Portada del relato El susurro de las alas fracturadas
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Fragmento:


Y así, oculto entre sombras, caminó hasta el límite de la ciudad, donde el río Skai se retuerce entre los cañaverales y reposa el Guardián del Umbral con su hambre pálida e infinita. Allí, Han recitó el conjuro aprendido en los bordes de la cordura. El aire se volvió ácido, la escarcha cubrió sus pestañas, y el susurro sordo de alas ajadas surgió de los pliegues más oscuros de la bruma. Emergieron, uno a uno, los byakhees; no como aves ni dragones, sino como entidades sin nombre, cuerpos informes encorsetados por la idea que los mortales tienen del terror.

Duración: 09:39

El susurro de las alas fracturadas
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Texto de ajuste de pausa.

Silencio. El abismo sobre la ciudad dormida parecía respirar, hinchado por los vapores febriles que exhalaba el gran desierto de lenguas muertas. Era Ulthar —o lo que los mapamundis antiguos aún llamaban Ulthar— unos siglos tras la Muerte de la Luna, y más allá del umbral de sus portones de bronce se extendía la noche inabarcable. Las nubes marchitas se cernían bajas, cubriendo toda claridad, y sólo el lento aullido del viento entre los monolitos de basalto rompía la quietud. Los gatos, que todo lo ven y todo lo sienten, no osaban salir de los tejados, y un hedor a incienso podrido llenaba la atmósfera, misterioso y enervante.

No habrías podido, lector, encontrar a Han entre la multitud de la plaza, aunque lo hubieras buscado con tesón. Su sombrero hondo, de pliegues chinos, y su rucio manto disimulaban la proveniencia de la distante Kadath Oriental; una tierra que los astrónomos de la Edad Dorada aún describían entre constelaciones apagadas y sueños gastados. Pero Han —cuyo verdadero nombre nadie en Ulthar, ni siquiera el decano de la Orden Esotérica, parecía recordar— no había venido como peregrino ni como mercader, sino como portador de una deuda imposible. Y fue en la Última Hora, cuando los carillones de gas producen resonancias que solo pueden oír los condenados y los locos, cuando las calles parecían vaciadas de vida y esperanza, que Han entrevió la promesa: una coincidencia cuya raíz hundía sus tentáculos en lo más hondo de Kadath y los libros prohibidos de dioses sin rostro.

Por petición del monje innombrado de las siete máscaras, Han debía buscar lo impensable; menos aún, lo innombrable. Pero el pesar y el estupor se apoderaron de él tan pronto como puso pie en la plaza, pues era de noche y todas las farolas estaban dobladas hacia el suelo, como si temiesen a la pálida y lunática presencia que dominaba la ciudad aquel mes; como si una fuerza ignorada los empujara a reverenciar en secreto el horror que sobrevolaba el cielo nocturno.

Los ritos de Kadath son crípticos; sus palabras, imposibles de pronunciar con lengua humana, pero Han había aprendido lo suficiente durante su estancia en los salones de los Capas Venerables. Cierta combinación de gestos, una llaga grabada con un clavo de oro, y el susurro de las seis notas malditas le permitirían abrir el velo que separa lo tangible y lo invisible. Sin embargo, ni el polvo de loto negro ni los cánticos antiguos le habrían preparado para lo que encontró la noche de los byakhees.

Decían en la ciudad —y si los gatos de Ulthar no mienten, era cierto— que algunos huían al escuchar el siniestro batir de alas entre el cielo y la tierra. Que los niños desaparecían tras los monolitos, y que sus cadáveres regresaban siglos después, esmirriados, marchitos y mudos. Pero Han tenía otra clase de miedo, uno que venía de los caminos de la mente: el conocimiento de los códigos indescifrables, los pactos rotos, la visión de torres blancas bajo lunas que jamás brillan en el firmamento de nuestra Tierra.

Y así, oculto entre sombras, caminó hasta el límite de la ciudad, donde el río Skai se retuerce entre los cañaverales y reposa el Guardián del Umbral con su hambre pálida e infinita. Allí, Han recitó el conjuro aprendido en los bordes de la cordura. El aire se volvió ácido, la escarcha cubrió sus pestañas, y el susurro sordo de alas ajadas surgió de los pliegues más oscuros de la bruma. Emergieron, uno a uno, los byakhees; no como aves ni dragones, sino como entidades sin nombre, cuerpos informes encorsetados por la idea que los mortales tienen del terror.

No puede, quien no ha visto a un byakhee, describir el horror de ese batir de alas rotas y de mandíbulas articuladas de modo antinatural; la negrura de sus ojos abisales, la piel translúcida marcada con patrones que zumban y laten según un ritmo cósmico; la pestilencia de cien reinos corrompidos. Los byakhees, que viajan por el éter entre las estrellas y los sueños, olían a todos los sepulcros nunca abiertos de la Historia. Se arrastraban en parte como simios, en parte como bestias insectoides, ladeando la cabeza como si persiguieran algo indeseable escondido tras los ladrillos del mundo.

Han no retrocedió. Se limitó a trazar el signo en el aire, el ideograma de la deuda contraída en Kadath. Los byakhees se detuvieron, avanzando solo el líder, una criatura de metro y medio, con alas que olían a terror y cuencas llenas de gusanos rojos y translucientes. Pidió, con una voz de metal oxidado, el nombre del monje de las siete máscaras. Han lo pronunció —así como solo pueden pronunciarlo los condenados—, y la criatura siseó, extendiendo una garra hacia su cráneo.

