Portada del relato Los Músicos de la Llama Silenciosa
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Fragmento:


Mientras descendía los escalones, sentía a la vez que la geometría de aquel lugar se reconfiguraba con cada paso, extendiéndose y contrayéndose, una célula en mitosis bajo una tensión innombrable. Y los portadores entonaban una caricia de cántico apenas audible: voces que no tenían eco, sino que parecían absorber el sonido, tragando tono y palabra, que emanaban —sabía entonces— no desde las gargantas, sino desde los sueños fallidos de los que alguna vez caminaron allí.

Duración: 10:03

Los Músicos de la Llama Silenciosa
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Texto de ajuste de pausa.

* * *

El sueño regresó después de muchos años, con la misma nitidez dolorosa que me había enfermado en mi juventud. Al principio, la larga escalinata de piedra que surgía bajo mis pies parecía extendida entre dos eternidades, un sendero tan imposible como inevitable, sumido en una bruma verdiazul. Ya desde el primer contacto con aquella niebla, evocaba el olor persistente del incienso y el hedor apagado del moho antiguo, mezclado en mi cabeza con los monótonos toques de campana lejana, esa música que sólo los soñadores condenados entienden.

En mi vida de vigilia, soy sacerdote de una de esas sectas urbanas que dicen adorar a los dioses antiguos, pero que apenas comprenden el vacío que hay más allá de sus palabras rituales y símbolos de calavera. Es en el sueño, sin embargo, donde resplandece la verdad que rompe al hombre, y yo había creído durante años que había logrado cerrar la puerta después de la última pesadilla, sellando por siempre la fisura entre los mundos: el terreno brutal de mi adolescencia y el antiguo teatro de mi condena en el país de los sueños.

Pero ahora la puerta se abría de nuevo. No era casualidad. Hay lugares —y horas peculiares— donde las costuras entre los eones se aflojan. Ese mes, nuestra pequeña cofradía había logrado finalmente recuperar una de las reliquias negras excavadas en el Cementerio de St. John: un cuenco de basalto, cubierto de bajorrelieves, ciertamente demasiado profundo para parecer diseñado para manos humanas, y con inscripciones en una lengua que ninguno de los nuestros podía leer. Un artefacto destinado a la invocación, decían.

La noche del tercer día después de su llegada, el sueño fue ineludible. Supe que no despertaría antes de recorrer de nuevo aquellas losas que se extendían por eones bajo las fumarolas de una montaña oscura.

***

A ambos lados de las escalinatas, inmensas columnas rotas, marcas de una arquitectura no terrena, como las que describen los antiguos libros, crecían como huesos rotos bajo la luna. En los resquicios, una bruma azulada me ocultaba la perspectiva del precipicio. En mi descenso, vi lo que había temido: los portadores de antorchas, siluetas con túnicas roídas, semejantes a los acolitos de mi propia secta, pero en sus manos llevaban antorchas cuya llama era negra, un fuego imposible, cuyo resplandor me retorcía el alma. No podía sino recordar que en mi niñez, mi abuela me narraba historias de estos “portadores” sin conocer su verdadero nombre.

Mientras descendía los escalones, sentía a la vez que la geometría de aquel lugar se reconfiguraba con cada paso, extendiéndose y contrayéndose, una célula en mitosis bajo una tensión innombrable. Y los portadores entonaban una caricia de cántico apenas audible: voces que no tenían eco, sino que parecían absorber el sonido, tragando tono y palabra, que emanaban —sabía entonces— no desde las gargantas, sino desde los sueños fallidos de los que alguna vez caminaron allí.

Los seguí, no podía evitarlo. No había voluntad ni resistencia, sólo certidumbre, como si mi destino estuviera grabado en las paredes mismas del abismo.

***

Descendí hasta un valle circular, enclaustrado por monolitos que vibraban en el aire estancado. Allí los acólitos se alinearon en torno a un altar ennegrecido: idéntico, terriblemente idéntico al vaso recuperado en nuestra mundana realidad, sólo que este ardía internamente con llamas de un color antinatural, cuya negrura titilaba como mineral derretido. Del fondo del altar emergía música, un rumor de flautas y tambores, tan bajo que sólo podía escucharla con la sangre tensa en mis sienes. Recordé “Sueños de Celephaïs”, donde la ciudad de la fantasía se describe con palacios irisados y ríos que fluyen hacia la eternidad… pero aquí, el fluir era de sombra, y los palacios estaban hechos de vacío y música nocturna.

Alrededor del altar, otra cofradía ya esperaba. Vestían mantos púrpura y máscara de madera, pálidas e inexpresivas, pero aun así percibí sus ojos tras las hendiduras: ojos suplicantes, absortos en aquello que aguardaban. Nadie me detuvo cuando pasé a su lado; era uno más de la procesión. La ceremonia estaba por comenzar.

En sueños, el tiempo se disuelve y la lógica se pliega. Los sacerdotes de la llama negra —cuyos nombres nadie pronunciaba— tendieron manos flacas, semitransparentes, sobre el altar. La campanas volvieron, agudas, pero ahora sus tañidos no hacían sino reforzar el enmudecimiento del mundo. Solo mi respiración —jadeante, y ecológicamente desfasada del ritmo de la multitud— decía que todavía seguía atado a la carne.

