Portada del relato Las Profundidades Susurrantes
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Fragmento:


Dunross apenas era mencionado en los mapas y, salvo algunos marineros de incierta reputación, pocos parecían conocer la existencia de aquel poblado bañado siempre por un ceñudo Atlántico. El propósito de Lonsdale, según me reveló en largas cartas cifradas y repletas de insistentes alusiones a antiguas sectas y cultos marinos, era investigar ciertas ruinas ciclópeas recientemente expuestas tras un violento temporal que había erosionado la costa varios metros hacia el interior. Hacía alusión a una serie de petroglifos inusitados—espirales que no parecían humanas, y relieves que asemejaban formas semi-acuáticas danzando en procesión—y, lo que es peor, hablaba de una supuesta “Logia Oculta” que aún, en secreto, oficiaba ritos ancestrales bajo la mirada de inmutables dioses del mar.

Duración: 11:51

Las Profundidades Susurrantes
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Texto de ajuste de pausa.

No sabría decir con exactitud cuándo comenzó aquel extraño episodio de mi vida, ni puedo pretender hallar lógica en los acontecimientos que a continuación trataré de relatar. Todo lo que poseo, estimado lector, es el confuso hilo de mis recuerdos y el manto de horror que, pese al tiempo, sigue colgando pesado sobre mi mente como un sudario húmedo y pegajoso. Corría el año 1927 cuando, impulsado por la curiosidad académica y una suerte de funesto sino que, sospecho, me acechaba desde tiempos inmemoriales, respondí a la invitación de un excéntrico colega, el profesor Herbert Lonsdale, para acompañarlo a la aislada localidad de Dunross, al borde septentrional de la costa escocesa.

Dunross apenas era mencionado en los mapas y, salvo algunos marineros de incierta reputación, pocos parecían conocer la existencia de aquel poblado bañado siempre por un ceñudo Atlántico. El propósito de Lonsdale, según me reveló en largas cartas cifradas y repletas de insistentes alusiones a antiguas sectas y cultos marinos, era investigar ciertas ruinas ciclópeas recientemente expuestas tras un violento temporal que había erosionado la costa varios metros hacia el interior. Hacía alusión a una serie de petroglifos inusitados—espirales que no parecían humanas, y relieves que asemejaban formas semi-acuáticas danzando en procesión—y, lo que es peor, hablaba de una supuesta “Logia Oculta” que aún, en secreto, oficiaba ritos ancestrales bajo la mirada de inmutables dioses del mar.

Movido tanto por el deseo de comprobar la veracidad de tan extravagantes aseveraciones como por una malsana fascinación hacia lo oculto, acepté. Mi llegada a Dunross fue precedida por un viaje inquietante; la niebla nunca se alzaba del todo, sumiendo cada atisbo de paisaje en un sempiterno crepúsculo espectral. Los lugareños, reunidos en la única taberna del muelle bajo la mortecina luz del petróleo, me dispensaron miradas huidizas y dejaron de hablar al notar mi presencia. Sólo el tabernero, un hombre de pocas palabras apellidado MacRae, accedió a indicar la dirección de la casa de Lonsdale, encaramada en el extremo de un risco como un cronista vigilante de horrores antiguos.

Lonsdale, cuando abrió la puerta, evidenciaba los estragos de semanas de insomnio y una ansiedad mal contenida. Sus ojos, grandes y brillantes, parecían saltar de las sombras como si esperasen encontrar en ellas algún rostro largamente esperado y temido. No tardó en exponerme, en la intimidad del estudio impregnado de salitre y moho, los resultados de sus primeras investigaciones. Con mano temblorosa extendió sobre la mesa diversos calcos de piedra y apretadas notas, afilando su voz hasta el susurro cada vez que mencionaba la “Logia del Océano Sin Fin”—nombre que me negué a repetir por precaución superada sólo por el racionalismo anglosajón que aún intentaba mantener.

Según Lonsdale, desde hacía décadas ciertas familias de Dunross—los “Antiguos”, como los llamaban los otros aldeanos con un dejo de superstición—preservaban un conocimiento espantoso, legado de ancestros que habían atendido a entidades de las profundidades marinas en rituales a los que denominaban “La Llamada de la Marea Gris”. Se trataba, dijo, de una devoción a formas tan antiguas que los antiguos griegos y sumerios apenas las recordaban como vagas pesadillas, seres cuyos nombres estaban prohibidos salvo en la oscuridad del pensamiento y que respondían al llamado del símbolo que aquellas ruinas costeras aún mostraban; figuras conocidas en ciertas tradiciones ocultistas como los Lloigor.

