Fragmento:
Miles se sobresaltó al oír un crujido que provenía del sótano. La rectoría era famosa por su gran bodega, una estructura casi tan vieja como la fundación de Arkham. Sonrió, nervioso, recordando las historias de antiguos rituales realizados en los cimientos, pero la lógica se apoderó de nuevo de él. Seguramente era una rata.
Duración: 10:05
El viento de octubre hacía vibrar los ventanales antiguos de la biblioteca de la Universidad Miskatonic aquella noche, transformando el centenario tapiz de hiedra que trepaba los muros en un monstruo agitado y nervioso. Las farolas que bordeaban College Street parpadeaban con regularidad cadavérica, haciendo que los estudiantes presurosos echaran miradas cargadas de aprensión hacia las sombras. Había una inquietud en Arkham que se manifestaba bajo la piel de sus habitantes como un escalofrío persistente, una perturbación subterránea tan antigua como la ciudad misma.
Miles Brewster era nuevo en la universidad, pero no en la región. Había crecido en las afueras de Arkham, cerca de los prados brumosos que colindaban con el río Miskatonic. Había oído los rumores que circulaban entre los ancianos, historias acerca de susurros tras las paredes y figuras informes acechando bajo la luz de la luna. Sin embargo, nunca imaginó que esas historias, tan despreciadas por la razón y el escepticismo académico, pudieran alcanzarlo dentro de la sacra seguridad de los muros universitarios.
La rectoría, la más antigua de las residencias estudiantiles, era el destino de Miles esa noche. Le tocaba hacer el inventario anual de los documentos almacenados en el archivo, una tarea que todos evitaban. El rumor corría entre los estudiantes de que en la rectoría habitaban fantasmas de antiguos decanos, pero Miles, con su espíritu científico, simplemente se burló de tales habladurías. Solo se sentía molesto por tener que dejar sus estudios para cumplir con una tarea administrativa tan pedestre.
Cruzando el umbral de la rectoría, la atmósfera cambió de inmediato. El aire estaba viciado y húmedo, cargado de un olor a pergamino envejecido y cera derretida. La luz de su linterna brilló sobre los cuadros de decanos sonrientes y comprometidos con la tradición universitaria, cuyas miradas pintadas parecían ahora contener veladas advertencias.
El archivador, un mueble de roble carcomido, se encontraba al final del corredor, resguardado por una puerta de cristal casi negra de polvo. Al encender la lámpara de aceite sobre la mesa, Miles se acomodó entre pilas de viejos libros de actas y cartas encuadernadas con hilos de lino gris. Consultó la lista, garabateada a mano por la secretaria del rector, y suspiró resignado mientras sacaba la primera caja.
Al principio, nada perturbador. Inventarios de equipo, registros de matrícula, cartas de benefactores fallecidos hacía décadas. Sin embargo, debajo de una pila de solicitudes de inscripción, encontró un legajo de papeles sin catalogar, atados con un cordel manchado de tinta. No estaban en la lista y tampoco tenían fecha.
Miles desató el cordel con dificultad; los papeles estaban pegajosos y frágiles. De inmediato notó que estaban escritos a mano, con caligrafía nerviosa y temblorosa. El encabezado rezaba: “Informe sobre las anomalías acaecidas en la Rectoría, otoño de 1914”.
Leyó con creciente asombro las líneas febriles: “Han pasado tres noches desde que oí el primer arrastre bajo el suelo. Nadie parece notar el hedor, pero para mí es tan real como la humedad de las paredes. El doctor Brigham asegura que debemos continuar con el aislamiento, que las manifestaciones pertenecen a fuerzas que nunca debieron despertarse...”
Miles se sobresaltó al oír un crujido que provenía del sótano. La rectoría era famosa por su gran bodega, una estructura casi tan vieja como la fundación de Arkham. Sonrió, nervioso, recordando las historias de antiguos rituales realizados en los cimientos, pero la lógica se apoderó de nuevo de él. Seguramente era una rata.
Regresando al manuscrito, encontró un pasaje peculiarmente alarmante: “Ayer, el portero McCreedy no ascendió jamás del sótano. Bajó a investigar el goteo continuo que invade las noches. No se halló rastro de él jamás, pero desde entonces, el hedor ha aumentado y los muros parpadean con una luz que no sé de dónde proviene.”
En ese momento, un zumbido lejano vibró en el techo, reverberando por las columnas y haciendo que una nube de polvo descendiera lentamente sobre la mesa. Miles se frotó los ojos y decidió, quizá por curiosidad malsana o intención de refutar los temores de sus compañeros, bajar al sótano para investigar.
Descendió la escalera de piedra, envuelta en penumbra, con cada escalón crujiendo como si protestara por la presencia humana. El aire se volvía más denso a medida que profundizaba, cargado de un aroma a moho insoportable. La linterna apenas arañaba la negrura, sin embargo, sus ojos distinguieron la silueta de una antigua puerta de hierro forjado al final del corredor.
