Portada del relato Las profundidades que ululan
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Fragmento:


Me arrodillé junto a la charca. Las runas tenían, es cierto, un aspecto inequívoco. Eran como órganos vistos a través de vidrio, y latían de tanto en tanto, una vibración que mis huesos sintieron antes que mis ojos. Un retazo de mis estudios sobre K’n-yan acudió a mi mente—esa región abismal bajo las Montañas Negras donde la degeneración y la memoria son fluidos intercambiables—y supe, por alguna gimnasia irracional del pánico, que estaba cerca de un peligro más antiguo aún que las leyendas de los Profundos.

Duración: 10:13

Las profundidades que ululan
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Texto de ajuste de pausa.

Todo viaje hacia lo desconocido comienza con una debilidad sencilla. En mi caso, fue la rutina de la soledad. Siendo paleontólogo—y, acaso, demasiado crédulo ante tropos literarios—acepté la invitación de Eric Callender, colega de una de esas universidades de Nueva Inglaterra que aún sobreviven gracias al excentricismo de sus graduados. Su mensaje, lleno de gráficas adjuntas y expresiones de emoción infantil, hablaba de un complejo de cavernas hallado cerca de una playa al norte de Kingsport, expuesto tras el paso de una brutal tormenta de primavera. Él argumentaba, sin ruborizarse, que lo hallado ponía en duda la ascensión de la vida desde el mar.

El aire brumoso y salino de Kingsport nunca me resultó agradable, aunque su arquitectura vetusta conserva cierta dignidad macabra. Callender me recibió con un nerviosismo tal que al principio confundí con resaca. “Desde que vi lo que hay ahí dentro, no duermo mucho”, murmuró mientras manipulaba la cerradura de la casa alquilada. Constaté, a la luz temblorosa del recibidor, que sus pupilas estaban dilatadas y sus manos temblaban. “No hablemos aún. Espera esta noche. Mejor ver, luego teorizar.”

La tormenta continuaba su marcha errática por el Atlántico; la playa estaba tan vacía como un planeta muerto. De noche, Callender y yo bajamos los acantilados a la caverna, portando linternas con filtros naranja que disminuían el azote del salitre sobre los ojos. Al cruzar la entrada, supe instintivamente que aquello no era una cueva ordinaria: las paredes recordaban a la textura de la médula ósea y, en tramos, aparecían adornadas con patrones helicoidales que parecían más el resultado de una enfermedad que de una intención artística.

Bajamos más de lo que pude medir—ni la gravedad, ni la temperatura, ni siquiera el tiempo parecían comportarse de acuerdo a lo esperado. “Descubrí los restos de un linaje antediluviano”, murmuraba Callender, pero de forma tan ausente que temí estuviera hablando para sí mismo. Apuntando la linterna hacia una grieta, el haz reveló fosforescencias inusuales y placas óseas semienterradas, como costillas de un pez monstruoso asentadas en la piedra.

Más allá, la caverna se abría como la boca de un depredador abisal. En su centro, una charca de agua opalina reflejaba la luz de manera imposible, y el silencio era tan espeso que dolía. Percibí un olor salobre y corrupto, un hedor a algas negras y carne que jamás conoció la superficie. “¿Ves?” tartamudeó Callender, y su linterna señaló formas destrenzadas en el limo. “Escritura. Pero no nuestra. No humana.”

Me arrodillé junto a la charca. Las runas tenían, es cierto, un aspecto inequívoco. Eran como órganos vistos a través de vidrio, y latían de tanto en tanto, una vibración que mis huesos sintieron antes que mis ojos. Un retazo de mis estudios sobre K’n-yan acudió a mi mente—esa región abismal bajo las Montañas Negras donde la degeneración y la memoria son fluidos intercambiables—y supe, por alguna gimnasia irracional del pánico, que estaba cerca de un peligro más antiguo aún que las leyendas de los Profundos.

Callender comenzó a hablar deprisa, relatando descubrimientos que rozaban la locura. “¿Sabías que ciertas razas acuáticas llegaron a dominar técnicas de hibernación? Que sus cuevas no son santuario, sino matrices para incubar sueños… Los estudiosos creen que las leyendas sobre transmutación de carne comenzaron aquí, donde el agua altera la forma y memoria”.

Un ruido interrumpió su monólogo—algo más denso que el rumor del mar, un burbujeo antinatural surgido de la charca. Sobre la superficie, una forma devoraba la luz, y sus contornos eran tan reales y etéreos como una infección. Callender retrocedió, tropezando con una protuberancia de roca, y la linterna cayó, rodando en espirales rojizas.

“¡No mires!” ordenó con un hilo de voz, pero ya era tarde. De la charca brotó—¿o sólo surgió visible?—una silueta mayor que un delfín, con tentáculos cortos bajo una boca vertical rodeada de ojos perlados y sin pupilas. Su piel parecía una amalgama de escamas, limo y una materia translúcida que ondulaba con el pulso de la charca. El aire se llenó de un retumbar sordo que resonó directamente detrás de mis ojos; sentí la presión de una voluntad ajena, fría y hambrienta.

Me vi asaltado por imágenes incongruentes: ciudades sumergidas, columnas ciclópeas de basalto, y seres, como este, cruzando umbrales desde la negrura hacia el despojo de la vida superficial. Comprendí, en un instante puro de horror lógico, que la cueva era un atrio, un vestíbulo, y el agua una membrana sensible; los Profundos, guardianes de rutas hacia cavernas más allá de K’n-yan, delegadas a custodiar paso y secreto.

