Portada del relato Ecos de Profundidad Helada
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Fragmento:


Un pasaje fue el que me marcó. Decía: “El viento gime por los ventanales, pero su lamento es el de una legión enloquecida. Ningún candado detiene el aliento ancestral. He visto, en sueños arrastrados por marejadas imposibles, la ciudad no muerta. Bajo los glaciares, donde ni el sol ni la luna pueden hollar, espera la unión. La sangre congelada llama y devuelve ecos, siempre los mismos, siempre Innsmouth”.

Duración: 09:49

Ecos de Profundidad Helada
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Texto de ajuste de pausa.

Toda mi vida, la cual podría decirse raída y desgajada por los espectros de la memoria, ha estado marcada por inexplicables presagios de algo más allá de lo racional. Siempre supe, de alguna retorcida forma, que mis pasos estaban destinados a cruzar el umbral prohibido por el que tantos habían caído en locura o muerte. Sin embargo, fue únicamente tras el funeral de mi impía tía Edith Marsh que me vi arrastrado como un escarabajo indefenso por las fauces de horrores tan ancestrales y gélidos como los abismos de los que brotaron.

La historia que relataré aquí, si es que mi cordura puede resistir la remembranza, transcurre en dos lugares y naciones de imposibilidad, distantes en el mapa y en la lógica: la aciaga Innsmouth de mi familia materna; pero más allá, la costa antártica donde las ruinas de R’lyeh, emergiendo como la visión febril de un dios muerto, llamaron a mi sangre más oscura.

Había pasado pocos días en Innsmouth, obligado por los lazos de la parentela y la herencia. Allí, entre las calles húmedas de sombra y salitre, descubrí antiguos papeles y diarios que la tía Edith había guardado en secreto. No se trataba de cartas inocuas, sino de escritos encriptados, repletos de referencias a “El Frío Susurrante” y “El Padre Durmiente bajo el Hielo y la Ola”. Los nombres de Ithaqua y Cthulhu se entrelazaban como hierbas nauseabundas en esas páginas grabadas con la mano temblorosa de quien mira, y ve.

Un pasaje fue el que me marcó. Decía: “El viento gime por los ventanales, pero su lamento es el de una legión enloquecida. Ningún candado detiene el aliento ancestral. He visto, en sueños arrastrados por marejadas imposibles, la ciudad no muerta. Bajo los glaciares, donde ni el sol ni la luna pueden hollar, espera la unión. La sangre congelada llama y devuelve ecos, siempre los mismos, siempre Innsmouth”.

La autocensura quizá debió haber intervenido en mi conciencia, disuadiéndome de perseguir las huellas que el texto sugería; mas mi alma, contrariada por la lógica y azuzada por la herencia de los Marsh, me impulsó a buscar respuestas. Conseguí, mediante recursos innombrables, contactar con un marinero de edad incalculable —su piel repelente recordaba el renacuajo y su aliento era el de las criptas inundadas— que aceptó, por un precio abismal, conducirme a una remota expedición antarctíca.

Salimos de Arkham en condiciones precarias. El plan oficial era una labor de investigación oceanográfica, auspiciada por el Miskatonic. Conmigo viajaron tres hombres: Harker, un profesor endurecido por la incredulidad; Price, un periodista de Orleans que olía a opio y desesperación; y Mr. Gillman, geólogo tan ansioso de misterios como hambriento de poderosos licores. Recuerdo bien el día en que abordamos el viejo buque, porque el aire apestaba a tempestad aunque el cielo estaba despejado.

Durante el viaje, que se tornó más largo y desesperante de lo que habíamos calculado, Price cayó enfermo de un modo incomprensible. Hablaba en sueños, murmurando palabras que sólo ahora reconozco como parte del léxico de los Profundos. “El viento viene… no es solo viento… están hambrientos, están helados…”

El 23 de junio, una tormenta descomunal nos desvió hacia un archipiélago de hielo jamás registrado. Allí, ante nuestro asombro y terror, las olas rompían sobre una ciudad hecha de ángulos imposibles y basaltos iridiscentes, emergiendo y sumergiéndose como el pecho de un monstruo dormido.

Las leyendas sobre R’lyeh son muchas, pero ver sus torres miles de veces rotas, chorreando limo primigenio, destruye cualquier noción de realidad. Hicimos campamento temblando entre grandes bloques ciclópeos mientras una calma antinatural, asfixiante, nos invadía. La luna brillaba sin moverse, igual que una pupila inquisitiva. En el aire, sin embargo, cierta escarcha flotaba, como si el mismísimo invierno acechara camuflado en la sal.

Esa primera noche, los sueños venían teñidos de azul cerúleo y de una negrura más profunda que el pecado. Vi a los habitantes de Innsmouth, mezclados con siluetas ennegrecidas y deformes, formando una procesión. Avanzaban pies desnudos y palmeados por el hielo, llevando antorchas que no ardían. Encabezando la comitiva, una figura devorada por una ventisca invisible, alzó la mirada y la cara era mi propia cara, pero corroída por costras de escarcha y sal.

Al despertar, Harker había desaparecido.

La búsqueda resultó infructuosa. Encontramos huellas extrañas en la niebla —no sólo de pies humanos, sino inmensas zarpas o membranas dejadas en la nieve y cuando no, impresiones largas como de dedos ciclópeos. Price insistía en que habíamos sido elegidos para “el alto sacrificio”, pero apenas podía sostenerse en pie.

