Fragmento:
Mi obsesión se tornó destrucción en el invierno de 1928, cuando fui aceptado en la expedición Davenport, cuyo propósito —más brutal que científico— era recolectar minerales y vegetación de la superficie de Yuggoth. A nadie parecía importarle que el mismísimo nombre de aquel planeta sólo fuese una correspondencia de Plutón para la mente cuadrada de los astrónomos de Arkham. Del verdadero Yuggoth, los textos sagrados sólo cuentan mentiras peligrosas: que es una luna helada, despoblada y sin vida. Yo pronto descubriría que la ignorancia es la más piadosa de las bendiciones que la ciencia pueda otorgar.
Duración: 10:46
Nunca he sabido exactamente cuándo comenzó mi obsesión, y sin embargo, hay noches en que incluso el recuerdo de mi infancia parece saturado de las mismas sombras que, mucho más tarde, arruinaron para siempre las fronteras de mi mente. Quizás fuera por las historias que oía de mi abuelo, el mismo que aseguraba haber contemplado el verde y distante orbe de Yuggoth durante una tormenta de los sueños. Quizás fuera por los sueños mismos, que a los ocho años ya me mostraban abismos imposibles respirando bajo cielos lúgubres y radiantes de un sol negro. Pero ningún hambre inquieta de misterio jamás podría haberme preparado para aquel viaje, ni para lo que ahora debo contar, aunque sólo lo cuente para poder creerlo yo mismo.
Soy, o era, un investigador—un hombre de letras atrapado por la obsesión, entregado a los manuscritos antiguos del consorcio de la Universidad de Miskatonic cuya caligrafía hiere la vista y delata a los autores con cerebros demasiado maduros para la carne terrestre. Cuando el profesor Hanrahan murió —con el rostro hecho trizas, los ojos convertidos en dos racimos de hongos oscuros—, heredé su trabajo sobre los Polipos Volantes y los Migo, custodios de todos los secretos más antiguos de aquel mundo de pesadilla más allá de Plutón. Su diario, escrito entre fiebres, revelaba la cruda verdad: el mundo oculto bajo el hielo de Yuggoth es un depósito de cosas no destinadas a la existencia, y sus secretos, una tentación demasiado grande para cualquier mente humana.
Hanrahan mencionaba, entre los fragmentos descosidos de sus delirios, el “Viento de Leng”. Jamás explicaba exactamente qué era: a veces parecía una fuerza, a veces un ser, a veces una geometría de sonido capaz de avivar o vaciar el pensamiento de quien la escucha. Repetía sin cesar, con letra tambaleante: “Sólo en Yuggoth, entre los mares congelados, caminan los vientos que gritan lo innombrable. Apártate de la esfera de G’anthra. No mires cuando gire el cielo negro. No respires el aire que vibra con ojos”. La Esfera de G’anthra… Yuggoth… el Viento que grita nombres no aptos para gargantas humanas.
Mi obsesión se tornó destrucción en el invierno de 1928, cuando fui aceptado en la expedición Davenport, cuyo propósito —más brutal que científico— era recolectar minerales y vegetación de la superficie de Yuggoth. A nadie parecía importarle que el mismísimo nombre de aquel planeta sólo fuese una correspondencia de Plutón para la mente cuadrada de los astrónomos de Arkham. Del verdadero Yuggoth, los textos sagrados sólo cuentan mentiras peligrosas: que es una luna helada, despoblada y sin vida. Yo pronto descubriría que la ignorancia es la más piadosa de las bendiciones que la ciencia pueda otorgar.
El trayecto desde la órbita de Júpiter hasta la eclíptica exterior fue la antesala perfecta para la locura. A medida que nos aproximábamos a la periferia solar, el Sol mismo adquiría un tono malsano, blanquecino, y la luz no parecía atravesar el vidrio de la nave con normalidad. Davenport se mantenía ocupado orquestando experimentos y ordenando la recolección de rocas neumáticas, mientras los técnicos susurraban acerca de ruidos en las paredes sin motivo aparente. Pero yo, tras leer el diario de Hanrahan al abrigo del débil fulgor de las lámparas, ya no dormía. Sólo pensaba en la Esfera de G’anthra y los vientos que podían carcomer la carne sin dejar marca.
