Fragmento:
Las noches de niebla en Altamarea, la villa marina en ruinas encaramada sobre una franja de roca negra y océano informe, distorsionaban el tiempo y el espacio, pero nadie podía dejar de contemplarlas cuando el susurro comenzaba. Ese susurro de espumas, rocas y conchas bruñidas que se colaban incluso a través de los muros húmedos, donde el salitre, generaciones atrás, había escrito runas y carcomido toda memoria racional.
Duración: 08:17
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Las noches de niebla en Altamarea, la villa marina en ruinas encaramada sobre una franja de roca negra y océano informe, distorsionaban el tiempo y el espacio, pero nadie podía dejar de contemplarlas cuando el susurro comenzaba. Ese susurro de espumas, rocas y conchas bruñidas que se colaban incluso a través de los muros húmedos, donde el salitre, generaciones atrás, había escrito runas y carcomido toda memoria racional.
Afuera, la niebla caía sobre las ruinas como el manto de un rey desterrado. Lo sé ahora, aunque entonces solo era un bibliófilo de provincia, obsesionado con ciertos volúmenes. Especialmente uno, que encontré entre las ruinas sumergidas de la biblioteca, aquella noche en que decidí investigar la verdad sobre la música lejana que, según algunos viejos pescadores, tocaba el mar en luna nueva.
Fue la luna la que me guió. O lo que emergía detrás de ella, una danza de sombras negras y titilantes incluso para un ojo entrenado en vigilia. Avancé sigiloso entre las columnas cubiertas de un limo cuya negrura era más antigua que el tiempo y caminé hasta el centro de la villa, donde las casas en ruinas formaban un círculo imposible, como un reloj sin manecillas ni horas, solamente marcado por grietas insondables y figuras talladas que borraban la memoria de todo lo humano.
La Casa de Arista, así la llamaban aquellos que aún recordaban la fundación y la masacre, donde la niebla descendía cada cierto ciclo a pulsos, con timbales invisibles, y la brisa se infiltraba a través de todas las grietas llevando consigo, si uno se detenía a oír, un compás irregular pero irresistible. Aunque era música, ningún oído humano podría transcribirla, ni ningún cuerpo evitar temblar ante el ritmo del tambor que resonaba bajo el cian de las olas. Tambor, o corazón enfermo de un dios antiguo —era imposible decidir.
Aquella noche, las nubes ocultaban las estrellas y el mar latía a intervalos con una lentitud monstruosa. Descendí entre los restos encorvados por la sal y el horror, mis pies despojando algas y caracolas perpetuamente húmedas. El círculo que las casas formaban revelaba, al centro, una losa apartada, más grande y negra que el resto de las ruinas. Sobre ella, lo que parecían cuerpos petrificados, torsos sin brazos ni rostro, dispuestos en posiciones rituales que negaban toda lógica humana.
El libro, aquel por el que casi perdí la mente cuando rocé sus cubiertas anegadas, me llamó otra vez. Era viejo más allá de toda cronología terrestre, sus páginas manchadas de una tinta grisácea que ondulaba en la luz de los relámpagos marinos. Había llegado hasta mí, ¿cómo lo supe?, sin saberlo siquiera. Lo tenía bajo el brazo, y en mi mente retumbaba el nombre: La Ausencia Circular. No escrito en la portada, sino inscrito por el eco de mil voces que murmuraban melodías incomprensibles.
Leí. Lo hice de pie, anhelante y muerto de frío entre la niebla, mientras mi linterna a pilas sólo lograba iluminar los bordes de la losa y los cuerpos sin gender ni esperanzas, torcidos por un sufrimiento anterior a todo. Descifré palabras, algunos signos, letras amarillas y esquinas desgastadas: “... sólo bajo el tercer sonar del tambor volverá el ciclo. El Círculo de Véil... la puerta... carcajadas sin labios... R’lyeh sumergida, no dormida, sino risueña y expectante... los que yacen en la bruma llevan el signo”.
Imaginé un tambor —o tal vez fue el sonido mismo el que se hizo carne en mis oídos—. No fue música. No fue ritmo humano. Era la rutina del cosmos invertido, la persistencia de la pulsión cósmica del abismo, golpeando sobre el humedal arrasado, exigiendo, demandando, convocando. Entonces, la niebla se espesó y las piedras comenzaron a sudar una negrura que no era de este mundo. El mar dejó de rugir, succionado por un vacío interior. Era el primer velo cayendo.
