Fragmento:
La historia que me dispongo a narrar aconteció en el otoño de 1928, cuando los días acortaban y la humedad hendía las paredes del barrio portuario de Arkham como un cáncer implacable. Yo era un joven reportero del Arkham Advertiser, resuelto a dejar atrás la cansina monotonía de los artículos sobre festivales escolares y crónica social. Había oído rumores vagos sobre una construcción inacabada, una mansión inconclusa en el extremo oriental de Derby Wharf, que de noche parecía emanar una luz funesta a través de sus tablones rotos, y acerca de la cual pululaban habladurías insanas entre los estibadores. Nadie, salvo los borrachos y los desahuciados, se atrevía a acercarse al cascarón de la mal llamada Residencia Wightmore después del ocaso.
Duración: 11:29
El viejo Perkins solía advertirme cuando vagábamos, años atrás, por los embarcaderos de Arkham, sobre los peligros de abrir puertas cuyo propósito ni siquiera comprendían las ratas que huían de sus profundidades. “Nada es más traicionero que el silencio bajo el agua”, gruñía, y sus palabras resonaban en mí durante aquellas noches en que la ciudad bosteza inquieta bajo el peso de una luna velada de nubes. Perkins murió demasiado pronto, y a menudo imagino que sigue escuchando, aún desde su tumba, los goteos persistentes y los gemidos lejanos que él tanto temía.
La historia que me dispongo a narrar aconteció en el otoño de 1928, cuando los días acortaban y la humedad hendía las paredes del barrio portuario de Arkham como un cáncer implacable. Yo era un joven reportero del Arkham Advertiser, resuelto a dejar atrás la cansina monotonía de los artículos sobre festivales escolares y crónica social. Había oído rumores vagos sobre una construcción inacabada, una mansión inconclusa en el extremo oriental de Derby Wharf, que de noche parecía emanar una luz funesta a través de sus tablones rotos, y acerca de la cual pululaban habladurías insanas entre los estibadores. Nadie, salvo los borrachos y los desahuciados, se atrevía a acercarse al cascarón de la mal llamada Residencia Wightmore después del ocaso.
Naturalmente, esto mismo bastó para inflamar mi insensato deseo de investigación. No confiaba en los relatos de pescadores ebrios ni en la superstición de las viejas gitanas que balbuceaban frases sueltas en los tugurios. Con mi cuaderno, mi pluma y una linterna de mano, me dispuse a explorar la casa que, según decían, de noche succionaba las nieblas del río y vomitaba extrañas sombras que se escabullían entre los mojones del embarcadero. No lograba explicar la extraña obsesión que sentí al acercarme a la mansión. Los rumores sobre la locura súbita de John Wightmore, el desaparecido dueño, y el extraño patrón de manchas en los muros exteriores—parecidas a marañas de nervios, decían—no debieran haberme servido de aliciente, y sin embargo, cada palabra escuchada, cada mirada esquiva, solo hizo que mi determinación se hundiera más hondo en el fango de la curiosidad malsana.
Era una noche de jueves; las campanas de la Iglesia Congregacional marcaban las nueve cuando llegué al borde del muelle. El río Miskatonic corría oscuro y lodoso, latía en la corriente una extraña pulsación que al principio achacé al rumor lejano de alguna maquinaria. Las ventanas rotas de la Residencia Wightmore parecían pupilas ciegas y despiertas. El portón de la verja, cubierto de lirios putrefactos, cedió con un gemido; una bandada de cuervos alzaron el vuelo, siluetas negras en contraste con el débil resplandor de la lámpara de gas más próxima.
La fachada principal estaba cubierta por andamios herrumbrosos, y el umbral de la puerta principal, aunque entreabierto, parecía resistirse a cualquier intrusión. La empujé y sentí, apenas crujían las bisagras, una repentina punzada de frío glaciar que no concordaba con el húmedo clima otoñal. En el interior flotaba un hedor a agua estancada y yeso podrido; la luz titubeante de mi linterna apenas lograba desalojar la oscuridad que fluía, compacta y aceitosa, desde el final del vestíbulo.
