Fragmento:
Aquel junio, las pesadillas comenzaron con zumbidos y carcajadas sibilantes: figuras negras, rostros cubiertos por vendas áureas, girando en torno a un núcleo de tinieblas con resonancias de flauta y tambor. Me encontraba estancado en mis investigaciones sobre cultos precivilizatorios del valle del Miskatonic, convencido de que todo era mero folklore degenerado, hasta que, por azar o designio, topé con el diario de Abner Mason, un profesor de griego caído en la ruina moral tras su paso por las criptas de la Biblioteca. El diario era una trampa, lo veo ahora, ardiendo de ansia por arrastrar a un nuevo incauto hacia la boca del abismo.
Duración: 09:29
La noche se derramaba como una marea viscosa sobre la ciudad de Arkham, enlutando los tejados y retorciendo las calles entre vapores mustios de podredumbre y opresión. En la antigua misión, de piedra erosionada y vitrales que gemían con el viento, encendieron una vela tras otra, permitiendo a la oscuridad reunirse mejor en las esquinas menguantes. Los Sacerdotes de Azathoth se preparaban.
Muchos dudan todavía de su existencia, como si los relatos de depravación y rito fueran meras emanaciones febriles de mendigos o de académicos extraviados en el polvo del Miskatonic. Pero yo, que me atreví a husmear en lo prohibido por mis ansias de saber, conocí la realidad de su horror; lo presencié, y a través de mí vive aún el eco de la melodía sublime y apocalíptica que exhalan en su comunión monstruosa.
Aquel junio, las pesadillas comenzaron con zumbidos y carcajadas sibilantes: figuras negras, rostros cubiertos por vendas áureas, girando en torno a un núcleo de tinieblas con resonancias de flauta y tambor. Me encontraba estancado en mis investigaciones sobre cultos precivilizatorios del valle del Miskatonic, convencido de que todo era mero folklore degenerado, hasta que, por azar o designio, topé con el diario de Abner Mason, un profesor de griego caído en la ruina moral tras su paso por las criptas de la Biblioteca. El diario era una trampa, lo veo ahora, ardiendo de ansia por arrastrar a un nuevo incauto hacia la boca del abismo.
Las primeras páginas hablaban de una música anómala, percibida en los límites entre el dormir y el vigilar, que bulle en los corredores del subconsciente: “Una amalgama de flautas marfileñas y tambores que no son de la Tierra, ejecutando armonías que desgarran el tiempo y doblan el espacio hacia un punto de no-retorno.” Más allá, la escritura de Mason se quebraba, salpicada de símbolos desconocidos y dibujos en espiral, hasta que, tras muchas páginas de desvaríos, llegué a la confesión final: “Es esta melodía la que hace girar las galaxias y la que pulsa los corazones de los hombres que han visto el Altar Verdadero. Ellos, los Sacerdotes, no tienen rostro ni nombre, solo misión: sostener el Caos.”
Obsesionado, busqué referencias en los arcanos tomos del Departamento de Antropología. Allí, un códice menor de una misión española, fechado en el XVII y oculto tras falsos apartados, hablaba de “servidores del caos ciego”, reunidos cada luna negra junto al lecho húmedo del Miskatonic. Por cruzar las líneas de la curiosidad académica perdí la libertad: resolví rastrear la procesión nocturna con la esperanza de encontrar la raíz del mito, pero no sabía entonces que marchaba directo a mi condena.
Aquella noche, los presagios se multiplicaron. El aire vibraba con ecos de flauta, y las farolas entellaban como si titilasen ante una sombra que el ojo no alcanza a delinear. Un viejo vagabundo de mirada estrábica me advirtió: “No se meta con esa música, forastero. Ellos llaman, y su llamado no es de este mundo.” Confundí el consejo con el delirio, como todo hombre moderno perdería, y proseguí bajo el manto sin luna, cruzando los barrizales hacia una zona donde los árboles retorcían sus copas como si negaran la existencia del cielo.
Las ruinas de la misión aparecieron como un tumor en la noche, bloqueando el aire y deformando la realidad con su sola presencia. Entre las sombras, los Sacerdotes aguardaban. Sus vestiduras eran viejas, mohínas, manchadas de símbolos que parecían reptar y girar en la penumbra. Sus rostros, cubiertos; ni ojos, ni boca, ni siquiera orificios para respirar, sólo una masa nebulosa tras una gasa amarillenta, iluminada desde dentro por una fosforescencia enfermiza. Supe, sin dudas, que aquellos hombres apenas conservaban las formas, y que quien los observara durante mucho rato descubriría con horror otra geometría.
No llevaban antorchas ni lámparas, pero una luz que no era de este mundo ondulaba entre ellos, siguiendo sus movimientos ceremoniales. Un sonido comenzó: tímido, luego creciente, una melodía de flautas y percusión, extraña e hipnótica, imposible de atribuir a madera o mano humana. Alguien, en un rincón, rasgaba una piel de tambor con una baqueta curva; la vibración era tan baja que el pecho parecía disociarse del alma.