Cuando nuestro vehículo aterrizó en la planicie oscura de Zatha-Mual, sentimos el temblor, una vibración interna, como si cada átomo de nuestro cuerpo marchitara en tiempo real. El suelo, compuesto de una amalgama de cristales negros y hielo endurecido, no reflejaba la luz, sino que la devoraba. El aire vibraba incluso dentro de los trajes presurizados, y en el horizonte, más allá de las cordilleras como cuchillas, se alzaba una cúpula ciclópea que ninguno de los mapas topográficos mostraba; su silueta era casi perfecta, aunque su simetría parecía rechazar toda lógica conocida por la geometría euclidiana. Sobre ella danzaba niebla fosforescente, como vapor de mercurio, meciéndose al capricho de un viento invisible.
Esa noche, mientras los demás dormían tras la rutina diaria, descendí en secreto al subsuelo tras hallar una hendidura angosta oculta por placas minerales negras, algo que ningún sensor había detectado. Bajé con la única luz de mi lámpara firme y una leve esperanza de hallar artefactos, ignorando el susurro de Hanrahan en mi pecho. A cada paso —todavía puedo sentirlo—, la presión aumentaba, pero no era física; era un acoso de la mente, un descenso por corredores hechos para cerebros distantes cuya matemática no era de este universo. El aire retumbaba, vibrando suavemente con ecos de sílabas que no recuerdo —ni me atrevería jamás a escribir—.
El corredor desembocó en una gruta ciclópea, cuyo techo yacía a millas por encima, horadado por iridiscentes columnas de vidrio oscuro. Allí, depositado sobre un zócalo de escoria ventilada, vi la Esfera de G’anthra. El aire a su alrededor palpitaba, y su superficie —negra, pulsante, traslúcida— huía de toda fuente de luz. Me acerqué, atrapado como un insecto aguijoneado al centro de la telaraña. Escuché entonces: era el viento, pero no como nunca en la Tierra, ni siquiera como en las ruinas de Leng, donde las bocas de mármol cuentan historias de sacrificio entre risas tumultuosas y bestias incorpóreas. Este viento era una modularidad de pensamiento, un soplo convertido en palabra, pero sin lengua ni labios, un viento de sonido puro que sólo existía porque la mente le daba sentido.
En ese instante, la Esfera latió —una vibración honda y eterna sacudió la caverna entera— y de su interior surgió un flujo de imágenes, estampidas de claroscuro. Vi seres de puro significado, polipos translúcidos disolviéndose y reformándose al compás de una música ausente. Vi los antiguos colonos de Yuggoth —los Migo—, en sus refractadas ciudades-laberinto, extraer cerebros humanos para almacenarlos en frascos de aire reducido, transportándolos por espacios interdimensionales de dolor y revelación. Vi el Mar de Cristal, que sólo existe al mediodía de Yuggoth: una extensión infinita de espinas blancas, vibrando al paso del Viento de Leng. Vi —y oí— cómo el Viento cantaba, soplando desde un abismo que no era un lugar sino un estado de existencia, y que arrastraba consigo la memoria de todos los que alguna vez preguntaron demasiado.
Quise huir, pero el viento no me lo permitió. Sentí que las palabras de Hanrahan se anudaban a mi lengua, y mi piel se endurecía como chitinosa. Alrededor, las columnas de cristal pulsaban al mismo ritmo que mi corazón. Escuché cómo, con cada ráfaga, el Viento desfibraba mi mente, removiendo los cimientos de mis recuerdos hasta perder todo hilo de humanidad. Por un momento, comprendí las bocas babosas que silban en Leng cuando el sol no está en el cielo. Comprendí el hambre de no-ser, la geometría terrible de los vientos que pueden devorar las mentes y dejar la carne intacta, suspendida aquí, aguardando órdenes indecibles.
