Portada del relato El grito que susurra en las sombras
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Fragmento:


Al filo de la medianoche, descendió las escaleras prohibidas bajo la sala de mapas. La luz de su linterna temblaba, tiñendo de placas amarillentas los escalones. A medida que bajaba, el aire olía a tierra húmeda y a un perfume indefinido, denso, que recordaba a cosas putrefactas mezcladas con incienso antiguo y una pizca nauseabunda de salitre. Las paredes estaban cubiertas de relieves pulidos por siglos de humedad: figuras encapuchadas, serpientes entrelazadas, y glifos que ardían al contacto de la luz.

Duración: 09:21

El grito que susurra en las sombras
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Texto de ajuste de pausa.

Las campanas resonaban en la bruma matinal de Arkham y la ciudad, abrigo de supersticiones, yacía sumida en una penumbra perpetua. En la Universidad de Miskatonic, cada sonido dentro del edificio de la biblioteca retumbaba más fuerte de lo que debería, un eco físico en corredores donde el mármol se sentía extrañamente cálido al tacto.

Esa mañana, la niebla parecía más densa, y los jardines parecían tristes mausoleos repletos de vegetación enfermiza. Aaron Delaney, doctorando en lenguas clásicas, cruzó con paso angustiado los pasillos de la facultad, sujetando una carta arrugada. El sobre, sellado con un extraño barniz negro, le había sido entregado, sin remite ni explicación. La caligrafía tensa, llena de movimientos reptilianos, prometía secretos que, desde el primer vistazo, lo llenaron de una repugnancia irracional.

La carta solicitaba su presencia “en la bóveda inferior, bajo la sala de mapas, junto al relieve ennegrecido”, a la medianoche de ese mismo día. No era la primera vez que las leyendas del Obelisco Negro de la universidad corrían entre los estudiantes; lo llamaban así por el bloque basáltico incrustado bajo tierra, tan antiguo que ni los archivos góticos de la Miskatonic almacenaban claves de su origen. Aaron sabía que ningún bibliotecario se atrevía a acercarlo tras caer la noche y que la simple mención del contenido del sótano helaba las conversaciones más atrevidas.

El día transcurrió con una lentitud ponzoñosa. Las clases fueron apenas un borroso murmullo; el recuerdo de la carta se fundió con los rostros de los profesores. Una vieja traductora, la Sra. Tenerley, lo miró largo rato por encima de sus gafas inocuas, como si adivinara qué demonios portaba en el bolsillo. Por la tarde, Aaron se perdió entre anaqueles, buscando documentos sobre obeliscos y tradiciones arcaicas de la universidad. Encontró sólo descripciones vagas, recortes quemados, y la palabra “OMPHALOS” garabateada en griego clásico una y otra vez en márgenes polvorientos.

Al filo de la medianoche, descendió las escaleras prohibidas bajo la sala de mapas. La luz de su linterna temblaba, tiñendo de placas amarillentas los escalones. A medida que bajaba, el aire olía a tierra húmeda y a un perfume indefinido, denso, que recordaba a cosas putrefactas mezcladas con incienso antiguo y una pizca nauseabunda de salitre. Las paredes estaban cubiertas de relieves pulidos por siglos de humedad: figuras encapuchadas, serpientes entrelazadas, y glifos que ardían al contacto de la luz.

El descenso pareció interminable. Al fin, tras un giro brusco, encontró la cámara de la bóveda. El bloque negro, laxo y reluciente, se erguía en el centro, anclado en lo que parecía un charco de alquitrán seco. En la penumbra, un hombre esperaba junto al monolito: tenía la complexión pulida y angulosa de los académicos más fanáticos. Llevaba ropas anticuadas, tan negras e imprecisas que parecían devorar la escasa iluminación.

“Doctor Delaney, su reputación de políglota es merecidamente inquietante”, murmuró el hombre, su voz un latido sordo. “¿Reconoce el OMFALEOS?”

Aaron asintió, aunque la palabra era apenas un eco desvaído en sus recuerdos. El hombre señaló el obelisco. Bajo la pátina de hollín ancestral, se extendía una escritura imposible: en parte cuneiforme, en parte arañazos que parecía que alguna garra hubiera perpetrado contra la piedra antes de que la humanidad conociera el lenguaje.

“Debe traducirlo. Esta noche. Antes de que algo… despierte.”

El académico depositó a los pies de Aaron un fajo de papeles y un volumen amarillento, impreso en tinta negruzca, con un colofón imposible: ‘Annales Obsidiani Obelisci Miskatonici’. Aquel libro jamás figuraba en los catálogos. Sintió un escalofrío de anticipación, la sospecha de que lo que debía traducir no tenía destinatario humano.

Aaron se puso manos a la obra. Trabajó durante horas, desgranando cada glifo, pronunciando en susurros sílabas que se disolvían apenas escapaban de su boca. Descubrió nombres de entidades caídas, reinos sumidos bajo océanos que no eran de este mundo, una letanía de terrores encantados al pie de la piedra negra. Cada vez que traducía, el aire se hacía más frío; movimientos imperceptibles recorrían el obelisco, como si bajo el basalto algo reptase soñando.

