Fragmento:
Mi tarea, según pacté con el abogado, era catalogar y resguardar todo lo relevante. La noche se deslizó tranquila hasta que, pasada la medianoche, bajo la titilante llama de una lámpara de queroseno, hallé un fajo de cartas atadas con una cinta púrpura mohosa. El reverso de la primera carta tenía mi nombre, torpemente escrito: “Para Alan Everett, 1926”, en una caligrafía desusada y temblorosa.
Duración: 11:01
Mi apreciado Edward:
Le ruego que lea esta carta en un lugar iluminado, lejos de la soledad de la noche. No puedo responder de las consecuencias si lo hace en la sombra o si deja predominar la quietud en el fondo de su estudio. Permítame también pedirle que, por nada del mundo, permita que alguien más la lea. Después de lo que me ha ocurrido, y lo que aún no encuentro palabras para describir apropiadamente, sólo usted —mi más fiel y erudito amigo— podrá juzgar si he sucumbido a la superstición, a la locura, o si, sin querer, he rozado uno de esos horrores que la ciencia y la razón se niegan a aceptar.
Hace cinco semanas, a raíz de una oferta hecha por el albacea de la difunta familia Chamberlain, acepté la invitación de examinar los antiquísimos papeles hallados en su mansión abarrotada. Como recordará, los Chamberlain eran gente de fortuna, pero su linaje, extendido durante siglos en la región septentrional de Massachusetts, siempre acarreó un velo de rareza. Había un rumor, no destilado por labios decentes, que la raíz de su prosperidad jamás podía ser investigada demasiado a fondo.
La casa a la que me acerqué la tarde del 17 de octubre, al final de un tortuoso sendero de tierra, parecía haber sido construida no tanto por la mano del hombre, sino por los caprichos de un sueño moribundo. Ninguna línea de la madera, ningún ángulo del techo, ninguna veta del empapelado reproducía su igual en las paredes opuestas, ni la escalera subía en espiral según preceptos geométricos coherentes. La famosa sala de la biblioteca, donde debía trabajar, era inexplicablemente fría, aun en pleno octubre. Allí, bajo la reducida luminosidad, abrí los cofres donde los Chamberlain guardaron sus papeles más vetustos.
Debo alejarme de la digresión y llegar a las causas de mi terror, aunque escribir sobre aquello me resulta laborioso, como si mi memoria intentase proteger mi razón, difuminando el curso de los sucesos.
Al principio —lo que ahora parece una eternidad— topé con cartas ordinarias: solicitudes de negocio, contratos, recibos. Mi interés aumentó cuando encontré cartas fechadas desde 1730 hasta bien entrado el siglo XIX. Sus autores a menudo relataban pedidos extravagantes de mercancías, envíos nocturnos, o hacían menciones crípticas de “el huésped del desván” y “la puerta del sótano que nunca debía abrirse después de anochecer”.
Mi tarea, según pacté con el abogado, era catalogar y resguardar todo lo relevante. La noche se deslizó tranquila hasta que, pasada la medianoche, bajo la titilante llama de una lámpara de queroseno, hallé un fajo de cartas atadas con una cinta púrpura mohosa. El reverso de la primera carta tenía mi nombre, torpemente escrito: “Para Alan Everett, 1926”, en una caligrafía desusada y temblorosa.
No tengo parientes en los Chamberlain. Que mi nombre estuviera ahí, datado casi un siglo antes de mi nacimiento, resultaba en sí una suerte de broma macabra. Mi instinto me llevó a romper el sello —una polilla negra emergió de entre los papeles y subió reptando hacia la oscuridad. Con fría determinación, comencé a leer la carta fechada: “Noviembre 1847”.