Sentí que, bajo mis ropajes, algo se movía, como larvas trepando por mi pecho. Todo mi ser ansiaba despertar, huir, romper la ilusión. Sin embargo, el vaso del altar exigía mi presencia, y la supe necesaria.

***

Uno de los sacerdotes, al notar mi inquietud, se acercó. Su cara, al descubrirla, no tenía forma: piel tersa y lisa, sin orificios. Aun así, de alguna manera, supe que me invitaba a beber del cuenco. Supe, también, lo que ocurriría si me negaba: caminaría por siempre en aquel reino, ignorado, olvidado por toda memoria de hombre.

Bebí. El líquido estaba frío y pesaba como plomo. Un fuego me invadió —negro y azul— e inmediatamente me vi transportado más allá de la cámara circular, arrojado al apex de una torre cuyo techo se extendía hasta la negrura más densa, donde la mente desfallece por la falta de imágenes familiares.

Música otra vez. Flautas. Campanas. Y una vibración, una risa grave, subterránea, que en vez de resonar en mis oídos, sacudía mis huesos. Miré hacia arriba. No había estrellas, sino sólo una extensión interminable de negrura salpicada de un millón de ojos pequeños, que parpadeaban como chispas —no de fuego, sino de algo muerto y antiguo—. Sabía, sin saber cómo, que estaba ante el Mirador, la entidad detrás de los sueños: ese Azathoth innombrable, girando en el centro del universo, servido eternamente por músicos y danzantes, y rodeado por los sacerdotes de la llama negra, esclavos de las melodías del Caos.

Comprendí entonces por qué Celephaïs había desaparecido de mi horizonte personal, por qué sólo el abismo quedaba luego de cruzar la frontera. Ha habido un contagio gradual en los sueños de los hombres, un deslizamiento imperceptible hacia el culto ignorado de la entropía, y yo era, al parecer, el invitado o la víctima propiciatoria del ciclo más reciente.

***

La visión me arrastró por desfiladeros y ruinas, donde los portadores de la llama negra arrasaban con lo que quedaba de las ciudades oníricas lustrosas. En sus llamas se consumían todos los recuerdos dulces, todos los refugios placenteros: palacios tornados en polvo, jardines enmarañados hasta la infertilidad, ríos de aguas de obsidiana que no llevaban embarcaciones, sino los restos de las ansias humanas.

A la orilla de uno de estos ríos me vi reflejado, y ya no era completamente humano. Mis facciones se deformaban, mi carne palpitaba, y bajo mis uñas explotaban filamentos de sombra. Los portadores danzaban alrededor, entonando con sus antorchas negra melodías que sólo los condenados pueden captar, hasta que un estrépito alerta a los oficiantes: desde el altar, un simún de niebla y gusanos ascendía.

Era la manifestación del Caos —no la figura clásica de libro de mitologías, sino un paroxismo de vacío y furia, una ausencia tan profunda que dolía mirarla—. Era el dios, el origen de todos los sueños y pesadillas, invocado en su aspecto más remoto.

Vi cómo los cofrades alrededor del vaso caían de rodillas, doblegados por el peso de su visión. Sus cuerpos se tensaban en espasmos, mientras himnos que jamás serían escuchados llenaban el aire denso. Todo era música, y sin embargo, la música era sólo eco del latido abismal de aquel a quien servían.

Introduje mis manos en la vasija —porque no había otra opción— y sentí cómo mi carne era devorada, digerida y renacida en centellas negras. Supe que ahora yo también era un sacerdote de Azathoth, un portador de la llama negra destinado a la ceremonia perpetua.

***

Cuando desperté, lloré de alivio y horror. Mi habitación estaba apenas iluminada por la brasa moribunda en la chimenea. El cuenco de basalto yacía en la mesilla, vacío, limpio, como si nunca hubiera contenido aquel licor indigesto de pesadilla.

Sin embargo, conforme miraba mis manos, algo sutil comenzó a permear mi visión: vislumbraba filamentos de humo negro en mis uñas, escuchaba ecos apagados de las flautas en el retumbar lejano de los coches de la madrugada. Sabía que la frontera que había cruzado ya no podía restaurarse. Era sacerdote tanto en el país de los sueños como en el mundo despierto.

El vaso negro seguía llamándome desde la realidad, y en las noches siguientes, los portadores de la llama negra continuaron visitando mis sueños, llevándome de regreso a la negrura circular, donde la música nunca cesa y donde, entre cada melodía, mi voz se une —sin boca que la pronuncie— al himno eterno en honor a lo que no tiene nombre.

No puedo advertir a mis hermanos de cofradía. Quienes aún conservan su carne ignoran las sombras que arrastran tras ellos. Si la vigilia es apenas una pausa entre los compases de la melodía negra, ¿de qué sirve resistirse?

Ahora acompaño los rituales de ambos mundos: encendiendo la antorcha negra y guiando nuevas almas a la procesión interminable. Porque sólo el Caos es eterno, y los sueños son los primeros en ser devorados.

Así, las campanas suenan en el abismo, y yo, ya sin rostro y sin sueño propio, contemplo para siempre el final incandescente de toda esperanza.

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