Portada del relato Susurros en la Oscuridad de R’lyeh
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Fragmento:


Avancé atraído por el corazón de la ciudad, el epicentro al que apuntaba cada calle distorsionada. Aquí las reglas flaqueaban. Los pasillos no llevaban a ninguna parte lógica, los portales abrían a habitaciones retorcidas como en un sueño febril. El aire vibraba con ecos de un idioma líquido –por momentos era como escuchar una multitud balbucear junto a mi oído–, y uno tras otro los símbolos de las paredes me susurraban amenazas. “Nunca debiste venir” decían, “pero ahora, ya no vuelvas atrás”.

Duración: 09:21

Susurros en la Oscuridad de R’lyeh
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Texto de ajuste de pausa.

Deberías preguntarme cómo y por qué terminé en aquella emboscada de pesadilla, entre paredes de geometría imposible y vapores verdes que lo corroían todo. Pero ni yo mismo podría responderte con certeza, salvo tal vez las palabras demoníacas de la desesperación: “Tenía que saber”. Siempre he sido un buscador, un hombre que encontraba los límites, y al hacerlo, me sobrepasé a mí mismo y a todos los que amaba. Ahora sólo me queda este relato, este testimonio, que lanzo al vacío con la esperanza de que tal vez otros puedan evitar el abismo. Si tienes sensibilidad, si aprecias tu paz nocturna, tal vez deberías dejar estas páginas.

Mi nombre era Viktor Zeyev. Antaño, mi mundo era el de los símbolos y los papiros. Era profesor de lenguas muertas y arqueólogo insaciable de lo prohibido; me nutría de mitos, pero jamás contemplé, hasta aquel viaje, cuán amargas pueden ser las verdades ocultas tras ellos. El nombre de mi perdición llegó una noche de julio, entre sueños trémulos; era una sola sílaba: R’lyeh, la ciudad que no debía ser recordada, aquel susurro que ahora sé, verdaderamente, es el arrullo de la demencia.

Mi ruta me condujo a través del océano Pacífico, guiado por rumores disparatados y cartas secretas de expediciones malditas. Lo que me llevó allí fue un mapa, confeccionado en piel humana según algunos códices. El contacto fue Jensen, un hombre enjuto cuyo temblor perpetuo sólo era atemperado por un desdén impecable hacia la vida. Nos encontramos en Samoa bajo cielos encapotados; él me entregó la carta de navegación entre convulsos escalofríos y maldiciones en noruego; nunca supe si por miedo genuino o por el siniestro precio que, según él, exigía la “ciudad sumergida”.

Al tercer atardecer de navegación, el mar perdió cualquier atisbo de familiaridad: olas de un verde iridiscente y nubes pesadillas cubrían el cielo. El compás bailaba, las brújulas giraban sin sentido, y el motor de mi pequeña embarcación protestaba como si su propia máquina temiera avanzar. Casi parecía que las constelaciones mismas rehuían mirarme.

El aroma fue lo primero. Un hedor pútrido, salino, mezcla de algas y carne podrida. Jensen, de pronto, se lanzó al agua, presa de una histeria más primitiva que humana. No le vi reaparecer. Fue entonces que la niebla se espesó y lo vi: sobresaliendo apenas del agua, ciclópea, se alzaba la ciudad de mis pesadillas. R’lyeh no parecía hecha para ser contemplada por ojos humanos. Sus murallas eran negras, aceitadas y brillaban con la pulcritud de algo ajeno al sol o al tiempo. Las piedras zumbaban, melódicas, con un ritmo antinatural, y formas imposibles de describir formaban sus arcos y torres.

Desembarqué porque me fue imposible hacer otra cosa. Mis piernas avanzaban pese al temblor de mi espina dorsal. La marea apestaba a algo que tal vez una vez fue vida, pero que ahora sólo era profanación. La superficie, a primera vista sólida como el basalto, se ondulaba al tacto, y mis pies se hundían unos centímetros con cada paso. Al correr mis manos por las paredes, sentí que latían, como si respiraran bajo mi contacto.

Avancé atraído por el corazón de la ciudad, el epicentro al que apuntaba cada calle distorsionada. Aquí las reglas flaqueaban. Los pasillos no llevaban a ninguna parte lógica, los portales abrían a habitaciones retorcidas como en un sueño febril. El aire vibraba con ecos de un idioma líquido –por momentos era como escuchar una multitud balbucear junto a mi oído–, y uno tras otro los símbolos de las paredes me susurraban amenazas. “Nunca debiste venir” decían, “pero ahora, ya no vuelvas atrás”.

Juré que sentía que mis propias facciones se dilataban, se estiraban, —una sensación de carne blanda— como si R’lyeh estuviera transfiriendo su geometría a mi cuerpo, reformándome. La gravedad fluctuaba: a veces sentía que flotaba, en otras caía pesadamente hacia abajo aunque el suelo estuviera a mis pies. El tiempo mismo se distorsionó. Miré mi reloj sin marcas: giraban las manecillas hacia delante y atrás, como una parodia de la eternidad.