No recordaba haber oído antes sobre esa puerta. La clave giraba difícilmente, pero, con esfuerzo y un rechinar desagradable, logró abrirla. El sótano oculto era una pequeña cámara circular, más antigua que las propias piedras de la rectoría. En las paredes, apenas iluminadas, colgaban grabados difíciles de distinguir: círculos con runas arcaicas y dibujos de figuras humanoides retorcidas, cuyos rostros se perdían en la sombra.
En el centro de la estancia, halló una losa de granito cubierta por lo que parecía ser una mortaja ritual desgarrada. Alrededor, la piedra estaba manchada de un líquido oscuro, ahora casi petrificado. El hedor era insoportable, como carne descompuesta mezclada con la humedad de siglos.
En ese instante, el manuscrito en su bolsillo pareció arder como una antorcha. Sacó el trozo de papel y leyó, con dificultad por el temblor de sus manos: “Si uno lee esto, no continúe. Han sellado aquello que abajo duerme por una razón. Los cimientos son una prisión, no una base.”
Miles sintió, por primera vez, el miedo ancestral que solo los relatos de infancia habían conseguido provocarle. Quiso dar marcha atrás, abandonar la cámara y regresar al brillo seguro de la lamparilla sobre la mesa, pero un sonido a su espalda lo detuvo en seco. Era un leve arrastre, como si un cuerpo húmedo reptara por la piedra.
La linterna vaciló un segundo, dejando la sala sumida en una penumbra indecisa. Entonces vislumbró, arrastrándose entre las sombras y apenas delineada por la luz trémula, una masa informe, cubierta de una pátina viscosa y deforme, como si siglos de encierro hubieran deformado su anatomía más allá de lo humano. Miles no pudo evitar soltar un grito ahogado, la criatura se acercaba zigzagueante, sin rostro pero con un hambre palpable en el aire.
Retrocediendo a trompicones, notó que el suelo bajo sus botas era blando, palpitante, como si el sótano estuviera vivo, respirando en sincronía con la abominación. Los símbolos en la pared parecían ahora brillar con una fosforescencia malsana, y la criatura, sin emitir sonido alguno, se abalanzó sobre él con un movimiento brutalmente rápido.
Miles corrió, apenas recordando mantener la linterna frente a sí. Subió los peldaños de piedra, la criatura tras él, deslizándose con velocidad imposible por el túnel angosto. Al llegar a la puerta giró la llave y la cerró tras de sí, oyendo el golpe sordo de algo pesado que se estampaba contra el hierro.
Jadeando, se dejó caer contra la fría pared, escuchando el latido de la casa entera retumbando a su alrededor. El manuscrito temblaba entre sus manos. No se atrevió a volver a leerlo. Subió tambaleante el corredor, percibiendo cómo toda la rectoría parecía inclinarse y respirar, como si la liberación momentánea de ese ser hubiera infestado las piedras mismas con su presencia atávica.
Apenas regresó a la oficina, notó que los retratos de los antiguos decanos colgaban torcidos, sus rostros distorsionados por las sombras que ahora trazaba la débil lamparilla. Intentó calmarse, repasando el documento una vez más, buscando una pista, una forma de deshacer lo que quizá había despertado.
En la última página, una advertencia, garabateada con la urgencia de un moribundo: “No es un espectro. No es un demonio ni el espíritu de algún rector. Es anterior a la palabra, anterior al hombre. La casa lo retiene de día, pero de noche, cuando todos duermen y la vigilancia se relaja, busca grietas… y siempre, siempre termina encontrando una.”
La respiración de Miles se cortó al sentir un latido resonar bajo sus pies. El crujir en el sótano cesó de repente, reemplazado por un rasguño insistente, como si garras húmedas exploraran las juntas de la madera bajo la alfombra. Saliendo de la rectoría a toda prisa, sintió el frío de la noche abrazarlo, pero mucho mejor eso que el abrazo de aquello que acechaba en los cimientos.
Corrió hacia el edificio principal, las farolas titilando como si dudaran entre ahuyentar la oscuridad o invitarla a quedarse. El portero nocturno lo recibió sorprendido, pero Miles, demasiado consumido por el horror, no supo explicar nada coherente. Solo pidió no regresar jamás, bajo ninguna circunstancia, a la rectoría.
En las semanas siguientes, terminó sus estudios en otro campus, evadiendo toda mención de la vieja residencia. Se rumoreó sobre humedades extrañas y persistentes olores fétidos que hacían la vida imposible a los nuevos inquilinos. Un académico desapareció en circunstancias sospechosas tras bajar al sótano, y la rectoría fue eventualmente clausurada por “reformas estructurales”.
Décadas más tarde, Miles, ya catedrático emérito, aún sueña noche tras noche con la hedionda cámara, la losa cubierta y el manuscrito tembloroso. Y en los inviernos particularmente oscuros, cree oír, bajo el silbido del viento de Arkham, un rasguño persistente en las piedras de su propia casa, demasiado lejano para ser real, pero demasiado fuerte para ser ignorado.
Así aprendió Miles Brewster la verdad que Arkham oculta bajo su tapiz de erudición y rutina: no todo lo enterrado está muerto, y en las fundaciones de las instituciones humanas descansan horrores tan antiguos como el tiempo mismo… aguardando el roce incauto de una llave, la presión desprevenida de una bota, o el simple olvido de un hombre curioso.
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