Caminé —o fui arrastrado— fuera de la gruta, llevando conmigo la visión y la peste sonora. Recuerdo descender por interminables rampas de obsidiana líquida, cruzar bóvedas cuajadas de racimos aromados de hongos ácidos, oír los zumbidos y chirridos de criaturas sin nombre que merodeaban mi esfera de percepción. Olí el aroma ácido del Mar de Cristal cuando llegué al borde y vi las brisas de Viento de Leng desgajar las agujas de hielo, arrastrando fragmentos de símbolos grabados en cada astilla. Eran letras y no eran letras, jaulas de un idioma tejido como carne sobre la idea del idioma, y cada partícula que rozaba yo sabía lo que quería: descomponer toda forma, toda mente, hasta que sólo quedara ese ulular disonante que es el canto mismo de la desolación absoluta.
No sé cuánto tiempo vagué allí; el sol de Yuggoth nunca cambia, y bajo las estrellas negras todo sentido de la sucesión de los hechos se distorsiona. A veces me detengo en la memoria de un pozo, donde observé —o fui observado— por un enjambre de polipos translúcidos; otras veces me veo caminando entre ruinas de arquitectura ajena a cualquier lógica terrestre, donde el aire mismo era pesado y dulce y cada sombra goteaba hacia arriba, plegándose en un vértice de horror abstracto.
Finalmente, de alguna forma, regresé. No podría decir cómo ni cuándo. Fue sencillamente la súbita aparición de la nave y el espanto gélido de mis compañeros al encontrarme afuera, sin traje, cubierto de una capa seca de escarcha negra y con las cuencas de los ojos llenas de polvo candente. Había olvidado mi nombre y el de la Tierra. Hablé —durante seis semanas según sus testimonios— un idioma huérfano de cualquier fonética humana, dando chillidos y carcajadas que según dicen eran el eco del viento entre las montañas de Leng, en medio de un planeta enloquecido por las pesadillas. Los médicos anotaron mis frases, y las archivaron bajo el título de “glosolalia de origen desconocido”. Nadie estuvo dispuesto a creer que lo que pronunciaba eran los fragmentos de un idioma muerto, un idioma que sólo cobra sentido cuando el Viento de Leng se cuela bajo la piel y carcome cuanto es humano en nuestra pobre carne.
Han pasado años desde mi regreso, si es que hubo regreso. Camino por la Tierra como un extraño, y a veces los aires más fríos traen consigo una vibración, un jadeo, un susurro apenas audible en el quicio de la noche. Soy consciente de que la verdadera naturaleza del Viento de Leng no es la de un habitante de Yuggoth o del tiempo, sino una forma de hambre fundamental que atraviesa las dimensiones: el apetito por ideas, sueños y mentes.
A veces miro mi reflejo y veo, detrás de mis ojos, una esfera negra haciendo vibrar mis pensamientos, despojando cada recuerdo de su nombre hasta reducirlos todos a un silbido, un llanto, un canto sin cuerpo. Sé entonces que nunca me liberaré. Soy recipiente de aquel viento, y, como Hanrahan antes que yo —y tantos otros cuya carne fue cosechada y sus mentes arrastradas hasta que su eco se hizo viento—, sólo espero el día en que el Viento vuelva y me lleve completamente, y mi última palabra sea un suspiro imposible, una sílaba de la lengua de la desolación entre el Mar de Cristal y la esfera que late, eternamente, en las tripas de Yuggoth.
Si alguno de vosotros, movido por la misma arrogancia o deseo, contempla una noche las lejanas y goteantes luces que centellean en el hemisferio de la noche… recordad lo que yace bajo la corteza de planetas muertos, y lo que respira en el rumor de los vientos. El viento que llega desde un abismo sin nombre, dispuesto a sorber los pensamientos de quien pasa demasiado tiempo escuchando el gemido de los mares alienígenas. Porque el Viento de Leng sopla adonde le place, y a veces, sólo a veces, encuentra un eco en la cuerda más íntima del alma humana… y entonces ya no hay retorno.
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