Fragmento:
Descendimos, apoyando las manos en la roca resbaladiza. Allí, encastrado en la arena húmeda, y envuelto por una bruma sobrenatural que olía a esporas y salitre, yacía el monolito. No era más alto que un hombre, pero la mera visión me produjo un vértigo extraño, como si desde su cima se extendiera hacia los cielos un flujo de negrura apenas tolerable.
Duración: 09:44
El mar de Innsmouth nunca ha sido misericordioso, una vastedad turbia y sumida en antiguos odios, cargada de rumores, escollos olvidados y supersticiones que reptan a lo largo de la costa como una niebla densa. Todo niño nacido en las garitas de la maldita ciudad oye historias a media voz sobre seres que emergen, crujen y chapotean entre las rompientes bajo lunas pálidas. Esas leyendas, narradas a la luz temblorosa de lámparas de petróleo, son el pan de cada día de quienes tenemos la desgracia de llamar a este lugar nuestro hogar.
Nunca creí demasiado en ellas. Ni siquiera cuando una noche el viento trajo, mezclado con el olor a algas y resaca, el eco de un canto que no podía haber sido entonado por labios humanos. Sin embargo, todo se precipitó hacia la pesadilla cuando recibí la misiva de mi primo Henry. Sus letras firmes y asustadas narraban el hallazgo de una piedra, un monolito enjuto y negro, en una playa oculta cerca de Falcon Point. Decía que allí, mientras el amanecer apenas clavaba su luz en las aguas, había contemplado tallas grotescas: ojos saltones, cuerpos angulosos, tentáculos y relieves que recordaban el relieve de la escama y la aleta de pez, signos no adecuados para el ojo del hombre.
A pesar de mis dudas, la curiosidad me doblegó, y partí la mañana siguiente en busca de la enigmática playa. Henry me esperaba con una palea de nervios apenas sostenidos; su piel se adivinaba cenicienta, y la mirada, de un azul helado e inscrutable, parecía haber presenciado horrores al margen de los sueños humanos.
La mañana era ventosa, y las olas reventaban sobre las rocas con una furia inusitada. Caminamos en silencio, guiados por la marea baja a través de un sendero de guijarros ennegrecidos, sorteando charcos de aguas inmóviles en los que se reflejaba un cielo casi púrpura. Al cabo de media hora nos detuvimos ante una grieta abierta en la pared de acantilado. Henry señaló, sin abrir la boca, la entrada oscura.
"Bajé aquí", murmuró, "cuando oí el rumor… Una letanía sorda, casi melodía, que me llamó, ¿comprendes? Nadie, ni hombres ni dioses, deberían atender semejantes reclamos".
Descendimos, apoyando las manos en la roca resbaladiza. Allí, encastrado en la arena húmeda, y envuelto por una bruma sobrenatural que olía a esporas y salitre, yacía el monolito. No era más alto que un hombre, pero la mera visión me produjo un vértigo extraño, como si desde su cima se extendiera hacia los cielos un flujo de negrura apenas tolerable.
Alrededor de sus caras talladas exquisitamente, el limo centelleaba bajo la luz difusa, formando ondas caprichosas mientras la espuma del mar lamía lentamente su base. Los relieves se retorcían en curvas inhumanas, y la roca parecía supurar humedad e ira. En el costado oriental del monolito, claramente tallada en bajo relieve, la forma familiar y a la vez desconocida de un ser híbrido me escrutaba: era mitad pez, mitad hombre, y su boca entre abierta sugería un himno antediluviano.
"Anoche lo vi moverse", susurró Henry, apartando la vista. "No con los ojos, sino con la mente. Algo se remueve en la roca... algo que espera. O quizá sueña".
Comprobé a mis expensas que mirar fijamente al monolito era exponerse a un trance inquietante. La superficie parecía vibrar de vida no vista, y sentí que una presencia hambrienta, inmemorial, reptaba de dentro hacia fuera, ansiosa por hacerse tangible. Mis sueños aquella noche nadaban en aguas fangosas, repletas de criaturas grotescas y ciudades sumergidas, y en todas ellas el monolito aparecía, omnipresente, sus runas evocando nombres prohibidos y plegarias invertidas.
Regresé a la playa una tarde en que las nubes ocultaban el sol y el rumor del mar parecía una letanía perversa. Henry no me acompañó; había comenzado a sufrir ataques de nervios, temblores incontrolados y una malsana atracción por sumergirse en las lagunas azuladas que se formaban cerca del acantilado. Algunos decían que había comenzado a hablar en lenguas extrañas; otros, que su carne se volvía fría y escamosa al tacto, pero nadie quiso indagar demasiado. Así son los innsmouthianos: lo que no encaja se calla, bajo pena de atraer la mirada de lo inominado.
Ante el monolito, sentí la presión en el cráneo aumentar, como si las runas atrajeran toda la maldad del océano en un solo punto. El agua surgía chispeante de la base mientras la marea subía, y juraría que escuché, amortiguados y distantes, bajos cánticos entonados por gargantas pardas, un clamor ancestral proclamando el regreso de "el que duerme en la sima". No quise quedarme mucho más. Sin embargo, una parte de mí anhelaba conocer los secretos inscritos en la piedra.
