Portada del relato El umbral de la urdimbre
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Fragmento:


A medida que prestaba atención a los detalles cada vez más incoherentes de Wilsey, sentía una opresión viciada en el aire. No era sólo miedo: era la certeza de que, si continuaba investigando, los muros entre mi mente y aquello reptante se adelgazarían irremediablemente. Pero la curiosidad fue más fuerte, esa lujuria intelectual malsana que es inconfesable, y consentí participar en un encuentro convocado por algunos supervivientes u ocultistas de las degollinas selenitas, cuya finalidad -según deduje después- era un contacto no con el más allá, sino con el "intersticio atemporal", donde el tapiz de la realidad revela los nudos que lo sostienen y el hambre de fuerzas antediluvianas que rumian en su penumbra.

Duración: 10:08

El umbral de la urdimbre
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando al caer la noche la niebla esmeralda fluye desde las alcantarillas y repta por las hendiduras del empedrado antiguo, cuando el silencio coloniza los patios inclinados del viejo Arkham y sólo se oye la infrarrítmica respiración del río Miskatonic arañando sus propios márgenes, sólo entonces pueden ser relatadas esas historias prohibidas, mentadas apenas entre susurros por quienes han conocido los latidos secretos bajo la piel del mundo. Así empieza el relato que jamás debí recoger en estas hojas, pues no lo traigo de la memoria, sino de los recodos tenebrosos por donde transitan los que han visto el tapiz del pecado y no han vuelto a ser nunca los mismos.

Hay en Arkham, cerca del confín donde la calle Water se retuerce y los edificios muestran signos de caída y desgaste centenario, una residencia que lleva generaciones erigida sobre cimientos nunca revueltos. El lugar es temido con razón: los transeúntes aceleran el paso, las ventanas están tapiadas con tablones y no se ven luces desde hace años. Nada impide, sin embargo, que los ecos, los rumores y las historias sordas circulen en las tabernas y en el campus de la universidad, como una fiebre fría que ahoga el ánimo. El temblor en la voz de los ancianos y la cautela inexplicable de la policía dan fe de que todo lo inadmisible continúa abonando el subsuelo.

Soy Edward Mallory, y lo que relataré no me había sido concedido ni siquiera en sueños, sino en un fragmento de conciencia despierta, durante una noche en que me retorcí febril y atado a mi gabán, temiendo perder la puerta entre la cordura y aquello invisible que avanzaba sibilante por los ángulos imperfectos de la habitación.

Todo comenzó por investigaciones infructuosas acerca de manuscritos en lenguas perdidas en la biblioteca de la Universidad de Miskatonic. Puesto al tanto de ciertas anomalías en los registros, fui conducido -con cierta resistencia y recelo, debe agregarse- al llamado Catálogo de Pnakotus, un texto prohibido supuestamente perdido en la hecatombe de Alejandría, pero cuya copia fragmentaria, según el tísico bibliotecario, Dorrance Wilsey, había terminado en manos de la secta ya extinta de los "Ophitas Selenitas". Dicha secta fue célebre por su interés en los destinos de la mente humana, particularmente en los puntos donde la percepción, la memoria y la carne misma se convierten en umbrales hacia otras realidades.

Aquella noche de luna nublada, Wilsey murmuró con voz temblorosa la existencia de una celda, no física sino forjada a través de la obsesión y el ritual, donde los cultistas buscan enhebrar sus mentes en el gran telar de la "Urdimbre Pnakótica", esa vasta arquitectura mental que, según ellos, conecta todos los sueños y visiones que han sido, son y serán posibles. Mediante la práctica de ciertas oraciones repetitivas y movimientos convulsos, se dejan caer hacia una especie de grieta conceptual, un foso en la percepción, hasta ser capaces de presenciar la intersección agónica entre su mundo y los gusanos abisales de la Araña ancestral, Atlach-Nacha.

A medida que prestaba atención a los detalles cada vez más incoherentes de Wilsey, sentía una opresión viciada en el aire. No era sólo miedo: era la certeza de que, si continuaba investigando, los muros entre mi mente y aquello reptante se adelgazarían irremediablemente. Pero la curiosidad fue más fuerte, esa lujuria intelectual malsana que es inconfesable, y consentí participar en un encuentro convocado por algunos supervivientes u ocultistas de las degollinas selenitas, cuya finalidad -según deduje después- era un contacto no con el más allá, sino con el "intersticio atemporal", donde el tapiz de la realidad revela los nudos que lo sostienen y el hambre de fuerzas antediluvianas que rumian en su penumbra.

Nos reunimos cinco personas en el sótano, bajo la estancia principal, sellada desde hacía décadas, de la casa temida y derruida que mencioné antes. Los muros estaban cubiertos de colgaduras que representaban patrones que parecían telarañas vistas a través de un caleidoscopio; eran vertebradas, asimétricas, y los colores -un azul desvaído, un verde fétido, un blanco que parecía brillar con luz propia en la penumbra- le conferían al ambiente una irrealidad nauseabunda.

Un hombre enjuto presidía el círculo. Respondía al nombre de Harrow y su mirada, incoherente pero a la vez extrañamente lúcida, calaba hasta el tuétano. Nos pidió sentarnos en torno a un disco de piedra caliza, allí grabado un dibujo imposible, reminiscente al panal de alguna avispa gigantesca y prehumana. Harrow comenzó a susurrar palabras en una lengua que no era conocida por mí, pero que tenía ecos de la sintaxis sumeria mezclada con las modulaciones sibilantes de algún dialecto asiático extinguido.

