Portada del relato Los negros hijos de la Madre del Bosque
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Fragmento:


El día décimo de mi estancia, una carta llegó sin remitente, escrita con torpeza y tinta temblorosa:

Duración: 09:33

Los negros hijos de la Madre del Bosque
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Texto de ajuste de pausa.

El solsticio de verano llegó al pueblo de Carfax envuelto en vaporosos jirones de niebla. A esas alturas del año, los días se arrastraban en una languidez asfixiante mientras la humedad, agria y constante, se deslizaba desde la espesura hacia las destartaladas casas. En ese clima malsano, hombres y mujeres solían apurar sus faenas antes de que la noche cayera, pues todos sabían que había cosas que, tras el ocaso, recorrían los campos y dormían al pie de las encinas, aguardando.

Heredero de una extenuante tradición familiar y una casa vetusta en el extremo norte del pueblo, yo, Hiram Hatherley, apenas lograba sobrellevar el silencioso desprecio de mis vecinos. Mi regreso de Arkham, donde los hombres de ciencia y razón dan la espalda a las supersticiones de pueblo, solo aumentó mi extrañamiento. No obstante, tras la muerte de mi tío Silas, debía ocuparme de sus papeles y la hacienda inmemorial que los Hatherley poseían desde los tiempos en que la Nueva Inglaterra se cimentaba sobre tierras impías.

Entre el moho y el polvo de la vieja casa, los días sucedían perezosos y sudorosos, jalonados por el canto estridente de grillos y cigarras invisibles. No tardé en notar —además de los olores expectorantes de humedad añeja— cierta incomodidad atávica apenas perceptible, un estremecimiento en la nuca cada vez que cruzaba el umbral del despacho de mi tío, donde cajas apiladas y rollos de pergamino parecían reptar bajo su propio peso.

El día décimo de mi estancia, una carta llegó sin remitente, escrita con torpeza y tinta temblorosa:

“NO ASISTAS. Mantente fuera del claro. En la medianoche del solsticio, cierra tus ventanas y reza.”

Ni sello ni firma. El papel olía a sudor ácido y tabaco. Tras leerlo, reí entre dientes, atribuyendo el mensaje al folklore rancio que los campesinos de Carfax transmiten de generación en generación, como la esquizofrenia en algunos apellidos. En mi interior, la curiosidad se germinó, malsana.

El crepúsculo de ese día tornó el bosque al norte del pueblo en una masa de sombras azules con destellos dorados bajo las últimas luces. Irresistiblemente llevado por la carta y por las referencias crípticas en los apuntes de Silas —sobre “la Dadora de la Carne Osificada” y “la Noche de la Multiplicación”—, me adentré en el bosque, ignorando la humedad y el trémulo zumbido de criaturas nocturnas.

Los árboles formaban una catedral brutal, sus raíces entrelazadas, llenas de humedad y líquenes. El musgo supuraba bajo mis botas. Me guiaba un resplandor brumoso, una incandescencia incierta que, a diferencia de una lámpara, no lanzaba sombras nítidas: al final de ese sendero, tras hileras de robles retorcidos, me topé con un claro circular tapizado de hojas negras y líquenes, emitiendo un hedor metálico y dulzón. Un semicírculo de formas humanas se reunía alrededor de un altar profanado, cuyo centro era apenas discernible en la luz mortecina. No me atreví a acercarme aún más, sino que me oculté tras una maraña de arbustos y esperé.

Los congregados, hombres y mujeres demacrados de Carfax, iniciaron un cántico vacilante, gutural, cuya melodía no pertenecía a ninguna cultura conocida. El rumor de sus voces, surgiendo como una marea negra, fue ascendiendo hasta alcanzar ese registro infranqueable en que la mente humana vacila. El aire olía a sangre y a orín, y la niebla se arremolinaba en torno al altar como si tomara consciencia propia.

La ceremonia, claramente pagana, habría resultado grotesca de no ser por la seriedad feroz de los allí reunidos. No se trataba de histerismo ni de superstición patética, sino de una fe sólida y carnal, como la de los antiguos sacerdotes de Mitra o los más oscuros cultos africanos.

Una figura destacó entre ellos: una anciana enflaquecida, con un manto de raíces y líquenes que le colgaba desde los hombros hasta el suelo, se adelantó y recitó un poema bajo en una lengua imposible de reproducir con el alfabeto romano, pero plagada de guturales y clics. Todas las cabezas bajaron y un silencio negruzco llenó el claro.

En ese momento, ocurrió algo que, aunque la razón niega, aún hoy graba sus garras en mi espíritu. El suelo empezó a latir, como la membrana de un gigantesco corazón enterrado, y la niebla, engrosándose, tomó la forma de apéndices viscosos que reptaban hacia el altar desde todas las direcciones. Las raíces de los árboles —juro que lo vi— se agitaban bajo la tierra, impulsadas por un designio inhumano. De la bruma emergió una protuberancia de carne imposible de describir fielmente: era como si todas las pesadillas sobre la carne corrupta hubieran encontrado allí su manifestación. Latía y succionaba el aire, henchida de pezones, bocas húmedas y fibrosidades imposibles.

