Portada del relato El Estruendo de la Carne Corrompida
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Fragmento:


El día siguiente tuve que salir, como si la presencia del libro contaminase el aire mismo y nublara mis pensamientos. Caminar entre los mausoleos de Montparnasse al atardecer, el susurro de hojas y el aliento de la tumba fue un exorcismo insuficiente para desvanecer la abrumadora certeza de que el texto me había marcado.

Duración: 09:29

El Estruendo de la Carne Corrompida
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Texto de ajuste de pausa.

No fue por pasión filológica que me sumergí, en la melancolía afiebrada de París, en el estudio de aquellas ruinas moribundas del saber, sino por un impulso más sombrío y... dolorosamente humano. Escuché los nombres —Comte d’Erlette, el escurridizo chevalier que en el siglo XVIII había escrito con sangre sobre pergamino– murmullados en los rincones menos visitados de la Bibliothèque nationale, envueltos en un hedor que la simple mención de su libro infame destilaba: Cultes des Goules. Las historias de aquel volumen siniestro eran vastas, carcomidas y se arrastraban sigilosamente en conversaciones de anticuarios y brujos. Sin embargo, nunca antes me sentí tan arrastrado, tan irrevocablemente seducido, como cuando –después de una noche de absenta y sueño escaso– encontré en la librería de las Tres Sombras, cerca del cementerio de Montparnasse, un fragmento encuadernado en piel cuarteada del mismísimo Cultes des Goules.

No era un tomo encuadernado convencional. Su cubierta, rugosa y mancillada por una pátina opalina, despedía un aroma acre, mezcla de cuero viejo y otro perfume ambiguo, casi efluvio de tumba. Inscrito con letras rubicundas, el título clamaba desde el lomo: «Des Rites Obscurs for la Rennaissance de le Morts.» Mi francés era suficiente para comprender, y acaso lamentar, su contenido: “Ritos oscuros para la resurrección de los muertos”.

El tendero, un hombre de pocas palabras, me vendió el volumen a cambio de una suma irrisoria, aunque sus ojos –dos pozo de inquietud y recelo— parecían esperar algo más. Sabía que ningún buen resultado podía salir de la transacción, pero la sed enfermiza de conocimiento me impulsaba. Me marché, sintiéndome observado, no solo por los vivos sino por los nombres indeseados que esgrimían los secretos sellados entre esas páginas.

Instalado en mi pequeño apartamento del Quartier Latin, abrí el Cultes des Goules bajo la luz vacilante de una lámpara. Apenas aparté la tapa, los lomos de la noche parecieron ceder, como si la realidad a mi alrededor se diluyese. El contenido del manuscrito reveló textos ilegibles, manchas secas y dibujos abyectos de figuras famélicas danzando bajo lunas estrelladas. Pero entre estos, un capítulo estaba mejor conservado, escrito en una prosa insidiosa y sugerente sobre la “Commune des Goules” de París: una congregación de seres, ni muertos ni vivos, que se alimentaban de carne corrompida y cuya devoción trascendía la muerte física.

Leí sobre rituales en las entrañas subterráneas de la ciudad, donde mausoleos sellados comunicaban por túneles milenarios. El texto advertía, con inquietante familiaridad, que aquellos que buscaban a los “Goules” podían hallar en sus propios sueños la llave para la comunión y la condena.

Aquella noche dormí mal, atormentado por ecos de palabras que repetían sin cesar. Me desperté cubierto de sudor, los latidos desbocados y una imagen precisa rondando mi mente: los huesos tapizados de musgo, extendiéndose como raíces bajo la ciudad.

El día siguiente tuve que salir, como si la presencia del libro contaminase el aire mismo y nublara mis pensamientos. Caminar entre los mausoleos de Montparnasse al atardecer, el susurro de hojas y el aliento de la tumba fue un exorcismo insuficiente para desvanecer la abrumadora certeza de que el texto me había marcado.

No obstante, marché de nuevo a mi estudio. A la medianoche, fui invadido por una compulsión extraño, incitándome a leer más, a interpretar los símbolos y repasar los diagramas: mapas de osarios, signos grabados en criptas, oraciones en latín y occitano corrompido. Una oración, en particular, parecía saltar de la página:

“Advocamus vos, ossa quieta,

Ut surgatis in tenebris perguntia…”

La recité en voz baja, pensando en el afán romántico del poeta macabro... pero sentí que el aire se espesaba, que las sombras se acercaban, y el hedor de la carroña arruinaba el perfume cítrico de la calle. Aturdido y asustado, traté de cerrar el libro, pero mis manos temblaban.

Entonces, un sonido sordo brotó de mi puerta. Algo, o alguien, arañaba la madera, como una bestia extraviada de siglo pretérito. El aire mismo parecía arrastrar un aliento mefítico, sumiéndome en parálisis. Tal vez fueron minutos, tal vez horas, pero el escrutinio de aquellos nudillos deformes terminó sólo cuando recordé otra frase del manuscrito:

“…abrid vuestra morada sólo al tercero llamado, pues los anteriores son mensajeros del abismo.”

