Fragmento:
Apoyó el maletín en la mesa junto a la entrada. Un vistazo rápido bastó para corroborar las impresiones de Dmitri: los cuadros estaban torcidos en ángulos imposibles, y las sombras lanzadas por el farol del vestíbulo parecían curvarse hacia ellas, como agujeros negros hambrientos.
Duración: 11:05
El tren hacía el norte partió poco después del anochecer y, durante horas, los bosques desfilaron por la ventanilla empañada del compartimento. Apenas veía sus propias manos, tanto por la tenue luz como por el efecto hipnótico de la penumbra y el traqueteo. Solo el rumor del acero en las vías y el ronquido ocasional del anciano en el asiento opuesto lo separaban del vacío.
Llegó a White Hollow a las dos de la madrugada. El viento cargaba un olor rancio, mezcla de tierra y berilo, y los faroles colgados a lo largo de la estación vacilaban en un sincronizado parpadeo. Dmitri, parco y rígido, aguardaba en la plataforma, apenas reconocible bajo su largo abrigo. Tal como había prometido, lo condujo en silencio hasta un taxi destartalado, sin mencionar la razón de su invitación, ni el propósito de su investigación.
Sabía que debía preguntar, pero no lo hizo. Parte de él intentaba retrasar todo lo posible esa primera fisura, esa grieta en la normalidad de su mundo. Dmitri, joven pero encanecido, lo observaba con una mezcla de miedo y reverencia.
La casa de los riordan era como la recordaba: tres pisos construidos de una piedra azulada, los marcos de las ventanas torcidos, la madera rechinando en cada escalón, todo envuelto en esa niebla húmeda que nunca abandonaba el pueblo. Dmitri abrió la puerta mientras su invitado repasaba, mentalmente, la carta recibida tres semanas antes: “Ven. Hay cosas suspendidas en el aire. Hay alguien más aquí, y algo quiere entrar. Solo tú entenderás. Mis respetos. D.”
Apoyó el maletín en la mesa junto a la entrada. Un vistazo rápido bastó para corroborar las impresiones de Dmitri: los cuadros estaban torcidos en ángulos imposibles, y las sombras lanzadas por el farol del vestíbulo parecían curvarse hacia ellas, como agujeros negros hambrientos.
No era un hombre dado al miedo, pero la casa no era normal. Había una presión en el aire, una vibración apenas audible, como si las paredes se hincharan y encogieran con la respiración de algo dormido y malsano.
“¿Me llevaste hasta aquí... para que vea cuadros torcidos?”, preguntó finalmente, incapaz de contener la ironía defensiva.
Dmitri le dirigió una mirada desprovista de humor. “Escucha—durante el día, todo parece estar en orden. Pero cuando la niebla sube por la colina, suceden cosas. Noto dedos en los cajones, pisadas entre las paredes, y frases completas que salpican mi cabeza al cerrar los ojos. Pero no es mío el miedo, ni la culpa. Hay alguien más aquí. Alguien que susurra desde afuera del mundo”.
El invitado sencillamente asintió. “¿Recuerdas tu promesa?”
Dmitri no respondió, solo señaló hacia la gran escalera que llevaba al sótano. La madera gimió bajo sus pies. El aire se volvía más denso con cada peldaño que descendían, y el sonido de las tablas era absorbido por una oscuridad casi líquida. Abajo, un salón de piedra resguardaba una sola lámpara de aceite, cuyo resplandor ambarino era tragado nada más nacer.
En el centro de la sala había un espejo, circular y pulido, montado sobre una peana labrada con retorcimientos vegetales en los que un ojo entrenado reconocía símbolos antiguos: ramas de olivo, tentáculos, estrellas de ocho puntas y un mosaico de palabras en una lengua muerta. Delante del espejo, como preparadas para algún tipo de ritual, se apilaban piedras lisas y pequeñas cazuelas de barro, aún manchadas de un aceite oscuro y rancio.
La sensación de estar siendo observado se intensificó. Dmitri tomó palabras más allá de sí: “A veces aparecen reflejos imposibles. Rostros que no se mueven aunque yo lo haga. Y... el vapor. Una niebla densa que a veces gotea de la superficie, como si el otro lado estuviese húmedo, palpitante.”
El visitante alcanzó el borde del espejo y, con el corazón acelerado, tocó con la yema de los dedos la superficie. Era fría, sí, pero también... blanda, como la piel de un animal sumergido en agua. Apartó la mano, mordiéndose el labio.
“¿Qué quieres de mí?” preguntó, con una voz que no reconocía como propia.
Dmitri se acercó. “Sucedió algo. Una grieta, hace seis noches. No puedo cerrarla. Cada vez se abre más... cada vez se oye más claro el jadeo.”
—Debes verlo. Solo así podrás ayudarme.
El visitante se aproximó al espejo. Respiró hondo, observó su propio rostro dejar espacio, poco a poco, a una opacidad grisácea. Las paredes detrás suyo resultaban distorsionadas, como si el propio tiempo colapsara. Y entonces, de pronto, vio algo. Un parpadeo, quizá, o una chispa de movimiento en la neblina del otro lado.
La niebla pareció pulsar, como guiada por un corazón invisible, y el vidrio exudó diminutas gotitas resbaladizas. Detrás, una silueta empezó a formarse: primero ojos oblicuos y encendidos —no humanos, ni enteramente animales, sino alguna forma intermedia— y después, una sonrisa ondulada, desprovista de labios, que se abría y se abría, mostrando no dientes, sino filamentos.
