Portada del relato Los Guardianes del Manuscrito de Pnakotus
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Fragmento:


La luz grisácea que se filtra en la celda apenas roza el cuaderno, sucio y tembloroso en mis manos. No sé si sellar estas palabras será mi salvación o la condena final de mi razón, si acaso queda algo de ella. Pero sé que alguien debe saber lo que yace bajo la palabra Pnakotus, y cómo una venerable curiosidad fue mi billete, no a la erudición, sino al umbral del desastre absoluto.

Duración: 10:17

Los Guardianes del Manuscrito de Pnakotus
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Texto de ajuste de pausa.

La luz grisácea que se filtra en la celda apenas roza el cuaderno, sucio y tembloroso en mis manos. No sé si sellar estas palabras será mi salvación o la condena final de mi razón, si acaso queda algo de ella. Pero sé que alguien debe saber lo que yace bajo la palabra Pnakotus, y cómo una venerable curiosidad fue mi billete, no a la erudición, sino al umbral del desastre absoluto.

Yo era bibliotecario asistente en la colección especial de la Miskatonic, y desde los primeros días mi fascinación se volcó a aquellos volúmenes que ni el polvo ni la humedad parecían corromper del todo: los sueños de la humanidad disolviéndose a la sombra de nombres impronunciables y textos siempre semiocultos. Entre todos, el más inexpugnable era el Manuscrito de Pnakotus. Tan solo una de sus versiones—si es que existen más—descansa en el oscuro subsuelo, guardada tras rejas y contraseñas y bajo el escrutinio de la junta de doctores que, hasta la noche del 9 de octubre, jamás me habían permitido contemplarla.

Recordaré ese día hasta que mis sentidos se disuelvan en el olvido; cada instante la sucesión de dos hechos infaustos. El primero: la llegada del Dr. Arthur Elwood. El segundo: su interés en mí, tan inusitado como terrible. El profesor Elwood, una figura enjuta, rostro pétreo marcado por surcos viejos, siempre portaba un anillo con sigilos que nadie sabía descifrar y cuya mirada parecía arrastrar consigo el olor a tumba y humedad. Fue él quien, mientras caía la noche en el campus envuelto de niebla, pronunció la invitación:

—Hay algo que necesito mostrarle, Sr. Beckett. Algo antiguo, aunque no lo suficiente como para ser seguro.

Me condujo más allá de los recintos usuales, hacia la puerta de hierro sellada al fondo del archivo. Entre los tormentosos retazos de conversación, apenas logré captar fragmentos: "congruencias de los sueños", "filamentos de realidades" y "el dedo invisible de la conciencia universal". La llave del Dr. Elwood entró en la cerradura con un giro que no parecía mover engranajes, sino más bien, doblar el propio espacio.

En el interior había una mesa, una lámpara, y encima, bajo una vitrina áspera, el Manuscrito de Pnakotus. Su lomo era insólito: intrincados arabescos de oro relucían débilmente, y los signos apenas perceptibles en la cubierta parecían retroceder dentro del cuero antiguo cada vez que los miraba de lleno. Elwood se inclinó:

—Le confiaré este privilegio, Beckett. Léalo mientras yo vigilo la puerta. Tenemos dos horas—luego, en un murmullo—: O menos si ellos despiertan de nuevo.

El libro contenía páginas de un material indefinido, tan translúcidas que mi intuición tembló al pensar que quizá no pertenecían a ningún animal del mundo. Los caracteres dentro iban mutando entre griego arcaico, pictogramas imposibles y, en una página central, una escritura perfectamente clara y legible... en mi propia caligrafía.

Leí lo primero impreso allí: "No abrir, salvo que esté preparado para no volver a cerrar los ojos en paz."

Parecía una broma sardónica, un juego de hábil falsificador o el truco de un bibliotecario anterior. Pasé página tras página: fórmulas de invocación, descripciones de ciudades brillando en ruinas bajo dos lunas, cifras vertiginosas que se arremolinaban en mi mente con la inercia de viejos terrores infantiles. Algunos símbolos relucían con destellos fríos bajo la lámpara, y juraría que las palabras vibraban, se alzaban ligeras sobre la superficie, tan pronto como mi mirada se despegaba.

Sentí, mientras caía en la lectura, un agazapado rumor en la periferia de la conciencia. Como si las sombras hubieran llenado la sala, compactando la geometría en las esquinas. No estaba solo. Busqué al Dr. Elwood, que seguía de espaldas, pero fueron susurros los que contestaron: la sucesión enrevesada de consonantes y vocales que no tenían correlato en lengua alguna, y que sonaban, sin embargo, vagamente familiares, como ecos de un idioma soñado miles de vidas atrás.

Mis manos sudaban, pero el impulso de leer era incontrolable.

Las páginas siguientes relataban la arquitectura de Pnakotus: columnas de basalto nacidas bajo la urgencia de razas desaparecidas, cámaras cuyas bóvedas contenían en relieve la historia de las eras prehumanas y de las primeras incursiones de entidades innominadas cuyo abrazo es la locura. Cada descripción se encarnaba en mi cabeza con la nítida resolución de una visión. Vi la sala circular, rodeada de nichos tallados donde los Manuscritos reposaban como huevos negroides, exudando aromas que ninguna substancia terrestre puede imitar. Vi criaturas, altas como cipreses, de torsos múltiples y miembros elásticos, cuyos ojos se dislocaban en todas las direcciones al leer esos volúmenes, absorbiendo no solo la información sino las almas de los lectores anteriores.

