Fragmento:
Mi motivación para emprender la penitencia de este relato –pues describirlo como un simple testimonio sería poco veraz– no se debe a un afán de fama ni a la vana búsqueda de lo exótico. Es, quizás, una confesión y un exorcismo. Odio recordar, y detesto incluso más plasmar lo recordado, pero la mente recupera detalles en noches de insomnio, y los sueños se resquebrajan ante la presión de lo no dicho. Todo comenzó con una invitación: tres líneas escritas en un papel tan viejo que parecía emanar un hedor a descomposición, con una caligrafía retorcida como un caduceo retorcido tras siglos de agonía:
Duración: 10:39
Había leído lo suficiente –incluso diría que más de lo prudente– sobre las tierras al norte del gran desierto, donde Leng se extendía como una cicatriz de secretos en el manto vacío de la existencia. Ningún mapa fiable indicaba qué rutas cruzaban aquel páramo de lo imposible, aunque recientes rumores –o pesadillas, difíciles de discernir en mi correspondencia con ciertos eruditos de Arkham y la decadente Londres– parecían sugerir que allí, bajo la pálida luz de una aurora perenne, dormía un secreto que ningún mortal debería perturbar.
Mi motivación para emprender la penitencia de este relato –pues describirlo como un simple testimonio sería poco veraz– no se debe a un afán de fama ni a la vana búsqueda de lo exótico. Es, quizás, una confesión y un exorcismo. Odio recordar, y detesto incluso más plasmar lo recordado, pero la mente recupera detalles en noches de insomnio, y los sueños se resquebrajan ante la presión de lo no dicho. Todo comenzó con una invitación: tres líneas escritas en un papel tan viejo que parecía emanar un hedor a descomposición, con una caligrafía retorcida como un caduceo retorcido tras siglos de agonía:
«La Aurora se levanta sobre lo innombrable. Ven. Hay cosas que sólo la mente despierta puede entender.»
El remitente –un tal Ybanh Halmer– no era sino una sombra académica, una cita de pie de página, rumores en los textos prohibidos que acostumbraba consultar en las secciones ocultas de bibliotecas repletas de polvo y amenazas de locura. Supe, al leer esas palabras, que mi destino pendía de un hilo, así como supe que no podía rechazar la invitación.
No desvelaré los detalles de mi viaje por la inmensa desolación que separa las tierras civilizadas de las afueras de Leng. Baste decir que los caminos se desvanecen entre dunas violeta y piedras con vetas tornasoladas que parpadean bajo la aurora eterna. Mis pocos suministros fueron menguando mientras el firmamento se transmutaba; constelaciones familiares eran tragadas por un fulgor cada vez más antinatural. Mercurio y Antares ardían con una luz fría y cruel, y a cada amanecer el cielo se teñía de una púrpura malsana que hacía doler los ojos y el alma.
Me recibió una aldea impía, disimulada apenas entre los recovecos de una meseta de basalto. Los habitantes –altos, envueltos en túnicas que ocultaban el rostro– se movían como si la gravedad misma conspirara en su contra; cada paso era un gesto antinatural, casi líquido, como si estuvieran familiarizados con una física de otro orden. No respondieron a mi saludo, ni tampoco parecieron sorprendidos por mi llegada. Uno de ellos, cuyos brazos sobresalían debajo de la túnica como si un temblor interno los agitase, me precedió hasta el umbral de una construcción donde reposaba una figura encapuchada, rodeada de manuscritos y tablillas de piedra cubiertas de caracteres en espiral.
La figura era Ybanh Halmer. Su aspecto afilado y la sombra de una melancolía indeleble en sus ojos me hizo dudar si era humano en sentido estricto. Trazó un lento círculo en el aire y me invitó a sentarme, musitando una oración en un idioma que no me era del todo extraño: ecos y fragmentos del antiguo Aklo, palabras que zumbaban en mi memoria con un dolor punzante.
«La Aurora llegó antes que nosotros», dijo con tristeza. «Nosotros sólo la cruzamos; otros la veneran, pero nadie la comprende. Lo que esta luz protege... es tan viejo como el abismo».
Contemplé las tablillas; vislumbré dibujos de criaturas que no correspondían a ninguna filogenia terrestre: seres con cuerpos de mil ángulos, miembros bifurcados y ojos que no eran tales sino pozos sin fondo, horadando su propia existencia entre dimensiones inaccesibles.
Mi anfitrión me narró, en una sucesión de delirantes y fragmentarios relatos, la naturaleza de la Aurora: una radiación muerta, procedente de la región polar de Kadath, bautizada según los antiguos como el resplandor sin conciencia. Entre Leng y Kadath existía un corredor sellado por el aliento de la Aurora, guarnecido por criaturas que sólo podían describirse como la colisión de miedo, deseo y geometría imposible. Ningún soñador había osado cruzarlo, hasta donde podía recordar la historia registrada en aquellas tablillas.
Aquella noche apenas logré dormir; la vigilia se vio salpicada por alucinaciones provocadas quizás por los humos perfumados con que la aldea impregnaba el aire. Las casas parecían latir bajo mi colchón, y por la única ventana veía cómo las primeras luces de la Aurora olisqueaban los riscos, persiguiendo sombras que, al moverse, dejaban tras de sí rastros de tiempo distorsionado. Fui despertado –o eso creí– por el mismo Ybanh, quien me condujo fuera de la aldea y lejos, hacia los límites del territorio.
El crepúsculo era inacabable, como si la noche y el día hubieran sido estrujados hasta fusionarse en una sola hemorragia cromática. Caminamos largo rato; las piedras parecían emanar un rumor zumbante, como el roce de millones de alas traslúcidas. Finalmente, entre dos obeliscos erosionados, vislumbre un abismo en la tierra: no era una cueva ni un simple agujero, sino algo más, una herida que supuraba oscuridad líquida. De allí, emergió un hedor gélido, como a tumba expuesta en pleno invierno polar.
