Fragmento:
Sopesé lo absurdo de mi miedo: “No es más que una tormenta”, me dije. Pero entonces, el repiqueteo suave pero insistente de dedos contra la ventana. El sonido implacable de un canto rodado. Y una voz, lejana como si vibrase desde el fondo de un barril inundado: una letanía en un idioma que solo recordaba a medias, el idioma que la abuela murmuraba cuando limpiaba los peces: “Iä, iä…”.
Duración: 10:26
Hubo un tiempo en que nada temía a la luz eléctrica. Viví mi juventud en la soledad de una casa de madera al borde de un Nuevo Brunswick que durante meses olía al yodo y a la descomposición oculta bajo las mareas. Aprendí a conocer los susurros del mar igual que otros aprenden a calmar el aullido del viento. Mi abuela, anciana curtida y recia como la corteza de un árbol arrastrado por la resaca, solía sentarse en el porche cada atardecer mientras yo patrullaba la orilla por encargo suyo, buscando maderas útiles o aves heridas que pudiera curar. Siempre había nuevas heridas, nuevos trozos de carne muerta o haciéndose, y la negrura de esas aguas me prometía, sin hablar, que conseguiría entenderlas algún día.
Lo que jamás imaginé fueron los ojos que devolvían la mirada desde lo profundo, ni las manos hinchadas de escamas que encontré un abril, enganchadas a las piedras junto a la red de langostas.
Pero no es ahí donde empieza esta historia, ni tampoco termina.
***
La noche crucial comenzó con una llamada: París, mi hermano menor, llegaba desde Montréal tras la muerte de la abuela. Recién apartado de la capital y arrastrando una enfermedad que le encogía la voz y las manos, París volvió para ayudar con el inventario de la casa, pero sobre todo para encontrarse con su pasado —ese que habíamos compartido solo a medias, porque yo, el primogénito, fui el testigo silencioso de lo que ella nunca se atrevió a contarnos. Mi abuela nunca fue cariñosa, pero sí trágicamente nítida en sus advertencias: “No hagas ruido por la noche. No camines cerca del acantilado si oyes campanillas”. Crió pájaros, pero nunca los comió. Bebía solo agua de pozo, pasara lo que pasara.
Aquella primera noche de la vuelta de París, la casa pareció temblar cuando uno de los robustos ventanales se golpeó inesperadamente. París pensó que sería la brisa y las lluvias del Atlántico, pero yo conocía ese golpe: era un tamborileo deliberado, una exigencia. Cerré las cortinas, sin mirar directamente al ventanuco, y sugerí que cenásemos pronto. La casa ya no era nuestra, no del todo; la abuela había muerto apenas cuatro días atrás y la sal en las paredes aún no había terminado de secar, dejándonos ese aroma constante a interior de barril mojado.
Tras la cena revisamos cartas y fotos. Había una en particular, muy antigua, en la que un hombre alto y delgado —un tatarabuelo supusimos— posaba junto al faro costero, antes de que fuese sustituido por la baliza automática. Entre sus manos, torpemente oculto bajo el abrigo, un ramillete de flores marinas y… algo más, brillante y esférico. París insistió en quedársela. Yo hubiera preferido quemarla.
Alrededor de las once nos acostamos. París tomaba pastillas para dormir, así que fue él quien primero cayó en la inconsciencia, meciéndose en su cuarto como un tronco a la deriva. Yo me quedé en el sillón, envuelto en una manta y rodeado del olor rancio de la pólvora de los viejos petardos para ahuyentar las focas. No podía dormir. Ni siquiera cerrar los ojos. Afuera, la resaca rugía con el ímpetu de algo no humano.
Cuando creí que la marea alta se retiraba, escuché los corchos de las boyas arrastrándose sobre las piedras y, luego, la madera de la trampilla del sótano golpeando el suelo. La abuela nunca permitía abrir aquella puerta. Los clavos de hierro, la cruz de anguila seca, los adornos de sal— todo para impedir que “lo de afuera” reclamara lo de adentro.
Sopesé lo absurdo de mi miedo: “No es más que una tormenta”, me dije. Pero entonces, el repiqueteo suave pero insistente de dedos contra la ventana. El sonido implacable de un canto rodado. Y una voz, lejana como si vibrase desde el fondo de un barril inundado: una letanía en un idioma que solo recordaba a medias, el idioma que la abuela murmuraba cuando limpiaba los peces: “Iä, iä…”.
Cuando abrí los ojos, la trampilla del sótano estaba entreabierta. La sal barajaba una brecha viscosa, marrón, goteando lodo sobre las tablas.
Encendí una linterna y tomé el cuchillo del pan. Despertar a París era tentador, pero si esto era lo que temía la abuela, tenía que vérmelas a solas. Bajé por los peldaños, escuchando cómo el mar recomenzaba su letanía al fondo del acantilado.
El sótano olía a pescado podrido y a aceite de ballena rancio. Recuerdo la penumbra, la sensación de hierro oxidado bajo mis pies descalzos. Los botes de conservas rodados por el suelo, y, al fondo, el brocal del pozo —un pozo que no figuraba en los planos de la casa. Me acerqué, mareado. Por un instante, escuche los mismos golpes secos que retumbaban siempre en mis sueños de infancia—y un chapaleo húmedo, insistente, como uñas rasgando una puerta blanda.
