Portada del relato El Altar en la Necrópolis de Fosforis
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Fragmento:


Pronto me vi inmerso en la investigación histórica de las leyendas de Leng, aquellos parajes antárticos o quizás interdimensionales, citadas en los más oscuros pasajes del “Necronomicon” de Abdul Alhazred. La confluencia de la iconografía dágonica en el ídolo se mezclaba con los relatos dispersos de las gentes sencillas sobre apariciones de luz verdosa en los bosques. Las llamaban “las lámparas del Diablo” o “el fuego de los muertos”. Cualquier coincidencia, pensé inicialmente, sólo podía ser el eco de la superstición, efecto del aislamiento y la consabida enfermedad mental que azota la comarca desde generaciones.

Duración: 09:46

El Altar en la Necrópolis de Fosforis
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Texto de ajuste de pausa.

Respondí al telegrama de mi primo Edwin Trask en la madrugada de un inclemente 14 de noviembre, acosado por un viento sibilante que parecía recorrer cada hendedura de la albañilería gótica de mi inmueble familiar en Arkham. La misiva, cuyas palabras temblaban torpemente, trazaba la existencia de un hallazgo inquietante en tierras de las estribaciones orientales de Vermont, cerca de la desvanecida y prohibida villa de Brattleboro, ese nido antiguo de rumores donde nunca cesa el murmullo de extraños linajes y apellidos ausentes de genealogía. El texto, apenas hilvanado, mencionaba criaturas de Leng, lumbres viridescentes y la aparición de un bajorrelieve pétreo fulgente hallado en la cripta de una iglesia desacralizada.

Partí antes del alba, enfrentando la escarchada carretera y ascendiendo hacia la umbrosa región donde los árboles son más viejos que la memoria de la humanidad. Edwin aguardaba en una posada decrépita, hundida entre lodos y brezos; sus ojos febriles refulgían con el reflejo de un terror acumulado durante largas vigilias. Apenas nos saludamos, me haló al rincón más oscuro del salón y deslizó ante mí, envuelta en harapos grasientos, la pieza causa de aquella urgencia: un ídolo tosco, de piedra verdosa, con grabados de tentáculos y formas aberrantes. Su superficie brillaba bajo la escasa luz como si su propia materia filtrara esporas de putrescencia fosfórica.

—Fue hace tres noches —susurró Edwin, evitando mirar el ídolo—. La lluvia caía amarilla sobre las lápidas y los aldeanos decían oír campanas sumergidas bajo la tierra. Fui a la cripta impulsado por la mezcla de curiosidad y esa fascinación malsana que puede proyectar un tiempo muerto —su voz se quebraba en cada sílaba—. En la fosa central… por azar, hurgando entre los suelos, hallé esta escultura y trozos de pergamino. Fui advertido por el sacristán anciano. Habló de los “Seres de Leng” y ritos olvidados a los que servían en vida.

La estatua —tan claramente de manufactura ajena a cualquier civilización aceptada— ostentaba una geometría grotesca, como si se recreara en una topografía zoológicamente imposible. El rostro del ser carecía de rasgos definibles; la boca era un abismo oblicuo y los ojos simples hendiduras vacuas, cuyo interior parecía absorber la luz. Descifrar el pergamino resultó una tarea laboriosa pues estaba repleto de caracteres entre arábigos y cuneiformes, con espirales y motivos de fuego verde estilizado.

Pronto me vi inmerso en la investigación histórica de las leyendas de Leng, aquellos parajes antárticos o quizás interdimensionales, citadas en los más oscuros pasajes del “Necronomicon” de Abdul Alhazred. La confluencia de la iconografía dágonica en el ídolo se mezclaba con los relatos dispersos de las gentes sencillas sobre apariciones de luz verdosa en los bosques. Las llamaban “las lámparas del Diablo” o “el fuego de los muertos”. Cualquier coincidencia, pensé inicialmente, sólo podía ser el eco de la superstición, efecto del aislamiento y la consabida enfermedad mental que azota la comarca desde generaciones.

Pero esa misma noche fui despertado por un resplandor filtrándose por la ventana de la habitación de la posada. Descorrí la cortina y el espectáculo que se desplegó ante mi vista resultó fiera confirmación de las pesadillas ancestrales del hombre: en la colina vecina, donde ruinas de un cementerio sin nombre se levantan, un círculo de figuras encapuchadas danzaba frenético alrededor de una hoguera esmeraldina. Las llamas no oscilaban como corresponde al fuego, sino que serpenteaban en volutas, adoptando formas de manos, bocas y ojos, penetrando a los asistentes que no parecían sino transmutarse y perder todo vestigio humano en la luminiscencia. El aire vibraba al compás de un cántico gutural en una lengua para la que ningún ser humano debiera tener cuerdas vocales. Sentí un vértigo impío que me obligó a apartar la mirada y cerré las cortinas, mientras ecos del cántico aún reverberaban en la piel de mi cráneo.

Edwin, testigo también, me confesó con voz quebrada haber visto una noche anterior a uno de aquellos encapuchados ingresar a la pensión, cubierto de limo en manos y pies, arrastrando los pliegues de su túnica e irradiando un hálito a paroxona y azufre. Tras la aparición, la patrona enfermó gravemente, presa de llagas e insomnio, repitiendo frases desconexas acerca de “la gran Niebla de Leng” y “la promesa de las llamas dulces”.

