Portada del relato El Umbral más allá de las Estrellas
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Fragmento:


y lo que duerme se desangrará en cuerpos humanos."

Duración: 10:19

El Umbral más allá de las Estrellas
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Texto de ajuste de pausa.

***

No sabía si mi búsqueda era científica o, como temían algunos, una manifestación progresiva de locura. A mis cuarenta y ocho años, dedicado desde temprano a la arqueología marginal y la etnografía de las creencias prohibidas, era difícil distinguir ya si me impulsaba la sed de conocimiento o una necesidad más oscura: la de demostrar que la realidad podía, y debía, romperse. Que aquello que soñamos puede ser tan real como el polvo bajo la uña de un dios muerto.

Fue en el otoño de 1930 cuando acepté la invitación desesperada del Dr. Sherrington para estudiar una tablilla traída de las ruinas ahogadas cerca de Tlamcotalán, en el golfo de México. No suelo escribir nombres reales —demasiados colegas han pagado caro por jugar con lo olvidado— pero es vital para la comprensión posterior de mi relato. La tablilla, cubierta de símbolos ajenos a la cronología olmeca o tolteca, parecía estar tallada no sobre jade, ni basalto, sino en algún mineral verdoso que, bajo la luz, mostraba iridiscencias enfermizas, como si lo hubieran arrancado de un mundo reflejado sólo en sueños.

En el gabinete atestado de mapas y huesos sobre el campus de Providence, el Dr. Sherrington bebía café y movía manos crispadas. "No quieren que la estudiemos, Harley —me confió, tembloroso—. Algunos pescadores abandonaron el pueblo. Dicen que traemos el mal sobre nosotros."

Le pregunté si ya había intentado decodificar los glifos.

"Sí. Una lengua imposible, pero... hay repeticiones." Se inclinó, bajo el débil resplandor del flexo. "Y alguien me envió un carta anónima. Leí unos versos en ella, me parecieron más infernales cuanto más los repetía. Temía decírtelo, pero..."

Le supliqué que compartiera la carta. Buscó en el cajón, murmurando excusas, y me entregó el papel amarillento. Decía:

"Cuando las aguas besen la tierra y la luna posea al sol,

las puertas hervirán,

y lo que duerme se desangrará en cuerpos humanos."

***

Aquel fue el umbral por el cual caí en la vorágine del terror.

Pasé dos días estudiando aquella tableta maldita. Atormentado por los glifos, imité los trazos en papel, notando cómo las formas parecían circular, nunca lineales, sugerentes de un ciclo eterno, una danza sin principio ni final. Había figuras con tentáculos y otros con cuencas vacías en donde debería ir un rostro humano. Fragmentos de coral, espirales de concha, pero también ojos asimétricos y bocas rezumantes. Algo en mi mente susurraba: ¿por qué representa esto ritmos del mar y del tiempo, y, sin embargo, ningún arte humano lo ha registrado antes?

Sherrington y yo dormíamos mal, cada vez peor. Por las noches, percibía el murmullo del océano incluso en medio del concreto y ladrillo de New England; sentía el salitre en la lengua. En sueños, caminaba por playas negras, bajo un cielo cuarteado de estrellas verdes. Oía cantos huraños, en una lengua que no debería haber existido jamás.

El tercer día, bajo una llovizna gris, llegaron dos hombres altos y enjutos a mi despacho. Hablaban con acento mezclado: español, maya —y algo menos identificable, áspero y gutural. Decían llamarse Ortega y Xul. En su forma de mirar había un desdén helado, un cálculo minucioso. Pidieron la tablilla, alegando que pertenecía a su comunidad. Se negaron a dar detalles, pero insinuaron que "lo que se ha desenterrado debe ser devuelto antes de la luna nueva".

Advertí que Sherrington palidecía. Tras marcharse los hombres, juró que uno de ellos —Ortega, el de los dedos inusualmente largos— había estado merodeando cerca del hotel en Tabasco donde se hospedó su ayudante, quien luego desapareció sin dejar rastro.

No dormí esa noche; ni la siguiente. Soñaba con pirámides escamosas, ciudades que ardían bajo aguas rojas. Surgían palabras desconocidas en el reverso de mi mente, retumbando como tambores de guerra lejanos, sellando pasillos prohibidos.

Decidimos hacer una copia de la tablilla y enviar el original a un refugio en el Miskatonic, para eludir cualquier reclamación legal o —como temía— sacrificial. Al día siguiente, la tablilla original desapareció de la caja fuerte, sin que nadie hubiera visto ni oído nada. Solo quedó, bajo la puerta, una nota en el mismo trazo que la anterior: "La piedra regresa a la marea. Tus ojos se abrirán."

***

Sherrington insistió en que debíamos destruir la copia, pero yo me negué —no por temer perder el hallazgo, sino porque creía que conocer su secreto era ya inevitable. Consulté a mi colega, la etnolinguista Adele Munsell, especialista en lenguas protoindoeuropeas y cosmogonía africana. Observando el relieve en su laboratorio, palideció, luego se repuso y balbuceó: “No es escritura. Es una partitura". Suplicó no revelarme sus métodos, pero horas después regresó, mostrándome una secuencia de fonemas. Según Adele, si uno pronunciaba aquellos tonos adecuadamente, evocaba un "cambio en la percepción de la realidad".