No recuerdo, ni quiero recordar, lo que Han vio en el siguiente instante. Pero desde ese momento, la ciudad de Ulthar pareció traicionar un pacto tácito con el cosmos. Los gatos aullaron enloquecidos y el humo de los altares voló hacia el firmamento, fragmentado en mil vertientes rojizas. El aire se sostuvo pesado, como si toda la vida hubiera sido exprimida y destilada para los dioses invisibles.

Han fue conducido, sin mirar atrás, al mundo de los byakhees, una geografía inconexa de ámbar podrido, osamentas y perfumes de estirpes extinguidas. Allí, flotando entre raíces mortales y picos que desafían toda proporción humana, contempló las Ciudades-Muertas de los que trajeron los sueños a la Tierra antes de que nuestra especie tejiera leyendas de barro y fuego. El tiempo no transcurre allí, pero el dolor sí. Y el precio por lo aprendido refulge más allá del umbral de la locura.

La ciudad principal, Hanorhath, estaba forrada de espinas y estalactitas; las casas parecían esculpidas en la carne misma del tiempo, y los habitantes —criaturas y exhumados, sombras y murmuradores— hacían transacciones de recuerdos y visiones extraídas de los cráneos de los visitantes involuntarios. Cada paso de Han era acompañado por un cortejo de espectros sin ojos, que imploraban, con los restos de esperanzas olvidadas, el regreso a la dimensión tangible.

En una cámara de columnas con forma de fémur, rodeada de símbolos tallados por almas que gritan mientras son devoradas por dentro, Han fue presentado ante el Sumario de las Alas Medulares: el soberano de los byakhees. Este artefacto vivo, formado por una masa palpitante de piel rota y membranas secas, recitó el edicto en la lengua de los sueños olvidados. Era entonces cuando Han comprendió la dimensión de su deuda y la naturaleza del sacrificio que el monje de las siete máscaras había ofrecido en su nombre.

La leyenda —prometió el Sumario— estaba escrita en una losa de ámbar y pus; el que la leyera conocería la ubicación exacta de la Suprema Kadath en el Desierto Helado. Pero el precio era el alma múltiple, ese conglomerado irrepetible que adquieren aquellos que han caminado dormidos bajo lunas anómalas. Han vislumbró, entonces, la magnitud de su condena: jamás regresaría como era; y aunque retornase, sería esclavo de los susurros que anidan en la periferia de la razón, emisarios del cosmos exterior.

Vio, entonces, a los byakhees peregrinar en círculos infinitos, cantando lamentos de mundos destruidos, alimentándose de promesas traicionadas y de las migajas psíquicas de los caídos. Su danza era una especie de ceremonia de duelo por la Creación original, en la que los dioses habían fracasado tan estrepitosamente como los mortales. Mientras observaba, Han fue obligado a tragarse las cenizas de sus propios recuerdos; uno a uno, sintió disolverse los rostros de sus padres, la silueta de su primer hogar bajo la nieve de Kadath, hasta quedar reducido a un androide sin memoria, una marioneta atada a los hilos del miedo más crudo y antiguo.

El tiempo, allí, no era una línea sino un círculo fracturado bajo el peso de cada sufrimiento antiguo. Han gritó, y su voz fue inmediatamente absorbida por las paredes musgosas de Hanorhath, convertidas en bocas hambrientas, y sólo lo devolvía el eco de las dudas, multiplicado hasta el infinito.

Días o centurias después, —él mismo lo ignora y los gatos jamás lo dirán— Han fue devuelto, arrojado por los byakhees en el cruce de caminos entre Ulthar y el cementerio sin nombre. Se levantó, tembloroso, cubierto de una substancia ambarina, ciego durante días y sólo capaz de comunicarse por medio de dibujos febriles. Los habitantes evitaron su mirada, y los gatos comenzaron a huir, temiendo que aquel hombre traía un hedor que ni tan siquiera las aguas del Skai podrían purificar.

Algunos relatos no son para ser narrados en voz alta, pero a veces la locura busca vía de escape en la pluma o la canción. La suya, la historia de los byakhees y la ciudad manchada por el horror cósmico, se extendió como una plaga silenciosa por las tabernas, atravesando los sueños de todos los que tienen algo que perder. Unos decían que Han había obtenido el secreto de Kadath y que, ahora, al dormir, los byakhees se filtran a través de la grieta de sus recuerdos, marcando con uñas de obsidiana la conciencia de los curiosos y los desesperados.

Los años han pasado—o eso perciben los ultharianos en su deriva siniestra—y los gatos han dejado de vigilar la ciudad. La bruma, de un olor enfermo, es ahora perpetua, y el sonido del batir de alas rotas retumba en las noches de luna nueva. De Han sólo quedó una máscara hecha con piel humana, colgada en la puerta de la última taberna, como advertencia a los forasteros: en Kadath y Ulthar, toda deuda se paga, y el horror siempre reclama su última palabra.

Te convendría no intentar jamás pronunciar los nombres que aprendió Han. Ni buscar las ruinas de Hanorhath, ni pedirle a los gatos de Ulthar que cuenten lo que vieron. Porque en la frontera de los sueños y las pesadillas, aún revolotean los byakhees, sedientos de viajeros incautos, y ningún conjuro protegerá tu mente cuando el eco de sus alas empiece a susurrar tu nombre en la noche más oscura de todas.

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