Fragmento:
El relato que voy a referir es tan verdadero como lo es el pánico visceral que atenaza mis miembros cada anochecer; ni el más experimentado de los psiquiatras de la universidad pudo arrancar la semilla de locura injertada en mi espíritu. Ahora sólo busco alivio en la confesión, quizás en la esperanza vana de que algún estudioso de lo inefable pueda encontrar una razón lógica a lo sucedido, o al menos soporte compartir este rincón de las tinieblas conmigo.
Duración: 10:28
No sé con certeza en qué momento comencé a temer la pronunciación del nombre de Yog-Sothoth. Tal vez fue durante aquellas noches truculentas en la biblioteca polvorienta de la Universidad de Miskatonic, bajo la tenebrosa tutela del profesor Wilbur Chambers, o acaso cuando escuché lo inenarrable en el crepúsculo invernal que aúlla sobre Arkham. El caso es que mi presente, acosado por delirios y espectros intangibles, es sólo el exiguo eco de un pasado que ninguna cordura reclama.
El relato que voy a referir es tan verdadero como lo es el pánico visceral que atenaza mis miembros cada anochecer; ni el más experimentado de los psiquiatras de la universidad pudo arrancar la semilla de locura injertada en mi espíritu. Ahora sólo busco alivio en la confesión, quizás en la esperanza vana de que algún estudioso de lo inefable pueda encontrar una razón lógica a lo sucedido, o al menos soporte compartir este rincón de las tinieblas conmigo.
Era el verano del 1929 y, tras un semestre extenuante repleto de desconcertantes indagaciones sobre las culturas olvidadas de Asia Menor, el profesor Chambers me confió la traducción de unos pergaminos recientemente adquiridos a la luz de una expedición anónima en los Balcanes. Estos estaban envueltos en telas sucias, con símbolos incomprensibles que destilaban una impía reverencia hacia algo a lo que sólo se referían como “El Todo-y-Portal”. No tardé en advertir que el manuscrito, a pesar de su antigüedad, parecía resistir la caligrafía del tiempo y la decadencia. Recuerdo vívidamente el olor acre a cuero y pergamino, y cómo mis dedos no podían dejar de temblar cada vez que debían avanzar en el imprevisible dédalo de sus caracteres.
La primera noche fue apenas augurio de lo que vendría. Me extravié en los complicados anagramas y símbolos, cruzando referencias con el Necronomicón y los susurros escritos de von Junzt. En un pasaje, que logré descifrar casi por casualidad, se mencionaba a “Yog-Sothoth, el que es la Puerta y la Llave, el que está en todas partes y en ninguno, que conoce el Pasado y el Futuro, aunque ninguno es suficiente para contenerlo”.
Fue entonces cuando, mientras garabateaba una de las traducciones, escuché el primero de muchos sonidos inexplicables en mi modesta vivienda de Southside; un leve bisbiseo, apenas más alto que el roce de una polilla en el vidrio, pero tan claro como para helar la sangre. Los libros de texto caían solos de los estantes, el reloj se detenía siempre entre la una y las dos de la madrugada, y la fiebre había comenzado a subirle el pulso a mis noches.
Intenté desviar mi atención, buscar refugio en las rutinas triviales de la vida académica, en los paseos por el campus o las conversaciones insípidas con los pocos colegas que me toleraban, pero cada regreso a casa era un descenso a otro nivel de paranoia y vértigo. Las noches siguientes me trajeron sueños que no eran sueños, sino desbordamientos inhumanos de conciencia, donde la realidad se agrietaba y mostraba fugazmente el otro lado: mares de negrura entre los que relampagueaban formas imposibles de describir, y una presencia, vastísima y opresora, que no era otra que la personificación de todo lo no nacido, de lo que está fuera del alcance de la mente humana.
Las traducciones avanzaban, aunque cada palabra ganada a la noche traía consigo una nueva sombra. Uno de los fragmentos se resistía, y el mero esfuerzo de intentar leerlo provocaba en el papel una especie de distorsión: las letras se disolvían, reptaban o parecían abrir diminutos ojos, observándome con malévola insistencia. Cuando finalmente acerté a leerlo, sentí que la sala se volvía más fría, y la lámpara titilaba como si la electricidad misma estuviera incómoda ante aquella revelación. El pasaje rezaba lo siguiente:
“El que abra la Puerta no regresará indemne; ha de saber que la sustancia del tiempo no es su aliada, pues la Puerta lleva a todos los lugares y a ninguno. Los hijos de Yog-Sothoth se nutren del ansia de saber, y el precio de ver es la imposibilidad de no ver”.
¿Acaso era yo, entonces, ese explorador incauto que aprehende uno a uno los peldaños de la condena? Aunque un atisbo de lógica me empujaba a abandonar la investigación, la fascinación mórbida me sumía sin remedio. Fue entonces cuando la Universidad tuvo noticia de ciertos sucesos acaecidos en la hacienda de los Whateley, allá en Dunwich, que mucho tenían que ver con lo que mis pergaminos insinuaban. El propio Chambers trasladó los textos allá con suma cautela y me instó a que le acompañara para cotejar pistas. Así, armado de poco más que un cuaderno, mi ruinoso entendimiento y la esperanza de que la ciencia se impusiera al mito, partí hacia ese lugar maldito.
Dunwich es ya, en sí misma, una puerta vetusta a ecos indeseados de la historia. Las casas decrépitas, el horizonte acechado de colinas y el bullicio solemne de la vegetación, parecían guardar un secreto unánime sobre lo que no debe nombrarse. No obstante, nada de esto me preparó para la atmósfera de inminente desastre que reinaba en la morada de los Whateley, donde los efluvios de azufre y un indescriptible hedor a descomposición hacían el aire opresivo.