Mi racionalidad universitaria fue puesta a prueba esa misma noche. Los continuos golpes de la marea en los acantilados, el distante y ominoso rumor de voces que parecían entonar letanías subhumanas, me privaron del sueño. Lonsdale, inquieto y vigilante, husmeaba insomne en los anotadores y compulsaba petros grabados bajo la escasa luz de una lámpara de aceite. En algún momento, cerca de la medianoche, susurró: “Esta noche hay Luna Nueva. Los Antiguos se reunirán. Podemos observarlos; es la única oportunidad.” Yo, menos valiente de lo que quiere admitir mi memoria, acepté casi sin protestar.

Cruzamos el pueblo evitando la débil luz de las casas. La costa estaba envuelta en una bruma viscosa que dificultaba la visión y embotaba la percepción del peligro, como en un sueño en el que cada paso parece retrotraernos al mismo punto. A lo lejos, junto al perfil de las ruinas ciclópeas, distinguimos luces mortecinas y sombras moviéndose en extraña cadencia. El aire hedía, no sólo a salmuera y algas podridas, sino a algo anterior, fósil, como si trajera el vaho de eras extinguidas.

Ocultos tras un saliente rocoso, vimos la asamblea: figuras encapuchadas, vestidas con túnicas de grueso lino y plomo, entonaban una letanía en dialecto irreconocible pero rítmico, cuyo significado, aún sin conocerlo, se deslizaba en mi oído como una larva viscosa. En el centro del círculo, un altar de basalto tosco recogía los flujos de una ofrenda sangrienta—quizá un pez, quizá algo peor, cuya silueta reptante se retorcía grotescamente bajo la luna oculta.

Mientras los coros aumentaban en intensidad, las aguas del Atlántico comenzaron a rugir como si una garganta monstruosa articulara un grito ahogado. De las tinieblas marinas emergió, apenas visible entre la espuma, una forma imposible: tentáculos cubiertos de escamas iridiscentes, visibles tan sólo cuando la bruma se apartaba, y un torso reptiliano, apenas intuido, al que los congregantes saludaban con movimientos rituales. Lonsdale se aferró a mi brazo con tal fuerza que casi lo pierdo de pura impresión. El horror era demasiado vasto para caber en palabras; sólo puedo afirmar que, en ese instante, supe que la humanidad ocupaba apenas un confín minúsculo del orden universal, y que ciertas cosas, sumergidas bajo las olas, aguardaban siempre un llamado.

No sé cuánto tiempo permanecimos allí, paralizados por el espectáculo de lo inenarrable. Los congregantes, tras finalizar la letanía con un aullido prolongado, fueron abandonando el círculo uno a uno, deslizándose de vuelta al pueblo por senderos ocultos. Cuando la costa quedó nuevamente vacía, Lonsdale insistió en explorar el altar antes de que la marea lo cubriera de nuevo.

La superficie del basalto estaba cubierta de inscripciones recientes, tal vez ejecutadas con cuchillos o con alguna clase de garfio óseo extraído de reses marinas. Lonsdale copió febrilmente los símbolos; su mano temblaba, pero la disciplina académica nunca menguó. Al tocar el altar, sin embargo, ambos sentimos un súbito temblor; una vibración que parecía provenir no sólo de la piedra sino de la mismísima tierra, como si algo despierto bajo el lecho marino rozara su prisión.

“Aquí está”, murmuró mi colega, “la seña de los Lloigor; la llave. Este será el último ciclo; el último sacrificio. Lo que aguardan no es sólo el regreso de los antiguos... sino el fin de la distinción entre mar y tierra.”

Esa noche, tras regresar a la casa sobresaltados, comenzamos a notar que la gente de Dunross nos rehuía de manera aún más notoria. Los niños nos espiaban desde los umbrales, y ciertos ancianos de ojos húmedos y acuosos parecían saber exactamente cuánto habíamos presenciado. Las noches siguientes trajeron pesadillas indescriptibles: la sensación de ser arrastrado hacia las profundidades, oído repleto de ecos lejanos que insistían en palabras que no podía entender, y la visión recurrente de una logia sumergida, repleta de siluetas humanas arrodilladas ante seres cuya sola existencia negaba todo lo que sabía del cosmos.

