuando alcancé la cima, lo que vi desató mi atracción y mi repulsión irracional.
En el centro de la colina había un anillo de estatuas erosionadas, figuras humanoides de proporciones extrañas, dispuestas alrededor de un pedestal vacío. Todas exhibían gestos de temor, de súplica, de éxtasis. Eran tan antiguas que bajo su polvo azul aún se adivinaban inscripciones en una lengua desconocida, pero no exenta de un retorcido parentesco con los glifos protoindoeuropeos. Toqué una y sentí un calor, o más bien, un cosquilleo de recuerdos ajenos, como si la piedra vibrara con historias perdidas.
Fue entonces cuando la niebla apreció: silenciosa, azul, avanzando hacia el anillo y borrando toda perspectiva con un resplandor que hería los sentidos. Y en ese claroscuro antinatural, la realidad misma parecía curvarse: el suelo osciló, el aire se volvió más pesado, y en el centro de aquel círculo, una silueta comenzó a tomar forma, translúcida y titilante, como la estampa de una memoria reprimida.
Corrí en espasmos, sin saber si me alejaba o me internaba más en los dominios de la colina. Al recobrar la lucidez, estaba en mi habitación, jadeante. La posadera golpeaba la puerta, trayéndome un brebaje y asegurándome que era común desvanecerse si se respiraba la niebla de Vhalarion. No pude replicar. Esa noche me propuse no dormir, pero el sueño, viscoso cual marea de opio, terminó venciéndome.
El tercer día decidí explorar lo que el Doctor Althaus había dejado en la biblioteca del pueblo: un manuscrito titulado "Obras Preoníricas de la Región de Celethar", un nombre que resonaba con la familiaridad de mil sueños olvidados. El texto, saturado de símbolos espirales, relataba la llegada al pueblo de invasores “irreales”, visitantes que, tentados por la belleza crepuscular del lugar, pretendían beber del lago para alcanzar otra existencia, pero en lugar de ello, quedaban impresos para siempre en estatuas de basalto azul.
Supe entonces, Jonathan, que los habitantes de Louthmere pertenecían a un linaje que había hecho pacto ancestral con “la Guardiana de la Umbría”, una entidad liminar del lago, cuyas ofrendas y cultos preservaban el equilibrio entre la vigilia y lo onírico. El manuscrito advertía que cada siglo, bajo las lunas gemelas (¿acaso deliraba el manuscrito, o era mi percepción a estas alturas?), la Guardiana demandaba a un visitante, alguien “híbrido” cuyos sueños pudieran abrirle paso a nuevas formas de contacto.
De pronto, sentí que la realidad del manuscrito invadía mis pensamientos. Imágenes de las estatuas, de la niebla subiendo e invadiendo mi pecho, emergieron sin que pudiera reprimirlas. No sería improbable que pronto, también yo, formara parte del anillo, aunque no sabía si debía asustarme o rendirme a la belleza trágica de tal destino.
A la cuarta noche, la posada amaneció desierta. En mi último paseo, la niebla cubría ya todas las calles, y la colina resplandecía con brillos anómalos, irradiando ondas de extraña melodía. No recuerdo cómo llegué al anillo de estatuas; sólo que al estar allí sentí la compulsión de entrar en el círculo y recostarme sobre el pedestal vacío. En ese instante, voces ululantes me llamaban por mi nombre en idiomas que entendía y no entendía, y la silueta de la Guardiana se desdobló frente a mí: una criatura de proporciones cambiantes, compuesta de sueños naufragados, piel translucida de amatista, coronada por filamentos de lapislázuli.
Fui presa de una sinestesia: escuché los colores, saboreé la textura de los cánticos, olí la geometría de los pensamientos prohibidos. La Guardiana me ofrecía una convergencia: mi conciencia a cambio de preservar el equilibrio de Louthmere, de mantener fértil la frontera por la que los sueños se derraman a nuestro mundo. Con un último resto de fuerza, rechacé su oferta, luchando contra el sopor narcótico del entorno, y grité tu nombre, Jonathan, como ancla a la realidad.
No sé si ese llamamiento surtió efecto o si simplemente la entidad decidió que no era mi momento; desperté en el umbral del pueblo, cubierto de rocío y polvo azul. Caminé de regreso a la posada, pero los Malvine y el resto de los aldeanos ya habían desaparecido. Todo el pueblo se hallaba abandonado, sus estructuras desmoronándose con un suspiro, como si fueran sueños a punto de desvanecerse al alba.
Llevo tres noches varado en una Louthmere hueca, vacía, mientras la niebla vuelve a deslizarse y el halo azul del lago brilla más que nunca. No duermo; temo perder lo poco que me ata al mundo de los hombres, a ti, a mis recuerdos. Las estatuas en la colina me parecen, cada noche, más familiares, más próximas a mis rasgos. Me pregunto si la próxima niebla vendrá por mí realmente, y si seré ofrecido, capturado como un eco en el mármol azul, para servir de vínculo entre lo que sueña y lo que es.
Si recibes esta carta, Jonathan, no busques Louthmere. Quema este mensaje, olvida cada alusión a Vhalarion, a la Guardiana, al manuscrito púrpura. Pero si alguna vez la niebla azul roza tu ventana mientras duermes, huye de la colina y reza por que no te exijan el precio que pende sobre los que sueñan demasiado.
Siempre tuyo,
Leland Carver
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