El viento soplaba afilado a través de las grietas de la antigua mansión Merrick, situada al borde de un acantilado donde el Atlántico se despedazaba en negras ráfagas. Era la medianoche del 7 de febrero de 1929 cuando mi viaje a la locura comenzó, aunque la cronología de la pesadilla no tiene cabida en los ritos de lo innombrable. Me llamo Avery Delacroix, y mi juventud como estudioso de las antigüedades, aunque invulnerable al polvo y la humedad de los criptogramas, no me preparó para comprender las verdaderas escrituras de la mente humana: los ecos de horrores cósmicos que acechan en los márgenes de la percepción.
Había llegado a Kingsport, ese asentamiento vetusto y anclado a la superstición, para inspeccionar ciertos textos donados por Jonathan Merrick a la sociedad histórica local. El Sr. Merrick, un revenido de la aristocracia colonial, era conocido por su carácter hosco y sus prolongadas ausencias —nadie supo nunca a dónde iba ni con quién se reunía—, así como por su obsesiva colección de objetos esotéricos. Su mansión parecía la encarnación física de su obsesión por lo arcano: techos altos guarnecidos de telarañas, muebles cubiertos por paños blancos que fluctuaban en la penumbra como sudarios, y sobre todo, el rumor incesante de pasos que no absolvía ninguna presencia humana.
Según la misiva que me envió la propia sociedad histórica, entre los objetos se encontraba un conjunto de hojas identificadas apenas como “El Diario de Lycurgus”, un nombre que apenas hallaba eco ni entre los registros prohibidos de la Universidad de Miskatonic. El bibliotecario jefe, el anciano Cobb, había intentado traducirlas pero sólo había podido bosquejar fragmentos inconexos. Fue por pura necedad —la cual, confieso, poseía en exceso— que acepté pasar la noche solo en la mansión para realizar mis cotejos y estudios.
El viento se hacía más violento a medida que me acomodaba en la biblioteca, cuyos ventanales percutían intermitentes bajo la mordida del temporal. Allí, la lámpara de aceite apenas podía expulsar las sombras monstruosas sostenidas de las estanterías curvas. Cuando abrí el diario, una ráfaga glacial barrió la estancia; por un instante, todo mi cuerpo se estremeció con una sensación de intromisión, como si acabara de romper un sello ancestral con mi simple contacto.
Las páginas, cubiertas de una caligrafía apretada y fragmentaria, hablaban en símbolos a veces más cercanos al sánscrito que al inglés: figuras geométricas, equis y espirales cruzadas, nombres inauditos que muchas veces me costaba reproducir con mi lengua mortal. En los márgenes, Lycurgus —quienquiera que fuese— relataba su encuentro con “la sombra cadavérica que repta entre los vacíos de piedra y tiempo”, y refería visiones de “tres lunas negras, alineadas sobre el vértice de mundos extintos”.
Fascinado y aterrado a partes iguales, proseguí en mi escrutinio hasta encontrar una ilustración esquemática: un círculo rodeado de símbolos alienígenas, con un segmento obscurecido como una media luna. El pie de página, traducido torpemente, decía: “El Eclipse se acerca; Yuggoth nos observa”. Yuggoth. El nombre vibró en mi mente con la resonancia de un eco ancestral, como un recuerdo familiar enterrado en los estratos más profundos del ser.
Mientras trataba de razonar con aquello que la lógica expulsaba de inmediato, una figura apareció en el umbral: el mayordomo, un anciano enjuto llamado Lees, cuyos ojos hundidos parecían no reflejar emoción humana. Se disculpó por interrumpirme, alegando que debía encender la chimenea, pero detecté en su actitud un temor reprimido, una suerte de alarma apenas disimulada cuando sus ojos recayeron sobre el diario abierto.
—No es prudente leer sobre la luna negra en noches como ésta, señor Delacroix —susurró, con una voz tan baja que casi no perturbaba la quietud.
Le pregunté qué quería decir con eso, pero se escabulló antes de que pudiera obtener respuesta. Me senté de nuevo, zarandeado por los nervios y obsesionado con la expresión de terror absoluto que había invadido el rostro de Lees.
En un estante olvidado encontré, tras apartar un paño, un pequeño objeto encajado en una urna de vidrio: era un artefacto ovoide, de un negro abisal recorrida de vetas violetas, su textura pulsaba suavemente bajo mi mirada —la impresión de carne húmeda repugnaba los nervios de mis dedos aún sin tocarlo. El diario mencionaba “la semilla de transferencia”, la cual, si se contemplaba durante el eclipse, podía “desatar los cierres de la percepción y convocar la mirada de los pastores de Yuggoth”.