Callender convulsionaba, no de miedo sino de convicción. Habló, sílaba por sílaba, en una lengua que no era ninguna de las humanas, algo aprendido tras noches de insomnio frente a aquellas runas-hueso. El Profundo respondió con un crujido, un eco sordo, y el agua parpadeó con destellos que no eran reflejos sino pulsaciones cognitivas, tan eficientes como circuitos eléctricos.

Aturdido, me arrastré hacia la pared. El ser se erguía a medias, inspecionándonos, y entendí claramente la artificialidad de mis pensamientos previos: no era ni bestia ni dios, sino algo voraz y eterno como lo serían las bacterias bajo el hielo. Otra imagen: el ciclo de captura, incubación, y reempleo genético, una domesticación consciente de los que traspasaban la membrana del agua a favor del abismo. La cueva misma era un lugar de tránsito: cuando los mares se retiran, algunos quedan; cuando vuelven, es para cargar otra vez la matriz de carne y memoria.

Sentí la gravedad shifting, burlándose de mi orientación. Callender había avanzado hasta rozar el agua; su piel palidecía con motas oscuras, y sus uñas mostraban la delgadez del cartílago. Pero no gritaba, ni suplicaba; sólo repetía nombres, o sonidos que podríamos confundir con nombres. Me quise aferrar a lo sólido de la piedra, pero mis manos tocaban una textura irregular, pulida por otras pieles, y en la mente gritaba la certeza de que no todos los que bajaron a esa matriz habían salido, ni muertos ni vivos.

El Profundo (el primero, al menos) se sumergió de nuevo y, en cuestión de minutos—o fue una hora, o sólo segundos—otras dos siluetas surgieron en el espejo de la charca. El patrón de aparición era casi litúrgico: uno primero, luego la pareja. No respondían a luz ni sonido; sólo al quieto reconocimiento de la debilidad y del anhelo.

Callender ya no parecía humano; su silueta pasaba por las fases de una regresión mórbida, y pensé en todos los cuentos sobre el “sueño de las aguas”, sobre las letanías y gemidos bajo las docenas de capas de sal y limo. Quise gritar, pero en el aire sólo había ese silencio vítreo, el mismo que invade la conciencia antes del final.

Sentí el primer roce cuando la membrana del agua, sin salpicar, me arrastró la pierna; la piel se crispó bajo la caricia de una neurosecreción. Un hambre ancestral, indescriptible, me ordenaba divisar la faz de ese reino prohibido. La matriz de K’n-yan se abría en mi mente: una hondura sin tiempo, expurgada de gravedad y memoria, donde ni la muerte podía servir de excusa. Recordé versos de esa literatura prohibida que menciona a “la gusanera bajo los abismos, donde duermen los consagrados a los sueños de la digestión”.

La carne se modifica rápidamente en esos parajes. Mi tobillo parecía desvanecerse en niebla fría, carcomido y regenerado al mismo tiempo, como si el ser evaluara la utilidad material de mi vida antes de condenar o aceptar su substancia. Me aferré a imágenes de la superficie: la mesa y los libros, la promesa de amanecer, el sabor ácido del café. Todo se disipaba como un eco débil, sustituido por la melodía acuática de runas curvas que forzaban la memoria a repetirse.

El frío era la única verdad tangible. Callender se fusionaba cada vez más con la forma que le reclamaba. El agua le abrazaba desde dentro, convirtiendo su carne en algo ajeno, efímero, zoológico. No pude evitar recordar el texto apócrifo donde se hace referencia a los vástagos de Y’ha-nthlei, cuyos huesos son usados para grabar las leyes de las criaturas profundas y que, con cada marea, acuden a “alimentar el ciclo de lo inhumano”.

Inventé una plegaria, absurda y fervorosa, dirigida a cualquier deidad indiferente de la superficie. El aire se volvía grave con promesas de transformación, y recité: “¡No soy útil a este ciclo, ni capaz de incubar su designio!” Pero la matriz abismal no reconoce argumentos ni súplicas humanas; para ella—aquella conciencia de limo y hueso—sólo existen la forma transitoria y la memoria intransferible.

No supe el tiempo exacto que transcurrió. Creo que la entidad—o entidades—juzgó mi presencia, determinó mi insuficiencia. La presión cesó, y la charca volvió a reflejar sólo la luz incierta de la linterna caída. Allí, donde Callender había estado, quedaba una forma parcialmente reconocible, cubierta de escamas, con ojos sin pupilas mirando eternos a la superficie, quietos y opacos.

Huí a gatas, sin pensar, sin dignidad. Volví a respirar el aire salino y brutal del amanecer sobre Kingsport. La playa, nunca amable, parecía ahora una frontera mal remendada entre nuestro mundo y la matriz opalina de la vida no humana.

Al día de hoy, solo mi insomnio ha heredado la visión de aquella charca, la memoria de esas criaturas y el rumor de que, bajo el mundo, las rutas hacia el verdadero K’n-yan siguen abiertas. A veces, cerca del sueño, mi carne susurra nombres que no sé si aprendí por miedo, por desesperación—o si esos nombres aún sueñan conmigo, dispuestos a absorber otra vez mi forma cuando las aguas lo permitan.

Y a veces creo oír, en la Quietud del Abismo, esos ecos: Una invitación, un recordatorio. La inevitabilidad de la matriz. La levedad de la mente, ante la persistencia de la carne.

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