Portada del relato Dunas de la Revelación
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Fragmento:


Harold me aguardaba en una cabaña de tablones quemados por el sol. Su aspecto era lamentable: una barba desgreñada, la piel curtida, los ojos atormentados y febriles. Intentó sonreír mientras relataba el suceso que atrajo nuestra ruina.

Duración: 09:51

Dunas de la Revelación
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Texto de ajuste de pausa.

La carta de mi viejo colega, Harold Meirson, llegó en el tercer mes del tórrido verano, sellada con una laca tan oscura como para prometer secretos inconfesables. “Querido Allan”, decía, “he divisado una extraña configuración de dunas en la frontera de los desiertos meridionales, próxima a un lago cenagoso, de aguas tan grises como la luz de una noche interminable. Mi corazón me impulsa hacia allí, pues hay sueños que me asedian desde que hallé aquel fragmento coralino en la playa de Tillinghast, sueños de ciudades sumergidas y desiertos que tiemblan con voces ignoradas por la historia humana. Sí, me adentro, y querría que llegases pronto.”

No ignoraba las predilecciones de Harold por la arqueología y sus extraños desvíos hacia el ocultismo. También yo, aunque más escéptico, he conocido las embriagadoras sensaciones que emanan de lugares donde la razón desfallece. Su carta, sin embargo, destilaba una ansiedad atroz, de modo que, sin informar adecuadamente a nadie, partí hacia Arkham, y de allí por tren y carromato hasta las últimas tabernas polvorientas del sur de Massachussets; una región rara vez cartografiada, cuya población menguaba con cada generación, como si el propio suelo estuviese exhalando un último y letal suspiro.

Harold me aguardaba en una cabaña de tablones quemados por el sol. Su aspecto era lamentable: una barba desgreñada, la piel curtida, los ojos atormentados y febriles. Intentó sonreír mientras relataba el suceso que atrajo nuestra ruina.

“Hacia el este del lago cenagoso”, me contó entre sorbos de gin, “hay un promontorio, casi una península, que sobresale entre las aguas muertas. Allí emergen, tras las tormentas, ciertas piedras arcaicas de superficie indecible; no podría describírtelas, Allan. Son los restos de una civilización… no. ¡De un anti-mundo, diría yo! El viento sopla ahí con un chillido que no pertenece a este planeta, y hay noches en que, entre el retumbar de la arena, oí… voces. Me está matando la insomnio, pero no puedo irme. Hay algo bajo ese lago, y sé que tienen que ver los sueños…”

Inquieto por la excitación de Harold, le rogué que me condujese al lugar. Atravesamos la madrugada escoltados por un viento sulfúrico y murciélagos silenciosos, cuyas alas parecían no alterar el aire caliente. El lago de agua estancada aguardaba como un ojo carente de pensamientos. Apenas distinguí la península, un islote de arena parda y peñascos semienterrados que se extendía hacia una nada opresiva. Los troncos muertos sobresalían como huesos, y el limo apestaba a cosas ahogadas siglos atrás.

De pie junto a Harold, examiné los restos húmedos de algo que él sostenía entre las manos: era el fragmento coralino que mencionaba en su carta. Un color asalmonado e iridiscente, extrañamente cálido y viscoso, lo hacía parecer algo vivo. Al tocarlo, sentí un cosquilleo gélido, seguido por una oleada de imágenes crudas y decadentes: arquitecturas ciclópeas, pirámides invertidas, brisas ardientes rasgando muros que temblaban ante sombras antinaturales. Me aparté con brusquedad, mientras Harold reía a carcajadas gastadas.

“Ven conmigo”, murmuró, descendiendo hacia las ruinas con una antorcha. Alrededor, el silencio era absoluto, apenas perturbado por el golpeteo rítmico de las olas. Avanzamos entre piedras erizadas de formas aberrantes: curvas imposibles, fracturas abruptas, incisiones en una lengua henchida de erres y yuxtapuestas, como si la propia piedra rechazara nuestra presencia.

“No están muertas”, susurró Harold, tan bajo que apenas lo oí, “sólo duermen. Y sus sueños son la tempestad.”

Mis dudas aumentaron cuando un fulgor repentino, excavado en la arenisca, nos mostró una cámara semienterrada. Las paredes goteaban con salmuera y hunos símbolos reverberaban bajo la escasa luz; una secuencia interminable de peces deformados, hombres con aletas y bocas abisales, y algo, al fondo, un ídolo desdibujado ante cuyas garras se arrodillaban innumerables figuras, funestas y sumisas.

Sudor frío corrió por mi frente. Fue entonces cuando Harold, jadeante, empezó a cavar, llamándome con delirante júbilo para que lo ayudara. Cedí a su locura. Bajo las palas emergió una tapa polvorienta, y de ella, un hálito pútrido que nos hizo retroceder. Sin embargo, la fuerza de la fascinación resultó imparable. Juntos, abrimos aquella losa; los goznes rechinaron como si el tiempo entero protestase el acto, y un agujero se abrió a la negrura más absoluta.

Allí abajo, un escalón tras otro, descendimos. El aire era más frío y húmedo, y nuestros pasos resonaban en una bóveda cavernosa. Las paredes, lejanas y retorcidas, estaban grabadas con relieves monstruosos que se fundían en la oscuridad. Era palpable una opresión lúgubre, una sensación densa de ser observados por ojos preterhumanos y despiadados.