Había oído que la casa estaba plagada de pasadizos y habitaciones que nunca coincidían del todo en número cuando uno las recorría. Los pasos resonaban en el suelo de tablones arqueados, y pasé por delante de una serie de cuadros ennegrecidos, donde los rostros humanos eran apenas discernibles bajo capas de moho y líquenes. No tardé en notar una corriente de aire, mas no era el tipo de corriente forzada por las brisas otoñales del exterior, ni por las corrientes invisibles que recorren los huesos de los edificios viejos. Era como si una respiración subterránea exhalara desde lo más profundo de los cimientos. Sentí un vértigo inexplicable y me apoyé en el marco de una puerta carcomida.
Allí, en el corredor oriental, me asaltó el primer signo inequívocamente ominoso de que aquello que habitaba la Residencia Wightmore no era intrínsecamente asociable a ningún fenómeno humano. Una sustancia viscosa rezumaba desde las grietas de las paredes, anudándose en hebras translúcidas que brillaban con reflejos iridiscentes, semejantes a los restos de medusas varadas. Cada vez que la luz de mi linterna incidía sobre ellas, un pulso invisible recorría las hebras, haciéndolas vibrar con un zumbido que solo podía percibirse como una presión insoportable en el oído interno. Sentí una flema fría subiéndome por la garganta, un deseo de huir que solo domé recurriendo a la obstinación.
A medida que avanzaba, las baldosas del suelo se volvían irregulares, y el parqué comenzaba a mostrar extraños símbolos tallados en bajorrelieve, como escrituras de una lengua imposible de asimilar o traducir. Me detuve ante una puerta lateral semiabierta, de la que emanaba un fulgor azulado; al asomarme, descubrí que la estancia estaba vacía, excepto por el mobiliario cubierto de sábanas y el gran espejo vencido contra la pared del fondo. El vidrio estaba empañado, pero los filamentos de la sustancia viscosa convergían en su superficie, modelando algo parecido a una red o tela de araña.
Me aproximé despacio y vi, sobre el vaho, restos de una escritura que sólo pude vislumbrar durante un instante a la luz vacilante: caracteres sinuosos, retorcidos como tentáculos, formaban palabras que mi mente apenas podía retener. Una de ellas, repetida muchas veces, me resultó vagamente familiar y sin embargo desoladoramente nueva: “Yphth”. Sentí un dolor intensísimo entre las cejas, como si una garra hubiera hundido su filo detrás de mis ojos, y lejos—del otro lado del espejo, o quizá tras los tabiques de la mente misma—oí una voz que balbuceaba igual que un pez ahogándose fuera del agua. El horror me invadió y salí tambaleando de la habitación, pero tuve tiempo, antes de perder el equilibrio, de ver mi reflejo en el cristal… junto a una sombra escurridiza que no era la mía.
El miedo ahora me empujaba más que mi propia curiosidad. Apenas sé cómo descendí por la escalera principal hasta el sótano, atraído por los débiles suspiros que provenían del subsuelo. El techo estaba tan bajo que debía encorvarme, el aire era irrespirable y la linterna apenas lograba mostrarme más que el suelo enlosado, cubierto de símbolos pintados por una mano temblorosa y manchada de una tinta negruzca. Entre los lúgubres montones de vigas y cajas destrozadas me pareció oír una risa burbujeante y distante, que no provenía de ningún animal conocido y me heló la sangre en las venas.
No obstante, incluso el miedo más hondo puede ceder ante una llamada hipnótica, y sentí que algo, desde ese inframundo acuático que era ahora el sótano inundado, me invitaba a penetrar más allá del círculo de mi propia razón. El suelo estaba cubierto de charcos de agua oscura que reflejaban, de manera imposible, unas luces doradas y verdes, intermitentes como luciérnagas; cada destello parecía modelar, durante una fracción de segundo, criaturas con ojos vacíos y bocas de pez abiertas a un alarido sin sonido.
En aquel sótano descubrí una trampilla semioculta bajo tablas podridas. Cerca de ella, desperdigados, encontré objetos personales que seguramente pertenecieron a Wightmore: un reloj de bolsillo, un crucifijo resquebrajado, una carta arrugada con el remite ilegible, y lo que más me perturbó: un pequeño cuaderno cubierto de garabatos y palabras que se repetían infinitamente… “Yphth”, siempre ese nombre, como una letanía destinada no a conjurar, sino a contener, algo atroz.