Esa noche, mientras la tormenta azotaba la costa y las ventanas gemían, desperté sobresaltado por el martilleo frenético en mi puerta. Era Henry, bañado en sudor y con los ojos extraviados.
"¡La piedra se ha abierto!", gritaba, temblando. "¡Vienen a buscarme! ¡Vienen a llevarnos a todos! ¡He visto los ojos, he oído el nombre sellado en las profundidades!"
Me vestí a toda prisa y partimos hacia la playa, guiados por la lluvia y los relámpagos que rasgaban el cielo. El mar estaba encabritado y enrojecido, como si sangre negra burbujeara desde el fondo. Al llegar a la roca, el monolito brillaba con una luz verdosa y malsana, marcando en la arena un círculo de musgo donde no crecía nada más.
En ese instante, el aire se tornó más denso; sentí, en el centro del pecho, un peso similar al que debió apresar a los últimos habitantes de Sarnath antes de su destrucción. Las olas rompían cada vez más alto, y del mar emergían siluetas informes, cuerpos rollizos y húmedos, manos palmeadas y ojos abismales que reflejaban una inteligencia espantosa y antigua. Danzaban y aullaban alrededor del monolito, pronunciando sílabas que reptaban bajo la piel, invocando realidades prohibidas por la cordura.
Henry fue arrastrado hacia el círculo, sin resistencia posible. En sus gritos se mezclaba el terror y una adoración reverente, como si el tiempo entero se hubiera dado vuelta y él descubriera su verdadero rostro apenas en el último segundo.
Fue entonces cuando el monolito vibró, erigiéndose con una altivez grotesca; las runas resplandecieron, y la piedra pareció abrir una fisura a otro mundo, un túnel de obsidiana verde y negra, más allá del agua y la razón. De esa brecha brotó un hálito glacial y pútrido; figuras indescriptibles, cuerpos forjados en sueños rotos de crustáceos y serpientes, desfilaron ante mí en una ensoñación de horror sobrenatural.
La visión se obstinó en anidar en mi retina:
Vi ciudades sumergidas, torres de coral y cristal ennegrecido, donde millares de ojos atentos aguardaban desde hace eones la señal. En los abismos, ondeaban banderas orgánicas sobre tronos de algas, y en el centro de la vorágine, un ser cuya sola mención quebranta la mente del hombre: no era Dagon, ni Cthulhu, ni uno de los profetas que caminan sobre dos patas, sino el transmisor de todos los dogmas impíos reunidos bajo los cielos que vieron nacer a Yuggoth.
Sentí ganas de huir, pero oí mi propio nombre invocado en una lengua desconocida. Y supe entonces, con un terror gélido, que estaba marcado; mi sangre, mezclada ya con el limo de Innsmouth, clamaba una herencia oscura. Entre los chillidos de las mareas fui testigo de cómo Henry se sumergía de rodillas ante el monolito, fundiéndose con la horda de sílfides abisales, su carne olvidando cualquier rastro de humanidad.
No tengo recuerdos claros de cómo escapé a la playa ni del trayecto a la posada; sólo fragmentos: el hedor del mar antiguo, el rebufo marcial de las olas, una música lejana, mitad hipnótica, mitad letal. El sueño me envolvió tras días de fiebre, y allí, en el margen de la muerte, me alcanzó la verdadera comprensión. La piedra de Falcon Point no era sólo un relicario de cosas olvidadas, sino un testigo mudo de pactos inmemoriales entre civilizaciones que ya no poseen nombre y los dioses de las estrellas.
Los innsmouthianos temen hablar de la tormenta de esa noche, pero los que quedamos, los pocos que nos hicimos a la mar con el alba, podemos distinguir las marcas frescas que dejaron en la arena los que danzan bajo el mar. Algunos alimentos y ofrendas flotan a la deriva días enteros, esperando ser recogidos por manos sin párpados ni lengua.
Hoy vivo con el presentimiento de que la piedra volverá a hacer su llamado. La veo aún en sueños, bañada en un resplandor innatural y acompañada de cánticos fosilizados. Mis manos tiemblan cuando escribo, porque sé —oh, dioses antiguos— que al final de todas las cosas, lo que duerme bajo las aguas espera con paciencia sin límite, y la llamada del monolito es imposible de resistir para quienes llevamos el eco de los abismos en la sangre.
Henry desapareció, tragado por la marea o los oscuros emisarios. Los pescadores de la costa aún ven (o creen ver) en noches de luna oscura, formas acechando bajo la superficie, lanzando luces verdosas alrededor de un promontorio que no aparecía en los mapas antiguos.
Escribo esto como advertencia y penitencia. No os acerquéis a Falcon Point, no busquéis el monolito que los hombres quieren olvidar, ni respondáis a los centelleos de la bruma que prometen secretos ajenos a nuestro mundo. Y si el rumor de los abismos os alcanza en sueños, rezad —si aún recordáis alguna plegaria— para no despertar cuando los muchos brazos de la noche vengan a buscaros bajo la marea.
Porque el mar, como la piedra, no olvida ni perdona, y bajo las olas, más allá del tiempo y los dioses, espera lo innombrable, envuelto en rocío de sal y sombra.
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