No sé por qué ese impulso perverso de desafío me llevó a fijar mi vista sobre aquel objeto. Sentí en ese instante la presión de cientos de miradas invisibles, el chillido ululante de un viento que no era el de la tormenta costera, y una sombra que reptaba bajo el umbral de mis pensamientos, quemando, abriendo salidas a traición en mi mente. Sentí que yo mismo era succionado hacia un vértice entre dimensiones, y que la mansión Merrick ya no me pertenecía ni yo era ya dueño de mi carne.
La lámpara titiló con un brillo violáceo y el reloj de la biblioteca, sorprendentemente animado después de décadas de inactividad, comenzó a batir un compás irregular, opresivo. Era como si todo el universo esperase un evento anunciado. El diario se abrió por sí solo, mostrando otra página donde se leía, en inglés arcaico: “Cuando la luna se olvide de la luz, la grieta mostrará su herida y los pastores caminarán hacia el río de las sombras.”
De pronto, oí pasos —no los pasos de hombre alguno, ni de Lees, sino el arrastre viscoso de algo que no tenía su modelo en las formas terrenas. El viento cesó, la marea soñolienta se paralizó, y de las sombras surgió una especie de neblina oscura que comenzó a condensarse en formas horrendas. Por un instante, distinguí garras y tentáculos cuya cantidad desafiaba la aritmética, y los vi fusionarse en una estructura vagamente antropomorfa cuya cabeza era simplemente una herida circular, un eclipse de carne y néctar negro.
Me paralicé. Mi voluntad disminuyó ante una fuerza implacable. Oí voces; no surgían de los labios ni de alguna garganta, sino del propio núcleo de la entidad. Voces sin sonido, ideas impresas directamente en mi conciencia: Yuggoth. Pastores. Eclipse. Las palabras no tenían correlato humano, pero fui invadido de un pavor cósmico, la sensación de que mis pensamientos eran invadidos, horadados, y utilizados como portales hacia significados que no tenían morada en el lenguaje de los hombres.
En ese estado, vi escenas que ni el más hilarante absenta puede evocar. Vi ciudades floreciendo y marchitándose en segundos bajo lunas triples que orbitaban un sol mortecino; vi criaturas danzando alrededor de obeliscos y fosos, entonando letanías que retumbaban en toda la galaxia. Y vi, por encima de todo, la semilla de transferencia hundiéndose en aguas de tinta, abriendo grietas entre dimensiones que sangraban negrura.
Desperté de pronto tumbado en el suelo de la biblioteca, Lees agitándose a mi lado y arrojando agua en mi rostro. Sus ojos, bañados en lágrimas, suplicaban silencio. Me ayudó a incorporarme y susurró, con el aliento de un moribundo:
—Debemos sellarlo. Pronto, antes de que termine el eclipse.
Con fuerza impensada para su edad, tomó la urna y forzó la semilla dentro de un compartimento oculto del escritorio de caoba —sellado con símbolos semejantes a los del diario— y, tras recitar un cántico estertóreo, la recubrió con cera negra. El ambiente recuperó su peso, la tempestad reanudó su fuerza allá fuera, y las sombras se retiraron a sus guaridas menos visibles.
Desde ese instante, la mansión pareció menos opresiva, pero el miedo persistía en mi médula. Lees me inquirió con una mirada feroz, y me instó a jurar que jamás revelaría el contenido del diario ni hablaría sobre Yuggoth a criatura viviente. Yo, nervioso y tembloroso, asentí.
Huí de Kingsport esa misma noche, bajo la indiferencia de la nieve y las estrellas. Sin embargo, los sueños no han cesado. Ahora, cada vez que cierro los ojos, vuelvo a ver el eclipse: no el eclipse astronómico que presencié de niño, sino la herida circular. Oigo los pasos de los pastores, siento la presión de mil mentes acechando tras los velos de la percepción, y sé que, si alguna vez abriera el diario de nuevo, la grieta terminaría de abrirse —y no sólo para mí.
He dedicado mi vida a estudiar aquí, en París, los secretos que subyacen en los manuscritos proscritos de todos los siglos, intentando hallar seguridad en la razón, pero nada sirve. El horror de los pastores de Yuggoth ha penetrado en mi carne, y acaso sea yo mismo, ahora, una grieta por donde la mirada de esa luna negra acecha al mundo. No hay escapatoria de la noche de los labios cerrados, porque cuando hablamos de lo innombrable sólo le abrimos la puerta un poco más.
Y si alguna noche sienten ustedes el peso glacial de una sombra sin forma sobre su pecho, recen porque no hayan leído palabras prohibidas —pues acaso, al igual que yo, ya hayan sido elegidos para abrir portales que el universo concibió para quedar cerrados, para siempre, en el umbral de lo que no debe soñar.
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