La voz del texto, que se presentaba como Mayhew Chamberlain, hablaba de una presencia inasible, una maldición que caía sobre cualquiera que leyera “las cartas del ático”, y suplicaba a “la persona que lleva mi nombre y el tuyo” que se mantuviera alejada de la “luz verde de la luna creciente”. La figura evocada era culposa de la desaparición de los niños del lugar, de la locura sobrevenida a los colonos en la fiebre de 1812, y del tonto suicidio de tres generaciones anteriores.
Mi escepticismo fue reemplazado por una inquietud insidiosa a medida que avanzaba: la carta predecía hechos pequeños e insignificantes de mi vida, detalles privados que sólo usted o yo podríamos conocer. Los consabidos nombres de mis padres, el del gato negro que tuve en la infancia; menciones a la cicatriz en mi antebrazo producida por una caída en la niñez. Me estremecí, Edward, y aún no puedo explicar la razón lógica de todo aquello.
Desoyendo mis temores, continué desatando los lazos de las cartas siguientes, sintiendo, a cada palabra leída, que un frío antinatural descendía sobre la mansión. Las cartas eran cada vez más frenéticas, y hablaban de un “visitante nocturno” de forma y tamaño variable, que salía por una pequeña trampilla junto al reloj de péndulo en la biblioteca (donde yo, casualmente, me hallaba).
La pluma de Mayhew reiteraba una plegaria constante: “No te acerques al reloj cuando escuches el zumbido”. Me detuve, horrorizado, cuando un largo quejido resonó desde la sala, seguido por un sonido opaco, parecido a un tamborileo múltiple, que recorría los muros. Pensé en ratones o quizá en algún fenómeno propio de la vetustez del edificio; no obstante, el recuerdo de la polilla negra, esa polilla mayor que ninguna vista jamás, me perturbó.
Mis noches siguientes, en la casa, fueron un infierno de pesadillas vívidas mientras trataba de proseguir el inventario. A menudo, en el crepúsculo, la forma de la polilla reaparecía en mi imaginación, posada sobre viejas cartas cuya tinta aún exhalaba un hedor indefinible, dulzón y podrido. Insistí en mi tarea, convencido de que la respuesta yacía en el último paquete, sepultado entre manuscritos polvorientos. Al abrirlo, de súbito, un estallido de aire helado sacudió la lámpara. Los papeles, amarillentos y pegajosos, narraban la historia del “primer pacto”.
Según estas redundantes cartas, fechadas en 1702 y responsables del exilio forzado de un Chamberlain ancestro, el firmante describía la evocación de algo desde los pantanos de Kingsport, “donde las nieblas se arremolinan y la tierra se abre al arrullo de lenguas invisibles”. Un ser llegó a la casa, una criatura —o eso se deduce entre líneas— mitad sombra, mitad insecto, que fue “alimentado” generación tras generación a cambio de asegurar la prosperidad de la familia y la seguridad de sus nombres. El pacto debía ser renovado mediante palabras rituales escritas, y jamás debían dejar de escribirse cartas sobre “la Verdadera Noche”.
La clave era el desván, cuya puerta —como relataba la carta— debía permanecer sellada y no debía ser abierta ni aun “con la sangre de tu descendiente más fiel”. En la siguiente misiva, escrita años después, Mayhew relataba el inadvertido rompimiento del pacto: un Chamberlain había dejado de redactar la carta, olvidando la advertencia que, generación tras generación, debía reiterarse. La consecuencia fue una marea de muertes inexplicables y la súbita ruina de la familia. Y lo que el pacto había encerrado en el ático comenzó a moverse por la casa con creciente insistencia.
A esas alturas, Edward, mi propio escepticismo se había evaporado. La lógica y el sentido común cedieron ante una acumulación de detalles y presentimientos abrumadores. Incluso la arquitectura deformada del lugar, con corredores que parecían doblar la perspectiva del espacio, colaboraba con mi sensación de irrealidad.