No tomé en serio, sino como una fantasía científica, hasta la noche siguiente, cuando después de algunas copas e impulsado por el insomnio, murmuré los fonemas, intentando emular ese ritmo alienígena. Apenas comencé, sentí náuseas: todas las luces de Providence titilaron a través de mi ventana. El aire se espesó, cada partícula vibró como si estuviera a punto de estallar. La habitación pareció dilatarse y encogerse. “Harley”, me gritaba una voz que nunca había oído y que, más tarde, reconocería como la de mi difunta hermana.

El resto transcurre en brumas. Recuerdo con nitidez solo fragmentos: la visión de un mar negro flagelando cúpulas ciclópeas; tentáculos grises que retorcían el espacio, aleteos de alas no biológicas y, sobre todo, un solo ojo, imposible, que flotaba girando, como si fuera tanto la pupila de una ballena muerta como la entrada a otro universo.

Desperté desnudo, cubierto de sal, en la costa cerca del puerto de New London. Me dolían todos los músculos y tenía la boca cortada de lado a lado, como si hubiera sonreído demasiado. El sonido de las olas yacía en mis oídos, pero tras ellas latía una melodía: la misma secuencia de la tablilla.

***

No puedo relatar todo lo que siguió —o no debo— pero sí diré que a partir de entonces la vida se tornó inhabitable. Observé, día con día, desmoronarse mi cordura y la de aquellos a quienes consulté. Sherrington se sumió en la locura, balbuceando “cantos del abismo”; Adele huyó de Providence tras sufrir una alucinación en que los árboles de la calle Benefit la perseguían con bocas humanas.

En el escritorio de mi modesta vivienda fui recibiendo, una vez por semana, fragmentos de mariscos y perlas ensangrentadas, junto a notas apenas legibles: "Cada ojo que ves es un ojo que se cierne sobre ti". Descubrí, investigando en diarios polvorientos, que entre 1820 y 1871 habían desaparecido más de cincuenta personas en Tlamcotalán, siempre durante la luna nueva posterior a la aparición de “luces danzarinas sobre el agua”. Atribuidas a bandoleros, siempre oficialmente, aunque los pescadores murmuraban otras razones.

Lo peor fue descubrir, en un sueño vívido, que las criaturas cuyo lenguaje había intentado traducir no estaban, como creí, del otro lado de la realidad, sino bajo nuestros pies, esperando, sumidas en los océanos, extrayendo de la desesperación humana las notas que necesitan para abrirse paso.

***

Una noche, convencido de que sería mi última, viajé a la costa y recorrí la playa donde había despertado tras la primera experiencia. Me sentía observado: las olas susurraban nombres que nunca había escuchado, pero que reconocía de algún modo ancestral. De las aguas emergió una figura —ni humana ni bestial, con facciones ambiguas y piel recubierta de algas— y me habló, en la siguiente forma:

“No busques donde el hombre no pertenece,

ni rasgues los velos que cubren los sueños del agua.

Ya has abierto los ojos: lo que has visto, te verá eternamente.”

La criatura extendió una mano y, al tocar mi hombro, sentí hervir en mi sangre la melodía de la tablilla, la partitura obscena de la realidad inversa. Grité, sin emitir sonido alguno; dentro de mi cabeza, algo acarició mi mente y plantó una semilla fértil. De ahí en más, supe que nunca tendría sosiego.

Abandoné mi carrera y destruí cuanto material había logrado recabar. Tragué los fragmentos de la tablilla copiada, en un vano intento de evitar que cayeran en manos de otros. Muchos pensaron que enloquecí. Pero hay más.

Pues ahora, por las noches, cuando la lluvia se enrosca en las cornisas y retumba la tormenta sobre Providence, bajo el pulso de la luna nueva, oigo desde mi interior el llamado. No a mi persona mortal, sino a esas partes de mi espíritu que aún ansían respuestas. Sé que hay puertas bajo el mar y bajo las mentes, y que el umbral del primer contacto sólo se cruza una vez. Sé que el horror no está en la muerte, sino en abrir los ojos y saber, con certidumbre, que desde entonces se es observado, anhelado, imitado, poseído.

Y, lector, sé también —con una certeza más invasora que toda lógica—, que hay otros que leerán mi relato y sentirán el eco. Que las vibraciones del lenguaje olvidado se transmiten por papel, por pensamientos, por obsesiones como la que ha guiado mi existencia hacia su ruina. Que tal vez, sólo tal vez, una voz en tu pecho cante ahora, secretamente, ese salmodio extrahumano que resuena desde el origen de los tiempos. Y cuando tú mismo camines por playas oscuras y el mar te susurre tu nombre —entonces, y solo entonces, sabrás que el Primer Contacto nunca ha terminado.

Sabrás que te ha elegido, y que sellarás, con miedo profundo, el pacto que une a la humanidad y a aquellos que esperan —silentes— en la noche sin memoria.

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