Encontré, al fin, lo que parecía una plaza central. Un anfiteatro gigantesco, plagado de columnas que evocaban medusas o criaturas de abismos imposibles, se desplegaba bajo lo que suponía era el mismísimo corazón de la ciudad. Allí, en su centro, una monstruosidad de tamaño inconcebible descansaba: un monolito de esmeralda resplandeciente e inhumana, grabado con relieves que jamás ningún ser cuerdo podría haber diseñado. Entendí, con pánico helado, para qué servía aquello: era una puerta, un umbral, quizá un altar.

Sentía la presencia de algo todavía dormido, pero expectante. Percibía la conciencia de la ciudad, su odio, su hambre. Voces, confusas, susurraban tras cada columna: nombres antiguos, sangre, promesas de “liberación”. Los ojos me lloraban ácido; los dedos, convertidos en tentáculos de goma por la influencia enfermiza de la arquitectura, apenas sujetaban mis cosas.

Creo que grité entonces, pero mi voz sonó ajena, hueca. Hice ademán de huir, y fue cuando lo vi: tras el altar, un ser que no era ni sombra ni sustancia. Se elevaba y caía como si el espacio que ocupaba no fuera constante. Su piel era una sucesión de escamas y llagas, sus ojos no estaban fijos sino que orbitaban en torno a su “cabeza”, nadando como peces alrededor de una roca. Alzó lo que podría haber sido un brazo, y una ola de olor a corrupción primordial me invadió.

La entidad habló, no con palabras sino con puro significado. Me inundó la mente con visiones: la creación y destrucción de civilizaciones bajo aguas negras, la risa de dioses olvidados, penachos de galaxias ardiendo como espejos rotos. Sentí al instante que el saber era su arma, que su mayor placer era la corrupción del alma humana a través de un único fulgor de locura.

Me arrodillé de puro terror. El monolito palpitó; mi conciencia se desdobló. Había llegado el instante que todos los hombres temen, pero que, en lo más profundo de nuestras pesadillas, secretamente buscamos: la conexión con el otro lado, esa revelación que aplasta el raciocinio. R’lyeh me acechó con visiones de mi propio cadáver, devorado por criaturas que no tienen nombre ni tiempo. Me vi convertido en piedra, sumido en la putrefacción eterna bajo las mareas pálidas de un sol apagado.

Recé, no sé a quién. Tal vez a mi madre muerta; tal vez, y esto me espanta reconocerlo, al mismísimo desmesurado ser ante mí. En mi delirio, sentí que el altar vibraba bajo mis rodillas, que mi piel se extendía y se derretía entre las losas. Vi la escena desde fuera, como si flotara por encima, y me encontré a mí mismo reducido a una marioneta presa del temblor.

El ser se inclinó. Introdujo su apéndice entre sus fauces (o lo que fueran) y regurgitó una esfera de luz turbia que cayó ante mí. Comprendí, sin razón, que se trataba de una semilla, una simiente del propio horror. Algo destinado a germinar en mí y, a través de mí, contaminar el mundo de la vigilia. Grité—o creí hacerlo—y el chillido se perdió en el eco sordo de la plaza.

No recuerdo cómo escapé de la ciudad, si es que, verdaderamente, alguna vez lo hice. Hay recuerdos de correr, del mar, del estallido de columnas al perseguirme sombras reptantes, del zumbido del monolito atravesando mi cráneo como una lanza de hielo. Recuerdo el tacto de las aguas verdes cerrándose sobre mis tobillos frenéticos; luego, sólo la negrura y el sabor a podrido.

Me encontraron, lo supe mucho después, en las costas de una isla sin nombre, delirando, cubierto de líquenes y sal, balbuceando nombres que los rescatistas jamás habían oído. La semilla seguía dentro. La siento, noche tras noche, palpitar bajo mi piel, abriéndose paso hacia la superficie.

Han pasado años. Escribo esto desde una celda forrada con símbolos que espero puedan frenar, aunque sea por unas noches, el avance de la corrupción. Los sanadores ya no se atreven a mirarme. Oigo susurros, voces gorgoteantes en la cañería, hidrocarburos que gotean del techo dibujando círculos perfectos a mi alrededor. Sueño constantemente con la plaza de R’lyeh, con su altar, con la promesa de la liberación final.

Sé que vendrá el día. La semilla en mi pecho vibrará y entonces el olvido regresará al mundo, como una marea pútrida y embriagadora. Alguien, tal vez tú, encontrará mi testamento y, como yo, querrá saber. Pasarás noches en vela, buscando las sílabas ululantes que abren el camino; y, finalmente, tú también llegarás a esa costa infernal.

Acabará, por fin, la búsqueda de todos los sueños. Y la humanidad sabrá cuán amable es a veces la ignorancia. Mientras tanto, yo, Viktor Zeyev, último viajero de R’lyeh, te advierto: no escuches sus cantos. No traduzcas los nombres. La simiente espera; y cuando despierte, ya no quedará memoria ni hombre para contarlo.

Por ahora, sólo la sombra detrás del ojo, el aroma a sal podrida y la presión en mi pecho. Que este testimonio quede como advertencia: la curiosidad es la enfermedad de los hombres, y en R’lyeh, sólo florece el horror.

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