Al unísono, los otros se sumieron en movimientos rítmicos, casi danzarines, agitando las manos y estirando los dedos como si intentasen tejer líneas invisibles en un aire brumoso. El pulso de mi sangre aumentó, pues reconocía ecos de gestos vistos en sueños recurrentes, aquellos en los que la arquitectura fluctuaba y el tiempo trascurría hacia atrás, desmoronándose en segmentos de hospicios húmedos y catacumbas olemosas.

Al poco, la atmósfera descendió en un opresor efluvio almizclado. Sentí cómo la gravedad se distorsionaba y el aire, intensamente frío, flotaba como una gelatina luminosa. Fue entonces cuando el "Velado" se manifestó. A través de la pared parecía nacer una mancha oscura, primero etérea y después más sólida, como si algún ser monstruoso estuviera tendiendo de un reino reticular innumerables patas, cada una rozando el tapiz de la realidad sólo por instantes. Era la visión de Atlach-Nacha: la araña cósmica tejía su tela no sólo a través del espacio, sino de las mentes mismas de los presentes, y cada uno de nosotros sintió cómo un largo filamento -más frío que la tumba, más cortante que el cuchillo- rozaba nuestro lóbulo occipital, excitando la secreta maquinaria de la visión interior.

Ante la presión insoportable y la repentina anulación de la distancia física, los otros cultistas comenzaron a murmurar en voz más alta; sus ojos se extraviaron y su carne pareció temblar bajo una luz interna. Alguien gritó: “¡El Prisma! ¡No debemos ceder al Prisma!” Harrow dio un paso adelante, hundiendo su puño hasta la muñeca en un mortero de una sustancia viscosa que no era sangre ni aceite, y lo elevó, dejando gotear el líquido translúcido en el disco calizo. En ese momento, el suelo entero titiló: cada losa se volvió traslúcida y bajo ella vi cavidades sin fin, vastas cámaras donde criaturas fosforescentes -algo entre arácnido y humanoide- tejían filamentos que caían directamente en los sueños de los vivos.

Me vi arrastrado hacia abajo, hacia una caída interminable. Los cultistas se desvanecieron; sólo Harrow permaneció visible, su rostro convertido en una pálida máscara en cuyo centro centelleaba un ojo compuesto, como el de una araña, mirándome desde todas las direcciones. Intenté cerrar los ojos, pero seguía viendo a través de mis párpados: el “tapiz” no era sólo tejido físico, sino mental, y cada temor, cada recuerdo oscuro que había reprimido desde la niñez, ahora era un nudo que la criatura intentaba desatar con sus quelíceros brillantes y aceitados de oscuridad prístina.

La voz de Harrow se elevó hasta un chillido apócrifo: "¡Cede la membrana, atraviesa la urdimbre! ¡Entrega al tejedor los hilos que soportan tus sueños, ciego del sol! ¡Únete a la urdimbre, sé nudo y presa al mismo tiempo!"

No puedo describir la locura que siguió, sino que sólo acierto a compararla con la súbita invasión de abejas negras en una bóveda recién abierta: todas las imágenes enterradas, todos los crímenes, maldiciones y terrores imaginarios cobraron vida a través de mi propio cuerpo, y cada gesto involuntario era como si mis venas fuesen atravesadas por líneas de seda hiperfísica y mi sangre circulase ahora dirigida no por mi voluntad, sino por los designios ininteligibles de la gran Araña Atravesadora del Vacío.

Hay un momento, dicen los antiguos, en que el alma puede elegir entre la desintegración y el pacto; el mío optó por la negación. Me obligué a recordar los patrones antiguos, las fórmulas de exclusión y sellado descritas de manera fragmentaria en el Catálogo de Pnakotus. Musité, lleno de miedo y repelido por mi propia cobardía, el nombre impronunciable de ese vórtice central del tapiz por donde Atlach-Nacha aspira las conciencias extraviadas. El espacio se fracturó. Un viento repulsivo azotó el sótano, rompiendo las colgaduras profanas. Los otros colapsaron en el suelo como títeres cortados, y el disco de caliza se partió en dos con un chasquido que aún me hiela el cráneo.

Desperté -pero, ¿era de verdad un despertar?- en mi propia habitación. Tenía la mandíbula y las manos cubiertas de un filamento casi invisible, viscoso, que al exponerse al sol matinal se reabsorbía entre mis propios poros. Nadie volvió a saber de Harrow o los otros aquelarres. La policía, alertada semanas después por vecinos que reportaron el olor imposible que salía de la casona, halló sólo una pila de cera derretida, cenizas, y un mural de patrones entrelazados con sangre casi seca y resquebrajada en las paredes del sótano.

Pero el más terrible castigo, comprendo ahora, consiste en la memoria residual: sueños que no son sueños, visiones que asaltan la vigilia. En las noches húmedas, los pasajes del Catálogo de Pnakotus resuenan en mi mente, como si la gran araña continuara tejiendo a través de mí un patrón cuyo diseño se me escapa, pero cuyo final presiento. Algunos días, para mi horror, si me quedo muy quieto y cierro los ojos, noto cómo la urdimbre se tensa y se dilata; y escucho, desde el subsuelo, el roce suave de múltiples patas laborando en las fronteras de mi carne, como urdiendo el regreso de lo ya perdido.

No existe exorcismo para el que ha vislumbrado el tapiz completo; sólo la resignación, la espera del momento en que la conciencia se deslice -silenciosa y desapercibida- a través de ese filamento final, y se una, indefensa, a la interminable procesión de los soñadores que tejieron, cayeron y jamás volvieron.

Y así, si alguna noche oye usted entre los muros un susurro de seda y un aroma a cráneos verdes y almizclados, sepa que la celda bajo la memoria sigue habitada, que el umbral de la urdimbre nunca fue sellado, y que todavía hay quien sirve, entre tinieblas, a aquello que entorna los límites del tiempo y del sueño desde el principio del mundo.

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