Fragmento:
Zarpamos durante la llegada de la marea fantasma. Las aguas estaban inusitadamente tranquilas, reflejando estrellas apagadas en patrones imposibles. Los motores, extrañamente, no hacían ruido: sólo el batir rítmico de un tambor sordo, que emanaba, intuí, desde lo profundo de la estructura del propio barco. Nadie más estaba a bordo, pero escuché pasos; el timón giraba por sí solo. Dodson no volvió a hablar, limitándose a susurrar letanías en una lengua limoide.
Duración: 09:43
Desde que puedo recordar, el mar ha sido un umbral para mí, un presagio oscuro del todo prohibido. Me llamo Charles Bretherton y he pasado los últimos treinta años intentando olvidar lo que experimenté en las tierras que no deberían ser, en el corazón marchito de ese sueño cósmico, R’lyeh, bajo la atenta mirada de Azathoth, cuyo trono de caos no tiene significado humano posible. Ahora, cuando la decrepitud avanza sobre mi cuerpo y cada noche los susurros se hacen más persistentes, relataré mi descenso, pues la locura es menos temible si uno la comparte, aunque sólo sea con la penumbra que se apretuja entre las palabras.
Las primeras señales llegaron por carta. Quise ignorarlas, pero mi oficio de traductor de lenguas muertas y mi insaciable gusto por los misterios arcanos pesaron más. Los sobres venían sellados con cera negra, impresos con símbolos que no se encontraban en ningún grimorio clásico, ni en los infames manuscritos que había encontrado a lo largo de los años. “Ven cuando el clamor de las olas apague la luna,” rezaba cada nota, en varias versiones de la misma caligrafía sobrenatural.
Incapaz de resistir ese llamado, y empujado por una inquietud que palpitaba en los huesos, viajé hacia el litoral de Kingsport, Massachusetts. Era primavera, pero el viento levantaba una niebla viscosa, similar a las babas de un molusco abisal, arremolinándose en la escollera. Parecía que toda la costa susurraba quizás con una voz no propia, sino traída desde pupilas anegadas bajo titilantes estrellas alienígenas; tal vez reflejo de una conciencia colosal y adormecida.
En la esclusa del puerto, aguardaba un hombre vestido en hábito corto de lana esquilmada, más propio de un clérigo etrusco que de un capitán moderno. Era anciano, de piel translúcida y ojos sin blanco aparente; sólo pupilas oscuras, abiertas de par en par. Se presentó como Almeric Dodson, pero un retazo de mi mente murmuró nombres de tal antigüedad y longitud que deshicieron la arquitectura familiar de mi idioma natal.
Zarpamos durante la llegada de la marea fantasma. Las aguas estaban inusitadamente tranquilas, reflejando estrellas apagadas en patrones imposibles. Los motores, extrañamente, no hacían ruido: sólo el batir rítmico de un tambor sordo, que emanaba, intuí, desde lo profundo de la estructura del propio barco. Nadie más estaba a bordo, pero escuché pasos; el timón giraba por sí solo. Dodson no volvió a hablar, limitándose a susurrar letanías en una lengua limoide.
La travesía duró según el reloj apenas nueve horas. Para mi conciencia, transcurrieron siglos. A cada instante, aullidos llegaban deformados a través del agua, y columnas de espuma se elevaban, transformándose en brazos compuestos de pesadillas liquidadas. Debajo del casco percibía el roce de tentáculos y caricias de algo que no estaba vivo, pero tampoco muerto.
Avistamos una aguja verde-negruzca surgiendo del mar. El aire olía a ozono y a limaduras de piedra milenaria, como si el Atlántico estuviera ardiendo bajo la superficie líquida. La isla emergió con la indecisión de un monstruo sonámbulo: primero, los monolitos ciclópeos, luego la masa informe de la ciudad sumergida. R’lyeh, la ciudad donde yace lo que no debe despertar. Las escrituras hablan de geometrías imposibles; no alcanzan jamás a describir la presencia de aquel horror quieto, hundido en el delirio de su propio inconsciente.
Desembarcamos entre estalactitas de bruma marchita y aristas angulosas. Un escalofrío ancestral me recorrió: lo que parecía piedra estaba vivo, respirando con pulsos apenas perceptibles, exhalando vapor de amoníaco y sal gema. Caminé y retrocedí a la vez, aunque mis pies avanzaban por terrazas con jeroglíficos que sangraban lodo de mil colores bajo la luz mortecina de lunas que no estaban en el cielo de la Tierra.
En la distancia, vi un portal abierto a la base de una pirámide inclinada. La negrura interior exudaba un zumbido apenas audible, cuya frecuencia se enroscó en mi oído interno como un parásito. Pero Dodson —o aquello que ahora usaba su disfraz humano— seguía adelante, y yo, extraviado en mi propia fascinación horrorizada, fui tras él.
El túnel descendía en espiral, alternando escalones sólidos con charcos que parecían tener profundidad infinita. A medida que nos adentrábamos, la arquitectura mutaba: los techos y paredes respiraban, como pulmones de un coloso sumido en un sueño subterráneo. Voces, no provenientes de ninguna garganta humana, recitaban versos fracturados que me taladraban la memoria.