Abandonado a la demencia o guiado por fuerzas malignas, Wightmore había dejado registros de sueños febriles: imágenes de ciudades sumergidas, pasillos de huesos iridiscentes, criaturas que tejían la conciencia humana como una tela… y el término, nunca descrito, pero siempre aludido, “Yphth”, reverberaba como un eco de la locura. Con manos temblorosas, alcé la trampilla y el aire que salió fue tan violento en su pestilencia que me sentí a punto de desfallecer.
Descendí por una escalera de piedra, humedad y limo, y la conciencia de estar cruzando un umbral más allá del tiempo o de la geometría me atenazaba la garganta. Al pie de la escalera, hallé un pasillo excavado a mano, de paredes irregulares, cubiertas por aquellas mismas hebras viscosas que ahora formaban nudos y lazos, como capullos latiendo, casi respirando.
Escuché entonces, muy cerca, las sílabas de la palabra “Yphth” repetidas con voz líquida, multiplicadas, como si docenas de bocas ocultas bajo el cieno entonaran un cántico anestésico. Vi, más adelante, una sala circular donde docenas de filamentos caían del techo a modo de cortinas, oscureciendo el centro de la sala. En el centro, sumido en un charco de agua iridiscente y aceite, yacía el cuerpo abotargado y difuso de John Wightmore, o al menos lo que quedaba de él; lo rodeaban extrañas criaturas, amorfas y translúcidas, parecidas a medusas terrestres, que hurgaban en su carne bajo la piel con tentáculos filosos.
Del fondo de ese círculo de pesadilla emergió, tras un velo remolino de humo y filamentos, una silueta imposible de describir—antropoide sólo en un sentido monstruosamente irónico, y coronada por franjas de piel y ojos atónitos que parpadeaban uno sobre otro. Esa cosa me miró y, al comprender que yo podía verla, emitió un chillido sibilante que me traspasó el alma. Sentí que mi mente comenzaba a vaciarse de todo pensamiento humano y era sustituida por imágenes alienígenas: ciudades soñadas en la orilla de abismos, lenguajes oxidados y memorias de civilizaciones hechas de agua y miedo.
Corrí, por instinto más que por voluntad, aporreando las paredes goteantes, resbalando y sangrando, hasta que tropecé de vuelta en la oscuridad, hacia la trampilla. Todo el aire de la casa parecía zumbar con la palabra innombrable, y sentí a mis espaldas el golpeteo húmedo de tentáculos que no dejaban huellas visibles, pero que dejarían cicatrices en mi memoria para siempre.
No sé cómo crucé el umbral de la Residencia Wightmore. Sólo recuerdo la carrera ciega por el muelle envuelto en neblinas, el desvarío de caer desplomado al lado de una baliza frente al río, y el débil resplandor del amanecer descomponiéndose en los charcos. Mis ropas estaban empapadas y cubiertas de aquella sustancia viscosa, y en mi bolsillo, inexplicablemente, la carta de Wightmore y el pequeño cuaderno; prueba insuficiente para el ojo racional, pero testamento irrefutable para cualquier alma que haya osado mirar detrás del velo de la razón.
Habrán pasado ya cinco inviernos desde aquella noche, y todavía siento que algo susurra bajo el entablado de mi piso, por las noches. Oigo a veces la palabra “Yphth” en el gorgoteo de las cañerías, en el crujir de las casas viejas, en la forma en que la luz se retuerce sobre el río Miskatonic cuando la niebla lo cubre todo. Hay hebras de esa viscosidad en mis sueños, y surcos de tentáculos allá donde no debiera haber más que polvo. Rezo por que nadie más, ni reportero ni demente, atienda el cántico subterráneo. Porque ahora sé que hay cosas que buscan envolverse en la conciencia del hombre, tejiéndola y deshilachándola tal como tejieron la de Wightmore.
Nadie debe descender bajo las vigas podridas de Derby Wharf, ni seguir el rastro de las luces imposibles sobre las aguas negras. Nadie debe pronunciar la palabra que nunca fue creada para la boca humana. Porque yo he visto los hilos, he sentido el peso de Yphth envolviéndome, y sé que aún no ha terminado la labor de urdir su tela.
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