Fue entonces cuando descubrí la verdadera naturaleza del horror en Dunross. Lonsdale, en sus indagaciones más audaces, confirmó que los “Antiguos” de la aldea no eran ya completamente humanos. Por generaciones, se habían cruzado con entidades marinas: ciertos rituales y pactos conferían a familias seleccionadas la longevidad y el conocimiento de los Lloigor, a costa de un precio insidioso. Cada década, durante la Luna Nueva, los más ancianos descendían a la cripta subterránea de la logia y, tras un último sacramento, jamás regresaban a la superficie. Los cuerpos que algunas veces arrojaba el mar, híbridos y gelatinosos, eran recogidos en secreto antes de que ningún forastero pudiera verlos.

A pesar del miedo creciente, la compulsión de saber y el impulso malsano propio de mi linaje intelectual hicieron que aceptara acompañar a Lonsdale en una última expedición. Una tempestad violentísima asolaba la costa; el mar rugía como bestia herida. Nos deslizamos hasta la entrada secreta de la logia, una grieta en la roca custodiada sólo con superstición y runas talladas que repelían a quienes no sabían leerlas. El tenso silencio sólo era roto por los silbidos de la airada brisa y el eco de nuestros pasos resonando en un corredor que descendía en espiral.

La Logia del Océano Sin Fin era aún más antigua de lo que sugerían los mitos locales. Basamentos de basalto negro, cubiertas de líquenes fosforescentes y corales petrificados, se extendían bajo la aldea como un templo sumergido construido por una civilización anterior a la humanidad. El aire era espeso, difícil de respirar, como si miriadas de generaciones hubieran expirado allí sus últimos suspiros al borde de la locura.

Nos encontramos con un círculo grabado en la roca, decorado con inenarrables formas tentaculares y ojos infinitos. En su centro, a modo de altar, yacía un códice sellado en resina y piel de algún ser marino desconocido. Lonsdale, tembloroso, intentó leer las grafías, pero sólo consiguió murmurar fragmentos incoherentes: “Ellos duermen, pero han oído... el ciclo volverá... la sangre y la marea... la distinción será abolida...” Sus ojos se clavaron en mí, como si buscara un consuelo imposible.

Fue entonces cuando escuchamos los ecos, amplificados por los corredores. Un desfile de encapuchados, portadores de candelas hechas de grasa blanquecina y con ojos que relucían verdes en la penumbra, avanzaba tras nosotros. Quise correr, pero la gravedad de otro mundo me aprisionó en el sitio. Los cultistas se dispusieron en círculo, tarareando su abominable letanía.

La ceremonia fue breve, pero bastó un instante para comprender su propósito. Lonsdale fue señalado; alzaron su cuerpo por encima del círculo y, entre gritos calmos y saliva verde espumando de sus bocas, le ofrecieron a las profundidades con sus cuchillos de obsidiana y coral. La sangre fluía, recogida en cántaros que después vertían sobre la roca. Un zumbido comenzó a crecer, como si bajo la logia un corazón colosal despertase. Los símbolos cobraron luz propia y un portal lívido, palpitante como una herida, se abrió en el centro de la sala.

De ese agujero infernal emergió no sólo la garra de un Lloigor, sino su voluntad. Experimenté el terror absoluto, la aniquilación del yo. Mi memoria es difusa, pero recuerdo la sensación de ser invadido por una conciencia ajena, titánica y hostil; supe, sin palabras, que la humanidad había sido tolerada como simple anécdota en la biografía de la tierra.

No puedo explicar cómo conseguí escapar—quizá el horror absoluto fue mi salvavidas, lanzándome a la corriente del instinto hasta que, cubierto de lodo y algas, conseguí alcanzar la costa. Los días siguientes fueron un delirio: deambulé hasta una aldea vecina, donde caí presa de la fiebre y el mutismo, incapaz de articular nada que no fueran horribles balbuceos.

Hoy, desde la seguridad ilusoria de mi exilio, sólo me atrevo a escribir estas líneas como advertencia. En la costa, bajo las olas que nunca descansan, hay poderes que aguardan y sueñan. Y quienes han servido bajo la logia, aunque mezclen su sangre y apariencia con la humanidad, nunca son del todo humanos. Ya no soy capaz de dormir sin oír sus cánticos en mi sangre. Y rezo, sin esperanza, para que la marea nunca arrastre hasta mi ventana el susurro de los Lloigor y su interminable océano de horror.

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