Pensé en regresar, en alcanzar el brillo pálido del exterior, pero entonces el eco de una palabra primordial detuvo mi paso. Aquella sílaba no se me ha borrado desde entonces: ZHR’LTHAG. No puedo traducirla. Es una clave, una herida, un mordisco cerebral.
Diversas formas de vida flotabant en la penumbra: polipos translúcidos, con ojos de aguamarina en número impío; sátiros elongados y húmedos como raíces de alguna pesadilla vegetal; larvas acéfalas que, sin embargo, rezaban plegarias redondas, concatenando sonidos burbujeantes. Todos se giraban hacia Dodson, prosternándose. Uno de ellos —un ser informe con apéndices líquidas— se disolvió sibilantemente ante nuestros pies, atravesando el suelo como si regresara a una matriz más profunda.
Llegamos a una cámara abovedada, presidida por un artefacto colosal: una trona, forjada de óxido verdemar y piedras talladas con runas crispadas. La forma era demente: columnas que emergían del techo, cayendo no en el suelo sino torciéndose en ángulos inadmisibles para la física. Engarzado en la base, un orbe glaciar suspendido, atrapando destellos de un cosmos desconocido. Allí sentí el influjo total del Caos, del Abismo, del Trono de Azathoth girando al otro lado de toda razón.
Alrededor del trono danzaban figuras envueltas en túnicas laceradas, con escrituras móviles que se deslizaban por la tela y caían al suelo como arañas. Las criaturas se postraron mientras la estructura vibraba a un compás que destruía el significado mismo de la música: una letanía caótica que, sin embargo, contenía simetría. Era, supe, el culto secreto del Núcleo Silente, los elegidos de la Cripta de R’lyeh que servían como vasos para la demencia celestial.
A Dodson lo recibieron en medio del Cónclave. Las palabras que intercambiaron tenían la calidad de manchas de aceite en agua, repeliendo e hibridando significados en un ballet prohibido. Pero yo —el forastero, el intruso— fui conducido hacia el trono mismo. Las túnicas se abrieron como la división de un mar inhumano, y el aire se tornó viscoso, más denso de lo que puede soportar un hombre.
—Te han preparado —rezumó una voz sin labios ni garganta—. Tocarás el núcleo y verás al soñar, y recordarás para el hambre del mañana.
No pude responder. Mis brazos, movidos por una voluntad que no era la mía, se estiraron hacia el orbe. La superficie, lejos de ser sólida, se licuó bajo mis dedos y un frío abisal me atravesó el cerebro, disolviendo los castillos de mi racionamiento, mis recuerdos de infancia, mis afectos y miedos humanos.
Entonces lo vi: la fuente de toda pesadilla, el Coro Inexistente del Trono. Azathoth, no como entidad, sino como idea absoluta, carente de voluntad, de maldad, de propósito. Sentí el rumor del Caos Primigenio, la circularidad infinita del hambre que devora su propio contenido. Millones de arpistas sin ojos tocaban liras sin cuerdas, y cada nota era una galaxia naciendo y feneciendo en un solo parpadeo. Vi a Cthulhu, la gigantesca cabeza de cefalópodo agónica en sueños, temblando en sus cadenas oníricas. Vi la fractura de la materia y el grito invisible de la geometría retorciéndose.
Una abominación de fractalidades flotó ante mí: su voz era el aullido de todas las demencias sumadas, y me arrastró a un pozo sin ejes. El tiempo se plegó: fui mi propio padre, fui Dodson, fui el mar y fui la grieta por donde se escapa el entendimiento.
No sé por cuánto permanecí así. Un milisegundo o era una eternidad atrapada, recursiva, lacerante. Cuando recuperé un atisbo de yo, y la voluntad me devolvió al umbral de la sala, supe que ya no quedaba Bretherton en mí. Los cultistas se desvanecían, uno tras otro, en la materia hirviente de la cripta. Dodson me observó con un asomo de compasión imposible en un ser de tal procedencia.
—Ahora eres vaso —murmuró, inhalando una niebla que salía del suelo—. Ve y siembra la duda en la carne de los que duermen en la orilla.
La marea regresó y fui arrojado por la resaca a la playa de Kingsport. Los médicos dijeron que había pasado dos días desaparecido. Pero yo los había dejado siglos atrás. Los sueños me persiguen: cada noche me arrastra otra vez el rumor del Trono, el chirrido de la Cripta, la danza de la carne que ya no es carne sino eco de ecos.
Intento advertir, pero no puedo más que garrapatear estas palabras y esperar que nadie más escuche la melodía muda de ese núcleo plagado de ansia ciega. Si has leído hasta aquí, considérate advertido. No respondas si la bruma busca tus pasos, no sigas el tambor, no mires cuando la luna se apague de improviso. Lo que duerme en R'lyeh no desea, no espera: simplemente es. Y no hay forma alguna de regresar cuando la trampa del Trono se cierra sobre tu conciencia.
Además, he comenzado a soñar con el regreso de Dodson. Sé que no será una visita; será una reclamación. Las ruinas de la gran cripta me llaman. Ya no hay Bretherton, sólo el mensajero. Y tú, ahora, compartes la herida.
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