La linterna iluminó una figura. Una mano, enorme y palmeada, asida a la cuerda húmeda colgaba en el pozo. La piel era gris azulado, con venas tan gruesas como algas y, donde deberían estar los nudillos, bultos de hueso coralino. El brazo se agitó, ascendiendo poco a poco. Retrocedí. Comenzó a emerger primero una mano, luego media cabeza, resplandeciendo como el vientre de un pez recién abierto.
No era un sueño. Aquello subía por la cuerda, deteniéndose de cuando en cuando para absorber el aire en borbotones profundos y sonoros. Un ojo enorme, ambarino y sin párpado, se fijó en mí.
Entonces me di cuenta: llevaba colgado al cuello el mismo medallón que el hombre de la foto antigua.
“Por qué… ahora…” balbuceé, sin apartar la linterna. Era incapaz de moverme. El ser ascendía con paciencia de siglos, y con una voz mohosa y sin garganta, murmuró palabras que reconocía vagamente de las oraciones de la abuela.
“Él viene”—o tal vez dijo “Hemos vuelto”—pero daba igual: era una sentencia.
El suelo gimió, y detrás de mí, la trampilla se cerró. El aire se comprimió en mi garganta. Solo podía mirar cómo el ser se incorporaba, apoyándose en el brocal, arrastrando tras de sí membranas húmedas, cascadas de escamas y tejidos traslúcidos. Al rozar los pies con el suelo, dejaron huellas aceitosas que chisporrotearon con el contacto de la sal. El ser gruñó, deteniéndose, pero luego arrastró el trozo húmedo de su manto sobre el umbral, disipando la barrera de la abuela con cada gota de aquel líquido oscuro.
No recuerdo cómo subí las escaleras. Sé que tropecé y me golpeé una ceja, sé que la casa entera olía a grasa de ballena y a pelo chamuscado. Grité el nombre de París, una y otra vez. Desde su habitación, envuelto en sudor, emergió, musitando mi nombre como si la voz le costara carne.
No tengo tiempo de explicarle. Agarré su antebrazo y lo arrastré hacia el porche. Pero, allí, las lámparas de sal antigua chisporroteaban y la noche era un muro negro. Los corchos de boya rodaban por el césped. En la maleza, a veinte metros del poste del faro, vi algo imposible —muchos seres, de pie, brillando con reflejos aceitosos y grotescos. Caminaban hacia nosotros, arrastrando consigo sacos, enseres antiguos, restos de medallones y fetiches familiares.
En un pánico atávico, arranqué una de las cruces de álamo seco de encima de la puerta y la agité frente a ellos. París gritaba; no sé qué lengua era la que usaba, pero entendí algún “¡Abuela!” entonado entre sollozos y exhortaciones.
Las criaturas no se detuvieron. Sus bocas abiertas enseñaban un interior repleto de agujas dentales, lenguas hendidas y una saliva que caía y caía sobre la grava, abriéndola como ácido.
No logramos huir. Atrás la casa, dentro el sótano, los pasos golpeaban los peldaños, avanzando sin prisa pero sin pausa. Una mano palmeada surgió y agarró el marco de la puerta, astillando la madera. Los seres del exterior abrían y cerraban sus fauces, y con cada bocanada, sus cuerpos cambiaban, crecían, se convertían en reflejos de algo familiar —mi padre a medio transformar, mi madre ausente, la abuela más joven, la piel tiznada de azul, todos mezclados con esas bocas marinas, esos ojos sin párpado fijo en la cacería.
Supe lo que querían: llaves, semillas de sal, los nombres que nos ataban. La abuela los había mantenido a raya, rezando, ocultando secretos. Pero ahora la casa era solo madera expuesta y carne desnuda.
París cayó de rodillas, llorando. Le sangraba la boca como si algo le hubiera escarbado desde dentro. Uno de los seres puso su mano sobre la cabeza de mi hermano y murmuró unas palabras. Apreté la cruz, pero nada—el pellejo del familiar muerto cayó sobre las astillas de la madera y se fue escurriendo. París levantó la vista y sus ojos brillaron como los suyos: avellana dorada, lisa, sin párpado.
Luego, París comenzó a cantar con ellos, en ese idioma inhumano, y sentí su voz elevarse más alto que las olas, más allá de la espuma, hasta perderse en la nota imposible del abismo. Quise retroceder, volver a la casa, pero las criaturas ya estaban allí, rodeando el porche, los ojos clavados en mí. El dolor fue primero el de una quemadura, luego el del frío del fondo del mar, y finalmente… nada.
Recuerdo el arrastre. Sus dedos blandos, la humedad en mi lengua, el sabor químico de la sal mientras mi voz se quebraba y mi cuerpo aprendía un nuevo ritmo respiratorio.
No sé cuántos días pasaron. Sé que la casa está vacía ahora, abierta a los vientos, la sal descendiendo de los marcos de puerta en lamentos blancos. Sé que a veces la gente encuentra huellas, y que a veces las escamas aparecen en los aparejos de pesca. Y cada vez que me veo reflejado en la superficie del agua —ya no como humano, nunca más— entiendo por fin lo que la abuela temía.
Hay cosas que llaman bajo la marea. Siempre han llamado. Y ahora, cuando la luna se ensancha y las mareas rugen blancas en las noches de verano, subimos todos a la superficie para cantar la canción de nuestros ancestros; la canción de la promesa y del hambre.
Algún día tú también la escucharás, y desearás no haber entendido nunca su significado.
Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.