La congregación cayó de rodillas y elánima rugió con mil voces, algunas claramente infantiles o bestiales, otras como crujidos de madera podrida. La vieja mujer, ahora arrodillada, rasgó su vestido y se expuso al aire malsano, mientras el monstruo la rozó con una de sus infinidades apéndices, impregnándola de una sustancia lechosa que chisporroteaba bajo la luz lunar.

El terror y el asco me doblegaron, pero también una embriaguez antinatural, una fascinación magnética que me impidió huir. Contemplé como hombres y mujeres repetían idéntico rito, rozados y marcados, y como de la masa palpitante de la criatura nacían crecientes tumores que, en segundos, explotaban en la parodia de criaturas, bebés sin forma o sementales informes que reptaban y chillaban entre las hojas, fundiéndose en la tierra húmeda.

No sé cuánto tiempo permanecí allí, los sentidos cautivos del horror. Cuando el cielo palideció con el primer aviso de la aurora, la niebla y la criatura retrocedían a la hondura del bosque, los campesinos regresaban a sus ropas y recogían a los engendros más robustos para ocultarlos en sendas cestas y bultos.

Con un grito de repulsión me di vuelta para escapar, arrastrándome entre zarzas y raíces, pero tropecé y caí sobre algo blando: era un feto aún palpitante, de ojos múltiples y boca vertical, que me miraba con una inteligencia desoladora. Me puse en pie, y corrí hasta mi casa, donde la razón me abandonó durante el resto del día.

Desperté al anochecer, preso de fiebre e imágenes incongruentes. Intenté razonar lo visto como un sueño febril, una alucinación suscitada por el aire fétido, pero la sustancia viscosa adherida a mis manos y botas me desmentía. El hedor de la noche se había colado por las rendijas, y una voz interior susurraba impíos versículos. En mi delirio hojeé los papeles de Silas, encontrando apuntes y dibujos de criaturas similares a las que presencié, y una advertencia escrita con letra apurada:

“La Madre fecunda a los fieles cada solsticio. Es imposible huir del linaje de Carfax.”

Abrumado, la segunda noche decidí acudir al doctor Wainscott, un escéptico empedernido que, aunque dado a las rarezas, era el único a quien podía confiar semejante relato. Pero al llegar a su casa lo hallé pálido y abotargado, con temblores y fiebre: me confesó haber soñado con el claro, la niebla y la criatura, solo que en su visión fue arrastrado al altar y tuvo que copular con una hembra imposible cuyo interior era frío, uterino e infinito. Cuando despertó, me mostró una quemadura circular en la pierna y bultos que hervían bajo la piel como si algo sí hubiera penetrado en él más allá del sueño.

Cuanto más ahondaba en las confesiones de los lugareños, más comprendía la magnitud del horror. A Carfax llegaron, siglos atrás, puritanos expulsados de Inglaterra por sus inclinaciones heréticas, y en la espesura dieron con la “Madre de los Bosques”, cuya sangre han perpetuado generación tras generación mediante aquellos ritos innombrables. Los brotes cíclicos de enfermedades y la aparición de niños monstruosos, ocultos durante años en establos y sótanos, eran solo una modesta muestra de su devoción.

Hasta ahí llegué en mi investigación. Cuando llegó la segunda noche tras el solsticio y la luna tomó forma de hoz, escuché pasos arrastrados en mi porche. Un grupo, liderado por la anciana cubierta de líquenes, me aguardaba:

“Eres de la sangre de Carfax. La Madre aguarda tu cuerpo y tu simiente. Si te niegas, la infertilidad caerá sobre estas casas y los campos; la esterilidad será tu legado.”

Intenté huir, pero los hombres corpulentos me lo impidieron. Me llevaron arrastrando hacia el bosque. Las ramas y los líquenes desgarraban mi piel, el hedor era más intenso que nunca, y las sombras reptaban como serpientes de alquitrán. En el claro, el altar palpitaba esperando.

No escribiré lo que ocurrió luego. Ninguna mente podría leerlo sin enfermar. Sólo diré que la carne perdió sentido, los límites del deseo y el dolor se trastocaron, roces y penetraciones innaturales atravesaron mi piel, y la voz de la Madre retumbó en mi interior prometiendo bendiciones siniestras.

Amanezco cada día con la piel erizada y bultos creciendo donde antes sólo había carne. Oigo voces bajo los tablones, aúlla el viento entre las raíces y sé que la fertilidad podrida de Shub-Niggurath corre ahora en mis venas y mi legado será, como lo fue el de Silas, alimentar el ciclo funesto de Carfax.

Que quien lea estas líneas huya mientras pueda. Porque la Madre del Bosque, la Dadora de mil desdichas, siempre reclama a los suyos; y de sus muslos negros, infinitos retoños horrores surgirán, hasta devorar todo vestigio de luz y cordura sobre la tierra.

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