Fragmento:
Mi nombre no importa. Bastará con decir que alguna vez tuve identidad, y era la de un profesor de matemáticas en la Universidad de Arkham, cuya obsesión con los modelos no-euclidianos y la teoría del caos bordeaba lo patológico. Mis manos, antes expertas en el arte árido de la lógica, comenzaron a temblar la noche en que escuché por primera vez los redobles. Murmullos amortiguados, vibraciones en el aire, como si la tierra misma vibrara al compás de un tambor implacable. Vivía solo en esos días, en una casa de persianas cerradas, perseguido por mis propios pensamientos, solo y, como descubriría luego, protegido por la ignorancia.
Duración: 10:43
He pasado noches en la absoluta oscuridad, donde ni siquiera los pequeños fuegos de la razón pueden calentar el centro helado de la mente. Es en esas horas cuando la coherencia parece disolverse en un caos inefable, y los horizontes del universo tiemblan como un tambor sostenido bajo la garra de un demonio ciego. Se me ordenó escribir esto; pero no por mandato humano ni por la parábola de un delirio común. Hay influencias, ecos en la ventisca del tiempo, que encadenan la voluntad de uno. Por esas fuerzas, que anidan en las sombras de la existencia y susurran desde el núcleo cósmico, vuelco la pluma. Siervo he sido, y lo que relato es el secreto del horror más primigenio: Azathoth, el sultán de los demonios, el caos nuclear alrededor del que todo gira sin juicio ni compasión.
Mi nombre no importa. Bastará con decir que alguna vez tuve identidad, y era la de un profesor de matemáticas en la Universidad de Arkham, cuya obsesión con los modelos no-euclidianos y la teoría del caos bordeaba lo patológico. Mis manos, antes expertas en el arte árido de la lógica, comenzaron a temblar la noche en que escuché por primera vez los redobles. Murmullos amortiguados, vibraciones en el aire, como si la tierra misma vibrara al compás de un tambor implacable. Vivía solo en esos días, en una casa de persianas cerradas, perseguido por mis propios pensamientos, solo y, como descubriría luego, protegido por la ignorancia.
El incidente ocurrió el mes de noviembre, cuando las hojas se amontonaban contra mi puerta y el viento gélido transformaba la vegetación en esqueletos temblorosos. Aquella noche, desde el limbo entre el sueño y la vigilia, comencé a percibir ecos que no eran ni internos ni ambientales. A través de la ventana, veía la ciudad sumida en la pálida irrealidad de la luna llena. Todo parecía intacto, y sin embargo, detrás del murmullo del viento, reconocí un trazado; una melodía primigenia, repetitiva, carente de armonía, que retumbaba en el fondo del universo.
Lo tomé por fatiga mental. Me obligué a dormir, seguro de que el amanecer dispersaría aquella sonoridad. Me equivoqué. No sólo persistió, sino que aumentó en intensidad y complejidad, agregando un zumbido grave, casi ululante, al percibirlo sólo en el rincón más remoto de la consciencia. Mis pensamientos se disolvieron y se fragmentaron; la lógica, herramienta predilecta de mi oficio, se convirtió en un bucle de inferencias vacías. Era como si una fuerza atroz, que desde el inicio de los tiempos estuviera dormida, se revolviera ahora en el lodo de mi frágil espíritu.
Los siguientes días se resumen en dos palabras: ausencia y fragmentación. Ausencia de sentido, de propósito, de certeza; fragmentación de la realidad, de la voluntad, y del pasado mismo. A mis alumnos los miraba sin verlos, repetía fórmulas como un autómata, y cada noche los redobles se hacían más presentes, cada vez bajo mi cráneo y no fuera de él. No tardé en abandonar las clases y en evitar todo contacto humano. En el aislamiento, hallé la única posibilidad de escuchar con claridad. Mi entorno se convirtió en una mera pantalla donde se proyectaban siluetas apenas reconocibles; mis libros, en ídolos mudos y vacíos.
Una noche, hacia la medianoche hueca y plagada de susurros, me asomé por la ventana de cristal empañado y noté un cambio en los astros. La luna, antes clara, tenía ahora un contorno vibrante, como si la contemplación directa de su luz revelara otra geometría, fluctuante y corrompida. Las constelaciones parecían recomponerse en formas blasfemas. Y en algún punto remoto del cielo, una pulsación invisible, una sombra parpadeante, parecía gobernarlas. Aquello marcó el inicio del descenso final.
La biblioteca universitaria fue mi segunda morada, y pronto solo acudía en la madrugada, cuando la ciudad dormía y solo quedaban las ratas y los insomnes. Allí, entre volúmenes prohibidos, hallé nombres y grafías olvidadas: Necronomicón, Unaussprechlichen Kulten, De Vermis Mysteriis. Todos ellos mencionaban, bajo las máculas de la censura y las interpolaciones, a algo que llamaban Azathoth, el caos central, rodeado por flautistas idiotas que tañen melodías cegadoras. Un trono vacío en el centro de todo, donde la mente es imposible y sólo la voracidad informe existe. Era imposible no relacionarlo con los ritmos que llenaban mis noches.
Me di cuenta de que otros han escuchado estos ritmos antes que yo, y todos corrieron la misma suerte. Me obsesioné con un caso antiguo: el diario de Artemius de Rodes, conservado solo parcialmente en traducciones arcaicas, relataba la llegada de la música incontenible y de sueños en los que el alma era absorbida por un vórtice de ruido, hasta perderse en el torbellino ininteligible del núcleo cósmico. El pobre Artemius terminó sus días en un monasterio, mudo y ciego, incapaz de describir lo que había percibido.