En aquel momento supe—sin saber en qué momento había sucedido—que la sala de la biblioteca se estaba transformando a mi alrededor. Los límites se encorvaban; el suelo, de mármol, daba paso a losas húmedas y negras de basalto; la lámpara flotaba, y la figura del Dr. Elwood se disolvía y reaparecía como una sombra ingrávida que oscilaba en la penumbra.

Quise cerrar el libro, pero sentí que mis dedos estaban atrapados por una presión leve, nada física, sino como la presión de los sueños donde el cuerpo se niega a responder. Entonces, en la página siguiente, mis ojos divisaron un nuevo párrafo que no estaba escrito antes: "Llegan los Guardianes; si pronuncias su nombre, vendrán aún más rápido."

La voz translúcida del Dr. Elwood, aún más desencajada y hueca, me sobresaltó:

—Tenga cuidado, Beckett. Esta biblioteca es una malla, una red que tantea en los sueños de quienes la leen, y algo ha sentido su presencia.

De pronto, un rumor hiriente cruzó la sala; las sombras se estiraron, se abrieron en finos filamentos oscuros y, como si respondieran a un llamado, tres figuras se deslizaron de las paredes: traslúcidas, amorfas, a ratos pareciendo una acumulación de polvo y, en otros, la manifestación de torsos semiformes con ojos vacíos.

Sentí mi voz intentar un grito, abortado por mi garganta cerrada.

Elwood—o su sombra diluida—pareció mover los labios:

—No los mire de frente, Beckett. No los nombre. Clemencia, ignorancia, desesperación son todo lo que les queda de humanidad. Suelen conformarse con meros susurros: fragmentos de lo leído, hilachas de la mente tocada. Pero si ve su rostro completo, si lo pronuncia… le seguirán hasta donde los sueños temen despertar.

Aferrado aún al libro como lo último real en esa nueva geografía, busqué huir, pero mis piernas apenas respondían. Quise encontrar el lomo de la obra, forzar la tapa a cerrarse, lo que sea para devolver la realidad anterior, aunque fuese anodina. Pero la escritura seguía emergiendo en el pergamino: "¿Quién eres si no el copista, el narrador, el portador de la condena? Sabrás que quienes leen nunca saben si están leyendo sueños o su realidad próxima."

Las figuras flotaban ahora cerca de la mesa; una de ellas se acercó tanto que sentí la piel arder, con la certeza de que lo que irradiaba era mil veces peor que el frío. Los ojos, si así podían llamarse, giraron... y una lengua bífida, no física sino como la impresión de un concepto furioso, rozó mis pensamientos.

Entendí, en ese instante, que los Guardianes del Manuscrito no cuidaban el volumen, sino que lo custodiaban de mentes capaces de descifrarlo. Eran ecos, residuos, miasmas de antiguas voluntades que enloquecieron leyendo hasta la última página. Se alimentaban del asombro, la curiosidad, la osadía de quien se atrevía a abrir cada nueva línea. Y yo era, en ese momento, un manjar exquisito.

Elwood—o la aberración en su forma—pronunció con dolor:

—¡Van a tomarlo, Beckett! ¡No lea el último pasaje! ¡No—!

Pero la compulsión era irrefrenable. Mis ojos, devorados por el texto, hallaron la sección final, escrita, o al menos percibida, en un dialecto sin nombre: "Toma tu lugar, nueva conciencia, heredero de la condena. Copia aquello que has leído; así el ciclo sigue, así los Guardianes se multiplican."

La presión fue horrible. Los filamentos de sombra rodearon mi cabeza, sentí la piel abrirse en llagas imaginarias, la sangre bullir en las venas. Fui arrastrado, en la mente, a una cámara circular dentro de la cual no existía tiempo—todas las realidades posibles yacían solapadas—, vi los millones de rostros arrasados con idéntico espanto, hombres y mujeres de eras distintas, absorbiendo una por una las frases medrosas del manuscrito, y en todos ellos el inevitable colapso, la rendición del yo.

Cuando regresé, no sé cuánto tiempo después, el libro yacía cerrado, la lámpara parpadeaba débil; Elwood había desaparecido, la puerta parecía normal salvo por una sensación de profundidad irreconciliable. Huí sin mirar atrás, torpe como un niño aturdido, sintiendo tras la nuca el roce de miradas que ya nunca me abandonarían.

Ahora, en esta celda, mientras los médicos del sanatorio susurran mi diagnóstico y los cuidadores refuerzan las cerraduras, escucho de nuevo los susurros. Los Guardianes se han adherido, como una mancha persistente, a la esquina de mi cuarto. A veces clavan en mis sueños la visión de la sala curva, los nichos oscuros, el eco gélido de miles de palabras oscilando entre lenguajes que aún no han nacido. Y yo—sólo yo—sé que pronto escribiré, forzosamente, la continuación del Manuscrito. Es así como el ciclo reanuda: un lector, un copista, un testigo de los horrores de Pnakotus.

Si alguien encuentra estas palabras, custódelas detrás del fuego o del agua. No repita mi error. No lea más allá de lo que el temor le permite, a menos que anhele la sonrisa amorfa de los Guardianes, su abrazo de pesadilla y su promesa de interminable vigilia. Porque aquí, en la soledad de mi encierro, he aprendido que lo más terrible no es recordar lo leído...

...sino descubrir que, incluso con los ojos cerrados, el Manuscrito de Pnakotus sigue escribiéndose en el reverso de mis párpados.

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