Al fondo, dos puertas entreabiertas. Harold titubeó, pero le insté a continuar pese al creciente pánico. Atravesamos un umbral resbaladizo, y, de pronto, el espacio se amplió en una cámara inmensa, un circo pétreo con graderías rotas alrededor de un pozo cuyo fondo se perdía en tinieblas impensables.

Un sonido surgió de lo indescifrable: un murmullo profundo, como de coros de seres bioluminescentes ahogándose hace siglos, turbando los cimientos del aire y de la mente. La antorcha resbaló de mi mano. Harold se arrodilló junto al pozo, y emitió esa risa excéntrica que ya no era de este mundo.

“Allan, lo he visto…”, susurró tembloroso. Temí por su cordura. “Lo veo incluso cuando cierro los ojos. Hay una ciudad ahí abajo, una visión reflejada no en agua, sino en una sustancia diferente. La ciudad de la arena, que sueña aguardando la resurrección en algún ciclo cósmico; sus torres son dientes, sus puertas bocas del desaliento. Y hay criaturas… que no puedo describir…”

Lo arrastré fuera, como pude, entre el oleaje de terrores que, en mi interior, pedían la huida y el olvido inmediato. Regresamos al exterior, donde la pálida aurora apenas tintaba el horizonte. Toda la naturaleza parecía aprensiva, y hasta los insectos mudos durante la noche reanudaron, cohibidos, su zumbido habitual.

Lo peor estaba por venir. Durante el siguiente día, Harold apenas hablaba; su mirada se desplazaba sin rumbo, como acechando espectros en el claroscuro. Pronto, la locura se nombró dueña de la cabaña. Murmuraba en voz baja, en una lengua gutural, mientras garabateaba símbolos en la madera, inscribía extrañas marcas cerca de las puertas, y repetía las palabras “Hali… Hali…”.

Los sueños me asaltaron entonces a mí también. En la frontera entre el sueño y el despertar, vi un océano color de cobre fundido, cuyas olas arrastraban cuerpos semi-podridos, luciendo coronas hechas con escombros de coral. Alrededor de la orilla, ciudades enteras yacían bajo fosforescencias anaranjadas, repletas de criaturas de aspecto humano y pez a la vez, danzando contra ciclópeas plataformas salinas.

Escuché el silbido de Harold; corrí hacia su cuarto sólo para verlo de pie, desnudo y en éxtasis, junto a una ventana abierta al viento ardiente. Su silueta parecía flotar, más ligera y distorsionada, mientras la sombra proyectada en la pared adoptaba formas que no correspondían a su cuerpo.

“Allan”, me susurró, “ya sé lo que nos reclama bajo la arena… Es la herencia del polvo y las mareas, la llamada de quienes vinieron antes. Yo les pertenezco.”

Intenté retenerlo, pero huyó hacia el lago, corriendo con increíble velocidad. Traté de seguir su estela, descuidando el peligro. Tropecé y caí cerca de la misma península, donde el limo parecía más denso y perceptiblemente tibio. De improviso, forma alguna surgió de la superficie: algo alto, gastado, cuya morfología nadaba a medio camino entre la víscera marina y el hueso antiguo, coronado por una máscara allí donde debió haber rostro.

Retrocedí aterrado mientras esa cosa alzaba los brazos y emitía un prolongado clamor. Los bancos de niebla y arena comenzaron a girar, empequeñeciéndome en una espiral abrumadora. Al mirar hacia el agua, vi a Harold sumergirse sin emitir burbuja alguna, nadando entre esas formas que ahora se agitaban bajo la superficie como si una gran puerta fuera abierta.

La cosa indescifrable avanzó dos pasos vacilantes, y susurró mi nombre. El desierto, entonces, susurró todo a mi alrededor:

No te vas.

Nunca te irás.

No recuerdo cómo logré escapar de ese lugar maldito, sólo que después caminé durante horas sin reconocer el camino, entre la locura y el agotamiento. Finalmente, desperté en una clínica distante, atendido por aldeanos que me encontraron delirando en un paraje polvoriento. Mi salud nunca se ha restablecido; duermo con sobresaltos, y mi pulso tiembla cada vez que llega el viento de poniente.

A veces, cuando cae la noche y el perfume del barro inunda la ciudad, aún oigo emigrar a los pájaros con voces apenas humanas, y siento el rumor de las aguas sobre mohosas piedras, esperando su turno bajo la arena. No sé si Harold vive o si se ha unido, en cuerpo y alma, a aquellos que sueñan en las profundidades anaranjadas del lóbrego lago. Sé, sin embargo, que la frontera del desierto sólo es la antesala, y que más allá, mucho más allá, nos aguarda la pesadilla bajo las arenas de Hali, tan antigua y traicionera como el sueño más tortuoso jamás soñado por el hombre.

Nadie debe buscar aquellas ruinas. Nadie, jamás.

Y mientras escribo estas líneas, siento cómo la brisa caliente de la noche me trae el eco de los antiguos coros.

Canta, canta conmigo en la lengua perdida;

El lago te espera, y la arena tiembla aún…

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