La noche más larga llegó tras el hallazgo de una carta sin fechar, escrita en tinta bermeja, dirigida a alguien cuyo nombre estaba raspado y en su lugar, mi propio nombre. Sus palabras eran un galimatías, una mezcla de inglés arcaico y símbolos grotescos que no logré descifrar plenamente. Sin embargo, el texto repetía de modo urgente: “Ellos abrirán la boca, tu brazo será marcado, vuelve sobre tus pasos y no escuches el zumbido”, seguido de una frase final: “La carta te escribió a ti, no tú a la carta”.
Fue entonces cuando escuché, debajo del suelo, entre el reloj de péndulo y la trampilla mal sellada, un persistente zumbido, acompañado de arrastres. El terror me superó. Con la sola ayuda de una linterna, descendí hasta la pequeña puerta indicada, empujado por el pánico más que por la racionalidad. El pestillo era nuevo, aunque oxidado por la humedad, pero cedió al segundo intento. Un aire podrido, nauseabundo, cargado de esporas y danzantes fibras oscuras, se filtró por la abertura.
Dentro del desván, la visión que aguardaba era pesadilla pura. Sobre la polvorienta tarima yacían cartas que no había visto antes, extendidas formando círculos antinaturales. Peor aún, la polilla negra, magnificada cien veces, colgaba del techo, vibrando con una frecuencia horrenda de alitas translúcidas que parecían destilar una luminiscencia enfermiza. No sé cuánto tiempo estuve allí, pero sentí que la irradiación de su cuerpo tocaba mi mente, y fui presa de una compasión súbita y absurda por ese engendro laborioso, destinado por generaciones a guardar aquel rincón olvidado.
No me atreví a acercarme. Retrocedí sin cerrar la puerta, presa de un pánico animal, mientras el zumbido se acrecentaba. A mi espalda, la polilla se desprendió suavemente y me siguió hasta la escalera, flotando como un velo de humo. Tanteando a ciegas los pasillos, descendí hasta la biblioteca.
De allí en adelante, mi memoria es difusa. Sólo puedo asegurar que desperté en mi hotel en Arkham la mañana siguiente, con mis ropas cubiertas de polvo y el pulso agitado. Esa noche, mi sueño se vio asaltado por la sensación de alas rozando mi rostro, de cartas que cambiaban de lugar solas y de nombres escritos y borrados en una tinta nauseabunda.
Durante los días posteriores, mi piel comenzó a desarrollar una extraña mancha en el antebrazo, donde la carta había predicho, con forma de polilla. Además, las palabras de Mayhew —“la carta te escribió a ti”— repiqueteaban en mis sueños y en mi vigilia. Cada vez que intento escribir sobre estos hechos, siento que mi pluma obedece a una voluntad diferente, como si cada palabra fuera guiada por recuerdos y presencias ajenos a mí.
Hoy recibí una carta nueva, sin dirección ni remitente. Al abrirla —Edward, mi pulso tiembla mientras lo escribo— sólo contenía una frase: “La carta ha sido leída, la puerta nunca está cerrada tanto para el guardián como para el heredero”.
¿Debo regresar y sellar la casa? ¿O me atreveré a creer, como predicen los sueños, que cualquier intento por romper el ciclo trataría solo de fortalecer la influencia de aquello que nunca debió ser nombrado? Me esfuerzo por confiar en su juicio, Edward, pues temo que el siguiente paso ya no me corresponde, sino que ha sido ya trazado, escrito con la sangre y la tinta de generaciones anteriores.
Le suplico que, si alguna vez recibe —en las burlonas casualidades del destino— una carta similar a esta, tome todas las precauciones, y por favor no responda. No debe haber un eco, no debe seguir el círculo. Temed el desván y el zumbido, y no permitáis nunca, bajo ningún concepto, que la carta les escriba a ustedes.
Con tembloroso afecto y gratitud,
Alan Everett
P.D.: Si el reloj de péndulo se detiene alguna noche sin razón aparente, arroje esta carta al fuego. No la conserve. No la lea más. Recuerde: la carta nunca se ha terminado.
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