Urdiendo una solución, decidimos registrar la iglesia nocturna y recabar, si posible, evidencia capaz de propiciar auxilio a la erudición de Arkham o Miskatonic, quizás al renombrado profesor Wilmarth. Armados de faroles, accedimos a la cripta en el mismo punto descrito por mi primo. Descendimos por una escala de piedra babosa, escuchando el incesante rumor de líquidos goteantes y rozamientos que, según presuponíamos, correspondían únicamente al trabajo insomne de los murciélagos o a exudaciones del moho. El hedor, sin embargo, era peor que un cementerio abierto, y la vista sólo alcanzaba a distinguir los agrietados arcos apuntados y una losa central, entreabierta, que parecía exhalar vaharadas calientes.

Nos acercamos y al enfocar la lámpara sobre la piedra percatamos, con atroz escozor, que los grabados no se ajustaban a nada contenido en la iconografía medieval ni posterior, sino que eran la repetición ampliada de los jeroglíficos del ídolo; figuras hemicilíndricas, tentáculos, y límpidos fuegos de contornos móviles. Las letras principales, según mi pobre desciframiento, invocaban a “los Herederos de las Llamas de la Aurora Primeva”, y a “la sangre de las razas de Leng”. Asomé la cabeza por la ranura de la losa y fue entonces cuando el retorcido universo del letargo y la pesadilla se abrió ante mis ojos.

Bajo la piedra se pergeñaba no un simple osario, sino una ciclópea cámara tallada enteramente en una roca fétida y luminiscente, donde columnas cubiertas de runas soportaban una bóveda estrellada de materiales radiactivos al tacto. De la penumbra emergía una figura, ni humano ni enteramente otra cosa; su piel era cenicienta y entumecida, los ojos hundidos y sin pupilas. Alrededor de su cuello colgaba una sarta de ídolos gemelos a aquel que halláramos, todos resplandeciendo verdes como diamantes brumosos en la Medianoche.

Al vertebrar un grito ahogado, Edwin retrocedió convulsivo. El ser nos observó largamente, con el interés paciente de la eternidad. Sin mediar palabra, estiró un brazo lacerado, como si la carne hubiese sido corroída por mil lluvias sulfúricas, y depositó uno de los ídolos ante nosotros. El objeto palpitó por sí solo y, súbitamente, vi con una claridad delirante la extensión de los horrores que allí fermentaban: no era la única cámara, sino la primera de una red difusa bajo el pueblo y el bosque, una urdimbre de galerías excavadas por generaciones de los Seres de Leng, antiguos súbditos de entidades marítimas y los fuegos elementales.

La visión me arrojó al suelo; Edwin forcejeó para alzarme y ambos huimos de la cripta mientras los faroles parpadeaban enloquecidos, absorbidos por una neblina de olor indescriptible. La losa tronó detrás nuestro, y el eco de mil voces, guturales y somnolientas, reptó hasta la salida profiriendo letanías de ofrenda al “Señor del Fuego que Nunca se Apaga” y al “Ídolo de la Profecía Lacustre”. En nuestra huida, echamos la vista atrás y, en la entrada de la iglesia, el resplandor esmeralda circunscribía un corro de siluetas apenas humanas, que parecían celebrar la partida de los transgresores.

De regreso en la posada, Edwin era ya un amasijo de nervios y locura. Balbuceaba sin cesar acerca de un futuro apocalíptico dominado por las brasas verdes y los “legionarios de la promesa délfica”. Esa misma noche los murmullos de la aldea se alzaron en gritos, y las campanas prohibidas tocaron compases imposibles, como si un mar subterráneo acompañase el ritmo de su condenación. Atisbé tras los postigos y contemplé la invasión de los encapuchados abriéndose paso por las calles, cada uno portando un fragmento del ídolo, balanceando lámparas de aceite verdoso cuyo brillo traspasaba la carne y revelaba esqueletos parpadeantes bajo la piel.

Nos ocultamos en el ático, con la esperanza de sobrevivir a la acometida. Los resplandores iban y venían debajo, y entre los gritos alcancé a distinguir cantos de bienvenida dirigidos a las “Semillas de la Vieja Leng”, estrofas horrendas de una lengua no consagrada para los órganos humanos. A través de una rendija advertí que los aldeanos se alineaban de uno en uno, despojados de todo atisbo civil, y descendían postrados hacia la iglesia, guiados por uno de los engendros subterráneos, que entrelazaba en su mano un símbolo doble: la efigie tentacular y el fuego danzante, igual que en el pergamino hallado. Poco a poco, la procesión desapareció colina abajo, perdiéndose en las negruras del cementerio.

A la mañana siguiente, el pueblo estaba desierto y olía a ozono y lodo quemado. Nadie respondía. El aire era irrespirable y, sobre la iglesia, flotaba una neblina fosforescente. Con Edwin inconsciente, recogí el ídolo y huí a Arkham, perseguido por la sensación de que no escaparíamos indemnes ni siquiera a la distancia del océano. No deseé saber qué fue de los moradores, ni cuántas generaciones perecieron en las catacumbas del culto. En mis sueños aún resuenan los cánticos y la promesa de que algún día, cuando la bruma esmeralda vuelva a flotar sobre el mundo, las polillas de Leng se abrirán paso por la sangre de los elegidos y el ídolo brillará con una luz que los hombres no están destinados a contemplar.

Y reniego de todo intento de lógica o cordura; pues sé, tan cierto como el horror que queda dibujado en la mirada ausente de mi primo, que bajo la quietud de muchas aldeas, bajo la arcaica y pútrida herencia de los Trask y los hermanos olvidados del bosque, duermen aún las cámaras y hornos impíos, reclamando para otra era los encendidos de la profecía lacustre y el fuego verde de las primeras noches del mundo.

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