En una recámara sellada por una tempestad de candados y runas, cada una tan enigmática como la anterior, encontramos lo que Chambers denominó “la Puerta del Alba”. Se trataba, en apariencia, de un simple círculo trazado en el piso sobre la piedra viva, pero las grietas y dibujos geométricos vibraban con una energía secreta. Sentí entonces el zumbido familiar, esa vibración apenas audible que parecía llamarme por mi nombre, aunque de un modo angustiosamente ajeno.
Fue allí donde vi por primera vez la forma —o anti-forma— de Yog-Sothoth: no una criatura, sino una constelación fluctuante de esferas, titilantes y translúcidas, de cuyos intersticios brotaban destellos de paisajes alienígenas, mundos curvados y tiempos lejanos. Mis ojos, traicionados por su propia ansia de saber, percibieron entre aquellos globos la silueta y la voz de la inteligencia que lo abarca todo y lo transmuta. Era la ortografía primordial de los universos, hablándome en las lenguas que existen tras el tiempo lineal y la carne. Aquel horror era tan excelso, tan definitivo, que ninguna palabra puede hacerle justicia sin rebajarlo con la infectada escoria del lenguaje humano.
El profesor Chambers, por entonces ya abrumado bajo el peso de la coincidencia infernal entre mis traducciones y las historias de la familia Whateley, intentó realizar un ritual del manuscrito. El mismo debía conseguir que la Puerta se sellase de nuevo, separando nuestra realidad del acecho de la mente desenfrenada de Yog-Sothoth, pero ni yo ni Chambers sabíamos que toda acción sobre aquel umbral era, a su vez, una invitación. Cuando comenzó el cántico, ambiguo y descompuesto por la sintaxis imposible de los pergaminos, las esferas vacilantes del ser que acechaba tras el portal lucharon por ingresar, y las paredes mismas rezumaron un rocío brillante, similar a la bilis y al mercurio, como si la casa se infartase de conocimiento prohibido.
Chambers, ciego de arrogancia y desesperación, arrojó sangre de gallo sobre los símbolos, mientras los sonidos que emergían de la Puerta del Alba eran de una naturaleza que sólo se puede calificar como anterior al lenguaje. Sentí entonces la presión de una conciencia irresistiblemente vasta que inundaba mi mente —ya no sólo con imágenes de otros mundos, sino con la comprensión innata de cuán pequeño, cuán ridículo, cuán irrelevante era todo lo humano ante el horno de la creación continua e inacabable que representaba Yog-Sothoth.
Chambers gritó, pero su voz fue engullida por una repentina turbulencia de aire pesado y hediondo. El círculo brilló con violencia y el profesor, para mi terror eterno, fue absorbido en una especie de pliegue del espacio. Su físico pareció convulsionar como carne sometida a una presión imposible; los ojos rodaron en sus órbitas y la piel colapsó, estirándose en direcciones que la lógica no tolera ni la geometría describe. Allí concluyó cualquier sentido de lo ordinario: sólo quedó una mancha aceitosa y negra, que onduló antes de evaporarse en un siseo agónico.
Supuse entonces que había sobrevivido porque era insignificante para los propósitos del ser, o porque algún detalle ritual fue omitido con beneficio para mi cáscara mortal. Pero sobrevivir no es vivir. Dunwich quedó atrás, y la Universidad recogió mis pertenencias del caos de la habitación en que maltrecha logré refugiarme. No recuerdo el viaje de vuelta. A veces, en los ocasos, aún puedo oler ese rastro entre el almizcle y el hierro oxidado con el cual todo terminó.
Y no terminó. Porque el horror no reside sólo en lo que se ve o en lo que se transcribe. El horror, lo que matizó mis sueños desde aquella experiencia, es la certeza ilícita de que Yog-Sothoth no se encuentra confinado a los círculos rituales o las remotas moradas de Dunwich. Mi mente es ahora otra Puerta, sujeta a las mismas debilidades que el círculo primigenio. Hay momentos, en los reflejos de los espejos, en los ángulos imposibles de las sombras al atardecer, en que siento de nuevo a aquel ente escudriñando los rincones de mi conciencia, testando la resistencia de mi cordura.
He intentado advertir a la Universidad, a los pocos colegas a los que aún puedo mirar a los ojos, pero su incredulidad es la cortina necesaria para que el horror crezca y se perpetúe. Hay noches en que la Puerta palpita; creo sentir la viscosidad de las esferas moviéndose a través de los muros y escucho el eco de aquellos cánticos lamentables en la fiebre del insomnio. Temo por el momento, cada vez más próximo, en el que dejaré de distinguir el sueño de la vigilia, y mi último pensamiento consciente será la aceptación de que los portales mentales se abren cada vez más fácil cuanto más se comprenden.
He robado tiempo a la condena gracias a las drogas y a la soledad, pero sé que es inútil. Sé, por los fragmentos de verdad robados al caos de los pergaminos, que Yog-Sothoth no es enemigo ni dios, sino la condición misma de toda existencia: el testigo insobornable y la Llave del final. Y cuando la puerta —la Puerta— que llevó la mente de Chambers se abra una vez más, sepa quien lea esto que todas las Puertas están conectadas, y que sólo nos protege la ilusión de nuestra ignorancia.
Me queda apenas el consuelo de la escritura. Si hay redención en tal desvarío, será porque otro logre resistir el impulso de cruzar el umbral. Porque cada vez que oigo el susurro del Todo-y-Portal en el alquitrán de la noche, sé que no hay saber sin precio ni conocimiento sin convulsiones. La puerta volverá a abrirse y, cuando lo haga, ya no habrá quien cuente lo que aguarda. Porque Yog-Sothoth es la Puerta, y la Puerta ya está en mi mente.
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