Ybanh extendió la mano para detenerme. Sacó de su túnica un pequeño fragmento de cristal oscuro, opaco salvo por un destello ocasional. Al contacto con el aire, dicho fragmento vibró, y escuché –no a través de mis oídos, sino directamente en el fondo de mi mente– un canto agónico, una letanía que evocaba antiguas glorias y más recientes abominaciones.
«Esto es un umbral», murmuró mi guía. «Los Custodios pueden percibir hasta el más leve cruce. Pero hay formas de mirar sin ser visto».
Me indicó arrodillarme, tocar el suelo bajo la sima, y colocó la piedra sobre mi frente. El frío fue inmediato, y sentí mis propios pensamientos dislocarse mientras mi visión era invadida por escenas imposibles.
Vi entonces –no, presencié, pues la palabra “ver” queda corta– la procesión de los Custodios. Criaturas altísimas, sin ojos, con garras para pies y bocas donde debían ir los ojos; se movían sigilosamente a lo largo de la frontera auroral. Sus cuerpos, cubiertos de una sustancia viscosa que refractaba los colores de la Aurora, mutaban en formas indeterminadas si se los miraba fijamente. Observé cómo hundían sus miembros en el mismo abismo y, extrayendo relucientes masas de luz coagulada, las consumían como si de sustento vital se tratase.
Cuando la visión terminó, estaba jadeando, aterrado y exhausto. El aire tenía el regusto del hierro mojado y la piedra recién partida. Ybanh tapó el umbral y, sin previo aviso, me condujo de vuelta, advirtiéndome que no mencionara lo visto a nadie en la aldea, ni indagara sobre otros umbrales en la zona. Apenas asimilé el prohibido conocimiento, empezó la pesadilla real.
Durante las noches siguientes, la Aurora se intensificaba. Las montañas en el horizonte ardían con fuego fosforescente, proyectando sombras humanas desmesuradas que bailaban reptando sobre los peñascos. En los sueños, los Custodios danzaban a mi alrededor, murmurando en aquel ignoto idioma; otras veces, era absorbido en el abismo y emergía bajo una bóveda celeste diferente, subyugado por leyes de gravedad y pensamiento inconcebibles. La frontera entre vigilia y sueño se fragmentaba cada vez más.
Aunque intenté marcharme, me era imposible hallar el camino de retorno. La aldea no parecía permitírmelo: las calles se constreñían al paso, los aldeanos evitaban mi mirada con un pánico reverencial, y el olor de los inciensos era cada vez más penetrante, aturdiéndome. En una noche definitiva, la Aurora descendió como una tempestad. Los aldeanos formaron una procesión que llevaba ídolos translúcidos, y se reunieron en torno al umbral; sus cánticos desgarraban la noche, ondeando en un ritmo antinatural.
Me arrojaron hacia el abismo sin palabras; caí y caí, el tiempo perdiendo sentido, hasta despertar en una ciudad de torreones imposibles: Kadath, envuelta en luces danzantes, sus formas sísmicas copulando con las estrellas heridas. Allí, seres aún menos humanos que los Custodios oficiaban rituales a dioses sin nombre: mutilaban la memoria y el tiempo, susurrando claves para no-abrir jamás ciertas puertas. Fui testigo de razas impensables: caminantes sin sombra, entidades cuyas extremidades ondulaban como tentáculos atemporales, y gigantescas formas burbujeantes que devoraban los cimientos mismos del espacio.
Cuando finalmente logré despertar, lo hice lejos de la aldea –o de lo que alguna vez fue la aldea– tendido bajo la aurora pálida y malsana, con la piedra oscura aún sobre mi frente. A mi alrededor todo parecía más corroído, distorsionado, como si la realidad misma hubiera sido raída por la brisa glacial de otra dimensión. Reconocí, con horror, que lo que había traído del abismo, más que recuerdos, era una marea creciente de extranjería: pensamientos de geometría alterada, arpegios de lenguaje de los Custodios, imágenes oscilantes en los rincones de mi visión.
Volví al supuesto mundo civilizado; fui una sombra de mí mismo, perseguido por la conciencia de que hay fronteras más allá de la carne y del tiempo. Cuanto más se acerca la Aurora al horizonte norte, más fuerte es su eco en mi cráneo. He visto, en la penumbra y en el reflejo de los charcos tras la lluvia, ojos de Custodios acechando, esperando la señal de que otro umbral sea abierto.
Lo que aprendí fue sólo un destello miserable. Nadie debería anhelar cruzar la noche de Leng en busca de Kadath ni interrogar a la Aurora sobre sus secretos. Hay cosas que duermen bajo la luz púrpura, y criaturas cuyas razas no pueden nombrarse, esperando el descuido de un pensamiento. Yo fui uno de esos negligentes. Ahora sólo guardo silencio, y escribo para olvidar, aunque sé que la Aurora, paciente y absoluta, terminará por devorar incluso el último remanente de mi memoria.
Ojalá logre vivir lo suficiente para ver alguna vez, a la distancia, a la vieja Aurora consumiendo no sólo a mí, sino al mundo entero, cuando se confundan todas las fronteras y sólo quede el silencio y el temblor de las criaturas que vienen de más allá de Kadath. Ojalá ese día, al menos, la locura logre protegerme del conocimiento.
Hasta entonces, sólo me queda cuidar cada sombra y cada resplandor, sabiendo que en alguna parte, bajo el frío estéril de la aurora perpetua, los Custodios sueñan con mi regreso.
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