El hombre que le había citado desapareció sin dejar huella. Aaron quedó solo en la cámara, absorto, debatiéndose entre la luz de su linterna y la voracidad de la negrura en torno al monolito. En algún momento, los relieves de la piedra comenzaron a sangrar una humedad aceitosamente oscura. La linterna chisporroteó y la traducción, que hasta entonces había seguido un ritmo lógico (si lógica cabe ante abismos de horror) empezó a adquirir giros imposibles, incorporando palabras de una lengua de la cual ni siquiera él era consciente.

Aaron descubría versos oscuros, amenazas encadenadas y promesas de libertades más allá del tiempo:

“Despierta, aquel que repta bajo la sombra, en la raíz del mundo.

Que los hijos del polvo coman cenizas,

Que los sueños negros germinen.”

Pasó horas como en trance. Cada vez que parpadeaba, el obelisco parecía moverse—no directamente en el espacio, sino en su relación con sus sentidos. Al principio, sólo en su campo de visión periférica, luego directamente frente a él: las inscripciones vibraban, negras sobre fondo negro, y las serpientes en la roca parecían intentar liberarse para arrastrarse por su piel. Empezó a oír voces arrastrándose por los relieves, susurrando en idiomas olvidados, siempre al borde de ser comprensibles y siempre terriblemente enloquecedoras.

En algún punto de la madrugada, sintió pasos en el corredor y supo que no era el misterioso académico. Era algo más arrastrado, más húmedo y vacilante. Aaron quería huir, pero la traducción le forzaba a mirar; cada línea completada era a la vez un clavo y un salvavidas. Sintió cómo la piedra tiraba de su voluntad, cómo las palabras que susurraba parecían abrir fisuras en el aire.

El sonido de algo rozando el suelo de piedra aumentó. Exhalaciones húmedas lamieron los contornos de la bóveda. Aaron levantó la vista y, por un instante absurdo, supo que el obelisco lo miraba a él: de su base brotaban ojos diminutos, repartidos entre sus resquicios como huevos trémulos. Giraban y vibraban, fusionándose con las inscripciones para formar párpados de sombra.

La visión lo sobrecogió, pero no podía dejar de leer. Sus dedos iban cada vez más rápido por la hoja. Cada traducción era acompañada de un susurro que no salía de su boca, sino del mismísimo basalto, y que acompañaba su proceso mental. “No eres el primero”, parecía sugerirle el Obelisco Negro, “pero podrías ser el último necesario”.

Las sombras de la cámara se alargaban y curvaban como tentáculos ciegos: el espacio mismo pareció enfermar. El ambiente se llenó de una vibración aguda que llegaba desde el sótano hasta los huesos de Delaney y lo hacía sentir diminuto y, al mismo tiempo, intrusivo.

La última línea del texto, traducida con un grito ronco que no recordaba haber proferido, iluminó la bóveda con una luz que no tenía fuente física. El obelisco, en ese momento, se resquebrajó suavemente, sumiéndolo todo en un polvo negro que giraba en espirales. La presión atmosférica se invirtió y, durante un instante, las paredes sussuraron miles de oraciones en tonos que ninguno de sus antepasados habría podido reconocer.

Dentro de la grieta apareció una mano gris, más vieja que la carne, que reptó hacia la superficie. Aaron no supo si gritó, lloró o se lanzó de rodillas: su mente se negaba a comprender qué milagro vil estaba desatando. Vio rostros brotar de entre la piedra, rostros que llevaban tiaras antiguas y bocas llenas de serradas hileras de dientes, y sintió que su mente se resquebrajaba ante el espectáculo.

No supo cuánto tiempo pasó. Sintió que caía en un abismo de brazos y serpientes, de recitados imposibles y túneles de raíces sin fin. Recordó la carta, la inscripción, el nombre del bloque que había despertado. Se preguntó, delirante, si alguna vez la universidad sabría lo que había ocurrido esa noche bajo la sala de mapas.

Despertó en el despacho del decano, días o semanas después, los papeles de la traducción dispersos, cada línea escrita con distintos tipos de letra, como si mil manos hubieran colaborado en la tarea. Nadie hablaba del evento. Pero en determinadas noches, cuando la niebla es más densa y los jardines se sienten más muertos que nunca, aún puede oírse, a través de rendijas cerradas, el eco oscuro de un susurro que busca completarse, esperando que otro traductor, otra mente ávida y frágil, comience el descenso y lea una vez más los versos grabados en el obelisco negro.

Aaron, ya incapaz de articular palabra, pasa los días deambulando por los pasillos, la mirada ida fija en algún punto al sur de la realidad. Sabe bien que el horror le espera si alguna vez regresa a la bóveda. Pero, a la vez, sabe que ningún horror será jamás tan grande como la promesa incierta de ese susurro que corre interminablemente debajo de los cimientos de la Miskatonic.

Y que, algún día, la piedra negra abrirá por completo sus ojos.

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