El redoble y el zumbido crecían. Una noche, mientras garabateaba fórmulas y círculos imposibles en papel amarillento, sentí que la realidad titilaba; que la materia se disolvía por segundos en una malla de pensamientos convulsos. La lámpara parpadeó. En el punto más profundo de esa oscuridad momentánea, escuché una flauta, una melodía quebrada y disonante, y detrás, el retumbar percutiente: la percusión de un corazón cósmico, el eco de un titán dormido en la raíz misma del ser.
Me vi obligado a buscar respuestas fuera de los textos aceptados por la razón. Fui a la vieja tienda de Samoyed Jones, un anticuado librero de la parte vieja de Arkham, conocido por su suministro de libros que nadie quería. Allí, un volumen sin lomo, sin autor, escrito en caracteres angulares y retorcidos, me llamó la atención. Lo abrí temblando y encontré páginas llenas de instrucciones y advertencias: fórmulas para resistir, talismanes, prohibiciones pronunciadas con furia. En el centro de una de esas páginas, una advertencia sobre la noche del ciclo lunar: “Cuando la luna palpite como un iris anegado, y la percusión de la locura gobierne el sueño, retírate y no mires hacia el corazón de la noche”. Salí de la tienda entre susurros y la espalda erizada por la incomprensible certidumbre del destino.
El redoble no tardó en mutar. Dejo de ser un eco amortiguado y se tornó en una presencia invasiva, modelando mi conciencia y la textura misma de lo que podría llamar realidad. Estaba despierto cuando no debería, y cuando dormía, las fronteras entre lo imaginado y lo tangible se evaporaban. Soñaba con un palacio sin forma, de muros líquidos y banquetas de sombra, donde seres antediluvianos y ciegos danzaban alrededor de un abismo central intocable. Allí, en el ojo del huracán sin mente, aleteaba la sombra informe de Azathoth: una masa pulsante de caos sin sentido, rodeada por los flautistas invisibles y por una corte espectral de dioses menores.
Esos sueños, al principio difusos y fragmentados, fueron ganando detallismo horrendo. Pronto me reconocí como parte de la asamblea, sentí que compartía la música. Una noche, durante el clímax de una tormenta que parecía latir al ritmo de los tamborileos, vi, o creí ver, la verdadera forma del horror: el universo, en toda su vastedad, no era más que una fina membrana alrededor del núcleo demente; y las criaturas que lo habitan, reflejos espectrales de su caos central.
La fiebre me confinó en cama. Días y noches se mezclaban, y el redoble sordo era una letanía ineludible. Apenas comía; el miedo era una garra que rasgaba mi carne. Sin embargo, una noche, el ritmo cesó. Por primera vez en semanas, el silencio era absoluto. Temblando, salí a la calle arrastrando mis ropas, y en la penumbra de la luna nueva, noté la presencia de otros: figuras translúcidas, desplazándose como espectros en el margen de la visión. Todos ellos dirigían sus pasos a la vieja cantera fuera de Arkham.
Mi curiosidad triunfó al terror. Seguí a la procesión hasta salir del campo urbano. La multitud (¿acaso era multitud, o meramente mi mente multiplicada en los ecos de la noche?) se detuvo en un claro, bajo un cielo sin estrellas. En el centro, una abertura entre las piedras se reveló, como un párpado que se pliega bruscamente. Sentí que no tenía voluntad, que mi cuerpo era arrastrado por hilos invisibles. El redoble regresó, ahora ensordecedor, y brotó de la misma abertura una luz viscosa, fluctuante, que enloquecía a aquel que la miraba.
Comprendí, en ese instante, que el tiempo y el espacio son accidentes de la visión humana. Detrás de la tenue pantalla de la percepción se agita un torbellino de formas innombrables, y el latido del caos es lo único que los mantiene en su sitio. Soy incapaz de describir con palabras humanas la magnitud y el desamparo de ese abismo sin dios ni ley, poblado por entes antiguos desde antes del tiempo. Vi a Azathoth, y mi mente se deshizo por secciones, como páginas de un libro enmohecido bajo la lluvia.
Azathoth no es un ser en la acepción común: es la voluntad y la sinrazón primordial, la matriz de toda forma y su inmediata negación. Su presencia era la de un sol muerto, más allá del horror. Las melodías que lo rodean son el esfuerzo desesperado de sus esclavos, los dioses menores, en mantenerlo entretenido e inconsciente. Un abrir de ojos, una sacudida de su núcleo, y el cosmos entero se desintegraría en polvo y ruina.
Mis sentidos no aguantaron. Fui arrojado atrás, al confín de la conciencia, y desperté en mi cama, enloquecido. El redoble persistía, pero ya no era externo; era parte de mi carne, mi sangre, mi médula. Sé lo que vendrá. Seré consumido, absorbido por el caos implacable, y mi mente no será más que otra nota disonante en la melodía de la destrucción.
Ruego al lector, si ha llegado hasta aquí, que no investigue más allá. Hay fuerzas demasiado antiguas y vastas para soportarlas; la música del Caos gobierna el universo, y bajo el redoble sordo del corazón Azathothiano, todo conocimiento y toda esperanza son devorados. Demasiado tarde, entendí mi lugar en la corte del dios sin mente. Mi historia no es una advertencia, sino un eco más del vacío; y pronto, mi voz se perderá entre los redobles y flautas de la noche sin forma.
Todo lo humano es un susurro ante el horror de lo inefable. Azathoth duerme, y mientras lo haga, podemos creer en la razón, en la esperanza, en la existencia. Cuando despierte, sólo quedará el tambor sin ritmo y la música del fin. Si alguna vez oyes el redoble, huye, pues es tu mente la próxima en ser dispersada con el polvo de las estrellas.
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