Avanzamos, impulsados por un instinto antinatural, hacia la estructura más prominente: un monolito quebrado, adornado con relieves de criaturas mitad hombre, mitad bestia, mitad pez, cuyos rostros eran, en la pura luz lunar, imposibles de retener en la mente sin sentir cómo la locura nos roía la conciencia. Allí, el frío aumentó en intensidad, trayendo consigo un viento que no era de este mundo, todo cuanto tocaba crujía de escarcha, y el aire adquiría la densidad de un cieno invisible.

En ese lugar, durante la segunda noche, la ventisca arreció. La nieve caía pero no se desplazaba, flotando en torno nuestro como insidiosas criaturas en acecho. Los susurros comenzaron entonces en los confines de los sentidos. Voces graves y subacuáticas hablaban una lengua arcana y pesadillesca. “Y’ha-nthlei… Ithaqua… El Padre… Baja al hielo… sangre de Innsmouth…”.

Gillman gritaba que el aire estaba vivo, que la nieve tenía garras. Solo yo, dotado de la sangre maldita de Edith, resistía el murmullo hipnótico, aunque la cabeza me latía como si dentro pugnara por salir una entidad antigua. Fue entonces cuando los vimos. Del hielo emergieron primero las sombras: siluetas masculinas y femeninas, con vestigios de escamas y branquias, de pie en círculos, invocando algo más allá de las estrellas.

Entre ellos, grandes masas informes recorrían la planicie nevada. Sus cuerpos vaporizaban el mismo frío que exhalaban y no caminaban sino flotaban, desplazándose al son de un viento sobrenatural. Detrás de ellos, por sobre las ruinas, el contorno deformado de una criatura inmensurable, toda garra y tentáculo, comenzó a materializarse, desgarrando la lógica del espacio.

La mitad de mi mente quería retroceder, huir, incluso aunque supiera imposible volver a la razón alguna vez. La otra mitad recordó vagamente las palabras de Edith, “la unión está cerca: sólo la sangre del frío y el salitre abre la puerta...” Antes de que pudiera ejecutar pensamiento alguno, Price fue arrancado hacia arriba por una fuerza intangible, sus gritos desapareciendo en un torbellino de nieve que olía a algas podridas.

¿Gillman? Desapareció mirando embobado a un rostro monstruoso surgido en uno de los bloques, como hipnotizado por una canción marina, hasta que su cuerpo se congeló en mitad del grito. Solo yo, rodeado de espectros y monstruosidades, sentí la frontera misma entre el aire polar y las aguas profundas abrirse para mí.

Las figuras danzaban, las ventiscas gemían y los glaciares parecían aproximarse como dientes de una boca antediluviana. Casi en trance, me arrodillé sobre el hielo y, sabiendo solo que mi sangre era la clave, corté mi palma ante el monolito. La sangre, oscura y espesa, chisporroteó cuando tocó la piedra, liberando un grito coral —un llanto que parecía brotar de todas las gargantas humanas y no humanas jamás existidas.

El aire se desgarró, y ante mis atónitos ojos los abismos se comunicaron: vi las profundidades abisales de R’lyeh, sus corredores piedras retorcidos por geometrías siniestras, poblados de seres tan helados que su sola mención haría que el corazón de un hombre detuviera su palpitar. Sentí entonces, en lo más hondo de mí, el contacto del “Padre del Frío y el Sueño”, Ithaqua, en conjunción con el dormido pero siempre consciente Cthulhu. El mundo entero fue por un instante sólo viento y agua.

Ellos ambos, sentí, eran lo mismo y no; dos caras de un infinito que transciende tiempo y clima, vida y muerte. Hermanados por la desesperación del alma humana perdida en el cosmos helado. Su poder me atravesó, y por un segundo interminable vi a través de infinitos ojos: Innsmouth, sus canales apestosos y lamentos; la Antártida, sus valles muertos azotados por ventiscas demoníacas; la humanidad, impotente guía de la extinción y del frío.

No sé cómo regresé al barco, ni cómo sobreviví al regreso. Los informes oficiales declaran que la expedición pereció por “causas naturales”. Yo, sin embargo, no he vuelto a conocer el sueño ni la paz, pues el viento susurra aún a través de los postigos de mi hogar, y me trae (cada noche, con precisión inhumana) ecos de Innsmouth y el aliento de esos dioses que duermen entre ola y ventisca eterna.

Escribo esto convencido de que no hay huida, ni destino, ni olvido para aquellos marcados por la sangre y la locura de dos horrores insaciables. Si oyen en la noche de invierno el viento arremolinado y húmedo, si sienten la marea sabiendo más de lo que debiera, sepan que no es mera naturaleza. Es la llamada de aquello que duerme, entre las ruinas hundidas y el hielo perpetuo, esperando la siguiente unión.

Me despido con la única súplica que puedo hacer: nunca lean los papeles de sus antepasados, nunca sigan la estela del viento que viene del mar o del sur helado. Porque la siguiente víctima podría ser usted, y los recuerdos no olvidan… ni perdonan.

– F.W.M. Marsh

Innsmouth – Arkham – R’lyeh

1928

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