La procesión marchó en círculos, murmurando versículos en una lengua que nunca fue hablada sobre la tierra. Desde mi escondite, temblando detrás de una tapia agrietada, comprendí lo que los textos sugieren pero no se atreven a nombrar: aquellos seres no alababan a Azathoth, el caótico núcleo del cosmos. Lo que hacían era sostenerlo en su sueño, perpetuar su ignorancia para que el universo persistiera. Eran los carceleros del Creador, los que cantaban y tocaban sin cesar para evitar que todo se disolviera en el tumulto primordial.
Bajo el suelo, la tierra palpitaba con una vida malsana, y un hedor de tumba abierta ascendía. Alguien –o algo– fue traído al centro del círculo: parecía un hombre, pero sus articulaciones sobresalían en ángulos incorrectos, y su mueca era un rictus de terror calcificado. Los Sacerdotes lo postraron frente al altar de piedra, enmohecido y a medias cubierto por musgo. Una flauta de hueso –demasiado grande para haber sido tomada de un humano– fue levantada y puesta en la boca temblorosa de la víctima.
El sacrificio comenzó a soplar. La nota que extrajo no era un sonido, sino una implosión, una negación del sentido; al oírla, la realidad se rasgó como un manto gastado, y una vorágine de voces, aullidos, letanías blasfemas y susurros al unísono invadió el aire. Los Sacerdotes giraban más rápidamente, sus batas describiendo figuras oníricas y geométricas imposibles. Sus manos eran finas y anormalmente largas, terminando en dedos astillados de los que destilaba un líquido oscuro que chisporroteaba en el suelo.
No puedo decir cómo logré no gritar. La procesión continuó hasta que los Sacerdotes, en trance, alzaron la cabeza –o lo que suponía debía ser su cabeza– y entonaron una única palabra, larga e inacabada, cuyo eco aún vibra en mis huesos: “Azathoth”. Detrás de esta vibración se asomó algo, una sombra que superaba la naturaleza y la percepción, una presencia tan vasta que sólo podía considerarse indiferente, ciega y perfectamente inconsciente. Para Azathoth, no somos ni siquiera insectos; si despertara, sería por error, y la devastación sería absoluta.
En ese momento, una de las figuras se apartó. Por instinto repté al suelo, intentando fundirme con la tierra húmeda. El Sacerdote se detuvo junto a mí y emitió un silbido largo, como llamando a alguien. Sentí que mi razón colapsaba, a punto de ceder ante el caos de lo innombrable. Me descubrí llorando lágrimas de sangre, las orejas zumbando, mientras mi mente era arrastrada a un abismo sin fondo.
Vi entonces el verdadero rostro de la noche. No eran sólo los Sacerdotes lo que temía, sino aquello que cantan para mantener adormecido, aquello que aguarda tras el Universo: Azathoth, el Caos nuclear, el rey idiota y ciego, en el centro de todo cuanto existe; y bajo su yugo, los músicos y sacerdotes desafían la naturaleza y el entendimiento para que el cosmos persista un día más. Vi ciudades que nunca existieron, devoradas por la melodía, vi civilizaciones futuras reducidas a polvo por una nota equivocada. Sentí la fragilidad de la realidad como una burbuja al borde del estallido.
Me desperté en mi habitación, la ropa empapada de humedad y barro, la garganta en carne viva por los gritos que no recordaba haber pronunciado. El diario de Mason yacía sobre mi pecho, abierto en una página en blanco donde manos invisibles habían dibujado, con tinta negra y pegajosa, una espiral que palpitaba ante la mera mirada. Intenté quemar el libro, pero la humedad lo impedía; las llamas morían al acercarse, como si una voluntad ajena protegiera aquel objeto maldito.
Días después, localicé a Mason. No era ya el hombre de las descripciones, sino un espectro, demacrado, con los ojos cubiertos por vendas amarillas, arrastrando una flauta retorcida como un apéndice monstruoso. Huyó de mí, elevando la melodía en las esquinas, señalando a los otros acordeonistas dementes que infestan silenciosos las ciudades, guardianes secretos del Caos que acechan entre la multitud y tocan su música sólo para que todo no termine.
No volví a dormir bien; los sueños se poblaron de música, y cada flauta llevaba escrita con signos insanamente curvos mi propio nombre. Los Sacerdotes me eligieron, o permitió Azathoth que me aproximara a su núcleo indiferente. Sé que, cuando la noche sea suficiente y la melodía tropiece, deberé caminar bajo la luna y sumarme a su círculo, sin rostro y sin esperanza, vertiendo mi propia locura al abismo indiferente donde la realidad se sostiene sólo por la insistencia del rito.
Y por eso escribo esto. No como advertencia –¿de qué serviría?–, sino como testimonio para quien, como yo, crea que el universo es seguro y que los mitos antiguos son sólo fábulas para distraer el tedio humano. Hay Sacerdotes, hay rito, y hay una música que niega el sentido y el tiempo. La escucharán cuando sus pesadillas se vuelvan demasiado densas y entonces, si son afortunados, despertarán empapados en sudor; si no, caminarán con ellos, sin saberlo, en el alba de una realidad condenada a girar, soñando siempre bajo la mirada ciega de Azathoth.
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