No sabía cuánto tiempo estuvo allí, hipnotizado. Un zumbido le taladraba la cabeza. Las voces —o lo que pasaba por voces— inundaban su cerebro con palabras que no recordaba haber escuchado pero que comprendía como instrucciones: rinde tu voluntad, acoge la niebla, sé la sangre que conecta los mundos.
Dmitri murmuraba plegarias, palabras rotas del antiguo folclore familiar. Pero la figura en el espejo se hacía más alta, proyectando sombras hacia el interior del sótano que no coincidían con ningún objeto presente. Algo más ocurría en la superficie: las cazuelas de barro vibraban, el aceite remanente desprendía un olor acre, como de ozono y cal.
Entonces, la niebla dentro del espejo alcanzó el punto crítico. Un apéndice, una extremidad flexible y sin huesos, se deslizó sobre el cristal desde dentro, dejando tras de sí un rastro de escarcha y líquen. Golpeó la peana con un sonido húmedo y repiqueteante, abrió aún más grietas que se extendieron como raíces.
El visitante retrocedió, tropezando, pero Dmitri lo sujetó por el brazo. “¡No rompas el contacto! Si dejas que cierre el paso ahora, buscará otra puerta... y puede que yo no sea suficiente.”
Recordó pasajes antiguos, relatos en los márgenes de los grimorios que había leído en su juventud. Se esforzó por concentrarse y proyectar su voluntad detrás de la frontera translúcida, vocalizando nombres prohibidos no tanto como defensa, sino como acto de reconocimiento. Dythalla —susurró entre dientes—, el Nombre-en-la-Humedad, la Dama de la Resina Oscura, numerosa y sola.
Las voces internas se calmaron durante un segundo, y en la superficie del espejo se formó una espiral, un círculo de símbolos que recordaban a ojos echando raíces dentro de la niebla. La criatura, en respuesta, destensó sus apéndices y por un instante toda la sala perdió volumen, el aire se volvió plomo y no hubo movimiento, salvo el de ese parpadeo implacable del otro lado.
Entonces Dmitri cayó de rodillas y empezó a recitar, en un idioma retorcido y ajeno. “Aquello que duerme se hace ahora. La marea se acerca. Quita el velo. Dame forma, Dame paso.” El invitado sintió la influencia del espejo como una presión en los oídos, como si todo el entorno se doblara hacia adelante, y pudo ver —no solo oír sino contemplar— a la entidad en toda su extensión: no confinada a una silueta, sino ramificándose en fractales tras la niebla, mojando las paredes de realidades alternas con su aliento.
Dythalla, musitó, y en ese momento la habitación entera se estremeció, y todas las cazuelas de barro explotaron en un estallido de vapor oscuro. El espejo se recubrió de una membrana aceitosa. Dmitri gritó. Una voz, profunda como los abismos submarinos, atravesó la sala:
El despertar ocurre sin piedad. El Umbral es la Sangre.
El visitante sintió entonces una corriente fría y líquida inundar sus arterias. No era el aceite o la niebla; era un conocimiento ancestral. En un instante vio la historia de ese pueblo, White Hollow, repitiéndose bajo otros nombres en otras épocas: un lugar liminar, construido por designio de quienes “no han nacido aún”, y cuyas puertas —cuando una grieta permite el paso— se abren al aliento de criaturas sin hambre ni reposo.
Percibió imágenes que ninguna mente humana debería soportar: ciudades enteras flotando en la caverna de la niebla; seres de cuerpo mutable, fusionando pasado y futuro en un presente de dolorosa elasticidad; la resina negra filtrándose por grietas dimensionales, saturando todas las salas hasta que las realidades lloran, se retuercen y suplican.
En algún lugar, la voz de Dmitri aullaba en rezos rotos. El visitante quiso cerrar los ojos, pero no pudo. El espejo ya no reflejaba nada, sino que se había convertido en una membrana membranosa, rugosa, que exhalaba soplos de bruma con aroma a descomposición y almizcle.
Hubo un instante —eterno o brevísimo— en el que el visitante perdió el sentido propio. Vio un mar de criaturas levantarse de la resina, adorar formas que solo existían como conceptos, beber silencio y devenir memoria. Comprendió en ese mismo segundo la inutilidad de la esperanza, la futilidad del raciocinio cuando la niebla exterior, la que acecha más allá de la realidad, avanza.
El visitante cayó de rodillas, como lo había hecho Dmitri, y de su garganta emergió una plegaria —no a ninguna deidad conocida, sino dirigida al Velo: que fuera misericordioso, que su despertar se postergara una era más.
Con titánica fuerza de voluntad, desvió los ojos del espejo. El sótano estaba cubierto de moho y niebla, los bordes de la visión tiritaban. Dmitri yacía inconsciente, los labios manchados de resina. El visitante, aún entumecido, lo arrastró escaleras arriba. Sólo podía pensar, mientras la niebla detrás suyo parece latir con creciente furia, en la carta que pronto tendría que escribir: “Ven. Hay cosas suspendidas en el aire. Hay algo más aquí y eso quiere entrar. Solo tú entenderás.”
Porque sabía bien —con el conocimiento que no se olvida ni en la vigilia ni en sueños— que ninguna puerta se cierra del todo mientras el mundo duerma, y que los que han visto a través del velo llevan en la sangre la semilla del llamado. La primera grieta, como el primer sueño, ya era irreversible.
Al abandonar la casa, la niebla parecía relamerse, atenta, como una lengua sobre un nuevo nombre grabado en la frontera del mundo. Atrás, bajo el suelo de White Hollow, la resina negra seguía fluyendo, paciente. No había final, solo pliegues infinitos en la piel de la realidad.
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