Detrás de mi ventana, la luna descendía, opaca y burlona. Me atreví a entreabrir la puerta; hallé nada salvo el silencio. La ciudad dormía, pero la pesadilla se había instalado.

Las noches siguientes se tornaron inhumanas. El crepitar de huesos bajo mis pasos, el rumor de ciudadanos invisibles en túneles olvidados, todo ganaba peso. El Cultes des Goules parecía leerme a mí tanto como yo a él. Los informes anteriores sobre el Comte d’Erlette relataban enloquecimientos súbitos, desapariciones y la aparición de cuerpos devorados en el arrabal, pero resultaba claro que el libro transmitía un magnetismo enfermizo.

No resistí, y vuelvo a avergonzarme al recordarlo, la tentación de buscar la entrada al dominio subterráneo de los Goules. El texto mencionaba múltiples accesos, pero uno –marcado con un lacre rojo en el mapa– se hallaba no lejos de la iglesia de Saint-Médard. Entre criptas abiertas y tumbas desajustadas, una lápida sin nombre, cubierta de símbolos arcanos, servía de umbral.

Con la luna nueva y una linterna apenas aceptable, descendí al osario por una hendidura mugrienta. El hedor se volvía insoportable, una mezcla de miasma y descomposición cultivada. Me arrastré, cubierto de limo y pánico, guiado sólo por los susurros que mi mente traicionera tejía alrededor mío.

Los túneles parecían inacabables. A veces la linterna temblaba y creía escuchar pasos tras de mí; en otras, los pasillos se ensanchaban revelando cámaras llenas de huesos pulidos y amontonados en formas desagradables –mandalas de muerte, caminos hacia ninguna redención.

En cierto punto, la realidad se hizo frágil. Vi, con certeza atroz, varias figuras encorvadas, pálidas y lampiñas, alrededor de un círculo de cráneos. Emitían sonidos que la garganta humana no debiera concebir, ni aun en el éxtasis ni en el sufrimiento. Eran hambrientos, y el hambre bullía en el aire como un rumor de insectos. Intenté retroceder, pero entonces una mano, huesuda y descarnada, se posó en mi tobillo.

Nunca olvidaré la frialdad salobre de ese contacto. Las criaturas no parecían dispuestas a matarme de inmediato; quizás les interesaba más la comunión que el desmembramiento. Su “banquete” era ritual: un sacrificio, la renovación de un pacto más viejo que París. Mi presencia era un error... o acaso una ofrenda.

Intenté razonar, hablar en francés, en latín, incluso musité el oscuro encantamiento leído en el Cultes des Goules. Para mi horror, comprendieron, y su líder, una hembra desdentada de edad incalculable, se acercó. Me olfateó, siseando, y depositó sobre mi pecho un fragmento de pergamino cubierto de caracteres sangrantes. “Nous t’avons attendu,” murmuró, y el silencio se arremolinó a nuestro alrededor.

Me sentí invadido, poseído, y supe –con la lógica de los sueños febriles— que el horror que conformaba el núcleo de Cultes des Goules era la comunión mental con estas bestias, la contaminación de la carne y la mente a través de la devoción y el sacrificio. Sentí cómo la consciencia de la líder se deslizaba en mi psique, compartiendo visiones de festines antiguos bajo Roma, masacres bajo la Peste, y la promesa de sobrevivir a toda civilización humana, siempre en el sustrato más podrido de la ciudad.

No sé cómo escapé. Quizás una mezcla de pánico y la repulsión física me dieron fuerzas para empujar a la criatura, correr a través del laberinto dejando atrás mi linterna, abriéndome paso a ciegas, herido por huesos y escombros. Emergiendo al mundo de arriba, jadeante, tambaleante a plena luz fría de la madrugada, creí estar libre.

No lo estoy. Cada noche, el hedor retorna; todo alimento sabe a exhumación. Sueño con esos pasadizos y a menudo despierto arañado, con pelos blanquecinos en mis uñas.

El Cultes des Goules, he comprendido, no era sólo un libro ni un compendio de abominaciones: era un pasaje. Una invitación. Aquellas palabras recitadas, en la lengua de los osarios profanados, abrieron una puerta que no puede cerrarse con candados mortales.

Mis sentidos se alteran; huelgo la podredumbre detrás del mármol más fresco. Veo cuerpos de transeúntes y supongo sus huesos en movimiento, sintonizando con la letanía irrepetible de los Goules. Y temo, pues en algún momento, bajo un derrumbe onírico o en el necrópolis misma, cederé y aceptaré el último sacramento: abrazar la carne insensata, la comunión perpetua con quienes nunca olvidan a los suyos.

Por eso ahora ruego, al que encuentre estas líneas, que no busque el Cultes des Goules. Que no lo lea, ni siquiera de segunda mano. Hay saberes más allá de la razón, oscuros ritos que sobreviven a las llamas de la historia, y los muertos siempre están hambrientos de compañía.

Y bajo París, en la comarca de los sepultos, esperan.

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