Miré la losa: unas marcas nuevas se extendían sobre los cuerpos. Una, particularmente, parecía vibrar, como si desde sus profundidades abisales alguna fuerza invisible danzara al compás del tambor. Un punto violeta, un círculo diminuto, sus contornos ondulando como polvo polvoriento en constante movimiento. Quise apartar la mirada, pero ya estaba aferrado sin remedio al texto y al lugar: todo lo demás era distorsión, periferia, y mi voluntad no era más que una gota en el océano causante del mismo horror que me acogía.
La vista se nubló aún más. Percibí el olor dulzón de la podredumbre, y aunque intenté pensar que era bruma y marea, el hedor iba creciendo, acercándose, llenando la noche de humores que, de tan intensos, estremecían la conciencia. Las letras del libro se desplazaron ante mis ojos. Leí, sin voz y sin saber cómo, las siguientes frases que se dibujaron en mi lengua: “Cuando el tambor resuene tres veces, y la niebla se pliegue formando zarcillos, las bocas sin dientes de los custodes abrirán el ciclo negro. Nada vive; solo descansa. Nada sueña; solo observa.”
Entonces lo vi. El mar, a mis espaldas, retrocedió por primera vez en su historia. Formó una lengua de espuma amorfa que se arrastró hacia el interior del círculo. Un resplandor lúgubre, amarillo y mortecino, se filtró entre las grietas de las casas y las estatuas. Del círculo central emergió una figura encapuchada, o tal vez formada sólo por haces de niebla coagulado, y danzó con los cuerpos petrificados como si aún tuvieran vida. Lo hacían: supe entonces que el ciclo no era de la muerte ni de la vida, sino de una tensión imposible entre ambas. Y el tambor sonó por segunda vez.
Esta vez sentí el ritmo en mis huesos. Las palabras del texto saltaron a mi cabeza en secuencias inversas. “Las máscaras rotarán. No temas. Veil lo exige.” Y el tercer latido nunca llegó del tambor, sino de mi pecho, y la negrura de la losa inspiró un remolino de garras y tentáculos, nunca completos, nunca enteros, devorando la piel de los presentes en un hambre que era memoria y era profecía.
“Vienen de Carcosa, R’lyeh cruzado en el sueño”, repetí entre sollozos y jadeos, y la niebla descendió aún más, tan densa que sólo era posible ver un centímetro adelante de los ojos. Pero los rostros sin boca, los torsos sin nombre, las estatuas sin años, todos giraban y reían con un sonido seco, paradójico, hilarante en la locura. Poseían sus cuerpos, sus nombres y sus recuerdos; ahora todos eran uno. Uno sin forma. Uno con todas las formas. Un círculo de viejos dioses festivos.
Me arrastré hacia el borde de la losa, flagelado por los ecos de la danza, escupiendo lo que sentí era mi propio pasado. El libro resbaló de mis manos. “No sueñes con Véil, y no entres en la danza”, susurraba, pero la tentación era irresistible. Un torbellino de imágenes y palabras —Carcosa, Hastur, Y’ha-nthlei, nombres prohibidos que los hombres sólo murmuran al borde de la locura marina— se enredaba junto a tambores de ultratumba que se repetían en compases quebrados, impredecibles. Perdí el sentido del tiempo. Perdí el sentido de mi nombre.
Y sin embargo, cuando la niebla se disipó —no sé si horas o eones después—, me encontré solo sobre la losa, con el amanecer luchando tenuemente por avanzar entre las ruinas todavía empapadas y el olor a podrido persistiendo como una carcajada sorda en los muros derruidos. El océano había vuelto a reclamar el círculo, devorando los cuerpos y las marcas. Pero bajo mi mano yacía aún el libro, irreparable y ahora en blanco.
En mi mente, el ulular de los tambores regresó, más tenue, sepultado. Pero sé que el círculo volverá. La niebla se espesará en otra noche sin lunas, la danza reiniciará, y de las grietas surgirán los que jamás partieron.
Ahora, solo puedo advertir: cuando escuches el tambor en la bruma y veas a los cuerpos bailar en un círculo de ruinas, no mires. No leas. Elige el olvido.
Pero, como yo, quizá ya sea tarde. Y el último Véil del sueño te aguarda.
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